Migración
Militarización y olvido en la frontera argelino-marroquí: el paso anterior a Ceuta
La tragedia de Ceuta representa la cara más visible de un modelo de gestión migratorio que ha sistematizado la violencia por toda la orilla sur del Mediterráneo. Lejos de la atención mediática europea, los muertos y desaparecidos también llenan en silencio las otras fronteras olvidadas del norte de África.
A casi 600 kilómetros al este de la playa del Tarajal se levanta el macizo de Ras Asfour, una zona montañosa con picos de hasta 1200 metros de altura atravesada por una de las principales rutas de entrada de migrantes subsaharianos a Marruecos. Una región abrupta y aislada que cada año registra decenas de muertes por sus condiciones extremas.
“Es un terreno peligroso con acantilados y rocas donde solo los militares, los gendarmes y algunos pastores pueden circular”, explica Mohammed Kerzazi, presidente de la sección regional de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) en Oujda, capital de la región oriental.
Durante su travesía por las montañas los migrantes se ven obligados a cruzar de noche y completamente a oscuras para evitar ser localizados por las patrullas fronterizas marroquíes y argelinas, multiplicando el riesgo de morir por caídas. “La mayoría de los cadáveres recuperados en Ras Asfour presentaban heridas graves en extremidades, abdomen y cabeza” comenta Kerzazi.
En febrero de 2026, la AMDH hizo público un informe donde calificaba de “trágica” la situación humanitaria en este sector de la frontera. “La mayoría de los muertos y heridos son localizados por los guardias fronterizos atraídos por los gritos de auxilio de las víctimas o sus compañeros”, señala.
“Cruzando la frontera me caí por un profundo desnivel y me herí gravemente la espalda. La policía marroquí me encontró y me llevó en ambulancia hasta el hospital de Oujda, donde pasé un mes ingresado tras operarme de urgencia”, cuenta Abu Bakr, un joven sudanés de 26 años que se recupera en uno de los pocos centros de acogida para migrantes que hay en la ciudad.
Según datos recogidos por la AMDH, entre noviembre de 2025 y abril de 2026 se documentaron 47 casos de migrantes fallecidos en la sección fronteriza de la región oriental. La mayoría de ellas en la zona de Ras Asfour, incluyendo un menor de tan solo tres años que no pudo ser identificado. Otras organizaciones locales elevan a entre 70 y más de 100 las muertes anuales en la frontera.
Una frontera militarizada
Marruecos y Argelia comparten una extensa y porosa frontera de casi 1700 kilómetros de longitud marcada por las tensiones heredadas del dominio colonial francés y agravadas por la disputa sobre el Sáhara occidental.
Bajo este contexto, en 2014 Rabat inició en el sector de la región oriental la construcción de una valla fronteriza de 2,5 metros de altura levantada sobre una base de hormigón de otros 50 centímetros equipada con lesivos sistemas de cuchillas. Un año antes, Argelia comenzó a excavar un foso de 4 metros de ancho por 4 de profundidad que se extiende durante cientos de kilómetros y que las ONGs denuncian que en época de lluvias se convierte en una trampa mortal.
“Los puntos de cruce se han desplazado hacia zonas cada vez más remotas porque la militarización de la frontera ha cerrado los pasos habituales”, explica Kerzazi, presidente de la sección regional de la AMDH en Oujda
Todo ello acompañado de un fuerte despliegue securitario con patrullas constantes y fortines militares que se reparten a lo largo de toda la frontera. “Los puntos de cruce se han desplazado hacia zonas cada vez más remotas y accidentadas porque la militarización de la frontera ha cerrado los pasos habituales”, dice Kerzazi.
Los migrantes solían cruzar por los alrededores de Oujda que se sitúa apenas a unos 8 o 10 kilómetros de la frontera argelina, pero ahora se está desplazando “muchísimo más al sur con personas cruzando como a 80 o 100 kilómetros de distancia” explica Silvio, colaborador del proyecto Agua en el Desierto que presta asistencia a los migrantes que llegan a la ciudad. “Muchos de ellos al estar heridos no pueden hacer solos ese recorrido”, añade.
Para mayor complicación, desde 1994 la frontera permanece completamente cerrada. Un reflejo de las agrias relaciones entre ambos países que enfrentan recurrentes episodios de crisis con acusaciones mutuas de terrorismo, espionaje o sabotaje. Este contexto geopolítico se traduce en una nula cooperación en materia migratoria que precariza aún más la situación de los migrantes dejándolos a merced de las mafias y la violencia policial.
“La frontera de Zouj-Baghal solo se abre de vez en cuando para recuperar cadáveres o recoger a jóvenes marroquíes liberados por las autoridades argelinas” expresa un informe de la AMDH. Una de las últimas en mayo de este año cuando se repatrió a un grupo de 21 ciudadanos marroquíes condenados por migración irregular en Argelia.
Una ruta de doble sentido
En sentido opuesto, cada vez son más los ciudadanos de origen marroquí que se aventuran cada año a cruzar la frontera en dirección a Argelia. Muchos de ellos atraídos por la posibilidad de probar suerte en su ruta hacia Europa subiéndose a las pateras que parten rumbo a Baleares.
Según los últimos datos del Ministerio del Interior y la Delegación del Gobierno en Baleares, en lo que va de año han llegado a las islas unos 4145 migrantes irregulares a bordo de más de 200 pateras, en su inmensa mayoría argelinos, pero también marroquíes o de otras nacionalidades.
“En los últimos años la ruta argelina ha estado más concurrida por sus precios más asequibles”, comenta Hassan Ammari, presidente de la Asociación Marroquí de Ayuda a Migrantes en Situación Vulnerable (ASMV). Sin embargo, la experiencia migratoria en Argelia dista mucho de ser más acogedora que en su vecina Marruecos.
Según la asociación, se calcula que hay más 600 ciudadanos marroquíes detenidos actualmente en prisiones argelinas condenados por la “estricta” ley 08-11 que sanciona la inmigración irregular con penas de hasta 20 años de prisión, comenta Ammari.
Muchos de estos migrantes irregulares se enfrentan a penas “desproporcionadas”, agravadas por la posesión de drogas que muchos de ellos transportan sin ser conscientes al servicio de las redes de tráfico.
“En una región fronteriza como esta… cada acto de asistencia es un acto de resistencia contra la deshumanización”, recalca Ammari, presidente de la Asociación Marroquí de Ayuda a Migrantes en Situación Vulnerable (ASMV)
“Los detenidos están repartidos por cárceles y centros de detención por todo el país. Además, la comunicación con ellos es complicada por la opacidad de las autoridades argelinas”, señala Ammari. A estas dificultades se añaden las numerosas estafas de las que son objeto las familias en Marruecos por parte de “falsos abogados”. “Se aprovechan de la situación de desesperación de las familias para engañarles pidiendo transferencias que en ocasiones alcanzan sumas de hasta 5 mil euros” añade.
La ASMV nació en 2017 en Oujda inicialmente para para ofrecer asistencia humanitaria a los migrantes subsaharianos que llegaban a la ciudad. Sin embargo, desde hace unos años se han especializado en prestar acompañamiento jurídico, psicosocial y administrativo a las familias marroquíes con víctimas detenidas, fallecidas o desaparecidas en las diferentes rutas migratorias.
“En una región fronteriza como esta, la acción humanitaria y el activismo son inseparables. Cada acto de asistencia que hacemos es un acto de resistencia contra la deshumanización” recalca Ammari.
Todo por llegar a Ceuta
Preguntar a casi cualquier migrante del centro de acogida conduce a un mismo destino: Ceuta. Llegar a territorio español se convierte en el hilo que unifica las historias de los migrantes de hasta 8 países diferentes que permanecen bajo su techo en Oujda. A sus espaldas, historias marcadas por la tragedia que los ha acompañado en sus travesías.
Alpha salió de Guinea Conakry con la esperanza de llegar a Europa para darles un futuro mejor a su madre y sus hermanos tras la muerte de su padre. En Argelia, fue víctima de un pogromo racista junto a sus compañeros de la construcción por el que terminaron detenidos y subidos a un autobús rumbo a Assamakka, en mitad del desierto del Níger.
Tras un pogromo racista, Alpha terminó detenido y subido en un autobús camino a su deportación en el desierto del Níger
A mitad de camino, pudo saltar del autobús en marcha y seguir su ruta a pie hasta la ciudad fronteriza de Bechar. Un largo camino que empeoró la grave lesión que sufrió en las lumbares como consecuencia del impacto contra el suelo al escapar de la deportación. “Gracias a un compatriota guineano me animé a cruzar a Marruecos con otros tres chavales. Caminé seis días seguidos que terminaron de empeorar mi estado”, añade. Ahora, se recupera en Oujda a la espera de dar el salto a Europa.
Barakat comparte su mismo anhelo. Salió de Sudán hace un año huyendo de la guerra que desangra su país. Ahora, con tan solo 17 años aguarda en Marruecos una nueva oportunidad para cruzar a Ceuta tras un primer intento fallido. “Nos golpearon con mucha violencia, entre tres o a veces hasta cinco policías. Me retuvieron, me encarcelaron, se llevaron mis pertenencias y después me expulsaron a la frontera con Argelia” relata.
A pesar de su testimonio, no ha perdido las ganas de volver a intentar cruzar la valla, esta vez a nado. “Mi madre le tiene miedo al mar porque sabe de mucha gente que ha muerto, pero yo confío en que puedo hacerlo bien”.
Sus historias recuerdan la naturaleza humana que hay detrás de lo que muchos medios y discursos políticos intentan vender como meras cifras con las que ayudar a consolidar una visión hostil y deshumanizada de la migración. Un modelo que pretende insensibilizar el drama humanitario de Ceuta, y mantener en el olvido a los muertos y desaparecidos de las otras fronteras del Magreb. Aquello que no se ve, deja de existir.
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