Masculinidades
La vida por delante
Desde hace varios días quiero escribir sobre el impacto que han tenido en mi, los últimos sucesos que se han registrado en Venezuela durante este último mes. Siempre me ha resultado complicado hablar del país donde crecí, habiendo estando tanto tiempo debajo de una enorme tormenta política, que poco ha permitido intuir la realidad, la cotidianidad, su gente.
Soy antropólogo, y eso ha formado mi visión hacia lo cultural, los hábitos, las rutinas de cada lugar, también he elegido volcar mi quehacer profesional hacia la reducción de violencias, quizá como una forma de minimizar los daños que he causado y este saber lo vuelco a diario en mi trabajo por generar masculinidades más comprometidas, responsables, conscientes de los privilegios y los daños que generamos por tenerlos.
Tantas han sido las conversaciones, las llamadas, los mensajes de amistades que me han preguntado, que se han interesado por tener una mirada más cercana sobre todo lo que ha estado ocurriendo en Venezuela, que finalmente me he decidido a escribir unas líneas en las que creo que lo más importante que tengo que decir, (aunque sea difícil de etiquetar en los modelos binaristas que nos atraviesan y articulan todos nuestros discursos), es que la realidad no es binaria, no se trata de una peli de los buenos contra los malos, no tenemos que ser defensores de los intereses de Estados Unidos por ser críticos con el gobierno de Venezuela o viceversa. La razón es sencilla, si estamos en contra de la violencia y, sobre todo, de la instrumentalización de estructuras estatales para amplificar y naturalizar los daños... no estamos hablando de naciones, ni de ideologías políticas, ni de partidos... estamos hablando de ética, de coherencia, de DDHH.
Si cambiamos el foco y ponemos por delante lo importante, probablemente nos veamos en otra conversación, una en la que identifiquemos lo que pasa cuando la gente que tiene mucho poder, (más del que deberíamos tener ninguna persona), utiliza el miedo de mucha gente, para tener más poder.
Un niño (de 7 años), en el colegio de mi hijo me preguntó un día cómo estaba y, sin entender el trasfondo de su pregunta, le respondí con un clásico: “muy bien!, y tu?” Y me dice que está triste porque se ha enterado que en Venezuela han lanzado unas bombas y como su madre le había dicho que yo era venezolano, quería saber cómo estaba yo. En ese momento entendí mejor la intención de su pregunta y le respondí: ¿Te acuerdas cuando un grupo de chicos te hacía daño y nadie dijo nada, y ya no tenías ganas de volver al cole? Pues yo llevo mucho tiempo sintiéndome igual, lo que pasa es que las personas pequeñas generan daños pequeños (porque tienen menos poder) y las personas grandes (y si tienen mucho poder peor), generan daños muy grandes.
Hace mucho tiempo, cuando reflexionábamos en la universidad un grupo de estudiantes de Antropología Económica sobre el poder, llegabamos a una conclusión que me parece oportuno recuperar ahora: en un mundo utópico, nadie debería tener más tierras de las que es capaz de atender, ni más amistades de las que es capaz de cuidar, ni más tiempo de ocio del que necesitamos para crear y ser útiles para nuestra red y, por supuesto, no más dinero (o cualquier otro medio), del que necesitamos para cumplir con nuestras responsabilidades. En ese momento nos reíamos y pensábamos que se trataba de una idea inocente y tonta pero, al adentrarme en la sabiduría que han ofrecido otras personas que han hablado de lo mismo, mucho antes, y con más experiencia que yo, me encontré con la carta que a mitad del siglo XIX escribía el jefe Seathl al decir que (parafraseando): “Las personas no podemos ser dueñas de La Tierra porque, en realidad, sólo somos uno más de sus hilos. Por lo tanto, todo lo que le hagamos al planeta, se lo hacemos también a la humanidad”. El poder, por lo tanto, tiene (y debe tener) límites.
Lo cierto es que hablar de Venezuela, en mi caso, me obliga a hablar de poder y, por lo tanto, de masculinidades tóxicas (extremadamente tóxicas), de violencias, de Norte-Sur, de racialización, de la sexualidad tan tóxica que tenía que gestionar cuando atendía violaciones periódicas a niñas menores en un recurso pensado para acoger a personas damnificadas por problemas socioambientales pero, sobre todo, me obliga a hablar de privilegios y de la sordera selectiva que aparece cuando se cuestionan ideologías que defiendo, países con los que simpatizo, partidos a los que voto... y esta sordera se enquista y va dando lugar a una moralidad grandilocuente, a través de cual muchas personas deciden colocarse por encima de mi, explicándome qué va a pasar cuando regrese EEUU al tejido empresarial de Venezuela o a financiar las campañas de algunos partidos... como si no lo supiera ya, después de haberlo vivido durante toda mi infancia en - precisamente - esa coyuntura.
Después de muchos años trabajando para minimizar las violencias que ejercemos a diario, soy muy consciente de que las violencias no aparecen de la nada, son reproducciones de un modelo que sostenemos entre todas las personas
Yo sólo veo daños. Daños muy profundos que tardarán décadas en sanar. Antes veía daños que ocurrían por la huella de la gestión exterior de EEUU en América, luego más daños que ocurrían bajo el amparo del gobierno venezolano y ahora vuelvo a ver los daños que EEUU está ejerciendo sobre Venezuela pero... se van sumando, no los diferencio, se acumulan. Son las mismas personas las que acaban sosteniendo unos y ahora otros. Pero también veo, al igual que en el caso del niño, cómo nadie mira al grupo, a los que no hacen(mos) nada.
Después de muchos años trabajando para minimizar las violencias que ejercemos a diario, soy muy consciente de que las violencias no aparecen de la nada, son reproducciones de un modelo que sostenemos entre todas las personas y que hemos naturalizado a tal punto que simplemente, se nos hace invisible. Qué pasa con todo el silencio que hemos mantenido desde hace años, con la tibieza con la que hemos invisibilizado lo que ocurría y ocurre en tantos lugares del planeta ahora mismo, con lo que ocurre en los juegos de tantos niños (que luego se harán adultos y reproducirán lo que han vivido).
Es hora de mirar lo que (como grupo, como cultura) estamos sosteniendo y preguntarnos, como hombres, como blancos, como personas con títulos, carreras, estudios... es decir, con privilegios, cómo nos responsabilizamos y nos ponemos al servicio de las personas que peor lo están pasando, no porque piensen como yo, no porque estén en mi bando, sino porque queremos un mundo distinto, donde quepamos todas las personas. Lo que estamos viendo no es nada muy distinto de lo que ya conocemos: se trata de gente (con mucho poder), generando miedo a otras personas, (con menos poder), para intentar no perderlo o para acumularlo. Y todo esto ocurre al amparo de un grupo que callamos porque nos parece normal y tan normal y cotidiano que podemos verlo también en los colegios, en todas partes... Si para algo puede servir todo el dolor que nos atraviesa, sin dudarlo elegiría aprovecharlo para escuchar, cuidar, no juzgar... Mi petición es muy sencilla, ¡pongamos por delante la vida! Nada es más importante.
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