Santiago Lorenzo: “Ser ‘mochufa’ es creerse que Ana Rosa no se está riendo en tu cara cuando se emociona”

En su última novela, Santiago Lorenzo sitúa a uno de sus personajes desnormales en el páramo de la “Laponia española” ejerciendo la soledad con ardor militante. 

Santiago Lorenzo 2
Santiago Lorenzo. David Fernández

publicado
2018-10-10 07:28:00

En aquellos tiempos con “ejércitos de hombres y mujeres meando aprisa para que no les pillaran en esas si les llamaban por teléfonos para un empleo”, hubo un novelista, Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), que se recreó con la escritura de novelas en un lenguaje poco competitivo, nada eficiente, apenas emprendedor.

Lorenzo ya había abordado temas como la más chusca clandestinidad del terrorista sin vocación en Los Millones (2010). Tocó el tema de la especulación inmobiliaria y el desprestigio del teatro en Los huerfanitos (2012), y escribió sobre patéticos emprendedores en Las Ganas (2015). Nadie esperaba que le dieran el Nobel, mucho menos el de la paz, ni que entrase en la Real Academia, pero las novelas de Lorenzo eran esperadas por un puñado de lectores dispuestos a pasar horas de jolgorio y solaz siguiendo las tonterías de sus personajes desnormales (o no normales).

En octubre de 2018 Blackie Books presentó la cuarta de ellas, Los asquerosos . Un libro con dos partes, un primer tanteo de lo que es la soledad más radical y un ensayo sobre “la mochufa”, una subespecie humana, terriblemente humana, capaz de basar su vida en frases hechas y gilipolleces insondables.

La primera pregunta es si lo que planteas en el libro es la incapacidad que tenemos para estar solos. ¿Ves un problema en que no sepamos estarlo?
Yo no sé si es social. Sí sé que a mucha gente le ocurre que no sabe estar sola. No es un pecado —es como considerar un pecado el tener pecas—, han caído así en el mundo, pero yo me alegro de que no me haya pasado. Esta es la historia —sin ninguna intención aconsejadora— de un tío que le pasa lo contrario, que le apetece estar solo, solón, soletón, plantearse como una milicia la absoluta soledad, inducido por una serie de circunstancias que le han venido dadas. 

Así como un tío te puede potar porque, en efecto, decidió anegarse en sol y sombra, la forma de radicalidad en la que no va a haber perjudicados es la de quienes dicen que van a estar absolutamente solos

La soledad suena muy bien pero no tiene tanta gracia, implica no follar, no tener amigos ni ningún tipo de compañía. A este, cuando lo prueba, todo le renta porque considera que ha dado un buen paso. Ese es el gran tema de la novela, más que la austeridad o la falta de tiempo, un tío que ensaya una forma de estar en el mundo que asusta bastante y al tío le sale bien. Aquí hemos llegado solo a la primera parte de la novela, luego todo empieza a quebrarse y a saltar por los aires. Si no, habría quedado en una novela corta.

Al tío se le va la pinza.
¿Quieres decir cuando folla con el sol?

Pensaba en cuando se cuece una cigüeña. ¿Qué consecuencias tiene esa soledad radical en la que entra el protagonista?
Cuando piensas si es bueno inundarte en “sol y sombra” también aceptas una serie de efectos secundarios y daños colaterales que sabes que van a sobrevenir. Si tú, por ejemplo, decides que te vas a dedicar a la contemplación de Dios, eso tiene  efectos empalmatorios, que aceptas y luego quiebras o no quiebras. Pasa una cosa, si no es el alcohol, o la contemplación de dios o buda, sino la absoluta soledad, no va a importar en absoluto que hagas cosas chocantes porque no va a haber nadie para verlas.

Así como un tío te puede potar porque, en efecto, decidió anegarse en sol y sombra, y así como muchos tíos te dan el coñazo porque decidieron anegarse en la contemplación de dios, la forma de radicalidad en la que no va a haber perjudicados es la de quienes dicen que van a estar absolutamente solos. De hecho, ni la cigüeña que se come lo sufre porque ya estaba muerta y si se folla al sol, al sol le va a dar igual.

La respuesta del libro es que, en la soledad, el ser asqueroso no importa, pero en el nivel social ¿somos todos asquerosos?
Fuera de que la novela abra la posibilidad de esa especie de mea culpa colectivo, sí designa una serie de comportamientos, fuera de abstracciones que son, a mi entender, que para eso he escrito el libro, repugnantivos. Por ejemplo, cifrados en la dominguería mal entendida y en sobrepasarse la autoridad, en las empresas que se montan con la sola intención de timar a la gente etc. En la dominguerada repugnante, en la gente que pega gritos, y en la gente que se traga el ¡Hola! y esas mierdas de “la reina de la mañana”. Esas cosas me dan mucho asco y lo escribes y gritas y te desahogas. Y así.

No te has metido mucho con el tema de internet y cómo contribuye a la gilipollez colectiva. ¿Por qué?
A la memez y al horror vacui no le hacen falta máquinas, cuando no había máquinas también se daban. Yo tengo 53 años, cuando era joven se hablaba muy mal de la tele, y en efecto había motivos, programas que parecerían blancos comparados con los que se hacen ahora. Hoy estaba viendo un programa que hablaba de una aplicación que te avisa cuando te dejas al “bebé” en el asiento de atrás… Entonces, cuando veo estas cosas, sí que hay un momento de que me cago en tu... Ahora bien, lo que pasa es que a mí internet me parece una gozada.

Según lo que me cuentan, yo lo uso ridículamente poco. Yo no tengo Twitter, ni Facebook, ni Netflix ni historias y el uso que le doy me parece suficiente. Me parece una gozada que, por ejemplo, todos los libros publicados antes del 37 estén libres de derechos.  Ahora bien, sí me pasa que cuando vengo a Madrid, sí me da asco ver a la gente gritando por el móvil, pero sabes lo que pasa, que cuando no había móvil se gritaba igual, la culpa nunca es de la máquina. 

¿Quiénes son los mochufas? ¿Podemos serlo todos en un momento dado?
Para quedar bien puedes decir lo de ‘todos podemos ser mochufas’ pero yo, por fortuna, creo que no estoy rodeado de gentes que sean eso.

La definición de este fenómeno mochufil es de 60 páginas en el libro pero, como en prensa no puede haber 60 páginas, he hecho una lista de usos que definirían “la mochufa” —no privativos y no vinculantes, intercambiables y compatibles—. Está lo de creerse los “productos bancarios”. Está considerar que la semana es un castigo que se acerca al premio que es el viernes, porque eso significa que tu esperas que tu vida consista en quemar etapas, lo que es el suicidio... Esa cosa de “eh, por fin es viernes”, “llevo cara de lunes”: pero tío, tú vives una vida muy mierda.

Estaría lo de usar los diminutivos como Flanders. Estaría creer en el tarot telefónico; hacer cola el 18 de diciembre para una opción entre 10 o 15 millones para una lotería, creerse las manipulaciones de OK Diario, eso es ser muy mochufa; y creerse que Ana Rosa Quintana va en serio cuando se emociona, no entender que se está descojonando en tu puta cara, es de ser mochufa. Considerar que es un hombre serio [Jorge] Fernández Díaz, o considerar que Esperanza Aguirre es una mujer cachondísima, eso es de ser un pobre diablo. Paulo Coelho y tal. Y por ahí anda. Rasgos intercambiables y combinables como una chaqueta de entretiempo.

El libro también puede recordar  la vieja querella del campo y ciudad, el Beatus Ille y todo el rollo.
Creo que no, creo que he conseguido que no parezca eso. La última casa en la que viví en Madrid era una casa en el centro, un último piso, era una construcción que quizá fuera ilegal en 1987,
 y no tenías que saber qué pasaba en Madrid. No se oía nada y bajabas a la calle y estabas en una calle que luego se puso muy de moda, y que se llena de gente. Cuando yo estaba solo en esa casa, me he sentido realmente aislado, mucho más que cuando de repente estás en el lugar donde vivo ahora, que tiene una densidad de población ridícula y sin embargo vienen unos payasos a una casa rural, a hacer como el parque temático de lo agreste durante el fin de semana. Ahí sí te sientes invadido y toda la hostia, mucho más que cuando yo estaba en pleno Madrid. Es bastante relativo.

Hay algo que planteas en el libro, que es si la felicidad extática que encuentra el protagonista podría haber sido la misma en Chernóbil, que no es imprescindible un paisaje amable.
Para estar solo no hace falta que haya verde alrededor. Si lo hay es una gozada, es un color muy tranquilizador y tengo la impresión de que se vive mejor en Soria que en Chernóbil. Pero sí, para este hombre lo importante es que no haya nadie al lado. Por eso creo que no es una novela ruralística.

En el libro tampoco salen muy bien paradas las paternidades y maternidades modernas. En esa misma idea de “la semana para currar, el fin de semana para disfrutar”, hay un momento en el que parece que hay una obligación de procrear aunque luego no sepas qué hacer con la prole. ¿Qué pasa con eso?
Yo no tengo, ni he tenido, vocación de padre, como no he tenido vocación de conductor. Soy muy buen tío, con los sobrinos estoy bastante bien, o eso dicen mis hermanas. Tengo amigos, o mi propia hermana, que tienen hijos que son una gozada. Tú ves que son generaciones más saludables, en general, que por ejemplo la mía, que nos creíamos que eramos unos folladores, los que crecimos en los 80. Y yo lo siento, o había represión franquista o éramos folladores, las dos cosas no puede ser. Y había represión franquista y no éramos folladores, te lo juro de primera mano.

Ahora tienen una relación con el sexo, cómo no, mucho más saludable que los que nacimos en el 64. El país se ha desilvestrado. Ahora bien, también ves lo contrario. Entre gente que por fortuna no son amigos tuyos y vas a cuidarte tú de que nunca lo sean. Ves actitudes que me ponen enfermo, la hiperprotección, por ejemplo. Te encuentras unos gestos de imbecilidad que, por supuesto, nunca serán generalizables.  Ha pasado siempre, pero sí veo que hay formas de estar con los críos que a mí no me gustan nada y me puedo dar el gustazo de escribirlo y eso es todo. No sé si esto es novedoso, el que haya más o peores padres ahora que entonces.

Dice la contratapa que es tu libro más político, yo creo que en todos ha estado ese componente. En el primero con el Grapo, el segundo hay un punto con la especulación inmobiliaria, en Las Gana s, sobre los trabajos actuales y las relaciones laborales, en este igual lo parece más por lo que hay de crítica a la ley Mordaza y al Estado que ejerce de rodillo contra la gente normal o anormalmente normal como son muchos de tus personajes.
Lo de la Ley Mordaza, tengo la sensación de que un día me voy a despertar y me voy a dar cuenta de que lo soñé. No me cabe en la cabeza.
A mí me parece como eso que te cuentan de que una mujer en el año 66 tenía que pedir permiso al marido para salir a Francia, o que para tener un trabajo,  para tener nómina, tenía que pedir permiso. Es que en el año 71 a uno le detuvieron por cagarse en dios, “¿qué pasaba eso?”. Y pasa ahora también. ¿Sabes que en Chile cuando Pinochet llegaron los ‘pacos’ a una biblioteca y quemaron libros en una biblioteca y entre ellos La Revolución del Átomo, porque les sonaba como a subversivo? Suena a chiste pero es verdad.

A mí me apetece hacer el gilipollas desde que era un crío. A mí me gustan más las novelas con estas pijadas que si no estuvieran. Como puedo hacer lo que me da la gana, me quedo tan desahogado

Creo que dentro de años la Ley Mordaza nos va a parece similar. Será de mal gusto decir que eso existió. Cuando yo estaba escribiendo esto la propusieron, más adelante la votaron, la promulgaron y más adelante entró en vigor, el 1 de julio de 2015. No se le da ese nombre porque yo espero que nos olvidemos de esa denominación. Es como si no quisiera ni mencionarla. Espero que lleguemos a la fase en la que sea de mal gusto decir que esa cosa existió. Pero a día de hoy existe.

Lo que ocurre en el libro es que, a cuenta de esa desgracia, de que este hombre, que se defiende legítimamente de una agresión de un tío que ni siquiera va uniformado y que ni siquiera se presenta, por un malentendido en el que entra en la lavadora centrifugadora de la Ley Mordaza, va y encuentra su sitio. Es una especie de venganza. Yo espero que, mientras tanto, algún día se dé una justicia que no sea tan ideal. A mí me gustaría que el portavoz del PP en el Senado, que era director general de la Policía, le pidiera perdón a este chaval que había cocido unas lombardas, que se llamaba Nahuel, y que le acusaron de terrorismo porque tenía unos petardos en casa para celebrar la Nochevieja... Pero es que no me imagino a este pidiendo perdón a Nahuel, diciendo: “Nos equivocamos”. No se equivocaron porque lo hacían aposta… 

Santiago Lorenzo 3
Santiago Lorenzo durante la entrevista. David Fernández
¿Tú cómo te planteas la riqueza, la flexibilidad, con la que usas el lenguaje? ¿Como ver crecer una calabaza o como toquetear en un circuito electrónico? ¿cómo lo vives?
No sé de dónde sale. Uno es repipi por naturaleza, uno es un repollo natural. En lugar de calabaza, un repollo natural, y a mí estas repolludeces me salen así, para bien o para mal. Yo estoy seguro de que, si me importara algo, pensaría que me quita lectores, pero es que me sale así. A mí me apetece hacer el gilipollas desde que era un crío. A mí me gustan más las novelas con estas pijadas que si no estuvieran. Como puedo hacer lo que me da la gana, me quedo tan desahogado.

En el día a día, las palabras inventadas, ¿las pescas, las traes de hace años?
Me gusta mucho leer, entonces hay gente que te deja palabras como con velcro en la cabeza. Lo que es asqueroso son los que las apuntan para meterlas, porque siempre se nota que las han metido mal. Pero hay veces que vienen a huevo, una palabra que sacó Clarin: empipaó, por ejemplo, y dices, venga, hay expresiones que puedes usar mientras no se note que las has apuntado como un gorrón para tirarte luego el pisto. Es horroroso ver a personas que hacen recolección para ver luego dónde les entra. El artificio es un asco. 

No solo palabras, también creas escenas como esa en las que está Manuel escuchando follar a los de al lado. Se nota mucho ese curro.
Me gusta mucho ese trozo. No creas, en esa página no trabajé prácticamente nada. Eso no es trabajar, eso es como si dices que has trabajado por estar en el pinball, esto ha sido una gozada hacerlo. Todas esas cerdadas repugnantes que dicen, por ejemplo, cuando tú estás pensando en asquerosidades, como en sexo malo, y de vez en cuando tienes suerte de que se te ocurre alguna que solo a ti te puede dar interés. Por ejemplo, “¡que te sobrevengo!” es una asquerosa marranada para decir que me voy a correr. Lo primero que se te ocurren son elementaladas como pueriles, y luego empiezas a pensar y llegas a la conclusión de que a este pobre le gustan mucho esas mierdas.

Y otros te las agradecemos.
Pues como dicen en Casablanca “ahora sé que sólo podemos vencer”.

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