Cristina Morales: “El ciudadano es el nuevo súbdito”

La novela Lectura fácil (Anagrama, 2018) aborda desde una perspectiva radical las posibilidades de rebeldía de las personas declaradas discapacitadas por el sistema neoliberal.

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Cristina Morales, autora de ‘Lectura fácil’. David Fernández

publicado
2019-01-19 07:03:00

Las protagonistas de Lectura fácil, última novela de Cristina Morales (Granada, 1985) son oficialmente discapacitadas. Pueden ser también locas, putas, viejas, jóvenes, blancas, morenas, pobres, como afirma María Galindo en un poema que introduce el relato de esas cuatro mujeres que han pasado media vida y viven en los dispositivos oficiales de tratamiento y reclusión de personas con problemas de salud mental. Cuatro institucionalizadas que buscan conquistar espacios de libertad mediante la colaboración, la escritura, la danza y el sexo. Personajes que discuten, se escapan o intentan entablar diálogo con superestructuras apabullantes: juzgado, heteropatriarcado, servicios sociales, policía. Con machos, fachas y liberales. 

Cristina Morales no escatima recursos para lanzar un ataque feroz contra esas estructuras y tipos y contra una ciudadanía cómplice ante esos mecanismos de dominación. Desde una perspectiva libertaria, Morales enuncia una crítica de abajo hacia arriba, desde las “anormales” a los normalizados, los perfectamente homologados en la sociedad del civismo. Morales quiere desvelar las estrategias que pretenden y consiguen “despolitizar los ataques que lanzamos las presas contra nuestros carceleros y desideologizar los que lanzan nuestros carceleros contra nosotras” y con Lectura fácil consigue transformar la condescendencia hacia presas, locas, putas en miedo, zozobra y tal vez culpa.

El libro es un manifiesto contra el concepto de ciudadanía. Me interesa que lo abordas no solo desde el punto de vista de la ciudadanía asociada a valores conservadores o neoliberales, sino también del concepto de ciudadano que utiliza la izquierda. Has intentado dar una buena somanta de palos a ese segundo grupo. 
Claro. Se la merecía. Uno de los referentes de la novela es un libro autoeditado por los Grupos Anarquistas Coordinados que se llama Contra la democracia, editado en 2013, muy pequeñito, muy breve y fue lo que dinamizó la Operación Pandora, que tuvo lugar en Barcelona y en Madrid. La policía entró a varias casas okupas, hizo registros, y secuestró el libro, que no se distribuía con la normalidad de los libros comerciales. Una de las razones para tachar de terroristas a estos okupas era que sospechaban que habían escrito este libro.

Contra la democracia tiene una parte particularmente inspiradora para Lectura fácil que es cuando habla del civismo, de lo ciudadano entendido como civismo. La novela no hace distinción entre la izquierda y la derecha, si se concentra en el de la izquierda es porque la Barcelona que retrata es la de la actualidad, que tiene un gobierno de izquierda institucional. Dice este libro que el ciudadano es el nuevo súbdito, y me parece muy acertado.

Dan por hecho que ante el poder democrático todos podemos expresarnos y que la administración se expresa de un modo fácil y de un modo asequible para todos. La realidad nos demuestra lo contrario

Me parecía que retratar en la novela un punto de vista contrario al del respeto al orden público era muy interesante para hablar de aquellos sujetos no normalizados como pueden ser las persona tachadas como discapacitadas: no son ciudadanas, no tienen las mimbres para ser  ciudadanas ni para ser cívicas. Se las quiere integrar en el sistema ciudadanista y cívico pero las protagonistas de la novela no están socializadas en lo democrático.

Uno de los mecanismos que comentas sirve para obtener esa categoría de ciudadanos es la retórica entendida como vía para la manipulación. Hay un momento que criticas el uso del diálogo como una herramienta para el sometimiento. ¿Qué provoca ese uso de la retórica?
[Jürgen] Habermas hablaba del “estado del discurso ideal”, en el cual todos los reunidos tienen las mismas posibilidades de expresión, sus opiniones son tomadas con la misma consideración, nadie tiene posiciones de liderazgo. En fin, Habermas no es precisamente alguien sospechoso de ser de derechas, ha sido un referente de la Escuela de Fráncfort y un gran defensor de lo cívico y lo democrático. Es también un defensor de la retórica como medio para alcanzar la verdad. La situación ideal de la que habla Habermas es la que finalmente predican todos los partidos políticos y todas las instituciones democráticas en su retórica. Presumen, dan por hecho, que ante el poder democrático todos podemos expresarnos —esto entroncaría con la libertad de expresión— y que la administración se expresa de un modo fácil y de un modo asequible para todos. La realidad nos demuestra lo contrario.

La retórica en tanto que uso del lenguaje para llevarte al huerto es algo que en la novela contrapongo todo el rato con aquella habla no retórica... ¿qué sería el habla no retórica? para mí es difícil decirlo. Quizá precisamente a la retórica hay que contraponerle la verdad, en términos presocráticos. A Socrates le matan los rétores, los platónicos, los que dicen que la lengua es buena para convencer al adversario en la arena política. A nuestras protagonistas no les llega el mensaje, no están socializadas en este tipo de retórica y responden con verdad y no con retórica.

Otro de los mecanismos que denuncias es el silencio. La técnica de dejar enmudecidos aquellos discursos que no están destinado a llevar al huerto a nadie. 
O a veces no responder, ¿no? La novela retrata escenas de ese tipo. En concreto una de las protagonistas, Nati, no solamente hace una crítica de los discursos, hace una crítica de los silencios. ¿De dónde proceden los silencios de sus interlocutores? Por momentos sabe que son los silencios de aquel que está cansado de oírla y simplemente la deja hablar para que se dé por tolerada. El otro está haciendo un ejercicio de tolerancia, que es, por cierto, otra máxima cívica. No se trata solo de acallar o de reprimir, que sería la forma más evidente de callar al contrario, al otro, sino sencillamente dejarle hablar y no prestarle oídos.

Pienso en La espiral del silencio de Elisabeth Noelle-Neumann. Una obra sociológica de los años 70, decía que esa “espiral” obraba en los grupos humanos en los que bastaba que uno empezara a callarse la crítica para poco a poco ir generando en todos los demás un incremento del acallamiento. A poco que unos cuantos, gregariamente, empezaran a decidir que es mejor callar para no entrar en conflicto, realmente se llegaba a una espiral donde el silencio es la tónica. En fin, el conflicto implícito, la pacificación.

¿Pensabas también en la funcionalidad del teléfono móvil para acallar los conflictos al escribir la novela?
Sí. Ocurre en una escena en el metro. Una de las protagonistas dice “si se produce una agresión en el metro, todo el mundo la va a grabar y la va a difundir para denunciarla cívicamente pero nadie va a parar al agresor”. Es más probable que salgan 20 móviles a que salgan 20 personas a detener la agresión o ayudar a quien está siendo agredido. El móvil es un artefacto de pacificación, qué duda cabe. De pacificación para empezar de nosotras mismas. Es un opiáceo. Pero además, colectivamente, funciona como un gran artefacto cívico, que le hace grandes favores a la democracia en su tarea normalizadora, en su tarea igualadora.

En mi investigación sobre discapacidad encontré estadísticas y estudios en los que vi que el 90% de las esterilizaciones en personas incapacitadas judicialmente se realizan a mujeres

La novela tiene mucho humor dentro de un discurso brutalmente crítico. ¿Has temido que esa crítica no permita ver el componente humorístico de algunos de los pasajes de la novela?
Cuando lo escribía no era consciente de la carga de humor que, ahora, muchos lectores me comentan. Hasta el momento la experiencia me ha dicho lo contrario, que la novela es una risa. Que parece que la carga filosófico, político que tienen muchas de las protagonistas no empaña el humor sino todo lo contrario, que este discurso político llevado a la quintaesencia es lo que provoca la risa.

Hay una denuncia más concreta que es el tema de las esterilizaciones a personas incapacitadas. ¿Cómo llegas a hacer de esto el esqueleto del libro? 
Debo reconocer que empecé a escribir la novela y ya me bastaba con contraponer la retórica frente a la verdad o la realidad, pero me di cuenta de que hay una exigencia novelística o literaria de nuestro tiempo que es la del conflicto. Creo que es algo que carga la tradición literaria, al menos de la que yo me he alimentado. Y en mi investigación sobre discapacidad encontré estadísticas y estudios en los que vi que el 90% de las esterilizaciones en personas incapacitadas judicialmente —por ser discapacitadas intelectuales— se realizan a mujeres. Es una violencia estructural y secreta. Me pareció apabullante. Me parecía que si, como escritora del año 2015 —cuando empecé—, me veía constreñida por ciertos parámetros de lo literario como ese tener un hilo argumental, este era el óptimo.

También has investigado cómo ha evolucionado en las últimas tres décadas el sistema de medicalización y psiquiatría en casos de salud mental. ¿Cómo llegas a esta investigación y qué conclusiones sacas?
Mi interés pasa por ahí a causa del contraste entre el mundo rural —cómo estaban las personas, actualmente llamadas diversas funcionales, en pueblos pequeños— y cómo son tratadas en una gran ciudad. Llegó a mis manos un documento extraordinario, un estudio sociológico de los años 80 que se llama —igual me equivoco— “La discapacidad intelectual en la provincia de Ávila”. Creo que es el primer estudio sociológico y académico en España sobre discapacidad. Y llegan, ya en los años 80, a la conclusión de que es en la comarca del Barco de Ávila y Piedrahita, en la sierra de Gredos, donde más personas con discapacidad hay en España. En concreto, en un pueblo, que se llama, creo que es, Villamediana.

Que el estudio sociológico arrojara ese dato me hizo llegar allí y preguntar a los profesionales que habían estado involucrados en ese estudio, gente que ya está retirada: trabajadoras sociales, bancos que dieron préstamos para empezar a instalar servicios sociales, etcétera. Hay un cambio de paradigma en los años 80 en el cual ya no hay “tonto del pueblo” sino que estas personas que viven en casas que no tienen váter se considera que están en condiciones de infravivienda porque tienen unas necesidades especiales. Entonces se crea la profesión en España, viene a legitimarse la profesión del trabajador social o del educador social y lo hace a través, primero, de un artefacto académico como es ese estudio sociológico importantísimo y, en segundo lugar, viene a legitimarse con todo su entramado económico. El Banco Popular daba préstamos para comprar un coche, para llevar de excursión a estas personas, para sacarlas de su casa y para que se empezara a institucionalizarlas.

Mi intención como autora era que no se viera un uso consciente del cuerpo sino simplemente que se manejan en la vida con el cuerpo como instrumento de aprehensión de la realidad

Comienza la dejación de la comunidad —que bien podía ser una comunidad opresora, no digo que no— el abandono de la comunidad, o arrebatarle a la comunidad el cuidado de cualquiera de sus miembros, sea discapacitado o no y sacarlo de ahí para llevarlo a una institución y a un centro urbano. Ya no estaban en los pueblos, ya estaban en los centros urbanos, aun en los ámbitos rurales. Y de ahí, pues se llega a una estilización hasta llegar a que en los nuevos centros para personas con discapacidad haya piscina climatizada. El sistema de integración hacia estas personas comienza en los 80, y empezó por las condiciones de higiene... por la idea de que no se podía cagar en el campo porque eso era indigno. 

Cristina Morales
Cristina Morales en un momento de la entrevista con El Salto. David Fernández

La danza, la masturbación, la resistencia física al maltrato ¿Crees que la conciencia corporal funciona como una vía de escape para personas en esta situación?
Sí, y diría la inconsciencia también. La conciencia es la que como autora les doy a las protagonistas. O sea, que yo hago el ejercicio de conciencia sobre mí misma y se lo pongo a los personajes pero, si tenemos que hablar de la realidad, diría que el término conciencia también es un lugar social, un aprendizaje. Tenemos dividido —platónicamente— el intelecto de lo físico. A mí me sirve la herramienta como autora para, precisamente, dejar un poco de lado el lugar de prestigio en el que está lo intelectual y el lugar de desprestigio en que está lo físico. El pensamiento acerca de lo físico o la acción política desde lo físico. 

No lo llamaría una vía de escape si no una verdadera herramienta. Mi intención como autora era que no se viera un uso consciente del cuerpo, sino simplemente que se manejan en la vida con el cuerpo como instrumento de aprehensión de la realidad sobre el que detectan bien los sometimientos y los placeres. 

Has defendido en entrevistas anteriores que tu labor no es presentar vías de reforma, que no quieres hacer una crítica constructiva, sino destructiva.
Me atrevo a decir que la crítica, para serlo verdaderamente, tiene que ser destructiva. Ojo, no estamos hablando de una crítica entre amigos ni entre iguales. El Estado no es un igual con respecto a mí. La crítica es contra las instituciones o los poderes, económicos, estatales. Cuando digo Estado me gusta aclarar que el Estado está sostenido con un sistema económico, que la democracia está sostenida y es el caldo de cultivo perfecto para el capital; la mía no es una posición libertariana contra el Estado para que pueda campar a sus anchas el capital: ya campa a sus anchas el capital en el Estado que tenemos. Sí creo que la crítica debe ser destructiva porque de lo contrario, una crítica constructiva, siempre va a criticarlo todo excepto las bases mismas del Estado, que creo que es lo que se debe atacar para emanciparnos.

Si tiene que haber una alternativa tiene que ser la del desmantelamiento de la política masiva en pos de los comandos, en pos de la política que está a nuestro alcance

En la novela aparece el Ateneo como un espacio de liberación para las protagonistas, no obstante, también se reconoce una crítica, quizá a la inmadurez de ese espacio.
¿Crees que se refleja algo así?

Sobre todo al comienzo, sí tuve esa impresión. En todo caso, ¿crees que el Ateneo es una forma de empezar a desmontar esas estructuras del capital y de la política institucional?
Diría que si yo soy simpática con algunos personajes de la novela es precisamente hacia algunos miembros del Ateneo que salen reflejados en las actas de las asambleas okupas. Diría que son el grupo de personajes que aparecen como alternativa real a los problemas de vivienda y de opresión que tienen las protagonistas de la novela. Sin olvidar, qué duda cabe, a las propias maneras del discurso o de obrar. Pero es importante ver cómo esta crítica en la novela se hace desde dentro. El Ateneo es autocrítico consigo mismo, sí permite voces radicales en su seno y no las acalla o, cuando se las acalla, eso se hace ver. Es un lugar de explicitación absoluta.

Personalmente, diría que si tiene que haber una alternativa tiene que ser la del desmantelamiento de la política masiva en pos de los comandos, en pos de la política que está a nuestro alcance. Porque pensemos que no sabemos ni lo que nos metemos en la boca, ni de lo que nos alimentamos, y eso solo puede pasar por un desmantelamiento de lo masivo. Un desmantelamiento del supermercado.

Hay un cuestionamiento muy fuerte también del procés independentista desde posiciones anarquistas. En este sentido, si no funciona una solución como la del independentismo de creación de otra estructura-Estado, ¿cómo se colectiviza o se lleva a la internacionalización proyectos como los del Ateneo?
Pues tengo que comentar que no he hecho una reflexión profunda en ese sentido. Mi experiencia como anarquista no ha ido de momento más allá de lo barrial incluso, si me apuras, de lo familiar o de lo editorial, de lo que más me atañe más personalmente.

Sobre el procés, sí, en la novela sale muy mal parada una cupera, un personaje que enarbola una posición independentista pero que es fatídico. Siempre se me olvida que la novela tiene una ética y que en esa ética el independentismo sale mal parado. 

Otro de los cuestionamientos se dirige a las nociones de autenticidad y fidelidad en la escritura. Si no existe la autenticidad o la fidelidad, ¿qué aparece en su lugar? ¿qué lenguaje los sustituye en esa búsqueda de la verdad?
Yo no sé qué coño es la autenticidad. Creo que son lugares de referencia románticos, ideales. Quizá habría que caminar hacia todo lo contrario. Hacia una bastardización, hacia un charneguismo —que es como se llamaba al migrante hispano-parlante en Catalunya— precisamente hacia un alejamiento de la pureza que es la originalidad, que es lo genuino.

Hay dos escritores que me gustaría mencionar que son Borja Bagunyà y Max Besora, dos escritores en catalán, cuya última obra, Trapologia, tiene grandes conexiones con Lectura fácil, porque escriben en un catalán fonético y bien charnego y lo hacen para hablar nada menos que de trap, que es una manifestación artística donde lo que menos se respeta es la puridad de la lengua o de la escritura. Hay buenos maestros en lengua española. En el cómic, por ejemplo, pienso en Makinavaja, en Ivá, o en Makoki, donde ya se escribía fonéticamente. Se alejaban de lo original y genuino y creaban algo que siendo algo profundamente caprichoso, como la transcripción fonética según su oído, finalmente ocurría que muchas personas podían identificarse con esa cosa fonética y no con la puridad lingüística o filológica.

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4 Comentarios
Alí caté 2:45 21/1/2019

Me ha gustado la entrevista. Me anoto el libro para mis próximas lecturas.

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anonimander 18:01 20/1/2019

Creo que el libro al que se refiere la autora como inspiración es este: https://es-contrainfo.espiv.net/files/2014/07/contra-la-democracia.pdf , por si a alguien le pica la curiosidad. Ya lo estoy leyendo, y me apunto el suyo - de ella- para próxima lectura. Tiene buena pinta, habrá que seguirle la pista a Cristina.

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#29380 17:41 20/1/2019

Por no hablar de la necesidad que tiene la gente "normal" de las personas discapacitadas para sentirse en un plano superior. Una ilusión de funcionalidad democrática (como decididores de los destinos del país) que no es más que una mentira dentro de la supermáquina capitalista.

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Kynikos 11:35 20/1/2019

Parece un libro muy recomendable. Lo leeré.

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