Belén Gopegui: “Excluir el trabajo es una pérdida importante en la literatura”

En Quédate este día y esta noche conmigo, la escritora Belén Gopegui explora las posibilidades de vida fuera —pero desde dentro— del monopolio tecnológico.

Belén Gopegui, durante la entrevista en Madrid
La escritora Belén Gopegui, durante la entrevista en Madrid. Álvaro Minguito

publicado
2017-10-11 07:30:00

Google, el ojo que todo lo ve aunque tú no quieras, ingresó el año pasado 90.300 millones de dólares. Google, la vara de zahorí con la que es obligatorio realizar búsquedas en internet por imperativo de Silicon Valley, emplea a unas 60.000 personas en todo el mundo. Google, el imperio multinacional que monopoliza la navegación por la red, acumula investigaciones por delitos fiscales y evasión en varios países. Google es todo eso y también uno de los protagonistas de Quédate este día y esta noche conmigo (Random House, 2017), la nueva novela de Belén Gopegui (Madrid, 1963). Una alegoría que dibuja una posible salida a este estado de cosas por vía de la fraternidad, para que intentarlo duela menos. Rabia contra la máquina, sí, pero mejor en compañía.

Una novela cuya coartada formal es la autobiografía que dos personas incluyen en su solicitud de empleo para una multinacional. Como poco, llamativo.
Escribir consiste de algún modo en apartar el ruido que corrompe la señal, buscar en la precisión el valor verdadero del mundo; porque es el único camino que conocemos para que un texto pueda hacer lo que hace el tacto o cierta clase de música rota y poderosa: importunar, reírse de sí mismo y tomar bastante en serio a quien lo está leyendo.

El relato que dos personas incluyen en su solicitud de empleo no es solo un pretexto tipo ‘manuscrito hallado’, quiere contar que  las vidas están también ahí, en las solicitudes de empleo, tan a la vista y tan imperceptibles como el significado de ese ideograma chino que, según me contó un amigo, describe el sentimiento de la época en que los cereales adoptan el color del fuego.

¿Hay literatura en el trabajo?, ¿puede haberla?
Uno de los libros más potentes, también desde el punto de vista literario, que he leído en los últimos meses es la tesis doctoral de Carlos López Carrasco, Intensificación del trabajo y tensiones del reconocimiento. Experiencias de estrés en los trabajadores jóvenes de telemárketing y consultoría. Claro que puede haberla.

Gran parte de la literatura trata, sin decirlo de un modo explícito, de cómo se producen nuestros miedos y deseos

¿Es lo laboral un buen campo para explorar literariamente?
El catedrático de Literatura Juan Carlos Rodríguez escribió sobre el error de haber abandonado el lenguaje de la producción y sus preguntas clave: “¿Quién, cómo, en qué sentido y a favor de qué se produce el ‘queso’, es decir, se produce el capital, el yo, el texto o la realidad psíquica y social? En resumen: quién paga y quién se lleva los excedentes”.

Él insistía, y estoy de acuerdo, en que se había sustituido ese lenguaje por el de la circulación. De ahí las infinitas teorías sobre la mercadotecnia, sobre lo que quiere la gente —como si  “la gente”, decía, no estuviera, estuviésemos, producida de antemano, incluso en sus deseos—, sobre los  índices de audiencia. Sobre el consumo, en una palabra. En realidad, gran parte de la literatura trata, sin decirlo de un modo explícito, de cómo se producen nuestros miedos y deseos. Excluir el trabajo es una pérdida importante.

Siendo un tema tan universal, generador de conflicto y que nos atraviesa tanto como el amor, ¿por qué hay escasa literatura sobre el trabajo?
Quizá porque hemos aceptado las líneas divisorias que separan lo personal de lo colectivo, el cuerpo de los sueños, el amor del trabajo, etcétera. La mayoría de las películas de amor del cine clásico, por ejemplo, tienen claro que amor y trabajo se entremezclan aunque lo abordan de manera equívoca: un cualquiera que no tiene trabajo se enamora de la chica rica para horror de los padres, o una chica pobre se enamora de un millonario sin saber que lo es. Pero la narración se presenta como movida solo por el supuesto motor del amor: el trabajo formaría parte de los supuestos obstáculos externos que hay que superar. Mi punto de vista es que el trabajo no es un ‘obstáculo externo’.

También el cine negro está lleno de historias de hombres que intentan sacar adelante un local acudiendo a negocios sucios y acaban convirtiéndose en miembros del hampa que alguna vez triunfan aunque casi siempre mueren en una reyerta. Son, a su modo, películas sobre el trabajo, sobre el reconocimiento, sobre la necesidad de construir, crear, ser útil, y la rebeldía contra quien tiene el poder de contratar, pero no lo vemos así.

La llamada literatura de masas casi siempre tiene en cuenta la tensión del factor trabajo, si bien de nuevo desde lecturas que no cuestionan los paradigmas vigentes. Y hay excepciones, aunque menos, en lo que hoy no sé si sigue llamándose literatura de calidad, por ejemplo Intrusos y huéspedes de Magrinyà, o Yo misma, supongo, de Carrero.

La empresa a la que optan es Google. No es casualidad. ¿Por qué elegiste esta corporación como personaje para la novela?
La misión que Google se atribuye es “organizar la información del mundo”. Hay una pretensión de absoluto, no es extraño que la empresa que ha generado y ahora lo alberga se llame Alphabet. Sin embargo, Google es una empresa privada que está lejos de haber sido elegida democráticamente, siquiera con los conceptos insuficientes de democracia habituales. Esa pretensión de totalidad es, por tanto, autoritaria, y Mateo y Olga la rechazan, por eso hablan de contar a quien todo lo sabe algo que no sabe, de insertar en el código líneas que no nos hayan sido impuestas.

Belén Gopegui presenta nuevo libro
La escritora Belén Gopegui ha publicado una nueva novela, 'Quédate este día y esta noche conmigo'. Álvaro Minguito

Google es una multinacional cuyos productos forman parte de nuestro día a día de una manera más inadvertida, inconsciente, que los de otras muchas. Pero con efectos más duraderos, posiblemente.
Lo inadvertido, lo que hemos tenido que naturalizar, cuando lo vemos suele despertar mayor resistencia. Me gusta narrar a las personas que no aparecerán en los anuncios a bordo de veleros y que, sin embargo, en algún momento de su vida, se mueven en el filo peligroso de las cosas, procuran, de modos muy diferentes, a veces simplemente enfocando sus trabajos de otra forma, producir sentido en vez de limitarse a padecer el sentido que se produce en lugares como Google.

Los famosos mecanismos correctores del capitalismo funcionan solo en unos ámbitos y siempre con grandes costes, la ruina ecológica es una muestra clara y no es la única

En 2011, Eric Schmidt, entonces director ejecutivo de Google, dijo en una conferencia ante estudiantes del Instituto de Tecnología de Massachusetts que “la tecnología ya no se centra en el hardware y el software. De lo que se trata en verdad es de la extracción y el uso de esta enorme cantidad de datos para hacer del mundo un lugar mejor”. ¿Reímos o lloramos ante esta afirmación?, ¿en qué consiste ese “lugar mejor”?, ¿estaría justificado por algo el precio que se paga por él?
Es curioso que abunden las ficciones acerca de una inteligencia artificial que un día tomará el control de nuestro mundo, sin pensar demasiado en que ya hemos creado mecanismos no inteligentes que toman el control a menudo.

El capital, es sabido, no depende de la voluntad de un supervillano o de varios. Cuando las empresas se proponen salirse de las reglas que marca el capital y ser más justas, terminan dividiéndose, cayendo o adaptándose. Porque no se puede jugar mucho tiempo al parchís con las reglas de la oca.

Los famosos mecanismos correctores del capitalismo funcionan solo en unos ámbitos y siempre con grandes costes, la ruina ecológica es una muestra clara y no es la única. Por lo tanto, “ese lugar mejor” del que habla Schmidt no vendrá definido ni por su voluntad ni por la nuestra, sino por las reglas que exigen, por ejemplo, invertir en aquello que puede ser comercializado. Lo llamativo es que estas prerrogativas que, acompañadas del capital necesario, llevan a imponer una determinada idea de “lo mejor”, no molesten a los sectores políticos que claman siempre por su libertad individual.

¿Dirías que la existencia de Google ha afectado a tu escritura?
Creo que no podría no haber afectado, en la medida en que ha cambiado la vida diaria, la idea que tenemos de la realidad, de la memoria, de lo posible y lo imposible. Un ejemplo menor: la mayor parte de las ideas, a mi entender, no pertenecen a individuos solitarios, se gestan en relación con la comunidad. Esto ya era antes así, pero hoy, con los cientos de textos, comentarios, poemas que a menudo se leen en horas de trabajo, ¿quién dirá que sus ideas e incluso su sintaxis es suya y solo suya? Ya no se trata de reelaborar la influencia de la tradición, sino de contar con miles de contenidos donde el talento fosforece y a cuyas autoras y autores olvidamos.

Esto es a la vez bueno y terrible. Hay quien acude a la imagen del enjambre, pero olvida que ese enjambre está atravesado y dirigido, a veces ni siquiera de forma deliberada, por el poder que filtra, subraya o abandona.

El ciberespacio no es aquel ficticio territorio inmaterial, solo será libre cuando también lo sea el entorno en el que crece

El 28 de agosto, el economista y columnista de Bloomberg View Noah Smith publicó un tuit en el que decía que hace 15 años internet era un escape del mundo real y que ahora el mundo real es un escape de internet. ¿Tiene sentido seguir haciendo esta distinción?
Durante algún tiempo internet pudo parecerse un poco a aquella frase: “Me gusta la radio porque no me tengo que peinar”. Era un sitio donde se podía ser de otra manera para mal y a menudo para bien.

Hoy, desde mi punto de vista, ya la misma expresión de internet debería ser puesta en cuestión. Aquella tierra nueva y de nadie ha sido colonizada tan deprisa que quedan muy pocos lugares libres de las grandes plataformas.

De hecho, ahora en internet hay que peinarse todo el tiempo, para salir bien en las fotos o para que no te denuncien por una broma o para no perder el mercado de seguidores, de posibles personas influidas o como se llame el sujeto pasivo de la o el influencer, etcétera.

Ya con 14 años, y pronto será antes, adolescentes que se hacen videostars ganan dinero con links para compras de ropa de followers aún más jóvenes. Esto es una parte del mundo real, como lo es la insinuación, citada en un artículo por Esteban Hernández, de que las empresas tecnológicas disruptivas podrían ser “mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”. El ciberespacio no es aquel ficticio territorio inmaterial, solo será libre cuando también lo sea el entorno en el que crece.

Resulta difícil imaginar la vida después de internet y se acepta que su implantación es irreversible: es la tecnología definitiva y la red definitiva. ¿Dirías que Silicon Valley ha logrado el fin de la historia, pronosticado por Fukuyama al respecto de las democracias liberales, con esta red internacional impulsada por el capitalismo?
Usaría otra palabra en lugar de “irreversible” puesto que forma parte de internet su, digamos, nicho ecológico, y ese nicho depende de la energía, del trabajo y de que las condiciones para que exista vida humana en este planeta limitado se puedan mantener.

En cuanto al fin de la historia, hoy que, como leí en “internet”, algunas lecturas de Gramsci pueden estar llevando a confundir la hegemonía con el márketing, pienso en cambio en aquella otra idea de Gramsci según la cual lo único que se puede prever es la lucha.

Para generar otros propósitos se requiere algo más que la mera evolución de una supuesta ciencia neutral, habría que hacer que esa ciencia estuviera atravesada por intereses diferentes

El escritor Hakim Bey dijo ya en 1999 que “la red es un espejo perfecto del capital global”. ¿Ese espejo perfecto ha ido perfeccionándose hasta ser hoy el propio capital global y no su representación?
No creo, es como cuando se habla del fin de la muerte y nadie parece considerar la idea de quién trabajará para todos esos ancianos de 130 años que irán consumiendo el hipotético capital de sus hijos, nietas, bisnietos. No es tan sencillo decir que trabajarán los robots pues estos tendrán que ser mantenidos con energía y fabricados con propósitos que sean 'rentables'.

Para generar otros propósitos se requiere algo más que la mera evolución de una supuesta ciencia neutral, habría que hacer que esa ciencia estuviera atravesada por intereses diferentes. La idea, por ejemplo, de que algo se perfeccione, requiere haber establecido fines, y hoy carecemos de formas de organización con poder real para debatir en torno a ellos, escoger consecuencias y democratizar la capacidad de abrir los medios para realizarlos. Claro que nada de esto significa que no pueda producirse una cadena de sucesos altamente improbables que cambie la situación.

En La locura del solucionismo tecnológico, Eugeny Morozov recuerda que internet no es causa del conocimiento en red, sino su consecuencia, y señala que las verdaderas redes generadoras de conocimiento están en otra parte. Para él, internet puede fortalecer y también debilitar esas redes, pero no genera un cambio fundamental en lo que cuenta como conocimiento ni en el modo en que se produce. ¿Compartes esta visión?
Víctor Sombra escribía hace poco en un artículo sobre una posible comunidad de robots animados por la inteligencia colectiva. Decía que esta clase de inteligencia se consigue contra uno mismo y contra el entorno, en colaboración con los otros, y que se centra en lo que nos mantiene en pie y permite crecer juntas: “Desecha saber en detrimento de otros o para prevalecer sobre ellos”.

El cambio no dependería, a mi modo de ver, de que esa comunidad estuviera compuesta por robots o por personas, ni de que se diera dentro o fuera de las diferentes redes, sino en conseguir desechar el saber en detrimento de otros. Como dice una amiga: el esfuerzo merece la pena, pero no para estar arriba. La cuestión, entonces, sería algo así como diseñar y lograr poner en marcha el proceso por el cual ese cambio pueda producirse.

Belén Gopegui, literatura ingobernable
Belén Gopegui, literatura ingobernable. Álvaro Minguito

Lo individual y lo colectivo vuelven a estar presentes en esta novela. ¿Crees que existe la posibilidad de una comunidad en internet, basada en la solidaridad, generadora de conocimiento y con prácticas distintas a las del capital?
Sí, desde luego. Y pienso que el mero intento, los esfuerzos colectivos para enseñar a usar tecnologías libres a cualquier persona, hacklabs, la creación de medios de comunicación regidos por principios diferentes, proyectos como Rise.up, Nodo50, que una persona sola en su casa sin conocimientos especiales con la ayuda de un foro aprenda a particionar un disco duro, incluso que otra se dedique a abrir anuncios de Facebook al azar con el deseo de perturbar el algoritmo, todo esto no son detalles menores, son la fuerza de rozamiento que, si se propaga, puede detener o al menos ralentizar el mecanismo y generar esa comunidad de la que hablas.

Las grandes corporaciones necesitan cuerpos y tienen talones de Aquiles, aunque tal como van los tiempos, un talón no vaya a ser suficiente

Porque si hay algo en lo que coinciden las grandes corporaciones, los grupos de presión, etcétera, es en transmitir la idea de que es imposible resistir, y menos aún pasar a la ofensiva. Sin embargo, no es cierto. Las grandes corporaciones necesitan cuerpos y tienen talones de Aquiles, aunque tal como van los tiempos, un talón no vaya a ser suficiente.

¿Cómo manejas esa tensión entre lo colectivo y lo individual, dedicándote a una profesión como la de escribir, que tiene mucho más de lo segundo?
Escribir es una acción personal, pero al mismo tiempo es una acción colectiva por muchas razones. Los textos son la base material de un nosotras en donde convergen la institución social, la lengua, y su apropiación por los individuos para crear un terreno común.

El inmunólogo cubano Agustín Lage escribió: “La ciencia es una tarea social: la hacen las colectividades humanas a través de determinados individuos, no a la inversa (como algunos aún la describen)”. Esa idea me pareció siempre aplicable a la literatura, y hoy acaso más que nunca.

Dicho todo esto, escribir es también nuestra manera de estar en soledad, pero no para contar nuestros propios secretos, me parece.

3 Comentarios
Anónima 23:14 11/10/2017
Gracias Belén, siempre es un placer leer a alguien con la tranquilidad de saber que no te la va a meter doblada a la que te descuidas. Personas con ética y principios quedan pocas. Mucha suerte con el nuevo libro.
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Antonio 18:53 8/12/2017
enhorabuena por la entrevista
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J. Rocha 13:06 11/10/2017
El artículo de Belén Gopegui, muy bueno.
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