Opinión
Esta orfandad
La tristeza es un animal que desde hace meses come de mi mano y se enrosca a mis pies. ¿Qué me pasa? ¿Acaso hay algo mal en mí? Cojo el móvil para distraer la desazón. Abro Instagram. Un médico que acaba de regresar de Gaza explica que los soldados israelíes apostados en los puntos de reparto de comida juegan al “tiro al plato” con los palestinos, hallando un claro patrón en los disparos (cabeza, tórax y genitales son las “dianas” favoritas del ejército sionista).
Deslizo el dedo índice. Un video muestra cómo era Gaza hace dos años y la masa de escombros que es ahora. Deslizo. Cadáveres en bolsas blancas se apilan sobre el suelo. Un padre reza aferrado a una de las bolsas. Deslizo antes de llegar al final. Leo las palabras que Anas Al Sharif, periodista asesinado en un bombardeo de precisión junto a sus compañeros de Al Jazeera, dejó escritas como despedida, sabiendo que pronto le tocaría a él. Lloro y deslizo otra vez.
Dos niñas con miembros amputados hipan sobre la camilla de un hospital con el rostro cubierto por el polvo. Cierro los ojos. Deslizo. Una masa humana aborda un camión de ayuda tratando de alcanzar algo. Escalan unos sobre otros, desesperados. Trago saliva. Deslizo. Un niño que ha logrado hacerse con un saco de harina corre, tropieza, cae sobre él. Se levanta con la boca blanca. Vuelve a correr. Deslizo. Lloro.
Una noticia advierte de la muerte de veinte personas al volcarse un camión de ayuda humanitaria sobre ellos. Deslizo. Leo que el parlamento israelí ha aprobado la ocupación militar total de Gaza y la toma de control de la ciudad. Deslizo. Impreco. Una madre palestina sostiene en brazos a su hijo, del que solo vemos sus huesos. Deslizo. Lloro. Unicef advierte que 320.000 niños y niñas palestinas están en riesgo de sufrir desnutrición aguda y miles sufren desnutrición aguda grave, la forma más letal de desnutrición.
Aprieto los dientes. Deslizo. Un diario recoge las declaraciones de Netanyahu: “Si quisiéramos un genocidio, nos habría llevado una tarde”. Maldigo con todas mis fuerzas. Deslizo. Un grupo de colonos israelíes celebra las bombas que caen sobre Gaza, prismáticos en mano, desde un “mirador” convertido en atracción turística. Odio con todas mis fuerzas. Deslizo. Un padre palestino trata de desplazar la silla de ruedas de su hijo, mutilado por las bombas, sobre la arena. Se arrodilla, agotado. Deslizo. Una niña acerca su olla a quien está repartiendo comida. La multitud la aplasta. La pequeña llora sin apartar su perol.
Deslizo. Deslizo. Deslizo.
“He desplegado mi orfandad sobre la mesa, como un mapa”, escribió Pizarnik. Apago el móvil y lo entiendo de golpe. Esa pena que me roe los pies no es solo mía: es la misma tristeza impotente y culpable que nos arrasa a todas. Están desapareciendo tantas cosas al ritmo que desaparece Palestina (la esperanza, la alegría, el vigor). Existe en alemán una palabra, weltschmerz, que suele traducirse como “dolor del mundo”. Esta orfandad que se despliega como un mapa ante nosotras es el único mundo que tenemos. ¿Cómo no va a doler?
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