Opinión
Fruto de la rapiña, un país
Por el Sendero de Lágrimas avanzan cuatro mil choctaws. Van andando los hombres más jóvenes; a caballo o en carros ancianos y mujeres. Los niños duermen en la parte de atrás. Una ley los obliga a desplazarse desde sus tierras ancestrales al lugar que los colonos han designado como Territorio Indio, al oeste del río Misisipi. Escasean los alimentos, hace frío y las enfermedades que los blancos trajeron se extienden entre los más débiles. Decenas de ellos mueren cada día. A los choctaws les siguen los cheroquis, los muskogui, los seminolas y los chickasaw: más de setenta mil nativos americanos son expulsados de sus tierras entre 1830 y 1850. Sobre millones de cadáveres, sobre miles de hectáreas de tierras robadas, se levanta un país. Fruto de la rapiña, un país.
En el momento de constituirse los Estados Unidos hay en sus Trece Colonias medio millón de esclavos. Llevan más de dos siglos desembarcando desde África con grilletes en los pies, formando filas a golpe de fusta, abriendo las bocas para mostrar sus dentaduras a los futuros amos. En los bosques, en las carreteras, en los campos, trabajan hasta caer rendidos, duermen hacinados en cuadras, reciben latigazos a capricho del señor (el mismo que cada noche viola a una mujer). Cientos de manos cosechan el algodón; dos manos recogen las monedas. El despojo y la explotación son las fuentes originarias del capital, ya lo dijo Marx.
La expresión “destino manifiesto” apareció por primera vez a finales del siglo XIX, en un artículo en el que John L. O’Sullivan aseguraba que el destino de EEUU pasaba por expandirse por todo el continente, que era la Providencia misma la que les había asignado esa misión, “para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”. En nombre del progreso y la democracia, bajo la coartada de un supuesto plan de Dios, los yanquis se anexaron gran parte de su territorio actual. El “destino manifiesto” dio lugar después a la Doctrina Monroe, bajo la que se justificaron decenas de intervenciones militares en Abya Yala, de Puerto Rico a Haití.
En el siglo XX, el ansia imperialista de EEUU traspasó las fronteras del continente americano. Desde 1776 hasta 2026, las “operaciones militares” yanquis —esto es, las invasiones, el expolio y las injerencias en la soberanía de países ajenos— suman más de cuatrocientas. En pocos rincones del mundo no ha rascado unos billetes la avara mano del Tío Sam. Esto de Trump no es nuevo ni es una excepción. Su complicidad con el sionismo, la intervención en Venezuela, el secuestro de Maduro, las persecuciones racistas del ICE, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba, el extractivismo y las políticas genocidas son la esencia de EEUU, el mayor enemigo de los pueblos del mundo, el “tigre de papel” que Mao nos instó a combatir. “Habla suavemente y lleva un gran garrote. Llegarás lejos”, dijo Roosevelt. El garrote es hoy el mismo de ayer, no lo olvidemos; lo único distinto es el tono de voz.
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