Italia
No al TAV: alimentando el fuego de la resistencia en el norte de Italia

La lucha que lleva décadas librando el movimiento contra el Tren de Alta Velocidad (TAV) en el norte de Italia es fuente de inspiración para los movimientos ambientalistas y anticapitalistas de todo el mundo.

@frank_barat

publicado
2017-12-17 08:33:00

Al llegar al aeropuerto de Turín, en un cálido día de otoño, el olor a humo es sobrecogedor. El pronóstico del tiempo muestra en mi teléfono móvil un sol radiante, pero yo solo veo nubes. No es hasta el momento en que entramos en la autopista cuando me doy cuenta de que el océano de gris no tiene nada que ver con las nubes. Lo que ocurre es que El Piamonte está en llamas y que estas han engullido el valle de Susa durante casi una semana.

El valle de Susa es una hermosa franja de tierra, localizada entre Italia y Francia y flanqueada por los Alpes, que la protegen. A sus habitantes se les conoce por su terquedad y apego a la tierra; una mentalidad montañesa. Para estas personas, marcharse nunca es una opción. Su apego y cercanía a la tierra me recuerdan a las comunidades de nativos americanos en los Estados Unidos o a los pueblos aborígenes australianos, ya que son tan espirituales como físicos y prácticos. Ya se ha evacuado a gente de sus casas, y el resto de los habitantes de las pequeñas aldeas que salpican el valle vive ahora con el miedo de que, tarde o temprano, se le invitará a hacer lo mismo.

Cuando mis contactos en la zona —Mina, una activista, y los abogados Valentina y Emmanuel— me recogen en el aeropuerto, me comentan que otro tipo de fuego lleva más de 25 años abrasando el valle: el fuego de la revuelta.

TAV Italia 1


Al ser una ruta clave para el turismo, el comercio y las empresas entre dos grandes motores económicos de Europa, el valle de Susa ha atraído a lo largo de los años muchos proyectos de grandes infraestructuras, ninguno de ellos tan controvertido y cuestionado con tanta fiereza como la línea ferroviaria de alta velocidad para mercancías entre Turín y Lyon.

Durante los últimos 25 años, personas de todo tipo han luchado contra este megaproyecto: una línea ferroviaria de 270 kilómetros, que incluye un túnel de casi 60 kilómetros, que cruza los Alpes entre el valle de Susa y la ciudad de Maurienne, en Francia. Los gobiernos italiano y francés y la Unión Europea —que financia el 40% de los 26.000 millones de euros en que está valorado el proyecto— elogian la vía como algo que beneficiará tanto al pueblo como a las empresas de transporte de mercancías, además de proporcionar cientos de puestos de trabajo. Los habitantes del valle, a quienes nunca se les consultó debidamente, sostienen que esta nueva línea no solo es innecesaria —ya que la línea actual, según encuestas e informes especializados, puede ampliarse—, sino que solo traerá destrucción ambiental y una catástrofe social y económica al valle y sus habitantes.

Se teme que la perforación libere amianto y uranio de las montañas, lo cual contaminaría la zona. La gente cuestiona también el coste inflado del proyecto en un momento en el que la imposición de unas drásticas medidas de austeridad se está traduciendo en el cierre o la privatización de hospitales y servicios públicos básicos. Los y las activistas del valle alegan que el dinero que se necesita para construir un solo kilómetro de vía sería suficiente para construir un hospital. Además, se ha denunciado que los principales beneficiarios del proyecto serán constructoras poco transparentes que tienen fuertes vínculos con la mafia. Según un reportaje de Arte, cuatro empresas que trabajan en el proyecto tienen vínculos con la ‘Ndrangheta.

TAV2

Las personas con las que me encuentro en el transcurso de dos días —principalmente personas que han vivido en el valle durante décadas—, tienen clara una cosa: para ellas, esta es una lucha por la supervivencia, una lucha de la naturaleza contra el capitalismo, una lucha sobre el significado del progreso y sobre el mundo en el que queremos vivir, y una lucha de las personas contra las grandes empresas y los Estados. A pesar del equilibrio de poder tan desproporcionado y las dificultades a las que la mayoría de los habitantes se ha enfrentado durante décadas de lucha, ninguna de ellas está dispuesta a claudicar. Me reúno con Nicoletta Dosio, uno de los iconos de la lucha, en un almuerzo en La Credenza, un típico restaurante italiano situado en Bussoleno, que sirve a veces de cuartel general para los y las activistas del No al TAV, y donde cuelgan retratos del Che Guevara y Zapata al lado de carteles de manifestaciones y banderas de solidaridad con Notre-Dame-des-Landes, en Francia, Palestina, el EZLN de Chiapas y otros movimientos. En 2015, un tribunal de Turín condenó a Nicoletta por sus acciones durante una manifestación contra el proyecto. Un año más tarde, fue sometida a arresto domiciliario, después de no presentarse en su comparecencia diaria ante la policía. Nicoletta decidió infringir también dicho arresto y en septiembre de 2016 salió de su casa. Durante la fuga de Nicoletta, que cobró una dimensión muy pública, se puso en marcha una inmensa campaña de solidaridad. Su acto de desobediencia civil, mientras se enfrentaba a un evidente intento de criminalizar a todo el movimiento y cualquier forma de disidencia, acaparó titulares en toda Italia.Los abogados Valentina y Emmanuel se unieron a nosotros en el almuerzo. Entre las conversaciones y las bromas con Nicoletta y otras personas, comentan que a los activistas del No al TAV se les ha acusado hasta de terrorismo. El Gobierno ha declarado la zona de las obras de interés estratégico, abriendo el camino para tratar a quienes protestan contra ellas como terroristas. Aunque los y las activistas del No al TAV ganaron el caso, el hecho ilustra muy bien hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno para silenciar el activismo. 
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En uno de los procesos judiciales más impresionantes, 47 activistas fueron enjuiciados por sus protestas en el día del inicio de las obras. Después de perder el primer juicio y la apelación, activistas y abogados han acudido ahora al Tribunal de Casación en Roma. Si pierden la apelación, podrían enfrentarse a multas de hasta 300.000 euros. Pero aun si esto ocurriera, solo supondría un pequeño contratiempo: cuando los activistas tuvieron que pagar una cantidad similar, en 2014, consiguieron el dinero mediante una campaña de financiación colectiva en dos semanas.

La realidad es que esta lucha, que dura más de dos décadas, ha unido y fortalecido al pueblo. Eso es lo que más asusta al Gobierno. Por todo el valle de Susa se han construido los llamados presidi. Un presidio es un espacio —muchas veces una cabaña de madera— creado como lugar de discusión y asamblea, en el que los vecinos y las vecinas de las aldeas se reúnen todas las semanas para debatir las próximas acciones, las necesidades de la comunidad y los vínculos con otros movimientos, tanto en Italia como en el extranjero. Todos los meses de julio se celebra en la ciudad un festival de literatura y música. El movimiento ha recibido también el apoyo de muchos artistas.

Soy testigo de esto cuando Gianni y Emilio, miembros de un grupo cristiano, nos llevan a Mina y a mí a visitar las obras. Artistas del grafiti de toda Italia han dejado muestra de su arte en los inmensos pilares al lado de la carretera, alrededor de la obra. Es un espectáculo maravilloso. Gianni me muestra también un lugar, muy cerca de la obra, donde algunos vecinos han comprado un pequeño terreno. Dos veces por semana cruzan el control desplegado por el ejército, la policía y los carabinieri y organizan allí una comida campestre colectiva. Esta es su tierra, su hogar, y lo reivindican. Ver cómo la resistencia puede ser tan creativa y estimulante me genera una sensación hermosa y empoderadora.

Un par de horas antes de que mi vuelo salga del aeropuerto de Turín, participo en un almuerzo para recaudar fondos organizado por Lisa, una expatriada canadiense adoptada por la comunidad de Meana. Mientras saboreamos unas deliciosas tortitas y otras especialidades canadienses, Lisa explica que los fondos conseguidos se utilizarán para apoyar a los bomberos que llevan siete días haciendo horas extraordinarias. El movimiento del No al TAV y los habitantes del valle saben que la solidaridad empieza en casa. El movimiento orgánico que han creado se ha convertido en un símbolo de resistencia protagonizada por el pueblo y para el pueblo. Su emocionante viaje, la senda de resistencia que emprendieron, es tanto una lección de humildad como una fuente de inspiración.


Frank Barat es coordinador del programa Guerra y Pacificación del Transnational Institute. Es también editor de varios libros, el último de los cuales se titula La libertad es una batalla constante, junto con Angela Davis. Es miembro del colectivo Revue Ballast.
Traducción al español: Christine Lewis Carroll
Este texto se ha publicado originalmente en Roarmag y en el TNI

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