Opinión
Intifada en Turín

Turín, símbolo del colapso industrial y cultural italiano ha visto como la gran manifestación por el desalojo del Centro Social Askatasuna puede suponer un paso más en una inesperada convergencia de luchas, desde Palestina hasta las fábricas, que podría recomponer el campo de los movimientos sociales en Italia
Askatasuna Turin 31

La manifestación nacional en Turín en apoyo al Centro social Askatasuna, que podría haber sido un momento para el crecimiento y de unificación gradual del movimiento, marcó en cambio un punto de bloqueo y contradicciones internas. No es la primera vez que esto ocurre y no será la última. Por lo general, tras este tipo de acontecimientos, existe el riesgo de que los debates se estanquen, mientras la reacción campa a sus anchas porque puede permitirse apretarnos más las tuercas. Para evitar caer en la parálisis, conviene levantar la vista y mirar a nuestro alrededor. 

Primera cuestión: Turín constituye el epicentro del desastre industrial italiano, un desastre que hoy está alcanzando un punto de inflexión, y nadie parece darse cuenta: aquel formidable amortiguador de la crisis llamado “Cassa Integrazione”, que permitió que Italia pasase de forma prácticamente inadvertida de ser un país industrial a uno cuya economía se basa en los grandes eventos y el esclavismo, ya no funciona. Si una fábrica o una empresa atraviesan un periodo de crisis, normalmente se negocia un número de horas con la CIG, tras lo cual la empresa se recupera, dejando algo por el camino. Así ha sido hasta ahora. Pero hoy, una empresa cierra y ahí queda todo. No hay reacción alguna por parte de los trabajadores ni los sindicatos, y aunque la hubiera, tendría escasísima visibilidad pública. 

Pero la cuestión de fondo no es esa. El problema es que una cultura, toda una civilización del conflicto se está apagando junto con la Italia industrial. El 31 de enero esto quedó bien claro.

La masa indistinta que exige orden  sabe que nunca va a estar mejor, les basta con ver a los del Askatasuna entre rejas.

Segunda cuestión: Turín es también el epicentro del sistema informativo y editorial italiano. ¿Qué queda de él hoy? El caso de La Stampa resulta paradigmático. Antes era una potencia, después decayó pero siguió siendo un pilar del poder en el país. Luego terminó convirtiéndose en apenas una sombra de lo que fue y ahora casi da pena la forma en la que pasa de mano en mano entre empresarios. “Venga, te toca a tí”, “Te lo agradezco, pero no me interesa”. La Turín defensora del orden, esa Turín que no aparece atravesada por el conflicto de clase, socialmente similar a la base que sostiene a Trump en los Estados Unidos, no parece dolerse de ello en absoluto. Si muere la industria, también puede jubilarse La Stampa. La masa indistinta que exige orden está más allá del capitalismo porque el capitalismo dice que si eres bueno estarás todavía mejor. Esta gente sabe que nunca va a estar mejor, les basta con ver a los del Askatasuna entre rejas.

Tercera cuestión: Hace su aparición la fiscal general del Tribunal de Turín: “Cada vez más empresas recurren a organizaciones mafiosas para contratar servicios logísticos, de seguridad, de gestión de residuos y de recuperación de deudas”. Se acabó la farsa de que los pobres empresarios son extorsionados por la mafia. Las empresas, incluso algunas multinacionales, aceptan los servicios de las mafias para pagar menos al personal. Aquí nada hace nada para impedirlo, mucho menos aún la Confindustria.

Asistimos al rarísimo fenómeno de la recomposición,  la convergencia espontánea de tantas resistencias en un único frente.

En este contexto general de declive, similar al de tantas otras ciudades italianas -algunas bastante están bastante peor, como Milán- se produce algo nuevo, un acontecimiento que rasga este ambiente asfixiante: el movimiento transversal para frenar el exterminio del pueblo palestino. A primera vista parece un movimiento capaz de unir a las generaciones que componen los centros sociales -sí, generaciones en plural, porque en ellos hay gente que pinta canas y otros con apenas veinte años. El impulso mostrado por este movimiento suscita una disposición al antagonismo que se manifiesta precisamente en la defensa del Askatasuna, al mismo tiempo que resquebraja la cohesión de aquellos que invocan el orden, contagia a quienes se oponen a la censura de determinados intelectuales, relanza las ocupaciones universitarias y reactivan un cierto interés por la condición obrera y por el precariado. En definitiva, parecen emerger muchos elementos que, por fin, parecen capaces de romper las reglas del juego, suponiendo un soplo de aire fresco, haciendo menos fácil de asumir la lógica del Ministro Piantedosi. Parece que asistimos al rarísimo fenómeno de la recomposición, es decir, de la convergencia espontánea de tantas resistencias en un único frente, donde el comportamiento pacífico es una señal de fuerza, no de miedo. Y pacifico no significa indefenso, pensemos por ejemplo en los obreros siderúrgicos genoveses. Al menos, este el tipo de interpretación que hace esa cultura del conflicto, una que hunde sus raíces en las tradiciones socialistas y comunistas, en la subjetividad obrera de los años 70, es decir, en todas aquellas perspectivas que ven como horizonte una posible victoria, y saben que no deben desperdiciarla con las imposiciones

El Gobierno de Meloni no es capaz de detener la crisis, y aunque quisiera, no podría hacerlo, porque detrás de este proceso están las altas finanzas.  Solo son capaces de sacar un nuevo Decreto Sicurezza.

¿Todo esto se ha roto con los disturbios del 31 de Enero?

Meloni se ha desplazado a Turín la misma mañana siguiente. Pide a los magistrados que procedan por tentativa de homicidio. La escena de un grupo de personas que golpean a un policía en el suelo, que trata de protegerse la cabeza de los golpes, recuerda demasiado a las miles de veces que hemos visto imágenes similares de grupos de policías ensañándose con manifestantes aislados. Quizá a Meloni no le termine conviniendo demasiado el uso de la imagen. En el campo de quienes salieron primero a las calles por Palestina y después por el Askatasuna, y aún más en el campo considerado como “antagonista”, no parece que reinar la claridad, porque en este momento las dos culturas del conflicto, entre quienes tienen por horizonte la recomposición y la que tiene como modelo la intifada, no logran convivir. La forma del conflicto, las tácticas de protesta en las calles, se corresponden siempre con una determinada cultura de la política y nos parece que podemos decir que la perspectiva de la intifada no prevé un proceso de crecimiento ni tiene perspectivas de victoria. Es un testimonio, un grito de rabia y dolor. La intifada importada de otro contexto, desarraigada de la realidad palestina, está todavía más despojada de visión estratégica, aunque sea en el más corto plazo. Sin embargo, esto es parte de las problemáticas que los movimientos revolucionarios han conocido durante decenios, al menos desde los años 70. Pensemos por ejemplo en la teoría del “foco guerrillero” de inspiración guevarista respecto a la de una lucha popular de larga duración. Por eso, la intifada importada no se puede despachar calificándola como una provocación, aunque la provocación sea parte del juego. Esto es algo que los disturbios callejeros van a seguir arrastrando durante mucho tiempo. Porque las protestas, muy a pesar del aumento de la presión represiva, van a continuar. Y lo van a hacer por la sencilla razón de que este país se está deslizando hacia el abismo, como ha pasado recientemente con las casas de Niscemi. El Gobierno de Meloni no es capaz de detener la crisis, y aunque quisiera, no podría hacerlo, porque las fuerzas que hay detrás de este proceso son abrumadoras, los de las altas finanzas. Meloni y su Gobierno solo son capaces de sacar un nuevo Decreto Sicurezza.

Officina Primo Maggio
Artículo original: Intifada a Torino, publicado en italiano por Officina Primo Maggio y traducida bajo licencia creative commons por El Salto.
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