Antiespecismo
¿Por qué jerarquizamos a los demás animales?
A lo largo de los días 25 y 26 de abril ha tenido lugar en Valencia una nueva edición de la Mostra del Llibre Anarquista. Los demás animales han tenido su espacio en este evento mediante un puesto fijo de información gestionado por las colectivas antiespecistas Valencia Animal Save, Euka y Rebeldes Indignadas y la presentación de dos libros: Paradojas de la experimentación en animales de Marta Tafalla y Metacuerpos. Un contrapocalipsis de Jaym del Val.
Paradojas de la experimentación en animales
En esta obra, Marta pone de relieve el infortunio de los animales víctimas de los centros de investigación y desvela datos sorprendentes acerca de esta actividad.
La experimentación con animales es algo relativamente reciente. Las primeras referencias a la experimentación animal se remontan a la antigua Grecia, a Aristóteles, de una manera muy minoritaria y marginal. Esta actividad prácticamente desaparece durante la Edad Media para volver con la revolución científica que tuvo lugar durante los siglos XVI y XVII, no exenta de polémica y discusión, pero cuya consecuencia es una visión mayoritariamente mecanicista de los demás animales, considerados como seres desprovistos de alma y de emociones, que solo responden a estímulos de manera automática. Aun así, la defensa de la experimentación animal por parte de la comunidad científica fue minoritaria hasta el siglo XIX. De esta época data la primera ley reguladora en Reino Unido y solo 23 científicos obtuvieron licencia para experimentar con animales, frente a los 20.000 autorizados en el siglo XX.
A la vez que se usan animales para llevar a cabo experimentos, surgen las voces críticas ya en la época de Aristóteles. A lo largo del siglo XIX aparecen las sufragistas, muchas de ellas vegetarianas y opositoras a la vivisección, que consiste en realizar pruebas invasivas en individuos vivos. Se crean las primeras asociaciones contra la experimentación con animales. No obstante, el enorme desarrollo tecnológico de los siglos XX y XXI provoca la expansión de un gran complejo industrial que se enriquece con la experimentación animal.
Las primeras pruebas realizadas en los centros de investigación a lo largo del siglo XX tienen que ver con diferentes enfermedades humanas. Progresivamente se van diversificando: se estudia la adicción a las drogas, a pesar de que las personas dedicadas a la prevención y cura de la drogodepedencia manifiestan que ese tipo de experimentos son totalmente innecesarios, pues ya se sabe sobradamente cómo acompañar a las víctimas de estas adicciones. Se realizan los experimentos más variopintos en toxicología, que básicamente tratan de envenenar a los animales cono todo tipo de sustancias como barnices, pinturas y un amplio abanico de productos cuya inhalación o contacto pueden causar problemas de salud en seres humanos. También experimentan en ganadería y acuicultura, con el fin de aumentar la productividad de la explotación; en la industria militar, en farmacología, etc.
En las últimas décadas ha aumentado la presión sobre la comunidad científica para que sea más productiva en cuanto a la publicación de artículos, lo que aumenta el número de experimentos innecesarios. Este modelo de investigación se basa en la competitividad y no en la cooperación. Las grandes farmacéuticas no comparten datos, lo que lleva a la repetición de pruebas e impiden la difusión de resultados contrarios a sus intereses empresariales. Así, la ciencia deviene en comercio.
El actual volumen de negocio implica un gran número de empresas directamente relacionadas con la experimentación, como los criaderos de animales y la fabricación de instrumental y dispositivos necesarios para llevar a cabo los ensayos, lo que a su vez favorece la incidencia política del sector, con normativas y leyes diseñadas para favorecer esta actividad. En los últimos tiempos han aparecido empresas que realizan las pruebas para centros de estudios. Es el caso de Vivotecnia, denunciada por la crueldad en la ejecución de los experimentos en sus instalaciones. Un caso más que pone sobre la mesa la cuestión de los sellos de presunto bienestar animal, algo imposible cuando se considera usar a seres sintientes en cualquier circunstancia y más aún tratándose de prácticas que causan mucho dolor.
Frente a la experimentación animal, el activismo en favor de los Derechos Animales y también parte de la comunidad científica demanda el desarrollo de técnicas alternativas que no impliquen el uso de animales.
Metacuerpos. Un contrapocalpsis
Estructurado a modo de demanda, un hipotético “Juicio a la Humanidad” concluye con propuestas pragmáticas concretas que desmontan creencias milenarias predominantes en la propia intelectualidad crítica y en el activismo ecosocial.
El libro desmantela la ideología supremacista del progreso y el crecimiento infinitos y plantea un nuevo discurso emancipador del total de lo viviente. El concepto de metacuerpo es central en ese proyecto, pues implica pasar de pensar el mundo como hecho de cosas separables a pensarlo y vivirlo como procesos continuos, indeterminables y relacionales de variación, devenir y simbiosis. Ello implica una estética con la que reinventar los modos dominantes de percepción, hoy basados en la perspectiva lineal de renacimiento, y movilizar un activismo de los cuerpos en movimiento que superen las limitaciones supremacistas no reconocidas de las políticas humanas centradas en la verbalidad, para una liberación terrestre, a realizar como mutación profunda en el colapso que viene.
Jaym denuncia en su obra que la propia intelectualidad crítica y el activismo ecosocial de hoy en día reproducen ubicuamente los sesgos del supremacismo humano, resultando en una ausencia real de alternativas a las formas imperantes de dominación. Hasta en la más “avanzada democracia” se da por bueno exterminar a miles de millones de animales al día ignorando toda la información existente sobre sus complejas capacidades cognitivas y sociales.
El libro rastrea los orígenes del problema mucho más allá del capitalismo, en el surgimiento de la domesticación y el sedentarismo y, más atrás aún, en la bipedestación y expone la manera en que ha ido surgiendo un estrato de movimientos alineados, homogéneos y fragmentados, y de percepciones alienantes y estrechas, que ha paralizado la biosfera pues contravienen el principio vital y evolutivo de la continua variación y la simbiosis. El supremacismo humano impide a la humanidad actual reconocer su fracaso, su callejón sin salida y la sumerge en un bucle de negacionismo y fanatismo que solo acelera todo aquello que nos lleva al abismo.
En consecuencia, se propone el veganismo como medida inmediata y después, a medio y largo plazo, la transición a sistemas agroalimentarios justos, anticoloniales y anticapitalistas, porque la alimentación basada en la explotación animal es la principal causa de la crisis ecológico-climática, de destrucción de bosques y océanos y extinciones masivas. Aunque se trata de un hecho reconocido por la ciencia, es silenciado en el discurso público y desde el propio ecologismo.
El sedentarismo, iniciado en el período Neolítico, conllevó la domesticación de los demás animales, base de la jerarquización y desigualdad sociales. El uso de los demás animales los confina en explotaciones, impide su desarrollo como individuos, les arrebata la vida y además, causa víctimas en aquellos catalogados como “no utilizables” pero que se ven afectados por la ocupación, manipulación y destrucción de los ecosistemas.
El supremacismo humano, afianzado a lo largo de los siglos, ha derivado en innumerables prácticas que provocan daños a los demás animales. Pero hasta la más normalizada, como la experimentación animal, que se justifica en nombre de la ciencia, encuentra contestación en la ética y en la empatía para lograr una sociedad justa, una sociedad sin víctimas, basada en la consideración, en el respeto y en los cuidados, erradicando cualquier atisbo de violencia.
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