Antiespecismo
Teya Brooks: “Las ovejas son pacifistas por naturaleza”
“Eres un borrego” He aquí una expresión usada tradicionalmente para señalar actitudes serviles y faltas de criterio. Desde las Montañas Azules, en Australia, la escritora Teya Brooks nos cuenta cómo es el día a día con sus cuatro ovejas rescatadas. Narrada en clave epistolar, Teya nos ofrece una visión novedosa de la vida social de las ovejas, una visión desde la subjetividad de los propios animales.
¿Qué te ha llevado a escribir Cartas a mis ovejas y por qué ese estilo literario?
Tanto el libro como el formato epistolar fueron, en cierto modo, accidentales. Cuando salió mi libro Enter the Animal, basado en mi tesis doctoral, me di cuenta de que era demasiado académico y que no era fácil de seguir para el público corriente. Aquello me decepcionó, pues el objetivo principal de mi investigación era difundir lo máximo posible la información para acelerar cambios en el mundo real en favor de los animales. De hecho, la razón por la que me matriculé en el programa de doctorado fue para aprender más sobre los animales no humanos y poder así ayudarlos mejor.
Me propuse entonces escribir una versión simplificada de todos mis descubrimientos, una versión que fuera accesible y amena. En cierto momento, una colega me invitó a participar en un proyecto de escritura conjunta con ella y sugirió el formato epistolar. Aquel proyecto nunca se materializó, pero inspiró la idea de Cartas a mis ovejas. Me pareció muy natural, pues hablo con mis ovejas constantemente. Así que empecé a escribir. Lo hice con gran entusiasmo. Escribí una carta al día de media, y todo el proyecto quedó completado en un tiempo relativamente breve. Por fin lo revisé y eliminé todo aquello que no era absolutamente necesario (al menos para mí).
¿Por qué ovejas y no otro animal? ¿Cómo fue tu primer contacto con ellas?
Fue un accidente. Acabábamos de mudarnos a una propiedad más grande a las afueras de la ciudad y alguien me avisó de que un par de ovejas buscaban hogar. Me dije: «¿Por qué no?». Ha sido el mejor accidente que he tenido nunca. No creo que mi investigación académica, ni el resto de mi vida, hubieran sido ni la mitad de buenas sin ellas.
¿Cuál es la situación en tu país con respecto a los Derechos Animales? ¿Has podido constatar avances relevantes en los últimos tiempos?
La situación es compleja —como en otros lugares, supongo—. Australia se construyó «a expensas de las ovejas», como se suele decir. Es un país enorme. Los colonos se apropiaron de la tierra y la llenaron de ovejas por todas partes. Durante mucho tiempo, la industria lanera fue la columna vertebral del desarrollo económico australiano y, como tal, contribuyó de manera significativa a la configuración de la identidad nacional. Eso se traduce en un importante apego emocional a la ganadería y al consumo de carne.
Pero puede que la enormidad de la industria sea también la razón de que el movimiento por los derechos de los animales haya sido tan fuerte en el país. Encontramos sus inicios ya en el siglo XIX, coincidiendo con el auge de la alimentación basada en plantas de Europa, el Reino Unido y los Estados Unidos.
También alcanzó a Australia: había restaurantes vegetarianos, hoteles, emisoras de radio, etc. Ese movimiento se centraba en la salud humana y los beneficios sociales de la templanza, pero también ponía de relieve la crueldad hacia los animales no humanos. Por ejemplo, una sufragista, Henrietta Dugdale, publicó en 1883 una novela utópica en torno a un mundo futuro esencialmente vegano (aunque el término «vegano» no existía aún por entonces).
Luego, en los años 70, surgió un importante movimiento australiano de liberación animal, y en las últimas décadas el movimiento por los derechos de los animales ha ido cogiendo cada vez más fuerza.
Contamos con varias organizaciones importantes, como Animals Australia, el Farm Transparency Project, que se centra en denunciar los abusos en las granjas y los mataderos, la Animal Defenders Office, especializada en la legislación animal, Farm Transitions, que ayuda a los ganaderos a abandonar la ganadería, el Animal Justice Party, con representación en los parlamentos estatales, y muchas otras. Además de las organizaciones más grandes, también hay innumerables iniciativas locales pequeñas, como nuestra Action for Animals Blue Mountains.
Si soy sincera, no ha habido mucha mejora en términos legislativo, sobre todo en relación con los animales «de granja»: todavía se les puede hacer cualquier cosa siempre que pueda justificarse de «necesaria», que es en esencia un eufemismo de «rentable». En mi opinión, la mayor conquista del movimiento ha sido un cierto cambio de perspectiva. Durante mucho tiempo, cuidar y proteger a los animales no humanos se tuvo por algo que denotaba debilidad, algo propio de gente blanda y cobarde, mientras que hoy se considera una virtud, lo que creo que es un cambio significativo.
Esto, junto con la creciente concienciación sobre el impacto medioambiental y sanitario de la producción y el consumo de productos animales, hace que las personas muestren un mayor interés por las dietas vegetales y estén más abiertas a los estilos de vida y las iniciativas destinadas a proteger a los animales y el planeta.
¿Las personas de tu entorno comparten tu lucha por la liberación animal o al menos la respetan? ¿Has tenido problemas en ese sentido?
Sí, tengo la suerte de vivir en una zona donde hay mucha actividad en torno al veganismo y los derechos de los animales. Además, las personas que no son veganas suelen respetar el veganismo y sentir curiosidad por los alimentos de origen vegetal. Por ejemplo, me emocionó mucho cuando una vecina organizó una reunión social y, en deferencia a mí, toda la comida que sirvió en la mesa principal fue vegana, relegando los quesos lácteos a una mesa más pequeña y alejada.
A finales de 2024 empecé a impartir clases mensuales de cocina vegetal para la comunidad y la mayoría de los participantes no son veganos.
El año pasado empezamos a organizar almuerzos mensuales vegetales para la comunidad. La idea surgió de una ministra de una iglesia local que no es vegana, pero que cada vez es más consciente del impacto de la ganadería en los animales y el planeta y quiere ayudar a difundir el mensaje. La mayoría de las personas que acuden a estos almuerzos tampoco son veganas. Es una forma estupenda de mostrarle a la gente lo deliciosa que puede ser la comida vegana, ¡y lo barata que es!
La mayoría de los no veganos piensan que la comida vegana es cara, pero, en ausencia de ingredientes procesados, en realidad es muy económica. Servimos una comida de tres platos más ensalada, cobramos 20 dólares australianos (unos 11 euros) por entrada, con un coste real por persona de unos 3,5 euros, obteniendo así un beneficio considerable que luego donamos a organizaciones benéficas.
También colaboro con el Planetary Health Centre, una rama de nuestro ayuntamiento local. He impartido allí varias clases sobre elaboración de quesos veganos, una degustación de helado de aquafaba y, más recientemente, una barbacoa vegana. La gente suele sentirse muy agradecida, y muestra una gran curiosidad por esta comida del futuro.
¿Existen en Australia santuarios y organizaciones pro derechos animales? ¿Tienen una actividad relevante?
Sí, infinidad de ellos. Uno de los santuarios de animales «de granja» más antiguos es el Edgar's Mission, cerca de Melbourne. Pero hay muchos más, y también muchos microsantuarios. Y sí, muchas organizaciones, como ya he comentado.
En biología se considera que una especie animal posee personalidad si sus individuos responden de manera diferente a un mismo estímulo. Es algo conocido pero, sin embargo, no parece provocar un cambio sustancial en la actitud general de la comunidad científica hacia animales que demuestran esa capacidad. ¿Se podría considerar un ejemplo de disonancia cognitiva?
Los científicos no lo tuvieron fácil en el siglo XX. En nombre de una noción estrecha y equivocada de la «objetividad», la subjetividad animal se convirtió en un tabú. Cualquier referencia a las emociones o las experiencias subjetivas de los animales no humanos era rechazada y acusada de «antropomorfismo», poniendo en riesgo el trabajo o la carrera de quienes lo hacían. El miedo moldeó el terreno, empujando a muchos a la autoconservación. Y como los demás también lo hacían, la indiferencia y la ceguera acabaron por naturalizarse.
La psicología social ayuda a explicar esta deriva. Los estudios clásicos sobre la obediencia reflejan bien la facilidad con que los humanos acatan la autoridad, incluso en conflicto con su propia intuición moral, perseverando en acciones perjudiciales sólo por haber sido ordenados a hacerlo.
El cambio comenzó cuando reconocimos que los cuerpos y cerebros de otros animales operan de un modo muy similar a los nuestros, pero los viejos marcos conceptuales persistieron, y aún lo hacen. Aquellos que fueron adiestrados en el miedo han sido después nuestros maestros, transmitiéndonos no solo su conocimiento, sino también los métodos y presupuestos que en su día silenciaron la subjetividad animal.
En el libro hablas, precisamente, del sesgo en ciencia por imitación. ¿Podría deberse a que, quizá de manera involuntaria, hay respuestas incómodas que no se quieren conocer?
Sí, los científicos también son humanos, moldeados culturalmente, como el resto de nosotros. Tanto en ciencia como en filosofía, a menudo se encuentra sólo lo que se busca. Si comes carne, es poco probable que sientas curiosidad por la vida emocional y cognitiva que hay detrás de tu filete. Si nadie investiga esas cuestiones en las ovejas y otros animales «de granja», entonces no hay datos. No porque estos animales no tengan una rica vida emocional y cognitiva, sino porque no nos hemos molestado en investigarla.
El consumo de carne está tan normalizado en muchas culturas humanas que la mayoría de la gente, incluidos los científicos, simplemente nunca se para a pensar en lo que está haciéndole a un ser sintiente y tan deseoso de vivir y prosperar como tú y como yo. Una vez tomas conciencia, la transición es inevitable y muy sencilla. Hoy, por fin, contamos con científicos que han llevado a cabo trabajos fundamentales en torno a estas especies marginadas.
¿Podría ser interesante una versión de Cartas a mis ovejas dirigida a la infancia? Las niñas y niños suelen ser mucho más empáticos.
¡Me parece una idea excelente! Es cierto que la infancia suele estar mucho más abierta al resto del mundo, y eso es algo que debemos fomentar y no reprimir.
A tenor de lo que se aprende sobre el comportamiento que muestran las ovejas cuando se les permite desarrollarse libre y dignamente ¿crees que deberíamos ser mucho más borregas?
¡Absolutamente! Las ovejas son pacifistas por naturaleza. Los conflictos son inevitables en cualquier sociedad, incluida la de las ovejas, pero ellas los resuelven de una manera mucho más amable y racional que los humanos. Los conflictos y el resentimiento son muy costosos: te roban mucha energía y, en última instancia, te amargan la vida. Por eso, los seres inteligentes tratan de solventarlos lo antes posible, en lugar de prolongarlos como hacen muchos humanos.
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