¿Por qué los medicamentos cuestan lo que cuestan?

Una sencilla pregunta encuentra una difícil respuesta: el precio de los medicamentos está determinado por una parte –la industria farmacéutica– y el regulador no muestra signos de reacción.

Farmacia
Unidad de Farmacia del hospital universitario Virgen del Valme. Foto de García Cordero para la Junta de Andalucía.
Javier Padilla Bernáldez

Es integrante del Colectivo Silesia.


publicado
2017-10-17 12:00:00

Uno podría pensar que la pregunta ¿Por qué los medicamentos cuestan lo que cuestan? es muy básica y que responderá al cálculo de los costes de la inversión más el coste de producción y un cierto margen de beneficio. Incluso podría pensar que los medicamentos más efectivos logran algún tipo de subida en el precio o que aquellos que serán tomados por mucha población para tratar enfermedades graves tendrán límites en el precio que los Estados (o las aseguradoras o las personas a título individual) pagarán por ellos.

En los países de renta alta (y media-alta) el precio de los medicamentos no ha sido una barrera importante para acceder a ellos a finales del siglo pasado y principios de éste; sin embargo, en los últimos años estamos viendo cómo surgen nuevos medicamentos a precios tremendamente elevados, totalmente desvinculados tanto de su coste de producción como del valor terapéutico que aportan a la salud de las personas enfermas.

Podríamos decir que los países de renta alta están sufriendo ahora los problemas que los países de renta baja y media llevan teniendo desde hace décadas y cuyas soluciones siempre se obviaron en nombre de la preeminencia de los derechos de propiedad intelectual/industrial.

Podríamos hacer el ejercicio de ver qué estrategias han intentado llevar a cabo los países de rentas bajas y medias durante estos años para tratar de sortear unos precios que no podían afrontar y que suponían una barrera (no la única) en el acceso a medicamentos; sin embargo, antes de buscar las soluciones tenemos que sentarnos a arreglar algunas cosas en el diagnóstico del problema. Para fijar el precio de un medicamento pueden plantearse, básicamente, dos criterios fundamentales (dentro de los criterios objetivables, sin entrar en los acuerdos de despacho y otras estrategias comerciales): el coste de producción y el valor terapéutico aportado por el medicamento. ¿El problema? Que el sistema está tan podrido y que los órganos de regulación y financiación públicos están tan ausentes (y perdidos) que no podemos fiarnos de unos datos ni de otros.

Los medicamentos contra el cáncer que incorporamos a la práctica habitual de la sanidad y al consumo habitual de los pacientes se introducen sin tener muchos datos de su efectividad

El valor terapéutico del medicamento no solo es difícil de calcular sino que la mayoría de las ocasiones no tenemos ni siquiera un dato aproximado de cuáles son los resultados de un medicamento a la hora de mejorar la calidad de vida o alargarla. Hace pocos días la revista British Medical Journal publicó un artículo que mostraba esta realidad en el ámbito de los medicamentos aprobados para tratar el cáncer; según las personas autoras de ese estudio, “la mayoría de los medicamentos se introdujeron en el mercado sin evidencia de beneficio en la supervivencia o en la calidad de vida. Tras al menos 3,3 años de su entrada en el mercado, aún no había evidencia concluyente de que esos medicamentos extendieran o mejoraran la vida en la mayoría de sus indicaciones oncológicas. Cuando había mejoras en la supervivencia respecto a los tratamientos previamente existentes o respecto a placebo, esas mejoras eran a menudo marginales”.

Esto viene a consolidar las conclusiones de publicaciones previas que afirmaban que los medicamentos contra el cáncer que incorporamos a la práctica habitual de la sanidad y al consumo habitual de los pacientes se introducen sin tener muchos datos de su efectividad y, sin embargo, teniendo que realizar grandes esfuerzos económicos para que el sistema sanitario pueda sufragarlos.

Hay quien podría pensar que, bueno, no sabemos con exactitud cuánto mejora la supervivencia o la calidad de vida de las personas que toman un medicamento nuevo contra el cáncer, por ejemplo, pero seguro que sí que tenemos información adecuada sobre cuánto cuesta investigar y desarrollar un medicamento para poder fijar un precio adecuado para éste; al fin y al cabo, el argumento del alto coste del proceso de investigación, desarrollo y comercialización de un nuevo medicamento es algo que la industria farmacéutica repite con notable insistencia; sin embargo, hace mucho tiempo que el cálculo de los costes de investigar y desarrollar un medicamento es uno de los puntos más controvertidos en este ámbito.

Hace años, un artículo titulado “Desmitificando los altos costes de la investigación farmacéutica” planteaba que los costes habitualmente esgrimidos estaban calculados sobre un modelo irreal, secuestrado por la industria farmacéutica y que se fundamentaba sobre un sistema de incentivos para inflar los costes reales de investigación; esa duda que siempre se ha hecho presente a la hora de hablar de los costes de investigación ha vuelto con más fuerza en las últimas semanas, a raíz de la publicación de un trabajo en la revista JAMA Internal Medicine titulado “Gasto en investigación y desarrollo para llevar un medicamento oncológico al mercado e ingresos tras su aprobación” donde se observó que el gasto medio de desarrollo de un medicamento fue de 648 millones de dólares, mientras que los ingresos medios tras su aprobación fueron de 1.658 millones de dólares.

Tener mejores medicamentos, seguros y a precios asequibles es una necesidad, y para ello no podemos confiar en que la industria farmacéutica dé información transparente y fije unos precios que aseguren la sostenibilidad del sistema

Estos datos no solo son mucho inferiores a los costes de investigación habitualmente publicitados por la industria (Farmaindustria habla de 2.500 millones de dólares por medicamento, cuatro veces más que lo concluido en el estudio publicado en JAMA Internal Medicine) sino que además muestran unos ingresos que colman esos costes de inversión de forma muy rápida y notablemente abultada.

El sistema de regulación está roto y el sistema de fijación de precios sufre lo que se denomina “captura del regulador”, es decir, que quien está en el lugar del conductor no lleva el mando, sino que simplemente sigue las órdenes de quien se las marca, en este caso la industria farmacéutica.

Tener mejores medicamentos, seguros y a precios asequibles es una necesidad, y para ello no podemos confiar en que la industria farmacéutica vaya a comenzar a darnos información transparente y a fijar unos precios que aseguren la sostenibilidad de nuestro sistema sanitario, sino que es necesario que colectivos de sociedad civil organizada presionen para que las instituciones no tengan otra opción que actuar socializando esa masa de conocimiento y poder que a día de hoy ha quedado privatizado. Nos jugamos la sostenibilidad del sistema sanitario pero, sobre todo, nos jugamos la viabilidad de un modelo biomédico cuyos sistemas de información y de gestión del conocimiento parece que hacen aguas.

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