Heteropatriarcado
El arte de hacerse visible

Cuatro profesionales de la escena comparten sus reflexiones acerca de su trabajo.

Mujeres en la escena
Matxalen Díez Vivanco (ayudante de producción técnica y gerente), Lola Fernández Sevilla (dramaturga), Carme Portaceli (directora del Teatro Español) y Ester Bellver (actriz teatral y autora). David F. Sabadell

publicado
2017-05-20 13:31

Sabemos que últimamente todas las canciones pop hablan de nosotras, que han puesto cambiadores de bebés en los baños de caballeros, que se han introducido algunos cambios tipográficos y lo agradecemos. Como agradecemos las flores en el día del amor, pero ahora aspiramos a cambios un poco más estructurales: queremos cobrar más.

También queremos que los puestos de poder se repartan a partes iguales entre nosotras y vosotros y, además, hacernos más visibles en determinados ámbitos laborales, como el artístico.

En el teatro, por ejemplo, la participación femenina no llega en ninguno de los casos al 25%. Cuatro profesionales de este sector: Matxalen Díez Vivanco, ayudante de producción técnica y gerente; Lola Fernández Sevilla, dramaturga; Carme Portaceli, directora del Teatro Español; y Ester Bellver, actriz teatral y autora, comparten sus reflexiones.

Porque, además de sentir, piensan. Y producen. Y tienen experiencias. Y se fortalecen a partir de ellas. A ver si resulta que van a ser humanas.

¿A qué creéis que es debida tan baja participación de las mujeres en el teatro?
Ester Bellver: Venimos de una sociedad muy machista y cuesta salir de ahí. En los repartos, la mayoría de personajes son masculinos. Hay más apertura pero la cosa va despacio.

Matxalen Díez: Yo creo que la igualdad es una asignatura pendiente en nuestra democracia, pero la realidad es que vivimos en un sistema heteropatriarcal capitalista que hace que las mujeres, en la cultura y el teatro, como en el resto de los medios, no estén representadas. Mi ámbito, el de lo técnico, está reservado a los hombres porque la tecnología, dentro del sistema capitalista, es un arma muy poderosa. Además, ellos toleran jornadas más largas de trabajo y horarios nocturnos porque no están dedicados a los cuidados como nosotras.

Carme Portaceli: Creo que la opinión pública maneja la teoría de que en las artes hay más visibilidad femenina, pero si estudias la realidad te das cuenta de que no.

Lola Fernández: Yo también creo que a nivel oficial hay una supuesta igualdad, pero las estadísticas cuentan lo que cuentan. El teatro y la dramaturgia tienen una dimensión pública que nunca ha sido el ámbito en el que se han movido las mujeres por tradición.

Carme Portaceli: Nos desenvolvemos en un mundo muy mediatizado, la opinión se manipula. La visibilidad de las mujeres es nula en general: científicas, pintoras, teatreras que en pleno siglo XXI siguen sin nombrarse en las escuelas. Las mujeres nunca estamos de moda.

En 2007 se hizo efectiva una ley de paridad cultural y de visibilidad de las mujeres en las artes escénicas. ¿Por qué no se termina de aplicar?
L.F.: [La asociación] Clásicas y Modernas envió una carta a los teatros solicitando su cumplimiento. Albert Boadella, director de los Teatros del Canal en ese momento, respondió con una carta a prensa que tenías que respirar profundo para poder leerla: en el fondo era un hombre enfadado porque iba a perder sus privilegios.

M.D.: Desde mi experiencia, en teatro privado y en el sector público en Madrid Destino, quizás hay los mismos hombres y las mismas mujeres contratados, pero eso no significa que haya igualdad. Los mejores cargos y los mejores sueldos siempre recaen en los hombres. Paridad quizás sí, pero igualdad no.

E.B.: Nuestros trabajos muchas veces son visibles gracias a festivales o premios específicos para la mujer creadora. Para mí lo deseable sería que no fuera necesario implementar leyes, ni festivales específicos, para reconocer nuestro valor profesional.

¿Hay un teatro femenino y otro masculino?
C.P.: Yo creo que toda persona inteligente está abocada a ser feminista ahora mismo porque sabe que somos iguales, pero hay una sociedad muy enferma respecto a eso. No hay teatro femenino, pero sí una óptica: no recaemos en el tópico de lo que es una mujer, etiqueta de chica loca porque se la follen o vestida para ellos, y esa es la óptica de muchísimos buenos profesionales hombres. Nosotras no estamos creadas para ellos.

L.F.: Sin caer en un esencialismo, creo que sí hay unos temas que se están desarrollando por parte de mujeres autoras: el tema de lo doméstico está presente por necesidad, y está bien que así sea para no tratar siempre los grandes temas como la libertad o el amor (con mayúsculas). Al estar siempre posicionadas en los márgenes, también encontramos temas relacionados con la sublevación y la subordinación. Por otra parte, lo que a mí en particular como dramaturga me preocupa es no hacer personajes estereotipados.

E.B.: Pienso que la gracia del teatro está en que sea hiriente de verdad y consiga, tanto en el hacedor como en el espectador, cuestionar los roles sociales que representa. Las etiquetas, a mi modo de ver, limitan siempre.

M.D.: El teatro, en esencia para todos, es de todas y es de todos. Dividirlo en femenino y masculino es simplificar la mirada del teatro. El teatro como arte no tiene que tener género.

Si te encargaran una adaptación/producción/interpretación de algún autor español, por ejemplo de los años 30 o 40, con un humor basado en chistes machistas, con una imagen de la mujer estereotipada, ¿los quitarías?
M.D.: Abogo por un teatro diferente que no esté anclado en lo de siempre, que bastante hay ya.

L.F.: Yo dejaría el chiste en entredicho. Quizás sea más efectivo contestar en el mismo plano con humor y desmontarlo. Reivindico el humor en el feminismo.

E.B.: Lógicamente, pudiendo elegir, lo rechazas. Si traspasa ciertos límites, desde luego. Yo creo que lo que habría que hacer es más bien volver a las raíces para recuperar un teatro que ponga en cuestión las cosas en lugar de que venga cargado de ideología.

C.P.: Un teatro nuevo. No hay sentido del humor para las bromas machistas. No hay bromas para insultar. Ya no hay vuelta atrás.

¿Estamos viviendo una revolución feminista?
C.P.: Sí, pero todavía queda trabajo. Queda, por ejemplo, prohibir la prostitución.

M.D. y L.F.: Estamos ante un cambio de paradigma.

¿Algún ejemplo de discriminación en el trabajo a lo largo de tu carrera que deje patente que la discriminación sexista es una realidad?
E.B.: En dos ocasiones, al terminar una prueba, me propusieron tener relaciones sexuales a cambio del papel. Aquello fue una demostración de abuso de poder machista. Pero pienso que la verdadera lucha es contra el poder, lo ejerza quien lo ejerza.

C.P.: Para mí, la violencia machista es un hecho. Hay que dejar de usar eufemismos: no es violencia de género. Es violencia contra las mujeres. Según datos del Ministerio del Interior llevamos 57 mujeres muertas en lo que llevamos de año. Personalmente, en mi ámbito laboral, no he llegado a sentirme incómoda, pero sé que a mis espaldas harán lo suyo.

M.D.: A lo largo de mi carrera he tenido que demostrar continuamente mi valía y siento que los hombres, por el mero hecho de ser hombres, pueden estar más cómodos. También he estado contratada como auxiliar administrativo en vez de como ayudante técnica y he tenido que ejercer los dos trabajos. Por otra parte, en las entrevistas me han preguntado si quiero ser madre. A las empresas no les interesa pagar bajas de maternidad.

L.F.: Mi campo son las palabras. Me veo obligada continuamente a argumentar que el lenguaje es excluyente. Si hablamos de autores y autoras estás visibilizando a las autoras. Si hablas de autores, a mí no me estás representando.

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