Opinión
El Sur es un principio

Los mapuches jugaban al trümün, uno de los antecedentes que conocemos del fútbol, que entró a Chile a través de los ingleses y por el puerto de Valparaíso. La pelota pegó fuerte.

Cabo Froward es el punto más austral del bloque continental americano, con permiso del archipiélago de Tierra del Fuego. El estrecho de Magallanes deja a un lado uno y otro y, enfilando el Pacífico, la navegación se torna más adversa en Froward. Su nombre no es el de ningún aventurero anglosajón, aunque sí procede del inglés arcaico: obstinado, difícil de dominar. Aquí los árboles están peinados como si fueran de visita a casa de la abuela. El viento los inclina hacia la porción terrestre, donde acaba la Panamericana. O donde empieza, desde este lugar, la carretera que hila América de Sur a Norte, de la Patagonia a Alaska; miles de kilómetros de asfalto solo interrumpidos en el tapón del Darién entre Colombia y Panamá. Acá, en Chile, el país más al sur del mundo, es sencillo ver las cosas de abajo a arriba.

Los mapuches jugaban al trümün, uno de los antecedentes que conocemos del fútbol, que entró a Chile a través de los ingleses y por el puerto de Valparaíso. La pelota pegó fuerte. Antes de terminar el siglo de su independencia, el país ya tenía federación, una de las más antiguas. La clase popular se contagió de la fiebre y, gustosa, la hizo suya. Tanto que en Santiago se llegó a fundar la Asociación Obrera de Foot-Ball, de la que participaban clubes de trabajadores de imprentas, minas o ferroviarios. Juego de rotos —la palabra que sirve para identificar a los estratos bajos—, término en disputa entre el desprecio y el orgullo.

Un paréntesis para amantes de las hablas: Chile no es solo el país del weon o el cachai, pues flaite o cuma y cuico o lais evidencian una fractura social. No podía ser de otra manera en uno de los sitios más afectados por sacudidas como la de la Gran Depresión capitalista, que tumbó las exportaciones de salitre y cobre. Eso fue poco después de la muerte durante un partido de David Arellano, primer capitán del Colo-Colo. En la camiseta del club con nombre de cacique mapuche sigue habiendo un crespón de luto eterno. No fue la primera nota triste que escuchó el fútbol chileno. El terremoto de mayor magnitud conocida hasta hoy, en Valdivia, sacudió los preparativos del Mundial 62, un evento que deja en el tiempo una mueca seria por su dureza y el recuerdo de su figura, Garrincha, de final abrupto y restos todavía desaparecidos. Tres meses separaron la casi presentación de una Libertadores colocolina a Allende en La Moneda del golpe de Estado. Después, más drama con dos Mundiales en dictadura, el spot de Caszely, el apoyo albo a Alianza Lima tras su accidente aéreo y el condorazo de Maracaná. Googleen.

Mi amigo Pavel me resume cómo es la experiencia en un estadio para alguien de Europa. Bien cuática. Intensa por el nivel de militarización de las canchas. Me cuenta que solo conoce cuatro casos de muertes alrededor del fútbol y me agita ese solo. Todos seguidores de Colo-Colo atropellados por la policía. Iván Umaña, ‘Pantruca’, por un guanaco —un carro lanzaaguas— en 2010. Jorge Mora, ‘Neco’, por un camión de transporte de caballos de los carabineros en 2020 en el contexto del último estallido social. Los dos últimos son Mylan y Martina, de 12 y 18 años, por el impacto de otro vehículo policial, según testigos. Un hecho que ocupó menos espacio en los medios que la forzada detención del partido por parte de la afición. Como en el caso de Neco, el de Mylan y Martina, bajo investigación en curso, recibió solidaridad internacional de la hinchada del Zúrich, lo que permite mapear el eco del exilio chileno, que formó sus propios clubes en Suecia, país que acogió la mayor ola humana que cruzó el charco. Pero volvamos a rehacer esa diagonal para regresar a Chile. Calles con termómetros colectivos en sus paredes. “Seguimos con la depre… la deprenderlo todo!!”, se lee en una. No todo termina, sino que puede comenzar abajo.

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