Opinión
El juego secuestrado

Habrá un Mundial que aspirará, como siempre, a recibir miradas planetarias, pero que no podrá evitar que entre ellas se cuenten las de cada vez más ojos nuevos, adultos y valientes.

Soy uno de esos hijos de USA’94. Fue un Mundial que comenzó con efectos especiales programados únicamente para un escenario exitoso. En la ceremonia de apertura, Diana Ross debía lanzar un penalti y el balón, al golpear la red, partiría por la mitad la portería. La cantante falló el tiro, pero el arco se descuajeringó igual. Nadie había considerado el fracaso. Año raro aquel para los deportes yanquis. El béisbol no tuvo finales por una huelga, algo con el único precedente de 1904. Las de la NBA, primer año post-Jordan y entre Rockets y Knicks, se vieron a pantalla partida junto a la persecución del coche del exjugador de fútbol americano OJ Simpson. La temporada de hockey se pospuso por un cierre patronal. El país cerró el siglo despidiendo a Cobain, Nixon y Jackie Kennedy Onassis en poco más de un mes casi al tiempo que nacía Bad Bunny. El historial de intervencionismo militar en el continente —Arbenz, Goulart, Bosch, Bahía de Cochinos, Allende, Granada, Panamá— hubiera dado para ello, pero nadie se habría tomado en serio la idea de un boicot contra el organizador de aquel Mundial.

Hoy el mundo, dicen los que a falta de horizontes han decidido mirar solo atrás, es un lugar peor. Los mismos suelen afirmar que momentos como USA’94 fueron perfectos. No se fíen del todo, ni sobre una cosa ni sobre la otra. Para lo del magnetismo del juego, hay grabaciones: pónganse 90 minutos de alguno de esos partidos sin apartar la mirada de la pantalla. Ocurría que entonces, si tenías 13 años, tenías también ojos nuevos. Respecto a que el estado general de las cosas se ha mierdificado, la respuesta es depende. La industria que tiene de rehén al fútbol no se conforma con abandonar el disimulo de que alguna vez le importó algo más que el dinero. Ahora la FIFA inventa un premio de la paz y se lo da a Trump.

En el libro de los mundiales se han escrito historias fantásticas, responsables de haber agrandado la leyenda de este deporte, pero no siempre en páginas limpias. Mussolini alimentó el fascismo con el del 34. Videla levantó la copa del 78. A España se le concedió la del 82 en 1964, solo un año más tarde de la mayor ola internacional de protestas contra el franquismo a raíz del asesinato de Julián Grimau. Las tres últimas ediciones no se jugaron en un edén. En Brasil, con un descontento masivo con el elevado gasto y la militarización de los barrios; en Rusia, la imagen del palco en la inauguración era la de Putin y el príncipe saudí Mohamed Bin Salman; The Guardian calculó en 6.500 los trabajadores muertos durante la construcción de los estadios en Catar. El próximo Mundial vuelve a los States, terreno de las redadas del ICE y desde cuyos despachos se orquesta una gira del apocalipsis que ha actuado en Venezuela y amenaza con agendar Groenlandia, Cuba o incluso México, coorganizador del evento y donde habrá beneficios fiscales para las empresas participantes en el festín. El más inaccesible hasta ahora para el aficionado, con precios dinámicos encareciéndose a tiempo real.

Todo eso pinta mal, pero es tan cierto como un cambio de tendencia que sí podemos abrazar. No estamos como para despreciar alivios. Cada vez es más difícil separar al fútbol —ah, sí: esa cosa que no se considera cultura, pero es capaz de ser cine, concierto y novela a la vez— del contexto en el que se desarrolla. Vale que llamar con éxito al boicot de un Mundial parece un logro todavía lejano para el activismo social. Sin embargo, el movimiento contra el genocidio que el Estado israelí perpetra contra el pueblo palestino ha vuelto a refrescar que cada show no puede dar por descontado que está a salvo. El beautiful game está ya públicamente secuestrado. A las patronales del fútbol, esos entes que fantasean con un producto neutro, ficticio, irresponsabilizado con su entorno, se les derrite el trocito de hielo en el que flotan sobre las aguas de la realidad. Habrá un Mundial que aspirará, como siempre, a recibir miradas planetarias, pero que no podrá evitar que entre ellas se cuenten las de cada vez más ojos nuevos, adultos y valientes.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...