Marta Sanz: “Gran parte de nuestros dolores tienen que ver con el horror laboral”

La escritora Marta Sanz se enfrentó a un mal desconocido y de la experiencia ha regresado con un libro impar: Clavícula. Pero ese daño no lo sufre solo ella.

Marta Sanz
La escritora Marta Sanz en la redacción de El Salto. David Fernández

publicado
2017-06-10 09:31:00

Un dolor, impreciso y sin nombre, irrumpe de repente en la vida de Marta Sanz (Madrid, 1967). Con el dolor irrumpen también la vulnerabilidad, las visitas y pruebas médicas, la culpa o la incomprensión, pero también el amor y el cuidado de los demás. La anécdota personal se convierte en Clavícula (Anagrama) en un relato que trasciende lo autobiográfico para diseccionar los males que sufrimos todos, pero especialmente las mujeres, en el capitalismo avanzado.

Clavícula es un libro incómodo: nos pone frente a una realidad que no nos gusta confrontar, la de la enfermedad y la vulnerabilidad.
La primera persona que hizo una crítica de Clavícula, Edurne Portela en La Marea, habló de que el libro era una poética de la fragilidad. Esa poética de la fragilidad está ligada a varias cosas. Por una parte, al derecho a la queja, que se hace desde la conciencia del privilegio. Yo me niego a que ese “exitito” del que de alguna manera disfruto me incapacite para hacer críticas o participar en proyectos transformadores.

A esa experiencia de la contradicción se suma otra experiencia, absolutamente biológica: la menopausia. Esa conciencia de la fragilidad tiene que ver con el envejecimiento y las dificultades específicas del envejecimiento femenino, tanto desde el punto de vista de la intimidad como del de la repercusión pública. Una vieja y un viejo se venden de diferentes maneras en la sociedad, y en el mercado laboral ya ni te cuento.

También hay una fragilidad de las mujeres como trabajadoras.
Este tercer nivel de conciencia de la fragilidad es el que más me interesa: la fragilidad específica de las mujeres trabajadoras como primeras víctimas del capitalismo avanzado cuando las cosas van mal dadas. En las épocas de crisis, las primeras que se precarizan, las primeras que están en riesgo de pobreza, son las mujeres.

Todo eso me hace plantearme que, desde esa conciencia del privilegio desde la que me quejo, no dejo de ser una trabajadora explotada y autoexplotada. Soy la mujer de un parado de larga duración que se dedica a un oficio que le gusta, el de escribir. Pero para poderme ganar la vida como escritora tengo que hacer juegos malabares todo el día. Me doy cuenta de que he entrado en una vorágine en la que me autoexploto y sobreexploto porque tengo un miedo terrible a lo que va a pasar mañana, porque veo un horizonte muy negro para las personas de mi generación. Esa es la fragilidad de la que se habla en Clavícula y que se concreta en la idea de un dolor.

Leyéndote recuerdo la frase del psiquiatra Guillermo Rendueles: “Usted no necesita un psiquiatra, necesita un comité de empresa”.
Me identifico absolutamente con esa frase. Estoy convencida de que gran parte de nuestros dolores, nuestras patologías, y especialmente las femeninas, tienen que ver con ese horror laboral y con esa sobrecarga. A esto hay que añadir el hecho de que la medicina está descrita con un patrón masculino y patriarcal. Eso lleva a que las mujeres, como género más vulnerable y más castigado en el capitalismo y, por tanto, más susceptible de enfermar, tengamos enfermedades que no están descritas y que nos llevan directamente al corralito de las locas, de las ansiosas, de las que no somos lo suficientemente fuertes para aguantar las exigencias de la vida laboral.

Cuentas cómo la crisis y la incertidumbre se inscriben en nuestros cuerpos: “Nos hemos hecho viejos antes de tiempo por culpa de la reforma laboral”.
Había dos acepciones de la relación de las mujeres con el dolor que me interesaba mucho concretar. Por una parte, esa acepción de que las mujeres somos sufridoras en silencio, parimos con dolor, nos resignamos a todo, nos sacrificamos por los hijos, y frente a eso la idea de las princesas del guisante, las que se constipan con una corriente de aire. Creo que las dos relaciones de la mujer con el dolor, en el mercado laboral y en el mundo en que vivimos, son absolutamente perniciosas, y están dando una visión estereotipada que nos coloca siempre en el plano de que nos exijan y nos den palos por todas partes porque lo vamos a aguantar, o en el plano de que no aguantamos nada.

Me llama la atención que esa convicción de que tus males son sociales no te sirve para sentirte mejor ni más aliviada. En el caso de alguien que va a sufrir un desahucio, tiene en la PAH su sindicato, como decía Rendueles, pero en tu caso no tienes un colectivo en el que sentirte acompañada con el dolor de otros.

Desde un punto de vista de oficio, no. Por eso en Clavícula toda la compañía se sitúa en el ámbito de la familia, la pareja y las amistades. Pero me gustaría que eso saliera de la esfera de lo íntimo y fuera una metáfora para entender que tenemos que reivindicar otras formas de organización laboral en las que sentirnos acompañados y ser solidarios y fraternos. En un primer momento, los ejercicios de introspección y de lucidez, que tienden a ligar tus dolores o tus problemas con los de todos, y a hacer del ‘yo’ un ‘nosotros’, pueden ser dolorosos. Pero creo que, a la larga, lo que consigue es que seamos más felices. La visibilización del problema es el primer paso para transformarlo.

Hablas del descubrimiento de tu vulnerabilidad. ¿Por qué resulta tan doloroso? ¿Por qué cuesta tanto pedir ayuda?
Porque tenemos la percepción, cierta, de que vivimos en una sociedad muy hostil y competitiva que además estigmatiza a unos grupos frente a otros, y dentro de eso, la mujer está bastante más estigmatizada que el hombre. En ese sentido, creo que en Clavícula se da la vuelta a una teoría de los cuidados que muchas veces se relaciona solo con la obligación de las mujeres de cuidar. La persona que habla, que soy yo, está en la edad perfecta para cuidar a todo el mundo, por género y por edad.

Las mujeres entre los 45 y los 65 parece que existen para cuidar a los viejos de la familia, para atender neurastenias del compañero, a los hijos… En Clavícula se da la vuelta al tópico porque yo soy la cuidada. Desde ese punto de vista, propongo que necesitamos muchísimo cuidarnos los unos a los otros en una sociedad tan hostil y competitiva como la nuestra. Pero esos cuidados no pueden recaer solo en las mujeres de cierta edad.

Las mujeres estamos permanentemente luchando con todas esas capas culturales que nos aprietan y entre las que vamos buscando una salida más o menos razonable
También cuentas cómo no es fácil dejarte cuidar, tenemos muy asumido que hay que poder con todo…
Las mujeres tenemos una acumulación de costras culturales encima que nos hacen experimentar inmediatamente sentimiento de culpa y mala conciencia. Yo me siento en algunos momentos de Clavícula perversa por el hecho de que mis padres se estén preocupando más de la cuenta por mí, cuando debería ser yo quien generosamente me preocupara por ellos. Tengo la sensación de que las mujeres estamos permanentemente luchando con todas esas capas culturales que nos aprietan y entre las que vamos buscando una salida más o menos razonable. Debemos ser conscientes de que muchos de nuestros deseos, sobre todo los que tienen que ver con la apariencia y con muchos de los roles sociales y familiares, son herencia de un heteropatriarcado desde hace 50.000 años.

Muchos de tus libros abordan la encrucijada en la que se encuentran mujeres que tuvieron que lidiar con influencias contradictorias: la herencia franquista frente a la nueva libertad sexual. Y cómo esta última al final se convierte prácticamente en obligatoria.
Me interesan mucho las problemáticas reales de las mujeres y también me preocupan mucho las representaciones simbólicas, literarias, de las mujeres, porque creo que están indisolublemente unidas. Y en esa simbiosis, soy una individua que no es impermeable a los estímulos del mundo, por más que intente resistir como pueda. Estoy en un momento de mi vida en que soy el objetivo perfecto del marketing y de las industrias cosméticas, farmacéuticas y pseudoeróticas.

Las mujeres que tenemos entre los 45 y los 65 hemos pasado del sexo, drogas y rock’n’roll a abrir el botiquín y tener laxantes, lubricantes vaginales, un consolador… Creo que tiene mucho que ver con el mito de la eterna juventud, que se nos exige de manera especial a las mujeres.

Tenemos la obligación de ser eternamente jóvenes y sexualmente activas, porque eso es lo que nos hace ser de algún modo competitivas. A mí me mosquea muchísimo que la mujer tenga que ser competitiva en el trabajo y al mismo tiempo ser una geisha en la cama. Tiene mucho que ver con que hemos interiorizado un concepto no de nuestro propio placer, sino de la necesidad de complacer permanentemente a los otros. Nos lo venden como si fuera una necesidad nuestra, cuando en realidad responde a una expectativa absolutamente masculina.
El cuerpo femenino es el texto en el que quedan impresos nuestros trabajos, nuestras frustraciones, nuestros amores y desamores, nuestras faltas de dinero y nuestros hijos o no hijos
¿Por qué contar el cuerpo femenino cuando dices que a las mujeres se nos reduce a cuerpo?
Porque creo que el cuerpo femenino está mal contado, desde una perspectiva que no solo es masculina, sino que suele ser machista y misógina y en la que el cuerpo femenino se cuenta solo desde su posibilidad maternal o como fetiche, continente de la belleza que resulta seductora, misteriosa y admirable. Frente a estos dos estereotipos, me interesa un relato del cuerpo femenino que tenga que ver con la cotidianeidad de las mujeres, con lo que hacemos, con nuestros trabajos e insatisfacciones.

Para mí, el cuerpo femenino es el texto en el que quedan impresos nuestros trabajos, nuestras frustraciones, nuestros amores y desamores, nuestras faltas de dinero y nuestros hijos o no hijos. Quiero utilizar el cuerpo femenino en la literatura como un arma arrojadiza, reivindicar el cuerpo de las mujeres como manera de contradecir las frases hechas del capitalismo avanzado.

¿Cómo incluir la conciencia de la vulnerabilidad en el discurso político, que se ha tendido a obviar?
Para mí, la literatura, si tiene alguna función, es la de hacer un diagnóstico y visibilizar las zonas oscuras que no queremos ver. Sacar a la luz los elementos de la ideología invisible que decía Slavoj Žižek. Todos esos valores y costumbres que creemos que forman parte del sentido común y resulta que pertenecen a una ideología concreta, que se encarna en una serie de comportamientos que reflejan una determinada visión de la economía y de las relaciones humanas.

En épocas en las que parece que hay muy poca imaginación política, y esto se lo copio a mi amigo Isaac Rosa, ojalá la literatura pueda ser un cauce para dar ideas más allá del diagnóstico. Como contaba Belén Gopegui, el concepto de verosimilitud narrativa, propio de la literatura de prestigio, utiliza mecanismos retóricos que legitiman lo posible y anulan la capacidad de lo imposible, reducen nuestras posibilidades de imaginación política. Creo que tenemos que pensar que lo inverosímil podría pasar, y la manera que tengo de hacer eso es optar por un tipo de literatura que renuncia al discurso de seducción tradicional.

Nuestra obligación en el oficio de escribir es buscar esas fórmulas retóricas nuevas que no clientelicen al lector
Estaba pensando que cuando sucedió el 15M, se decía era que esa ruptura cultural no parecía estar acompañada de una cultura que hablase de lo que estaba pasando. O una literatura que contase esos mundos posibles que podríamos poner en práctica.

Posiblemente no ha habido tiempo. Yo confío en la lenta fermentación de proyectos literarios que pueden dar lugar a obras que, por una parte, reflejen la experiencia de lo vivido, y por otra parte, más allá del retrato, sean capaces de incidir en la realidad de una manera positiva y transformadora. No solo por lo que están contando, sino por la manera en que lo están contando. Es muy importante saber que, en la literatura, la manera de decir es lo que se está diciendo.

Nuestra obligación en el oficio de escribir es buscar esas fórmulas retóricas nuevas que no clientelicen al lector, no sean siempre complacientes, fáciles. Que nos hagan preguntarnos cosas, nos creen problemas y nos hagan sentirnos concernidos y tocados por las historias que leemos.

En una entrevista decías que muchas mujeres de tu generación vivisteis la fantasía de que se había alcanzado la igualdad de oportunidades, “dejamos de hablar de asuntos que nos concernían y nos irritaban los congresos de mujeres”. ¿En qué momento te das cuenta de que eso era una fantasía?
No demonizo total y absolutamente la Transición porque me parece injusto, pero sí sé que, de algún modo, cometimos ciertas ingenuidades. La ingenuidad de pensar que habíamos llegado al mejor de los mundos posibles y que había guerras y luchas que ya estaban ganadas, entre ellas la igualdad de oportunidades. No era así.

Cuando empecé a escribir en 1995, publiqué El frío, donde hablaba de la precariedad sentimental de las mujeres y de cómo nos habíamos creído un discurso romántico vampírico que se nos había clavado en el corazón y nos hacía sufrir más de la cuenta. Pero no tenía la conciencia de que la crítica iba a ser más condescendiente conmigo o que me iba a costar más que me tomasen en serio desde el punto de vista de eso que se llama la calidad… Todas esas cosas las he aprendido con el paso del tiempo y con el ejercicio de mi trabajo, pero yo en principio vivía, como dirían los argentinos, en “una perfecta nube de pedos”.

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