La marquesa, la inquisición y las brujas

La conciencia de clase es quizá uno de los pocos preceptos que pueden considerarse fundacionales del feminismo.

Patricia Botín
Ana Patricia Botín en una imagen del Banco Santander

publicado
2018-09-01 06:00:00

Ana Patricia Botín, presidenta del Banco Santander, marquesa consorte de Borghetto y coleccionista de apellidos brillantes como medallas austrohúngaras, se ha declarado feminista a través de su perfil de LinkedIn, de entre todas las redes sociales.

Molestarse en desmentir, desautorizar o posicionarse en contra de tal estupidez no debería ser necesario, ya que es una obviedad. El feminismo lleva el anticapitalismo y la interseccionalidad en sus fundamentos de forma innegociable.

Pese a las contradicciones, pese a las distensiones, pese a las dinámicas de poder internas de las que aún somos culpables; pese a ser un movimiento en constante revisión y discusión, hay postulados incorporados para siempre que nos definen como feministas, y la conciencia de clase es quizá el más antiguo, uno de los pocos preceptos que pueden considerarse fundacionales. Dicho directamente: sin conciencia de clase, no puede haber feminismo.

Cuando el sistema de privilegios se siente vulnerado de cualquier modo recurre a la creación de espantajos y paralogismos torpones que poder arrojar en forma de bola de barro al rostro de quien lo cuestiona. Un buen ejemplo es el desmedido uso del calificativo “posmo” ante cualquier pensamiento algo complejo, que no utilice las herramientas teóricas tradicionales prefijadas por los que piensan por nosotras. Así, la reclamación de actualizaciones en materia de derechos humanos, especialmente si somos las mujeres quienes la hacemos, puede ser despachada como basura posmoderna y revisionista aunque a algunas nos vaya la vida en ello.

Al acervo arrojadizo del escuadrón de teóricos de mediana edad se ha añadido recientemente el término “interseccional”. Pienso detenidamente en las posibles connotaciones negativas de tal vocablo, en qué principio activo puede provocar tal escozor, y no lo encuentro.

Lo que sí encuentro es una manipulación intencionada del mismo, una identificación falaz y majadera con postulados liberales y capitalistas, como si mañana nos diera por decir que la clase obrera que ha aupado al poder con sus votos a la ultraderecha europea y norteamericana la componemos un atajo de camisas pardas al servicio del neofascismo. La realidad nunca es tan gruesa, por mucho que los análisis de la misma se empeñen en serlo.

En el muy recomendable libro ¿Qué pasa con Kansas?, de Thomas Frank, encontramos una elocuente y fundamentada explicación sobre la manipulación liberal, conservadora y populista que cambió las tornas ideológicas y —en consecuencia— electorales de la población obrera y rural del centro de los Estados Unidos. El mismo Thomas Frank afirma que la única salida posible es la formación y el fortalecimiento de movimientos sociales diversos capaces de movilizar a la ingente cantidad de desencantados, infrarrepresentados y excluidos ante el avance de posiciones reaccionarias de facilísima digestión. La ultraderecha americana apelaba a los valores tradicionales de la familia proletaria americana, articulando sus amenazas en torno a la peligrosidad inherente a la diversidad política, sexual y religiosa.

En ningún momento Thomas Frank culpabiliza a la clase obrera americana de ser colaboracionista. Queda muy claro quién es el enemigo, cuál ha sido su trampa y a qué clase pertenece.

Las feministas parece que no tenemos tanta suerte. Da igual que seamos blancas, racializadas, cis o trans, llevamos el pecado de Eva en el pecho y los compañeros nos presuponen culpables.

La idea de la interseccionalidad no es más que una actualización del internacionalismo. Una revisión de las realidades que, además de y más allá de la clase, nos atraviesan y nos colocan en diferentes niveles de privilegio y necesidades. Nada más. Repito e insisto: nada más. Lejos de suponer hacerle el caldo gordo al capital, lo ataca desde todos los flancos mientras no deja de interperlarse a sí misma.

Que el capitalismo sea capaz de asimilar y vender extractos desleídos de nuestras luchas no las invalida, ni desde luego nos convierte en enemigas políticas. Como si antes del feminismo o del activismo LGTB el mercado no se hubiera aprovechado de conceptos como “revolución” o “rebeldía” para vender camisetas, hipotecas y motos a cuarentones. O no tuviéramos la cara de los grandes revolucionarios colocada hasta en latas de refrescos.

El feminismo interseccional nos sitúa como sujetos activos dotados de voz, con capacidad de agencia sobre nuestro discurso —ampliando y forzando marcos teóricos— a quienes habitamos realidades materiales de desventaja incluso entre nuestra clase. Pretender que toda discriminación humana lleva prevista desde el siglo XIX es un derrape intelectual obvio que tampoco debería tener que explicarse. Puedes abrir las ventanas y gritar a las nubes que todo es revisionismo menos lo tuyo, mi realidad material y la de muchas en peores circunstancias no va a cambiar.

Exigirnos a las feministas que nos pronunciemos inmediata y claramente contra todas las diarreas randianas que tengan las marquesonas cuando se levantan salerosas es una trampa que nos coloca como sospechosas a priori. Nos obliga —solo a nosotras— a justificar nuestra legitimidad teniendo que calificar a una explotadora como lo que es, una enemiga.

Como si no lo hiciéramos continuamente.

No hay modo alguno de escapar al juicio cuando la sentencia está escrita antes de que se celebre. Poco importa que hayamos respondido en bloque ante las afirmaciones de la señora Botín desmarcándonos de ellas. Hoy mismo se conocían los supuestos abusos cometidos por Asia Argento contra un menor de edad —digo supuestos utilizando el habitual uso de redacción garantista cuando se invierten los géneros implicados en un caso semejante—. No ha habido una sola feminista en mi radar que no se haya posicionado a favor de la víctima y haya señalado a Asia Argento como agresora. Da igual. Solo hace falta el silencio de una de nosotras para transformarlo todo en una conspiración de mujeres sin más sentido de la justicia que un nido de termitas o en un aquelarre de brujas sedientas de sangre y venganza.

Que ni queramos molestarnos en expresar cosas tan elementales, que no se dé por supuesto, y por el contrario, a través de parrafadas ad hominem, esto se utilice en detrimento de un movimiento que sacrifica tanto a diario, es una acción calculada, infantil y que cuesta no ver como personal. Si ese mensaje burlón y acusatorio, antifeminista por muy temprano que uno se levante, cala, se debe a que es lo más hegemónico que se puede decir. Pura grasaza para lubricar el estatus.

Dice la periodista Susan Faludi en su obra Reacción que “lo reaccionario persigue una estrategia de dividir y conquistar: mujeres solteras contra mujeres casadas, mujeres trabajadoras por cuenta ajena contra amas de casa, clase media contra clase trabajadora. Manipula un sistema de recompensas y castigos, elevando a las mujeres que siguen sus reglas, aislando a las no. La reacción destaca viejos mitos sobre las mujeres como hechos nuevos e ignora todos los llamamientos a la razón. Rechazada, niega su propia existencia, apunta un dedo acusatorio al feminismo, y se hunde más profundamente bajo tierra”. Las mujeres estamos al corriente de las mezquindades del capitalismo y sus mecanismos de abuso y resistimos. Lo han escrito Federici, Davis, Lorde, hooks, Serano, la misma Faludi y otra decena de teóricas que parten desde el marxismo. Las hemos leído. Convendría no darnos lecciones sobre una amenaza de clase que nos castiga a nosotras con especial dureza.

Ana Patricia Botín perpetúa un sistema que tritura trabajadoras.

Podemos discutir sobre qué efectos puede tener que una mujer tan poderosa quiera que se le asocie con el feminismo. O el por qué de tal maniobra propagandística. Algunas compañeras han lanzado esa pregunta, no entro en la pertinencia de la misma y sí creo que puede darnos algunas claves de dónde estamos. Lo que es indiscutible es que ser cabeza visible y activa del capitalismo, el sistema más activamente criminal de la historia, culpable de desigualdades monstruosas, brechas de género y agotamiento de los recursos del planeta, te desautoriza como feminista. Son marcos teóricos y realidades materiales opuestas, antagonistas y enemigas. Ningún aliado tan poderoso ha tenido jamás el patriarcado como el capitalismo.

Lo mejor que podemos decir las feministas de nosotras mismas, del feminismo, es que es algo sin terminar, en constante examen y revisión. Una intervención sobre la realidad que redefine y amplía sus contornos constantemente. Confundir esto con frivolidad o falta de compromisos éticos, políticos y de clase es mentir, negar la historia de las mujeres y pretender insultarnos a todas.

5 Comentarios
#22525 9:23 5/9/2018

DE Clases sociales no se habla en ejpañistan ... la casta , la clase media los pobres ... por que no se indaga

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#22491 20:05 4/9/2018

El capitalismo, como los anuncios de Coca Cola, es especialista en fagocitar movimientos sociales. Así no es extraño que una jerifalte multimillonaria se declare feminista para incorporar a las mujeres que no cuestionan el sistema en su totalidad a su cuenta de resultados.

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#22381 14:10 2/9/2018

Alana, seguro que estoy de acuerdo contigo en casi todo, pero me resulta difícil seguir tus párrafos. Ojalá la próxima vez sea más fácil. Saludos

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#22374 10:26 2/9/2018

Si al feminismo. No a las marquesas. Abajo el pink washing.
No Parece tan difícil de entender.

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Ácrata 16:13 1/9/2018

He leído hasta aquí:

"el desmedido uso del calificativo “posmo” ante cualquier pensamiento algo complejo"

Entonces me ha dado la risa y no he podido seguir.

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