Opinión
El asunto Cornell: la cultura de los hombres y la ley (de los hombres)

En 2024, en la Universidad de Cornell (EEUU), al menos 57 hombres recibieron un mensaje que invitaban a violar a una mujer. Varios acudieron a la llamada. Ninguno fue a ayudar a la mujer violada.
Universidad de Cornell con sede en Ithaca, Nueva York, Estados Unidos.
Universidad de Cornell con sede en Ithaca, Nueva York, Estados Unidos.
16 oct 2026 06:00

Ya lo sabemos todas y todes y todos: unos 57 hombres de la prestigiosa Universidad de Cornell de los Estados Unidos en 2024 recibieron el mensaje de Snapchat que les invitó a violar a una mujer. Según hemos leído y visto, al menos 57 hombres lo recibieron. Varios acudieron a la llamada. Ninguno fue a ayudar a la mujer violada. Ninguno fue a la policía. Ninguno ni siquiera respondió al hilo de mensajes para denunciar los actos de agresión descritos ni la retórica violenta. Ninguno, gente, ninguno.

Uno, al final, uno que no vio los mensajes hasta después, los compartió con la mujer violada, conocida como Jane Doe para proteger su identidad mientras se despliegue el caso. Y ahora podemos ver que muchos jóvenes más allá de este caso entienden el problema y abogan por el cambio verdadero.

No estamos hablando de “una cultura de violación” sino de “nuestra cultura”, en la que la violación no solo es prevalente sino esperada y celebrada. Epstein, Trump, Weinstein, Nassar son la norma, no la excepción

Digámoslo así: la cultura de los hombres, es decir, la cultura machista, abraza la violencia contra las mujeres, anima a los hombres a verla (en los medios y en la vida real) y presupone que los hombres van a participar de ella. No estamos hablando de “una cultura de violación” sino de “nuestra cultura”, en la que la violación no solo es prevalente sino esperada y celebrada. Epstein, Trump, Weinstein, Nassar y un larguísimo etcétera son la norma, no la excepción. Y sus redes fraternales, de fraternidades, se tejen literalmente sobre las espaldas, los cuerpos, de las mujeres.

El País ha publicado una opinión escrita por Joseph Paz-Soldán en la que este estudiante de Cornell aboga por la abolición de las fraternidades de Cornell, reconociendo que, tal como se ve en otras muchas universidades de EEUU, su cultura se basa en una larga tradición de privilegio y dominación. Me alegra mucho saber que hay varios hombres jóvenes a favor de la abolición, pero las fraternidades son como los hongos: proliferan, florecen (por los millones y millones de dólares donados por sus exmiembros), algunas marchitan (por las débiles medidas de vez en cuando tomadas por las universidades) y vuelven a proliferar y a florecer. 

Las condiciones han empeorado, y las instrucciones de las universidades para las mujeres sobre cómo protegerse en el medio ambiente social de sus propias instituciones son cada vez más risibles

Tengo 61 años. Aunque me encantaría decir que las cosas han mejorado desde mis años universitarios, no puedo. Soy profesora en una universidad de gran privilegio y muchas fraternidades. Soy la autora de un libro sobre la ley (el Título IX) que prohíbe la discriminación basada en el sexo en cualquier programa o actividad educativa que reciba fondos federales (Gender Shrapnel in the Academic Workplace; Metralla de género en el medioambiente laboral académico). Soy madre. Y soy amiga de otras mujeres cuyas hijas han sido violadas y nunca escuchadas. Es decir, nunca han experimentado ni un ápice de esperanza de que la justicia pueda reinar. Una brillante amiga mía —enfermera— dice que, conociendo las estadísticas de la violación en los campos universitarios de los Estados Unidos, no entiende por qué seguimos mandando a nuestras hijas a estas supuestamente augustas instituciones. No lo haríamos si tuvieran bajas tasas de calidad de clases o de colocación laboral, o si experimentaran altas tasas de enfermedades no tratadas. 

Las condiciones han empeorado, y las instrucciones de las universidades para las mujeres sobre cómo protegerse en el medio ambiente social de sus propias instituciones son cada vez más risibles, dada la impunidad de la que disfrutan las fraternidades y, en algunos casos, los equipos deportivos y/o los ritos de los grupos militares. Los hombres más poderosos del mundo han demostrado que cometer la violación no solo no perjudica sus oportunidades, sino que las enriquecen. Y unos 57 hombres de esa fraternidad de Cornell nos pusieron en evidencia que seguir la corriente machista es la receta del poder. En inglés, existe el refrán “go along to get along” (aguantar las cosas para seguir llevándose bien con los demás); es un mandato cobarde y constante que sigue alimentando los sólidos fundamentos del poder.

Los hombres más poderosos del mundo han demostrado que cometer la violación no solo no perjudica sus oportunidades, sino que las enriquecen

Si todavía no lo habéis hecho, recomiendo que leáis a Nuria Alabao, Sara Ahmed, Anita Hill, Rebecca Solnit e Isabel Valdés y que vean el documental The Hunting Ground(2015) para captar las múltiples maneras de que se establece el poder físico y retórico de los hombres universitarios, se explotan a las mujeres universitarias y, así, se rompe en añicos el Título IX de los Estados Unidos. 

El Título IX, que forma parte de las Enmiendas Educativas de 1972, entró en rigor cuando yo era niña. Me acuerdo muy bien de varios de los cambios, sobre todo cuando combinaron las clases de educación física en las escuelas públicas. Yo me criaba en una familia de cinco hermanos y dos hermanas y, por ende, en casa estaba bien acostumbrada a jugar y a competir con los chicos. Cuando nos colocaron en las mismas clases de educación física con los chicos, todas y todos nos dimos cuenta, en las trincheras de la educación pública, de que éramos iguales, con las mismas posibilidades de lucir bien o mal en los deportes y lo demás. Mi madre y sus amigas observaron estos cambios con gran ilusión, esperando para sus hijas algo mejor de lo que habían experimentado ellas. En el contexto de los deportes, es innegable que el Título IX ha aumentado el acceso de las mujeres a los deportes (con equipos, uniformes, técnicas, etc.). Y, claro, si se presta atención a las noticias norteamericanas, se nota que los políticos más conservadores parecen interesarse en el Título IX y la prohibición de la discriminación contra las mujeres solo cuando se trata de cuestiones de limitar los derechos civiles de las personas trans.

El panorama del Título IX es mutable, en parte porque cada presidente del país puede hacer su propia interpretación de la ley, fortaleciéndola o debilitándola según su postura política, y entonces la aplicación de la ley puede cambiar cada cuatro u ocho años. En su brillante libro Unequal. How America’s Courts Undermine Discrimination Law (Oxford UP, 2017), Sandra F. Sperino y Suja A. Thomas plantean que las cortes estadounidenses también han permitido evitar los juicios por jurado en muchos de los casos del Título IX, haciendo que los jueces tengan el poder de tomar determinaciones ellos solos. La evidencia ofrecida por las dos autoras demuestra que los jueces manifiestan un significativo sesgo a favor de las instituciones (y en contra de las demandantes).

Entonces, caso tras caso, las poderosas instituciones ya saben que lo único que tienen que hacer es cumplir con los débiles protocolos del Título IX: que tengan un/a oficial designado/a en la institución y que tengan un proceso escrito (el que sea; el que quieran) que sigan. Si hacen lo mínimo, pueden hacer la vista gorda con cualquier caso presentado internamente en su institución. La ley protege a las instituciones, no a las demandantes (las acosadas, las violadas, las asesinadas). La ley protege a los ricos, no a las pobres. Y ahora entendemos como una Cornell puede llegar a esconderlo todo —y proteger su marca— durante dos años. Aun después de todo lo que se ha revelado sobre el caso, el presidente de Cornell, Michael I. Kotlikoff, se permite el lujo de no reconocer todo lo que hicieron mal y de no pedir perdón.

Hasta que no se cambie, pedacito por pedacito, la aplicación de la ley, los muchachos y los hombres podrán seguir pensándose seres humanos mientras deshumanicen a las demás

En este sistema “judicial” de EEUU, entonces, las demandantes solo acceden a la justicia si están dispuestas a exponerlo todo en los medios y, aun así, su caso tiene que ser lo suficientemente interesante para que un/a periodista decida escribir sobre ello. Además, si las demandantes llegan a tener su momento de visibilidad mediática y de justicia, todo se comunica en términos de dinero. Es decir, el daño legal se traduce al dinero (algo que ya tienen muchos de los que se defienden de las acusaciones del acoso sexual y de la violencia sexual), casi nunca a la verdadera justicia y la ruptura del ciclo de la violencia.

Todo esto se efectúa a propósito. Permite que sigamos creyendo, desde la cultura, desde la ley, desde la educación, desde cada rinconcito de nuestras vidas, que la dominación y la violación son la ley natural, que “boys will be boys”. Hasta que no se cambie, pedacito por pedacito, la aplicación de la ley, los muchachos y los hombres podrán seguir pensándose seres humanos mientras deshumanicen a las demás. 

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