Opinión
La fiesta

Mi papel consistió en no estorbar. Me entregué a él con convicción, sabedor de que no podía salir corriendo y de que cualquier frase que pronunciara me iba a parecer, con el tiempo, muy fuera de lugar.
3 abr 2026 06:00

La recuerdo en el jardín recibiendo a sus invitados. Mantenía una postura muy erguida y el rostro sereno. Sonreía, pronunciaba las palabras justas. La recuerdo después en el salón, explicando los platos que había elaborado y preocupándose de que cada uno de nosotros encontrara su espacio en aquella fiesta de despedida, de fin del verano. En mi caso, ese espacio acogedor solía encontrarlo inicialmente junto a las estanterías repletas de libros. Entonces, antes de que me sintiera un intruso que finge una atención concentrada para no desentonar, ella se acercaba y me hacía un comentario amable que iniciaba una conversación ligera, muy breve. Y luego, de forma casi imperceptible, me acompañaba hasta otro rincón del salón en el que otros invitados mantenían una conversación sin un objeto preciso más allá de la propia conversación.

No sé cómo lograba acoplarme a esas palabras que lamentaban el final del verano y recordaban un tiempo no muy lejano en el que alguien celebraba una fiesta ineludible en una casa que ya no existía, pues la habían convertido en un hotel. Supongo que la conversación con la anfitriona tenía la virtud de entrenarme para aquella charla suave en un rincón del salón. Las ventanas abiertas dejaban entrar el olor a pino de un bosque cercano. Las luces cálidas e indirectas daban a la escena un toque ambarino. Parecíamos un grupo de diplomáticos aburridos en un país remoto. Nos dejábamos llevar por palabras que apenas escuchábamos. Llegaba también desde la cocina el olor de platos especiados. Supongo que los efectos del vino blanco empezaban a favorecer que todo resultara amortiguado. No sé si estaría falseando mi recuerdo si añado que una música de piano nos acompañaba. Este añadido musical tal vez sea un toque posterior incorporado como consecuencia de ver tantas películas en las que cenan sobre una mesa de madera pulida personajes con rostros muy pálidos, seres de modales exquisitos que no parecen darse cuenta del horror que los rodea. Y ocurrió entonces, mientras conversábamos sobre la perdida de sabor de los tomates o la excelente programación del teatro de una ciudad italiana.

Ocurrió un hecho tan seco, tan sin adjetivos, que me cuesta contarlo sin hacer una pausa y reproducir las palabras exactas que inundaron el salón.

—¡Se ha muerto! —dijo una voz.

Nos quedamos callados. Solo nuestra anfitriona reaccionó. La vi perder la postura erguida y echar a correr hasta la calle. La vi doblar la esquina y acercarse hasta un coche muy viejo. La vi caer de rodillas, llorar y gritar que no podía ser cierto.

Los invitados fuimos deshaciendo nuestra escena de fiesta del final de verano sin saber muy bien cuál era nuestro papel en aquella escena de dolor. Supongo que nos habría gustado decir las palabras adecuadas, proporcionar algún consuelo, ser oportunos cuando es difícil serlo.

Pero, como nadie encontró el modo de desarrollar ese personaje cercano a la anfitriona, nos entregamos a las tareas organizativas que siempre suceden a cualquier tragedia. Alguien llamó al servicio de emergencias. Alguien se encargó de hablar con un médico y conjeturar las posibles causas de aquella muerte. Alguien se ofreció para agilizar unos trámites. Mi papel consistió en no estorbar. Me entregué a él con convicción, sabedor de que no podía salir corriendo y de que cualquier frase que pronunciara me iba a parecer, con el tiempo, muy fuera de lugar. Me esforcé en mantener una expresión neutra cuando en un corrillo empezaron a explicar la relación entre la anfitriona y el muerto. Y logré alejarme cuando aquella conversación adquirió matices de secreto compartido. Tomé distancia y terminé en el rincón junto a las estanterías repletas de libros. Nadie pudo sacarme ya de la concentración en la lectura de los lomos de los libros de aquella biblioteca. Mi gesto —la cabeza ladeada y muy cerca de las estanterías— desentonaba con cada frase que escuchaba a lo lejos, con el rumor de un coche que arrancaba y con el olor del café que alguien se ofreció a preparar.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me quedé solo y no escuché ningún ruido a mi alrededor. Sí recuerdo que encontré entonces un vaso con agua helada, lo bebí sin pausas y pensé en las últimas palabras que, aquella misma mañana, había intercambiado con Manuel.

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