En defensa del “CIS de Tezanos”

Con la llegada de  José Félix Tezanos al CIS este organismo ha cambiado la metodología de la encuesta política periódica.

Encuesta CIS eleciones generales enero 2019

publicado
2019-03-03 11:00:00

Con la llegada de Pedro Sánchez al Gobierno, el catedrático de Sociología y afiliado al PSOE José Félix Tezanos fue designado presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dependiente del Gobierno. Poco después, el CIS decidió cambiar la metodología con la que se presentaban los resultados de su encuesta electoral periódica, atrayendo recurrentes acusaciones de manipulación por parte de políticos y medios de derechas. Pero ¿qué hay de verdad en ello? ¿Puede haber un interés en manipular el baremo electoral? ¿Qué CIS sería deseable?

El CIS histórico

Para responder a estas preguntas es preciso saber cómo se hacía el baremo del CIS hasta la llegada de Tezanos. El CIS periódicamente pregunta a un conjunto aleatorio de españoles sobre sus preferencias políticas y sus características sociológicas, por ejemplo, el género del encuestado o su nivel de estudios. La parte más polémica de la encuesta siempre ha sido el baremo electoral: qué opción política elegirían los encuestados si hoy hubiera elecciones. Hasta la llegada de Tezanos se publicaban dos resultados: la intención de voto directa —lo que responde espontáneamente el encuestado al ser preguntado— y la estimación de voto, obtenida de la intención directa de voto a través de un procesamiento de datos popularmente conocido como ‘la cocina’.

¿Cuál es el motivo para presentar unos datos distintos de la respuesta espontánea de los encuestados? No hay una respuesta firme. Un lugar común para justificar una ‘la cocina’ que siempre sobrerrepresentaba el voto de derechas ha sido argumentar que sus votantes son reticentes a reconocerse como tales. El CIS decía detectar este comportamiento preguntando a qué partido se votó en las últimas elecciones (el llamado recuerdo de voto). Así, se asumía que, si la proporción de encuestados que dijeron votar al PP era menor de lo que obtuvo en las urnas, el resultado final debía ser ajustado en esta dirección. Que esto era una decisión arbitraria se demuestra al constatar que no se hacía con ninguna otra pregunta. Por ejemplo, Pablo Iglesias podía ser peor valorado que Albert Rivera y su partido más votado que Ciudadanos. Sin embargo, no se ajustaba la valoración de líderes para poner al líder morado por delante del líder naranja en valoración.

Otra respuesta más razonable para justificar el uso de la ‘la cocina’ es la posibilidad de que en la muestra elegida aleatoriamente —las personas preguntadas— algunos perfiles aparezcan sobrerrepresentados. Por ejemplo, si el número de encuestados que se identifican como varones es mayor al de mujeres, o que algunas áreas geográficas no estén representadas en la muestra proporcionalmente a su población. El problema de este argumento es que siempre se puede buscar una variable sociológica para ‘retocar’ el resultado en una u otra dirección. Cualesquiera los motivos, al final del día el CIS (y cualquier otra encuesta que sale publicada en medios) utilizaba unos factores de ‘correción’ secretos que alteraban la respuesta espontánea. Y aquí es donde la supuesta motivación estadística se mezcla con la manipulación con objetivos políticos.

Manipulaciones históricas y el modelo ‘Tezanos’

¿Por qué manipular una encuesta? Por ejemplo, para orientar el voto útil. Vivimos en un periodo histórico con varias formaciones ‘emergentes’ (Podemos, Ciudadanos, Vox y, más recientemente, Más Madrid). Una encuesta que de un día para otro da opciones de escaños a una formación que no tiene representación hace que mucha gente se plantee cambiar su voto a esta formación con la que puede simpatizar pero que evitaba votar por estrategia. Del mismo modo, si se sobrerrepresenta a las dos primeras opciones, el votante puede optar por elegir el mal menor en las urnas. Por tanto las encuestas tienen un efecto performativo. Cuando la encuesta se paga con dinero público y la diferencia entre intención directa y baremo ‘cocinado’ es considerable, la polémica está servida. Este fue el caso en enero de 2016 con el voto a Podemos. Mientras la intención directa de voto les llegó a poner como primera fuerza, la ‘cocina’ del CIS la rebajaba a segunda por detrás del PP y a una distancia insignificante del PSOE, tercera fuerza.

La primera encuesta con Tezanos al frente sufrió críticas de manipulación por su ‘cocina’, que dejaba de sobrerrepresentar descaradamente a PP y Ciudadanos. Para afrontar las críticas (y quien sabe si por pudor científico) en las sucesivas encuestas se eliminó la ‘cocina’, presentando simplemente la intención directa de voto. Esto no fue del gusto del bloque conservador, que no estaba dispuesto a titular que los españoles ya no conciben al PP como primera fuerza. El propio Tezanos justificaba el cambio aduciendo que los modelos aplicados basados en recuerdo de voto no sirven, toda vez que desde 2015 hay cuatro fuerzas con representación nacional.

Por una ‘cocina’ de ‘receta pública’: el ejemplo de Reino Unido

¿Es correcto renunciar a ‘ajustar’ la encuesta para corregir errores muestrales? Dado que el CIS nunca ha justificado cómo hace su ‘cocina’, se puede considerar un avance que hace imposible hablar de manipulación, pero impide estimar el número de diputados.

¿Cuál es el interés de una encuesta electoral si descartamos su carácter performativo? En primer lugar, analizar cuál es la tendencia de cada partido. Si usando la misma metodología un partido crece y otro cae, es posible valorar qué decisiones políticas premia o castiga la ciudadanía. En segundo lugar, de una encuesta electoral uno esperaría poder vaticinar cuál será el reparto de poder en futuras elecciones. Salvo en las elecciones al Parlamento Europeo y en algunas comunidades uniprovinciales, España no tiene un sistema de representación proporcional puro. En provincias pequeñas —con el caso extremo de Soria, con dos diputados— no caben cuatro o cinco fuerzas políticas, incluso si cada una de ellas logra un 20%. Tampoco hace falta el mismo número de votos para conseguir un diputado en Madrid que uno en Teruel. Como resultado, transmitir directamente la intención directa de voto a nivel nacional impide hacerse una idea de cual será la composición del Parlamento, que al final es el que determina quien gobierna. La única manera de lograr estas estimaciones es utilizar algún tipo de ‘cocina’ que permita entender qué opciones reales de representación tiene cada formación, ajustando los resultados territorialmente. Pero este ajuste debe ser hecho de manera científica y, por tanto, transparente. Esto es especialmente importante al tratarse de un organismo público financiado con 11,4 millones de euros al año.

Nunca he entendido muy bien cuál es el motivo por el que los métodos de cocina no son públicos. La sociología electoral no deja de ser una ciencia, y en toda ciencia se espera que datos y métodos sean publicados con el ánimo de poder reproducir las conclusiones. De ese modo se alejan las dudas sobre el resultado, beneficiando a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, este no es el caso de las encuestas electorales: no solo los organismos privados no están obligados a publicar sus métodos, tampoco está obligado el CIS. Para justificarlo,  una vez escuché a Gonzalo Rivero (Politikon) decir que los sociólogos a cargo de las encuestas (incluyendo al CIS) quieren preservar el ‘secreto profesional’ que les hace competitivos. En su momento no cuestioné que ese fuera siempre el caso, pero no es así. En Reino Unido, por ejemplo, el organismo British Election Study Team publica con todo detalle el método utilizado para ajustar los resultados de las encuestas y, como consecuencia, está libre de acusaciones de manipulación. Es injustificable que éste no sea el caso del CIS.

Que los estudios electorales tienen un efecto performativo en nuestra democracia es algo que reconoce todo el mundo. Que este consenso incluye a los políticos de derechas es obvio, toda vez que critican los métodos del CIS solo cuando no controlan el organismo. Sería deseable que se regulara por ley la elaboración y publicación de encuestas electorales, tanto públicas como privadas. Esta regulación debería obligar a publicar tanto los datos brutos anonimizados de las encuestas electorales como el método de procesamiento de los mismos. Solo así podremos empezar a poder disputar una cierta garantía en la veracidad de las encuestas, protegiendo nuestra democracia de influencias interesadas.

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3 Comentarios
#31210 7:27 4/3/2019

Los datos brutos están disponibles, así como la metodología empleada. La ley electoral y la circunscripción provincial se tienen en cuenta en la misma. Que poco nivel tiene este artículo

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#31318 23:52 6/3/2019

No dice eso, no? Dice que cuando se hacía cocina no se explicaba como se hacía y por tanto no era reproducible (es decir, si cogías los datos brutos no eras capaz de ver lo publicado como 'metodología' y obtener el mismo baremo que el CIS). Y por tanto, no se podía saber si se usaba la misma metodología de una encuesta a la siguiente.

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#31176 15:46 3/3/2019

Yo miento en todas las encuestas, en todas.

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