Bajo los adoquines estamos nosotras: crónica del 1 de mayo en París

Desde la ciudad del amor nos llega la crónica de un dia de odio de clase.


publicado
2018-05-11 09:59:00

Son las dos del mediodía y estamos ante la estación de Austerlitz con la máscara antigás, unos bocatas de jamón york en la mochila y miles de encapuchadas listas a darlo todo. Para poder sortear los controles policiales hemos tenido que dejar en casa nuestros chándals y vestirnos como verdaderos francesas.

Algunas rebañan el dinero de la caja registradora mientras las hambrientas se zampan lo que queda en la terraza.

Los sindicatos no pueden hacer nada para impedir que la muchedumbre de negro más tocha en años tome la cabecera de la mani. Son una caricatura, señores bigotudos y sudados, canciones de rock medieval y algunos viejóvenes hablando de tiempos que nunca han conocido. Su impotencia da la misma pena que los votantes de Esquerra despues de la última maniobra autonomista de la dirección. Al pasar un currela emocionado nos grita “¡Ánimo chavales!” como si fuera un entrenador :) Mola. Pero nosotras a lo nuestro. Hoy celebramos medio siglo de las insurrecciones del 68. Y lo haremos por todo lo alto.La impaciencia se mastica entre los pasamontañas, esta a punto de empezar la batalla: deseamos saber hasta donde podemos llegar. La moral de las tropas está alta. Se encienden las primeras bengalas, los botes de humo dan un efecto bélico a la situación y empieza a sonar Freed from desire. La mancha negra empieza a moverse como un solo cuerpo. El destino pone un McDonalds en nuestro camino y sus escaparates estallan a golpes de maza. Repique de campanas. La misa ha empezado. La masa se lanza a saquearlo con alegría: cristales a añicos, mesas desparramadas y el toldo despedazado. Un tipo majo sale del local con un ordenador en cada mano ofreciéndoselos a la peña. Otras rebañan el dinero de la caja registradora mientras las hambrientas se zampan lo que queda en la terraza. Algún descerebrado prende fuego en el interior pero al instante alguien lo apaga con un extintor. Hay viviendas en la planta de arriba. Ética de la revuelta supongo. Más allá, un grupo empuja unos cochazos lujosos fuera de un concesionario antes de prenderles fuego. La fumata gris mate espesa el ambiente.

Alguien grafitea “Si vamos de oscuro es para ver mejor las estrellas” y me dan ganas de escuchar Diamonds in the sky de Rihanna

Las tensiones iniciales se aplastan entre los chubasqueros Quechua. Una excavadora XXL arde en las obras de al lado. Nada que envidiar a la de Can Vies. La excitación va en aumento entre aplausos, aullidos y miradas sonrientes. Y me pregunto qué hago con esta muchedumbre de listillas arriesgando comer talego y mi Flanders interno rallándome con que destruir es inútil, que hay que ofrecer alternativas, etc. Lo que pasa es que tengo miedo. Por suerte en este ritual no hay politicuchos bocachanclas, y pronto una colegaa me suelta esa frase de los naródniki rusos: que el temor llama al miedo y el coraje a la valentía. Pues eso. Será mejor dejarme de tonterías, así que vamos donde están unos reventando el arcén y llenamos un saco de piedras para llevarlas adelante. Aquello parece una cantera, decenas de martillos y cinceles sonando en total harmonía. Alguien grafitea “Si vamos de oscuro es para ver mejor las estrellas” y me dan ganas de escuchar Diamonds in the sky de Rihanna. Me siento feliz con toda esta gentuza. Somos una brillante luz negra. Opacos. Como un eclipse de sol. Estamos de subidón cuando los guardias llegan por delante. Son un porrón y nos bombardean con gases a morir. Los más deportistas devuelven los potes de gas a raquetazos o chutándolos. La gente responde con la tradicional lluvia de piedras y un par de chicas les tiran un molotov que les explota justo delante. Eso les achanta y retroceden. Las de la pancartas siguen delante aguantando el tipo con todo lo que les echan. Reciben para todos balas de goma y porrazos. Incluso se comen alguna pedrada tirada de atrás. Pero se mantienen en una posición y eso está guay. Organizarse es lo que tiene, te sostiene en la defensa y te empuja al ataque. Al final habrán pasado horas guardando una línea de 40 metros. Chapó.

Los primeros cohetes explotan contra la línea policial. Pero los malos vuelven con dos intimidantes tanques de agua y los chorrazos nos obligan a retroceder. Ambos frentes se distancian. De tierra de nadie aparece un chaval con palestino que se sube a la reja delantera de uno de los camiones de agua y la golpea gritando como un orangután. Se ven obligados a frenar hasta que un madero hace bajar al héroe a porrazos, que consigue zafarse de una paliza asegurada. Y ahí me digo que estas francesas deben de estar locas. Pero no. Lo que pasa es que estamos en una liturgia donde hay que poner el cuerpo para participar, compartir los miedos y superarlos juntas. Nadie puede reconocerse pero la presencia es absoluta. Somos una fuerza cuando dejamos de mentirnos a nosotras mismas.

Hay tanto Dios en ese gas que hemos respirado las últimas horas como lo puede haber en un pedazo de pan.

Repliegue, retirada, kettling fallido y desbandada. Nos fundimos entre la ciudadanía como cuando te cuelas en una fiesta y no quieres que te vea el segurata. Volvemos a ser individuos. Siempre había pensado que los disturbios eran una performance. Y así es, pero es que toda política juega en el plano de lo simbólico. Fue la respuesta de una amiga al volver, comiéndonos el bocadillo chafado del fondo de la mochila. Si el concierto de Yung Beef fue como dar vueltas alrededor de la Meca, esto fue como un sacrificio salvaje. Riot porn dirán, yo veo más que hemos profanado juntos el dinero y el urbanismo. Un gesto creyente tan espiritual como respetable. Hay tanto Dios en ese gas que hemos respirado las últimas horas como lo puede haber en un pedazo de pan.

Que nadie se engañe. Todas querían estar en la cabecera, desde el periodista hasta el peatón mirón. También estábamos los que robamos para compartir, a los que nos gusta vivir bien. Con los años cada vez somos más numerosas, adictos a esa intensidad. Habitar la comunión. La tentativa de concentrar toda la fuerza europea en un punto. Fue una escaramuza para medirse. Un ritual que se repite para confirmar nuestro sentido de estar en el mundo: la amistad como perspectiva revolucionaria. Dicen que sólo las fanáticas pueden crear mundos, por su fe astuta en lo que hacen y su confianza ciega en que nos tenemos las unas a las otras. Allí nació algo.En 2018, sobrevivir al suicidio social importa mucho más que las pajas mentales sobre la lucha de clases, por eso hablamos de una guerra religiosa. Si aún queda un pueblo al que apelar, que sea el de las que creemos devotamente que antes de que todo termine hay salvación posible. No podemos renunciar a la fe como afirmación, ya que otra gente lo haría en nuestro lugar. De nada sirve excusar la devastación. Nuestra presencia basta. Lo que sucedió en París fue una simple batalla más, de la guerra en curso que vivimos cada día en nuestros barrios. Habrá más tentativas en los próximos años y solo venceremos siendo fanáticas y estratégicos a su vez. Sin esperanzas. Con creencias. Bajo los adoquines no hay playa, sólo estamos nosotras. Con una verdad en el horizonte. La tierra prometida.

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1 Comentario
#15967 15:29 12/5/2018

El banco De Rotschield que formo a Macron debe de morirse de miedo con estos "revolucionarios" en la calle !
Han visto como han perdido el poder en Alemania y EEUU cuando el movimiento revolucionario utilizaba esos métodos durante décadas y estan acojonados... o igual les sirve y ya ni necesitan pagar y mandar policías disfrazados como hacían en Madrid !

Sus predecesores del Mayo 68 que se pensaban tan radicales y románticos acabaron todos con cargos en el PS o en la derecha como Cohn Bendit, Sauvageot o Geismar...

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