El Salvador
Manglares amenazados por el avance del monocultivo de caña
La lancha de Chepe avanza rápido por la bocana. El patrón conoce las mareas como la palma de su mano: sabe dónde se estrechan los canales, cuándo no se debe navegar y en qué rincones se pesca mejor. Conoce, además, a todos los vecinos de la comunidad de La Pita y las islas de alrededores, porque todos recurren a él para desplazarse. También ha aprendido a leer otras señales del río: los cúmulos de botellas, bidones y frascos sin etiqueta que se detienen entre raíces de mangle. En muchos detecta un olor que no engaña. “Esto es el veneno de los cañales”, dice levantando un recipiente blanco, de medio litro, uno más de los que recoge a diario. “Terminan de regar con glifosato y los tiran al Lempa”.
Los residuos plásticos y químicos que trae el río se depositan especialmente en algunos recovecos que Chepe -cuyo nombre completo es José Dimas Chavarría- conoce bien. Algunos vienen desde muy lejos. Los arrastra la corriente desde Guatemala y Honduras, los dos países que atraviesa el Lempa antes de desembocar en el océano Pacífico. Pero muchos otros vienen de mucho más cerca. Proceden de los cañaverales situados a tan solo unos pocos kilómetros, una de las amenazas silenciosas que afectan a los manglares de la zona.
Los manglares juegan, además, un importante rol en la economía local: son un lugar privilegiado para la pesca y el marisqueo, playas de anidación para tortugas marinas amenazadas por la sobreexplotación de sus huevos
Chepe navega en un paisaje de valor ecológico excepcional. La desembocadura del Lempa se abre a la Bahía de Jiquilisco, el complejo de manglar más extenso de El Salvador y uno de los más importantes de Centroamérica. Este humedal —63.500 hectáreas oficialmente reconocidas— fue designado Sitio Ramsar en 2005 por su biodiversidad y su función de protección costera: actúan como una barrera natural, reduciendo la fuerza de las olas y controlando la erosión, gracias a sus raíces, fuertemente arraigadas al suelo. Esta función es especialmente importante en lugares como éste, en el corredor seco, donde la exposición a eventos climáticos fuertes es muy alta, y existe una gran vulnerabilidad frente al aumento del nivel del mar.
Los manglares juegan, además, un importante rol en la economía local: son un lugar privilegiado para la pesca y el marisqueo, alberga numerosas especies de árboles de mangle, aves costeras clave y playas de anidación para tortugas marinas, amenazadas por la sobreexplotación de sus huevos, según recoge el sitio Ramsar.
Esa riqueza convive con una cifra que inquieta: entre 1950 y 2013, El Salvador perdió alrededor del 60% de su cobertura de manglar, con causas que incluyen la expansión agrícola, la contaminación y la urbanización. La Bahía de Jiquilisco, pese a su estatus de protección, no ha estado exenta de degradación y mortalidad de mangle por múltiples presiones. Aunque no se trata de algo aislado ni específico del país centroamericano. Algo similar se produce por todo el planeta: se calcula que el mundo ha perdido más del 20% de sus manglares en los últimos 40 años.
La frontera cañera se acerca al bosque salado
Los datos oficiales del Ministerio de Agricultura y Ganadería de El Salvador muestran que el área destinada a la producción de caña creció un 31% entre 2002 y 2023 (pasando de 85.000 a 111.181 manzanas). Aunque la producción sufre altibajos cada año (en la zafra 2024/2025 se produjo un 9% menos que en la temporada anterior), lo cierto es que en términos generales, el espacio dedicado a la caña de azúcar no ha dejado de crecer.
A nivel económico, la caña es uno de los pilares del sector agrícola del país. Según datos de la Asociación Azucarera de El Salvador, genera más de 50.000 empleos y una contribución cercana al 2.33% del PIB, con alrededor de 7.000 productores trabajando en el sector. Sin embargo, el discurso del empleo es cada vez más controvertido. Las comunidades señalan que los ingenios desplazan a sus propias cuadrillas de cortadores y las cosechas son cada vez más mecanizadas, por lo que la creación de trabajo es cada vez menor. En cambio, la expansión en terreno destinado sí es real, y no se mide sólo en hectáreas; también se traduce en demanda hídrica, quema y uso de agroquímicos.
Bernardo Belloso ( CRIPDES): “Para las comunidades, particularmente en las zonas costeras, el desplazamiento que ha supuesto la producción del monocultivo de la caña de los manglares es sumamente complicado”
En los bordes del río Lempa, donde el agua dulce se mezcla con la salada dando paso al manglar, el monocultivo de caña de azúcar ha avanzado durante dos décadas. Así lo explica la profesora Meraris Carolina López, del grupo de investigación en economía y medio ambiente de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas: “la frontera de la caña se va acercando cada vez a los manglares, incluso ya comenzó a invadirlos”, cuenta, refiriéndose a las zonas costeras y del estuario. “Se supone que los manglares tienen una dimensión de protección; sin embargo, hay muchas cosas que se hacen en la clandestinidad”, añade.
Lo corrobora Bernardo Belloso, ex presidente y ahora representante de CRIPDES, Asociación para el Desarrollo de El Salvador, que lleva más de tres décadas trabajando en la zona: “Para las comunidades, particularmente en las zonas costeras, el desplazamiento que ha supuesto la producción del monocultivo de la caña de los manglares es sumamente complicado ya que afecta particularmente a los productores de la zona, así como a los pescadores artesanales”. Además, supone un importante impacto también para las especies animales, al ir desapareciendo los árboles “las aves y algunos animales terrestres no encuentran donde poder albergarse y poder en este caso reproducirse”.
Efectivamente, la frontera agrícola presiona constantemente a los últimos reductos de bosque salado, no sólo por los impactos directos sino por lo que supone para el futuro: cuando las “semillas” del mangle caen en aguas cargadas de estos químicos, su capacidad de enraizar se ve severamente comprometida, deteniendo la regeneración natural del bosque.
Quemas, cenizas y raíces que respiran
Por otro lado, la zafra tradicional implica una quema previa para facilitar el corte de quienes realizan la cosecha, lo cual degrada los suelos y los deja repletos de ceniza. Cuando esta ceniza llega hasta los terrenos bajos, entierra las “raíces aéreas” del mangle, que funcionan como vías respiratorias del mismo, asfixiando el ecosistema. Algunos estudios han documentado también pérdida de biodiversidad (hormigas, termitas, lombrices…). tras las quemas, además de indicadores de suelos menos vivos y más propensos a erosión. Al mismo tiempo, la ceniza, cuando se acumula en las zonas bajas, puede ahogar al mangle, comprometiendo su resiliencia.
La propia Asamblea Legislativa recogió en 2021 la opinión de especialistas que describieron la quema de caña como práctica de alto costo ambiental —emisiones, mortandad de vida del suelo— con potencial de contaminación de los mantos acuíferos por mayor dependencia de fertilizantes. Frente a ello, el sector cañero sostiene que avanza en la llamada “zafra verde” -sin quemas-, pero la transición es todavía gradual y desigual.
Los manglares no funcionan sólo como barreras y hábitat excepcional; son también potentes sumideros de carbono, con tasas de almacenamiento que superan a muchos bosques tropicales. Además, realizan funciones de depuración que filtran el exceso de nutrientes (nitratos, fosfatos) y cierta carga de contaminantes antes de que alcancen el océano, lo que les ofrece un importante papel en la regulación ambiental del litoral.
Soberanía alimentaria en peligro
Además de los impactos ambientales, el abuso de agrotóxicos sobre el cultivo de la caña de azúcar tiene un importante impacto en la propia soberanía alimentaria de las poblaciones, ya que afecta a la población animal que vive en torno a los manglares. Tal y como explica Chepe, esto es especialmente grave en la temporada de desove, cuando los peces ponen sus huevos, ya que las larvas son especialmente sensibles a este tipo de químicos. “Por eso aquí en el Lempa tenemos una gran baja de producción de pescado”, asegura. Una situación que no afecta sólo al pescado. También a otro tipo de animales como cangrejos y almejas, una de las fuentes tradicionales de ingresos para las mujeres, tal y como nos explican las representantes de la Asociación de Mujeres La Pita. “Antes aquí, se distribuía el punche [un tipo de cangrejo], lo que pasa es que ahorita estamos viendo que se está escaseando un poco por las aguas, que están bajando sucias”, señala Jessida Janet, de la Asociación de Mujeres de La Pita. Y lo mismo sucede con las almejas, que durante años fueron un sustento económico para aquellas que viven más cerca del río.
El trabajo de las mariscadoras que se dedican a las almejas es un proceso largo, que comienza con la recogida, en el río, cuando la marea está baja: “Nos equipamos bien, nos ponemos camisa manga larga, pantalón, una cachucha (gorra) y un trapo para no quemarnos mucho. (...)”, cuenta María Dolores Solot. “Después hay que transportarlas hasta casa, dejarlas en agua para que se vayan abriendo y saquen la arena, los lodos.. escurrirlas y, al tercer día, cocerlas para después ponerlas a secar al sol”. Sólo entonces están listas para la venta. El precio no es muy alto, pero forma parte de las pocas iniciativas económicas para muchas mujeres de la zona, que apenas tienen otra alternativa para conseguir sus propios ingresos.
Las mujeres del mangle —quienes recolectan, cuecen, secan al sol y venden— sostienen economías familiares con márgenes mínimos. Cuando el punche escasea y la almeja se encarece, el impacto es doble: se pierde alimento y ingreso. También los estudios lo señalan: cuando los manglares se degradan, caen las capturas artesanales y aumenta la inseguridad alimentaria.
A Chepe no le hacen falta estudios para corroborar que el río está perdiendo vida. Mientras maniobra para amarrar en la isla de Los Negros- llamada así por el color de suelo; no en vano estamos en zona vocánica-,se encuentra de nuevo con numerosos botes de pesticida y una tortuga que intenta poner sus huevos en medio de los plásticos. Mientras tanto, las mujeres de la zona siguen con sus tareas de recolección. Están preocupadas, pero no pierden la esperanza de que el río vuelva a bajar claro, desaparezcan los botes de veneno, el punche regrese y se recupere la vida de nuevo.
Nota de las autoras: “Esta publicación ha sido realizada con el apoyo financiero de la Generalitat Valenciana, a través del Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional (CERAI). El contenido de dicha publicación es responsabilidad exclusiva de las autoras y no refleja necesariamente la opinión de la Generalitat Valenciana”.
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