Extrema derecha
Nosotras y lo nuestro ¿primero?

El sistema capitalista-hedonista, que produce diversión y entretenimiento, ruido y niebla para que no se le cuestione, sería óptimo si no produjera desigualdad extrema, crisis periódicas que enriquecen a los más ricos y empobrecen a la mayoría, y desastres medioambientales que afectan “casualmente” a los más desfavorecidos.

Enunciar una verdad incomoda, aunque archiconocida, tendría el objetivo de que todas las personas afectadas y agentes fuéramos conscientes de sus consecuencias y de que, siendo responsables de nuestros actos (al emitir un voto, al comprar otro móvil…), no justifiquemos lo peor del ser humano por un egoísmo nacional-tribal ramplón y contraproducente.

Parece que el subconsciente de los habitantes privilegiados del planeta Tierra, que admiten cualquier cosa con tal de seguir disfrutando de la vida como nadie, ha pasado a la acción y se ha puesto a encumbrar al poder a los “hombres fuertes” y sus partidos, que les prometen que serán los primeros a la hora del reparto.

Son los sectarios de toda la vida que se han quitado el disfraz de humanistas éticos y morales para gobernar. Esta especie de terrorícolas neofascistas, belicosos y plutócratas, que anteponen solo los intereses de los nacionales con raíces antiguas ante los “advenedizos” que llegan al país huyendo de guerras, hambre o imposibilidad de estudiar (por ejemplo), están sabiendo colonizar las mentes de los europeos, los estadounidenses y otros afortunados de este principio del siglo XXI.

Para ello, utilizan el poder de medios convencionales y redes sociales, y, sin renunciar a medias verdades o mentiras, inoculan un catalizador que active el virus sectario, insolidario y egoísta que anida en toda persona, y que se contagia en un ambiente donde el ascensor social está estropeado. Todos entienden la mentalidad de los ricos (todos queremos más, dice la popular canción). En el capitalismo, la inmensa mayoría somos aspirantes a ricos, aunque formemos parte de los que ven perdidos o amenazados los privilegios de ese mito llamado clase media.

Somos terreno abonado para cultivar los argumentos de esa ideología misantrópica y xenófoba del nosotros primero (mi familia, mi ciudad, mi equipo, mi nación…). Y el plaguicida para que esa planta querida prospere, es la conciencia de que somos demasiados sapiens-sapiens en este planeta (nos acercamos a los 8.000 millones de especímenes).

Y, en realidad, los agoreros tienen razón: si todas las personas de este mundo vivieran como el español medio —es decir, con su nivel de consumo superfluo y su derroche energético y alimentario, entre otras cosas— el planeta agotaría sus reservas energéticas fósiles y sus recursos minerales-naturales en pocas décadas. Dejaría los privilegios de la tecnología y la medicina, de una vida material garantizada con recursos de sobra, solo para los estados con ejercito y armas nucleares para conquistarlos donde estuvieran disponibles: en la África empobrecida y explotada, en la Sudamérica esquilmada, en el Sudeste asiático…

En realidad, esa conquista o expolio de recursos de todo tipo lleva produciéndose siglos bajo el paraguas del sistema capitalista. Se ha exacerbado, refinado y generalizado con la globalización de mercados y capitales hasta alcanzar el último rincón del planeta susceptible de ser explotado. Ya sabemos lo persuasivo que es un montón de dinero (dólares, euros o similares) para marcar las políticas de gobiernos corruptos en países empobrecidos.

Pero esta última versión del capitalismo caníbal está a punto de morir de éxito, ha alcanzado su límite. Y su única esperanza es sembrar de destrucción el planeta —como en Siria— para reiniciar el ciclo expansivo de la reconstrucción con el sacrificio del pueblo y el beneficio de los de siempre.
Todo eso lo intuye, o mas bien lo sabe, el ciudadano medio del Norte y, con su voto a partidos de discurso ultranacionalista estaría posicionando su opción de fuerza en un mundo en el que la competencia por los mismos recursos solo la conquistan las armas. ¿O era el dinero? ¿O eran las ideas y las palabras las que triunfaban?

Parece que no hay alternativa, pero el sistema capitalista se resquebraja por demasiados sitios y ya no garantiza los servicios esenciales (y menos si se sufre un austericidio programado). El sistema capitalista-hedonista, que produce diversión y entretenimiento, ruido y niebla para que no se le cuestione, sería óptimo si no produjera desigualdad extrema, crisis periódicas que enriquecen a los más ricos y empobrecen a la mayoría, y desastres medioambientales que afectan “casualmente” a los más desfavorecidos.

Todo esto lo saben los obreros de Europa y EE UU, pero en lugar de pedir cuentas a los gobiernos que permiten que unos pocos hombres detenten la mitad de la riqueza material terrestre, dirigen sus iras contra sus iguales de otros lados del mundo que acuden a sus países (por cierto, muchos metidos en plena crisis demográfica) a mejorar su nivel de vida, como ya hicieron muchos compatriotas de esos obreros del primer mundo en otras épocas.

Esos trabajadores atacarían y pedirían control y trato duro a los más débiles, y los declararían culpables de sus desgracias porque compiten en su nicho de mercado laboral, pero no se organizan para pedir a sus gobiernos (cada vez más de derechas y xenófobos) que cobren impuestos, proporcionales a la riqueza que acumulan, a los multimillonarios de su país.

El mecanismo por el que los asalariados del primer mundo hacen culpables de su precariedad laboral a los refugiados climáticos y económicos del tercer mundo, que son explotados por las empresas que contratan a esos empleados autóctonos, se encuentra en el párrafo que acabas de leer. Es decir, las personas que tienen que vender su fuerza de trabajo tienden a agachar la cerviz ante los empresarios que podrían contratarles o dejar de hacerlo. Y si, para garantizar sus caprichos, tienen que apoyar a gobiernos que levantan muros y refuerzan ejércitos para, en teoría, garantizar su libertad y prosperidad, escogerán a los mandatarios dispuestos a apretar el botón nuclear para proteger la riqueza de su país.

Es así como un obrero de izquierdas, que sienta simpatía por las esencias nacionales, vota a partidos neofascistas que prometen que ellos serán los primeros, no solo en el reino de los cielos.
Soluciones fáciles para problemas complejos, la ley del más fuerte, que también exige mano dura contra quien abra la puerta a los necesarios emigrantes en un país envejecido, cuyos jóvenes no pueden plantearse tener hijos porque la industria 4.0 les expulsa del mercado laboral.

El discurso populista de derecha coloniza la mente del europeo medio, que antepone sus privilegios inmediatos a la certeza de que llevando una vida más frugal y equilibrada (energética, alimentaria y ambientalmente) permitiría una vida digna para 20.000 millones de humanos conformes con una vida sana y digna.

Pero eso requeriría renunciar a la religión del crecimiento infinito. Sustituir el desarrollismo ciego, que choca con los límites de la Tierra, por una economía alternativa donde quien más se beneficie de ella, más tenga que pagar en impuestos. Es algo perfectamente factible, y para evitarlo existen los paraísos fiscales y las fake news.

Por otra parte, racionalizar el crecimiento y repartir la riqueza detendría los desastres que una economía fósil (y también zombi) provoca en forma de clima extremo e imprevisible. Esos desastres (sequía, inundaciones, deforestación, subida del nivel del mar…) empujan a millones de personas a abandonar sus países empobrecidos rumbo a un paraíso que no lo es tanto y donde aspiran a una vida mejor. ¿No queremos todas las personas vivir dignamente en nuestro país sin necesidad de jugarnos la vida para prosperar?

Los neofascistas niegan el cambio climático porque, si se toman las medidas para detenerlo, los migrantes serían muchos menos y eso no les permitiría seguir con su asalto al poder con la excusa de que nos invaden.

En fin, ser conscientes de cómo nos comen (y nos comemos) el coco puede servir de antídoto para el virus neofascista. Porque existen alternativas para mantener nuestras comodidades y servicios básicos sin cerrar las fronteras ni invadir la riqueza de otros países. La tecnología y la ciencia también puede ayudar a ello, si se prioriza el bienestar y el bien común frente a la ganancia sin límite.

Ante los tambores de guerra y la codicia sin límite del 1%, declaro mi esperanza en un mundo donde las mujeres con conciencia social alcancen los más altos puestos de decisión con los hombres de la mano.

Creo, a pesar de ser un decepcionado de la especie humana, que hemos llegado hasta aquí porque, como dijo Albert Camus, en lo profundo del invierno de la humanidad que vivimos, late un pequeño verano.

Me quedo con los míos, pero no cierro la puerta a los otros. Salud.

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