Pensamiento
Elijo no resignarme

Yo vi, yo viví, cómo las palabras de Anguita se hacían carne en la realidad de mi barrio.

Julio Anguita Podemos Cordoba
Julio Anguita en un acto de Podemos en Córdoba en el año 2016. Dani Gago
19 may 2020 15:51

El sábado nos dejó Julio Anguita. Todos han hablado de él, en la hora de la despedida, como se esperaba, reconociendo la valía de una persona que dijo, hace 20 años, cosas que hoy tienen que ser defendidas por la vanguardia del pensamiento social.

Yo crecí en la barriada Siderominera, el nombre ya marca carácter. Está en Castilleja de la Cuesta, como a seis kilómetros de Sevilla. La Siderominera es la periferia de la periferia.

Los niños de la Siderominera nos criamos en la plazoleta. Lleva el nombre de un vecino que murió cuando yo era muy pequeño, Vidal González Ramos. En la plazoleta está el local Cívico, dónde a los hijos de los obreros de Cruzcampo, de los Astilleros o de Construcciones Aeronáuticas, nos ensañaban a jugar al ajedrez. En la plazoleta nunca estábamos solos, cualquier padre, era el padre de todos; cualquier madre, era la madre de todos. La Siderominera, en aquella época, era un barrio de obreros que cuidaba de sus niñas y de sus niños.

En el local Cívico había una biblioteca, donde leí los primeros poemas de Alberti. En su pared amarillenta colgaba una foto de El Ché y un mural con una familia de jornaleros, el padre levantaba una bandera de Andalucía que rodeaba un olivo. El salón del local Cívico olía a Ducados que fumaban los hombres, mientras jugaban al dominó, y a los caracoles que preparaba Paquita, la señora que gestionaba el ambigú, cuando llegaba la primavera.

En las noches de verano, era principios de los ochenta, los padres se sentaban en la terraza del Cívico y discutían sobre las regulaciones de empleo en H.Y.T.A.S.A, se lamentaban de la reconversión en Astilleros y se preparaban para el encierro en las factorías de C.A.S.A. en Sevilla. Los vecinos se organizaron para que las familias fuéramos a ver a los padres a las fábricas. Mi barrio era un barrio de gente buena, de la que aprendí y que me cuidó.

En el barrio siempre ganaba el PCE, en mi bloque vivía nuestro concejal, Antonio Sánchez Acosta, el padre de mi amigo Ernesto, que se llamaba así por el otro Ernesto, Guevara de la Serna, ese que tenía una foto en la biblioteca del local Cívico. Antonio siempre ha sido un hombre amable, risueño, luchador y honesto. Así es Ernesto y sus hermanas. Antonio no era Julio Anguita, pero era nuestro Anguita.

Yo vi, yo viví, cómo las palabras de Anguita se hacían carne en la realidad de mi barrio. Una realidad que se desperezaba con el café de las seis de la mañana antes de ir al tajo. Una realidad que se pagaba poco a poco, como las cuentas en la tienda de Enrique o en la mercería de Ana. Una realidad que sabía chicle de dos pesetas, en el kiosco de Emilia. Una realidad en la que me posiciono hoy, para hacer mío lo que dijo Anguita y gritar que elijo no resignarme.

Elijo no resignarme al dolor que trajeron a mi vida, los vecinos que me violaban a diario cuando apenas tenía siete años. Los vecinos nuevos que tuvimos, cuando mis padres se mudaron a un sitio mejor que mi barrio. No me resigno a que mi infancia sea solo, la marca de una herida que debo cuidar a diario y que ha condicionado durante mucho tiempo mi forma de relacionarme con el mundo.

Elijo no resignarme a la cadena perpetua a la que me quieren condenar aquellos que no pudieron comprarme, como han hecho durante cuarenta años con el hambre mi tierra. Mi silencio de este tiempo no es una derrota, es prueba de la honestidad de quien no da cuchilladas de tajo, vuestros nombres llevan el peso de otras condenas y el tiempo os dará un puñado de vuestras rosas, y el mejor futuro, que vuestra dignidad de seres humanos merezca.

No me resigno a la discriminación que sufro desde hace 17 años por haber pasado por prisión. No me resigno a mi flaqueza y elijo no caer en la tentación de aliviarme en la carga, del peso de mi responsabilidad por el daño causado. No me resigno al fariseísmo de una sociedad que, en realidad, cierra los caminos de vuelta de los desterrados. No me resigno a la frustración que sentí la semana pasada, por el trabajo que no me dieron, por ser quien soy y vivir lo que he vivido. No me resigno a la hipocresía de quienes viven alimentándose el ego, a costa de medrar con las vidas de quienes se la juegan por llegar a nuestras playas.

Elijo y no me resigno, a la ausencia de la historia de un abuelo comunista de la que nunca se habló en casa. De la historia de las marcas de metralla en sus dedos, de las cicatrices de sus brazos. De la historia de la carpintería y de la casa que perdió, dónde daba techo a todos sus hermanos. De la historia de su tatuaje en el antebrazo. ¿Quién se tatuaba en los años 40? ¿Qué marcas tapaba la dignidad silente del abuelo Barco?

No me resigno a creer, que no hay más futuro que el marquen los poderosos. No me resigno al secuestro al que la política somete, a nuestra capacidad de llegar a ser. No me resigno al filibusterismo barriobajero de quienes se suben a los estrados a escupirnos a la cara su incapacidad mediocre. No me resigno a la manipulación de los medios de comunicación, a las opiniones de mamporreros que riegan con medias verdades interesadas, las páginas de los periódicos, los programas de las radios y los salones de un pueblo, al que llevan décadas desarmando.

No me resigno a pensar que no vamos a conseguir que, de una vez, este mundo, sean un mundo de iguales. Donde se trabaje la tierra para comer, donde no se esquilmen los mares ni los bosques. Donde haya paz de verdad y horizontes amplios para el futuro de la gente.

No me resigno y lucho por que mis hijas tengan la educación que merecen. Por que el día de mañana, ganen el mismo sueldo que reciba el hombre que haga el trabajo que ellas hagan. No me resigno y lucho por que puedan ser lo que quieran ser. No me resigno a las estructuras sociales que nos han empujado a los hombres a ser solo un tipo de hombre, no me resigno a la educación machista que no me ha dejado tratar a las mujeres como se merecen, y como yo quiero. No me resigno a mi incapacidad de ver todas las veces en las que ese machismo, contra el que lucho, pero que reconozco en mi, me hace no ser justo con mis compañeras y con todas las mujeres de mi vida.

No me resigno a las concertinas, a leyes de extranjería que me recluyen, manteniéndome alejado a mi mundo de otro mundo más grande, al que me quiero abrir. No me resigno a no compartir mi espacio con toda aquella persona que venga a vivir a mi lado. No me resigno a que no traten como iguales, a quienes siento mis hermanas.

No me resigno a vivir siendo un elemento más de la ecuación. Seguiré peleando por mi condición de persona, no seré el consumidor, el hipotecado, el desempleado. No aceptaré el papel de equis, a la que el capitalismo liberal y déspota puede despejar, despojándome de la historia que me trae hasta aquí, ahora mismo.

Elijo no resignarme a no poder decir que no. No me resigno, desde mi dignidad intacta de paria transeúnte de fronteras. No me resigno, como dijo Julio Anguita, porque no me da la gana.

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6 Comentarios
#61604 16:34 25/5/2020

Mea culpa...Volví a buscarte pero ya no estabas..

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#61942 19:34 28/5/2020

No hay culpa, vuelve si quieres, aquí estamos

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#61425 24:15 23/5/2020

Gracias Diego por no resignarse, ni renunciar. Yo también quiero ser valiente y no renunciar a reconocer el valor de cada una de tus palabras. He viajado en el tiempo y he reconocido los lugares que habían, y también los que no pisé y te dejaron solo

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#61944 19:36 28/5/2020

Muchas gracias!! abrazos

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#61371 23:32 22/5/2020

Diego, me ha encantado tu post, muchísimas gracias por la mención a mi familia y por recordarme aquellos tiempos felices en los que fuimos libres. Tengo ganas de verte, cómo podemos contactar?

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#61943 19:35 28/5/2020

Hola!! Gracias por el comentario. Yo te encuentro. Besos

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