Cine
‘Puñales por la espalda’

[Crítica] Rian Johnson se aparta de la marca Star Wars y ahora dirige, guioniza y produce su particular Cluedo viviente, mordaz a rabiar.

Puñales por la espalda (2019)
Daniel Craig (dcha.), en ‘Puñales por la espalda’. © Lionsgate
@Cabornero_
29 nov 2019 06:00

A Rian Johnson le ha sentado de fábula apartarse un rato de las espadas láser, la Fuerza, el canon galáctico y demás conceptos cinematográficos transformados en religión. El estreno de Puñales por la espalda, escrita y dirigida por Johnson, es una de las grandes noticias del año 2019 y un deleite en sus 130 minutos de metraje. No sobra ni falta nada, la trama avanza con fluidez y el guion se presta a varios duelos entre intérpretes llenos de calidad.

Jamie Lee Curtis y Don Johnson, convertidos en matrimonio para la ocasión, por un lado demuestran que todavía no se les ha pasado el arroz. Ya son sesentones, vale, pero guardan en cada mueca o en cada golpe de voz más expresividad que muchos aspirantes de pacotilla. Por otro lado, Toni Collette y Michael Shannon representan la vertiente de cuarentones en la cúspide; ambos han estado nominados al Oscar y acumulan papelazos recientes, por ello es de esperar que algún día ganen la estatuilla.

En Puñales por la espalda, además, se rodean de secundarios tan bien acoplados como LaKeith Stanfield, Katherine Langford, Riki Lindhome y Frank Oz. Son unos cuantos los que forman parte de la familia Thrombey, cuyo patriarca es un reputado novelista de misterio y está interpretado por el veteranísimo Christopher Plummer. Así, cuando Harlan Thrombey es encontrado muerto tras haber celebrado su 85º cumpleaños, aparece en su mansión el personaje que impulsa la historia.

Y ése no es otro que Benoit Blanc, un inquisitivo y cortés detective, a quien da vida el inglés Daniel Craig con acento de Kentucky. Blanc es reclutado misteriosamente para investigar a la familia disfuncional de Harlan, en busca de una versión distinta al informe policial. Junto a todos ellos y a su devoto personal, se mueve en una maraña de pistas falsas y mentiras interesadas que confluyen en dos treintañeros que destacan sobremanera: Chris Evans y, por encima de cualquiera que aparezca en pantalla, Ana de Armas.

La actriz hispanocubana, estrella emergente en Hollywood, en esta película se desayuna a sus compañeros de reparto con una taza de café bien caliente. Muy atrás quedan ya sus comienzos en El internado de Antena 3. Ahora ella pone las reglas sobre los terrenos de una mansión que en realidad parece un Cluedo viviente, como subraya uno de sus protagonistas para hacer un guiño indisimulado hacia El juego de la sospecha (1985, dir. Jonathan Lynn).

Watson supera otra vez a Holmes

La extraña muerte de Harlan, prematura pese a tener 85 años, desencadena unos hechos que Blanc aborda con un estilo que no deja indiferente a los otros participantes de la trama ni tampoco al espectador. Craig aparca el aura de 007 y construye aquí un detective que tiene más cuento que Calleja, aunque al mismo tiempo percibe detalles que a la Policía se le escurren. Los dos agentes que estudian el caso se han visto inmiscuidos en la rutina de una familia extenuante, así que descubrir la verdad se les antoja más como un castigo que como una recompensa al trabajo bien hecho.

Valga el detalle de que apenas han reparado en Marta Cabrera, la cuidadora del millonario novelista octogenario. Ana de Armas borda con ella un papel inicialmente de relleno, pero que de forma paulatina reúne claves en modo similar al Dr. John Watson. Y las referencias hacia la creación de Arthur Conan Doyle no son, desde luego, las únicas que brillan en este filme. Rian Johnson rehoga varios cruces de diálogo mordaz con señas de la llamada cultura pop.

Baby Driver y C.S.I. se cuelan en un par de frases de Chris Evans, cuyo personaje no se llama Ransom por cuestión baladí. El cineasta de Silver Spring dota a cada rol de profundo significado, cual piezas de un tablero. Ninguna desperdicia su movimiento y Blanc lo sabe, lo memoriza, lo escudriña. Él no desiste, merodea por las instalaciones de la familia Thrombey mientras ayuda con los interrogatorios y recompone un relato del que hay múltiples ángulos.

La lectura del testamento de Harlan, incisiva y fulgurante, arrea todo en el momento adecuado. El manejo del tempo y del atrezo es esencial, al modo de obra de teatro que acelera o frena con precisión; y ahí, el montaje logrado por Rian Johnson es oro puro. La temporada de premios es inminente y no extraña ver a Puñales por la espalda entre lo sobresaliente, como por ejemplo en el decálogo que corona Dolor y gloria (dir. Pedro Almodóvar) para la revista Time. Siempre punzante el intergaláctico Johnson.

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