22 abr 2026 06:00

Ana busca un banco para sentarse en el paseo arbolado de la ciudad. Es principios de mayo, pero el calor y la humedad ya son sofocantes y pegajosos. No suele ir al huerto a estas horas, prefiere las primeras horas de la mañana, pero el trabajo comunitario les obligó a encontrar una hora adecuada para todos. Le encantan sus quehaceres en el huerto: sembrar, observar las plantas, mimar el suelo, mirar cómo corre el agua mientras riega y descubrir los cientos de bichos que pululan por allí. Aunque cada persona tiene su trocito de tierra, los trabajos más duros los hacen entre todos mientras charlan y debaten trucos de cultivo. Ese día les toca montar los sombreadores de cañas para las plantas; el sol pega demasiado fuerte y hay que buscar soluciones. Llevan el huerto comunitario entre toda la gente del barrio; se conocen bien, tanto del huerto como de otros talleres y trabajos voluntarios. Los mayores traen sus sabidurías de antaño, los jóvenes ponen la innovación para adaptarse a los tiempos nuevos; el clima ha cambiado mucho en los últimos años, y lamentablemente no sirven todos los consejos antiguos. Juntos forman el equipo perfecto: cada uno valora la aportación del otro, saben que solos la vida sería mucho más difícil.

Ana no puede disfrutar mucho de la sombra de los jóvenes árboles, ni el vaivén de los paseantes y ciclistas, porque quiere llegar pronto a casa. Es su cumpleaños que normalmente celebran con mucha sencillez: se reúnen entre amigos y vecinos, alguien prepara una tarta casera, un poco de limonada, cantan, charlan y celebran la vida que tienen. No suelen regalar ningún objeto, el regalo más preciado es estar juntos, disfrutar del tiempo libre y de la buena compañía.

Ana camina contenta hacia su casa observando lo que pasa en la calle. Se ve mucha gente en bicicleta, algunos con monopatines y otros simplemente pasean tranquilamente. La gente sabe perfectamente que con estos calores no merece la pena correr, además disfrutan de sus paseos bajo la sombra de los árboles.

Julia ya espera a su hija impacientemente; algo nerviosa, pero contenta porque lleva mucho tiempo esperando este momento, tan importante para las dos - mejor dicho, para las tres. Ya ha atendido a todos sus vecinos necesitados, ha lavado la ropa en la lavandería comunitaria y tiene sus pensamientos ordenados para la charla con su hija.

- He preparado una limonada para que charlemos un poco, es tu cumpleaños, y como ya te dije, hoy te tengo un regalo especial.

- Claro, pero no hacía falta ningún regalo. Tengo 20 años, ya soy mayorcita, además tengo todo lo necesario.

- Bueno, es un regalo justo para tus veinte años, pero antes de dártelo, te quiero explicar algunas cosas que pasaron hace 21 años. Ya sé que sabes mucho sobre esa época tan trágica y a la vez tan emocionante, pero yo nunca te conté nada al respecto.

Todo empezó casi normal, si se puede identificar esos lustros como algo normal, pero llegó una tormenta de una magnitud inconcebible y se puso todo a patas arriba. No era una tormenta, yo diría más bien que la naturaleza nos devolvió el maltrato de todos aquellos años concentrado en una semana. Era algo increíble, y no solo en nuestra ciudad, sino en toda Europa. Tu abuela rechazó ir a un refugio climático, sabía que le quedaban pocos días y quería pasarlo en casa sin escuchar los llantos de la gente. En unos días se nos fue, y tampoco volví a ver ni a tu padre, ni a tu abuelo. ¡Se murió tanta gente en estos días!

Ah, perdona hija, quiero hablarte de otra cosa, pero cuando vuelvo a pensar en esa época, sigo sin entender qué pasó con la gente. ¿Por qué tardamos tantos años en reaccionar, cómo pudo ser tan importante el dinero y los lujos, que no nos dimos cuenta lo que estaba pasando? Me preguntas ¿para qué querían tanto dinero, si no se lo podían comer? Pues, la verdad no lo sé, o quizás lo sé, pero prefiero olvidarlo.

Después de la tormenta primero quedamos paralizados, y no sabíamos qué hacer. Quizás estuvimos esperando que alguien nos salvara, pero estaba todo colapsado, y sin electricidad no funcionaba casi nada. Por suerte, en el barrio había unos colectivos que trabajaban juntos, y gracias a ellos empezamos a organizarnos. Tomamos las riendas de nuestras vidas, y decidimos que a partir de ese día íbamos a valernos por nosotros mismos. En lugar de llorar por la situación, decidimos poner nuestra energía en rehacerlo todo según nuestro criterio, basándonos en la comunidad, y en el apoyo mutuo. No teníamos casi nada, pero la ilusión y nuestro deber podían con todo.

Empezábamos a reconstruir algunas casas, sembrar los huertos y reorganizar nuestras vidas alrededor de varios grupos: sembrArte (comida), educArte (enseñanza), cuidArte (cuidados), creArte (reconstrucción). Toda la comunidad trabajaba conjunta, y conseguimos algo increíble; volvió la esperanza al barrio. Los días eran duros, y había mucho trabajo, pero sabíamos todos que lo que hacíamos tenía sentido. ¡A veces tienes que perderlo todo, para valorar las cosas!

Para mí eran días especialmente duros. No sabía nada de tu padre, ni de tu abuelo, tu abuela recientemente fallecida y yo con una barriga enorme; el mundo se me cayó encima. Pero tenía la comunidad, y estuvimos apoyándonos mutuamente. No había ningún psicólogo, pero sí mucha gente con quien hablar y desahogarse. Yo tenía poca comida en casa, pero nos juntábamos y cocinábamos lo que hubiera, tampoco necesitábamos tanto.

Poco a poco volvió la luz y algún tipo de organización estatal, pero rechazamos sus intervenciones. No queríamos que otra vez nos organizaran la vida según sus criterios, sabíamos adónde nos conduce.

El tiempo iba pasando, vino gente a visitarnos y a conocer nuestra manera de funcionar. Aparte de darnos todavía más ideas, nos dimos cuenta de que implementaron muchas cosas que hicimos realidad en nuestro barrio. Esto nos daba todavía más fuerzas para seguir, y gracias a nuestro ejemplo empezó a hacerse realidad un cambio imparable en todo el mundo. A ti, que ya has crecido en este mundo, todo te parece normal, pero los demás teníamos que acostumbrarnos a vivir sin lujos, y sin cosas innecesarias, pero más libres y más humanos. En vez de ocupar puestos sin sentido, trabajar para la comunidad, para que funcione todo. Al fin y al cabo, tampoco era tan duro el cambio, solamente había que abrir la mente, imaginar otra manera de funcionar y empezar. Es una pena que tuviera que pasar una desgracia tan trágica para realizar estos cambios, pero parece que así tenía que ser.

Así ya sabes, vives en una época histórica, la humanidad tiene que aprender a vivir otra vez, pero ahora, en vez de sobrevivir, vivir bien de verdad.

Poco más, ya solo me falta darte tu regalo. Tu abuela en sus últimos días te escribió una carta y me pidió que te la diera hoy, justo cuando cumples veinte años. Te envía un beso grande.

¡Querida! Te estaba esperando tanto, pero siento que no voy a llegar a conocerte, ya no tengo fuerzas para seguir luchando. Mira, qué irónico, tenía una vida con tantas luchas para cambiar el mundo, y justo ahora, cuando solo debería vivir unos meses más para poder verte, ya no aguanto. Tu madre te cuidará mejor que nadie, así puedo irme tranquila. Te quería contar tantas cosas, enseñarte tanto, pero tengo que resumir todo en unas frases que te sirvan como la enseñanza más importante.

Nunca dejes de luchar por un mundo mejor; tanto para las personas, como para la naturaleza. Y si en algún momento se consigue esto (tu madre está convencida que sí), tú sigue luchando todavía más duro para poder mantenerlo. Porque este es el punto más crítico, y sin lucha no se mantiene nada. Y aunque todos intentamos dar nuestra mejor versión, a veces la humanidad comete los mismos errores una y otra vez. Ojalá que para entonces todos entendamos que la única forma de vivir bien es apoyándonos entre todos. Pero si alguien a tu alrededor lo olvida, recuérdaselo siempre:

¡Solo se puede vivir bien en un mundo justo, solidario e igualitario!

¡Besos, te quiero!

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