Adobe Navapalos
Detalle de un muro de adobe en Navapalos, un despoblado pueblo soriano en El Burgo de Osma. Desde 1984, se ha impulsado allí un proyecto de restauración utilizando técnicas tradicionales, siendo el adobe el material principal. Álvaro Minguito

Acerco la nariz al adobe. Inspiro con la seguridad reconfortante de apresar el petricor y expiro con la solemnidad de asumir el principio de la caída de mi historia.

Miro de reojo esos guantes agrietados que, aparcados con telarañas en la mesa, ya no calzan en mis manos. Mi endurecida piel aún se permite el lujo de recelar la aspereza de un cuero gastado. Ahora, el olor de humus me acompaña de arriba a abajo. La tierra arcillosa se agolpa en las líneas de mis palmas, aferrándose en mis uñas por días. Hace tiempo que dejé de probar de descifrar la quiromancia del suelo. Contemplo mis manos y solo veo un presente. Los pies, descalzos, son capaces de andar acorazados cuando pisan grava, pero se muestran sensibles a la temperatura, la humedad y a la vibración de los topillos excavando en búsqueda de raíces que nos regalan sustento.

El adobe se desploma, fundiéndose en sus orígenes. Con el paso de las estaciones, las hebras de paja se desprenden y la arcilla cede. A su vez, matas de ortiga dentada y de una melisa ya inolora se asoman allí donde el muro deja de resistirse ante la gravedad. La madreselva escala entre las rosas caninas y la absición domina chopos, alisos, castaños y fresnos, alcanzando incluso los tardíos robles. Al amanecer, los corzos ladran y los colirrojos canturrean. Al anochecer, el ulular de las lechuzas y el grillar de los insectos orquestan la penumbra.

Así, en el transcurso de los variopintos meses, la vida expresa su circular dinamismo con la antagónica vehemencia con la que se difumina el rastro de los brochazos cimentados por la linealidad humana. Parangonarnos con la naturaleza rehúye de cualquier sentido.

Es hora de asumir en quién me he convertido. Una persona, un animal, una experiencia entretejida, un latido del planeta, el lenguaje de un ser -o quizás parte de un proceso- plural. Sospecho que insistir en restaurar esta antigua cuadra no me llevará a resucitar una pretérita sociedad basada en la acumulación inerte de capital. Presiento que mi empresa de recuperar un hogar natural se dirige más bien a regenerar una inexorable relación de amable interculturalidad.

Y me siento feliz ante semejante reto. Cada mañana madrugo. Me enfundo mi ropa de trabajo antes de que el alba deslumbre con su fiel saludo y el cielo se tiña de salmón. Una vez bailado, pisoteado y mezclado el barro con el heno seco que previsoramente segamos en verano, amaso la pasta buscando formar ladrillos. En unas semanas se fusionarán con el viejo muro medio deshecho.

Y sí, al mediodía termino agotada. Pero expandir esta vivienda comunal me alienta y me da paz.

Salgo de la cuadra. Atravieso el patio asilvestrado, bordeando el invernadero y dejando atrás el horno de leña. Entro a la cocina-comedor-salón, donde puede que cocinemos, comamos o juguemos, pero donde siempre se cuecen los debates familiares. Ladeo la cabeza para atisbar a mi padre sentado en su butacón, apañando uno de sus pantalones con un remiendo gracias al kit de hilos y agujas que nos prestó Camilo, nuestro vecino más cercano. Los trueques entre mi padre y Camilo se intensifican en otoño y primavera, cuando el calor y el frío conceden una tregua y se acumulan las siembras, las podas y las infinitas tareas del hogar.

Él me mira, ahueca las cejas y sonríe discretamente.

—En la radio dicen que China se ha atrincherado con el litio. En una semana toca que hablen de India.

—Papá, todo el mundo sabe que India depende de las vacas. El informativo sobre Asia está obsoleto. Especulan sobre datos de hace un lustro.

—Mientras tengamos arcilla, leña y a Loren brillando todo irá bien -interviene mi hermana, que descubre su cara tras la novela, casi devorada, que ayer nos dejaron Michel y Luz, los otros buenos vecinos de la pedanía más próxima.

Lorenzo, claro. El Sol. Aún hoy me resulta tan curioso como gratificante que hayamos recuperado el argot de mis tatarabuelos. Personificar los fenómenos naturales nos imprime respeto y humildad, sirviendo como retórica para rezar por ellos desde el más laico pero espiritual de los sentidos.

—Ya lo vas a acabar —le digo a mi hermana, señalando el libro que sujeta con firmeza, como si temiera que fuera a salir volando más lejos que la imaginación guardada en su historia.

—Claro. Solo doscientas páginas. Da para un par de tardes. Más ahora que es finales de otoño.

—Todavía nos falta terminar de conservar la mitad de las calabazas e ir a por la última remesa de níscalos y boletus. Se prevén heladas.

Ella agacha de nuevo la novela, esta vez asomando un ceño fruncido. Creo que ha captado, a su pesar, mi insinuación. No me gusta privarle del ocio, pero en una casa de campo siempre hay trabajo por hacer.

—Juan y Claudia han salido antes a por las setas. Seguro que vuelven a última hora de la tarde con las cestas llenas. —Ante mi mirada, ella arquea ambas cejas—. Les he recordado que honren la cosecha y dejen al menos dos tercios sin recoger. Ya sabemos cómo son. Tú por hoy descansa.

Si les conocemos tan bien es porque nos parecemos. Nos cuesta vivir plenamente relajados: a menudo nos azotan los miedos. El imaginario de la escasez y de los límites caló hondo en nuestra infancia. Abordamos nuestras emociones acompañadas de diversas arteterapias, para saber lidiar con esas invisibles y profundas narrativas que aún hoy traumatizan el presente.

A veces tememos que todo vuelva a esa cansina “normalidad” que duró siglos y danzó con egoísta puerilidad junto al precipicio, lanzando al abismo tanta belleza. Pero si algo hemos aprendido es que ese miedo no hay que ignorarlo. Debemos explorarlo cautamente, abrazar los turbulentos recuerdos de la humanidad y atrevernos a trazar utopías para legar nuevas memorias.

Ahí es donde me encuentro yo. Los lugares que para unos fueron paisajes del abandono para mí son reclamos de vida. En las casas de adobe derruidas escucho el murmullo de las hojas meciéndose al viento, el croar de sapos en charcas estacionarias y el refugio de algún tímido corzo. Cuando el adobe resiste, percibo el crujido de las vigas, el aletear de un murciélago discreto y el eco de mi respiración.

¿Dónde se fragua la utopía? Quedan personas enrocadas en la desilusión, convencidas de que el último resquicio de la esperanza se extinguió hace años, sino décadas. Ya es tarde, incluso lamentan algunos.

Otros no compartimos esa “certeza”. Algo en mí se rebela y pugna por depositar una extraña confianza doble: en pronósticos inverosímiles y en escenarios desconocidos. Quiero abrazar una alternativa. Contra todo voto útil, una polea tracciona mi corazón y despega mis argumentos, permitiendo un diminuto espacio de locura para bucear en las opciones menos reiteradas. ¿Y si toca relegar el recuerdo de subirse a un avión a la literatura de ficción? ¿Y si la privatización de las posesiones no ha sido más que ese presunto aliado que traiciona en las escenas finales al protagonista? ¿Y si aún queda coraje en el perdón, sosiego en la cooperación, salud en perder la vista tras un horizonte, magia al cruzarse con un animal salvaje, y dicha en la lentitud del caracol?

Pasmada, ante la escena de nuestra alborotada y silenciosa cocina-comedor-salón, esbozo una sonrisa discreta. Mi padre se yergue, acomoda los pantalones sobre el butacón y va en busca de su taza preferida, esa que mi hermana y yo recompusimos después de una tonta caída. Apura de un sorbo las últimas gotas de una infusión ya fría. Atisbo esas cicatrices en la porcelana que denuncian la falacia de la vida eterna, pero simbolizan una apuesta por la reencarnación.

Quizás la utopía consiste en ser capaz de despertar por esa taza agrietada la misma admiración con la que acaricio la aspereza de una pared desmembrada. Al adobe no hay que pedirle demasiado. Amortigua heladas invernales y veranos tórridos. Nos protege. Por eso me he propuesto remangarme y levantarlo de nuevo. Soportar aquel incendio tuvo sus consecuencias: una herencia de cicatrices negras.

Pero tras la fachada de cenizas aún se esconden briznas de paja dorada.

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