Existe una belleza reservada a aquellas acciones que, espontáneas, encajan perfectamente con el mundo. Acciones sutiles, a veces pequeñas, que rebosan coherencia desde lo simple, e implican un conocimiento que trasciende los límites de la razón, inusitado y elegante. Son actos que resultan, que emergen, porque forman parte de algo más grande que quizá algunos como yo no estamos preparados para entender del todo.
Vera, con su pelo corto y sus cinco años de edad, irradia continuamente esta belleza. Sus manos pequeñas acarician las hierbas altas cuando pasea por las calles. Recoge las semillas y las suelta, como un acto reflejo, para que vuelen lejos y formen su propia vida. Espera tras la lluvia caracoles al borde de aquel huerto para observar el color de sus conchas y dibujarlas en su cuaderno favorito. Vera afianza con sus pasos, sin saberlo, aquel mapa que tuvimos que volver a imaginar.
Proveníamos de una especie de Nueva York mental. Rascacielos gigantes, grandes avenidas repletas de automóviles, turistas fascinados, sólidas cristaleras de negocios. Brillo. Luz. Experiencias. Cogíamos sus ascensores, sus autopistas, sus túneles. Pero en algún momento empezabas a fijarte en que las caras de la gente que pasaba a tu alrededor siempre eran las mismas, siempre el mismo reflejo. Reflejos insípidos de ausencia, de falta de algo, quién sabe el qué. Y veías tu reflejo en el escaparate. Y entre los rascacielos de repente aparecían callejones mal iluminados con dolor, tristeza y hambre. E incluso en las casas bajas adosadas con escalera hacia la acera había sótanos perturbadores llenos de sueños rotos y promesas incumplidas.
Te dabas cuenta de que no querías vivir en esa ciudad. ¿Pero qué podías hacer? Entonces me encontré un relato de Juan José Millás en el que él mismo caminaba por Madrid como si fuera Buenos Aires y le llovía mientras hacía sol. Y cuando pensaba que era bonito imaginar otra ciudad y pasearla como si fuera la propia, me di cuenta de que en medio de las caras pálidas de mi Nueva York había alguna que, de repente, pasaba a través de una viga de acero. Otras bajaban por las escaleras inexistentes del lateral de un edificio. Había quien ya utilizaba, no sin esfuerzo, mapas alternativos. Y es que pasaban muchas cosas en una ciudad tan grande.
- ¿Sabes dónde hemos puesto las gafas de buceo?
Vera me saca de mi ensimismamiento. Quiere acercarse al lago con su grupito de amigues a ver renacuajos y contar ranas. Les están hablando de la metamorfosis en la escuela y están ayudando a hacer el conteo. La perseverancia de les niñes resulta algo digno de observar. Por eso cojo la hamaca y le acompaño.
El camino hasta allí es bonito, toca bajar todo el arroyo del olivar hasta el final y me trae recuerdos del pasado, cuando toda esa calle era asfalto. Vera me vuelve a interrumpir.
- Me gusta que me lo cuentes con esa ilusión Papá, como si fuera la primera vez, pero me empieza a preocupar tu memoria. Me has contado esa historia veinte millones de veces.
Papá, me llama. Yo no sé si corregirla. Se lo debe haber oído a otres niñes, hay quienes siguen usando ese término. A mí me suena antiguo, como la historia de cómo acabamos con el asfalto.
- Pero esa sí, cuéntamela otra vez, va.
- Bueno, luego, en la cena.
El paisaje del lago tiene un toque de ciencia ficción. Cuando el arroyo del olivar volvió a ser un arroyo el agua comenzó a acumularse bajo el puente de Vallekas. Después, cuando el interior de la M-30 se despobló, el puente dejó de usarse y se habló de tirarlo. En realidad se lleva muchísimo tiempo hablando de tirarlo. Pero sigue ahí, y para mucha gente tiene un gran valor sentimental. Así que se pintó y se le pusieron unas enredaderas y durante las fiestas nos subimos a él para observar las ruinas de lo que fue Madrid. Nuestra comunidad está llena de nostálgicos, quizá por eso me quedé cuando tantos se fueron.
- Marcho, Vera, que tengo turno en cantina. Luego os veo para cenar, no tardéis.
Me toca poner la mesa y servir la comida que ha hecho Al. Está con Vir en la cocina.
- Pero bueno, si estás tu aquí y Deva está de viaje, ¿quién está con les niñes?- No te preocupes, están en el lago, les he dicho que no tarden.
- Déjales, ya sabes que se las apañan bien - Interviene Al.
- Bueno a ver si con esto de la cocrianza al final, los unos por los otros y la casa sin barrer. -Bromea Vir.
- No le hagas caso, está quemada porque lo que está sin barrer es el almacenaje - Ríe Al.
Vir le lanza un pimiento a la cara mientras les niñes entran por la puerta y se inicia un conato de batalla de comida que conseguimos parar antes de que se vaya de las manos.
- Un momento, ¿y Vera?- Dijo que ahora venía, que iba a reflexionar un momento - Gar, el más mayor.
- Estabas tú de responsable, te toca ir a buscarla - Vir picándome, como siempre.
- Sí, si creo que sé donde está.
Vera hace este tipo de cosas de vez en cuando que me hacen pensar que para ella, a su alrededor, no hay restos de la Nueva York que intento dejar de transitar. Su ciudad debe ser tan distinta que la imagino como un poblado babilónico, sin grandes palacios pero con muchas casitas de adobe de esas con puertas en los techos, en las que los tejados son plazas públicas, lugares de intercambio, y no hay formas definidas, y las ropas se cuelgan con sus colores al sol.
Al fin la encuentro, escondida en el bosque comestible, en lo que era el Huerto Utopía.
- ¿Qué haces aquí?
- Es como si este limonero me acariciara. Estaba preocupada por ti, porque siempre te veo un poco melancólico. Y no hay otro sitio en el que me encuentre más a gusto para reflexionar.
Ella no lo sabe, no lo puede saber, solo yo conozco ese dato, pero su madre biológica, la misma que ella no conoció porque murió al poco de dar a luz, la misma que fue mi compañera de vida durante más de diez años, fue la que plantó ese limonero años atrás, cuando las calles aún estaban llenas de asfalto. Se me salta alguna lágrima. Ella sonríe y me abraza.
- Vámonos anda. Te teníamos que haber puesto Iona, de reflexiona.
De vuelta a la cantina, Vera no ha olvidado la promesa de la tarde. Y ha contagiado al resto.
- ¡Que la cuente, que la cuente!
- Está bien, está bien. Hace ya más de veinte años, en un huerto de barrio se decidió empezar a aplicar la desconocida agricultura sintrópica. Plantar muchos árboles muy diversos y muy juntos, por estratos, intentando imitar el funcionamiento de los ecosistemas pero eligiendo las especies para que sean comestibles. Pronto, lo que parecía una locura empieza a dar sus frutos. La escasez de alimentos en los supermercados hace que las vecinas se organicen para ocupar solares y replicar el bosque del Huerto Utopía. Pero el espacio no era suficiente. El combustible empezaba a escasear, las temperaturas subían. En ese momento, lo que hasta entonces era un colectivo agroecológico, Bajo el Asfalto está la Huerta, se reconvierte para hacer valer su nombre. De la noche a la mañana, grupos de activistas armados con martillos neumáticos comenzaron, con nocturnidad y alevosía, a taladrar y retirar el asfalto. Las autoridades municipales decidieron no intervenir y se retiraron al interior de la M-30. Poco a poco las calles de Vallekas se comenzaron a vaciar de asfalto, que se iba transportando en pedazos hasta la Junta de Distrito. Niñas, jóvenes y ancianos se dedicaron durante meses a transportar pedazos de asfalto, que se fue acumulando hasta sepultar la junta de distrito y en lo que hoy se conoce como el Centro Histórico de Fitorremediación de la Octava Teta. Por eso, niñes, si vais a la octava teta recordad: no podéis comer nada de lo que crece allí, pues el asfalto es muy contaminante. Pero podéis disfrutar de explicaciones detalladas de su guía, que es un hombre muy apuesto y atractivo.
- Cómo te gusta tirarte flores - Al
- Ya que no me las tira nadie…
Nueva York sigue estando allí, pero noches como esta hacen que, al final de la quinta avenida, debajo del Empire State empiecen a aparecer unas casas de adobe, un huerto con un limonero y una niña debajo con el pelo corto, observando un caracol.
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