Ecologismo
Fuegooooo
¡Fuego!
Gritó Selva desde lo alto de su terraza a la que cada mañana, al amanecer, subía para tejer los mimbres que minutos antes había sacado de la pileta de la fuente del lavadero. Las varetas habían estado en remojo el tiempo suficiente para que las manos de Selva las pudiesen moldear y trenzar convenientemente.
El humo venía de la zona salvaje a donde ella iba a recoger los mimbres de sauce y otras fibras vegetales que le servían de materia prima para sus cestos y otros útiles que sustituían a las -ya casi olvidadas- bolsas de plástico.
¡Fuego!
Gritó Rafa desde su colmenar al que a diario echaba un vistazo para comprobar el estado de las abejas. Rafa, además de las colmenas, había abierto recientemente una cervecería artesana en el pueblo aprovechando una fuente de agua recuperada. Su cerveza no salía de la comarca; en el pueblo acompañaba a las tortillas que Juan hacía en la iglesia reconvertida en cantina y sala de usos múltiples.
Rafa vio que el humo salía de la zona salvaje en donde sus abejas iban en busca del néctar de algunos árboles y plantas floridas.
¡Fuego!
Gritó Mari Carmen desde su huerta a la que cada día llegaba al amanecer para atender sus cultivos de papas y cebollas para las tortillas que Juan ponía de tapa en la cantina. Luego también plantaba tomates y pepinos para el gazpacho y sembraba una milpa con calabaza, maíz y judías. Maíz que, por cierto, era para las gallinas de Heriberto.
Mari Carmen reconoció que el humo venía de donde ella iba a buscar las cañas para entutorar las tomateras; de la zona salvaje.
¡Fuego!
Gritó Heriberto desde el gallinero en donde cuidaba sus aves ponedoras a las que solo daba el maíz de Mari Carmen. Las gallinas y el gallo tenían tanto espacio que el resto de los alimentos se lo procuraban ellas según apetencia y disponibilidad. Los huevos que le dejaban a Heriberto a cambio de su atención, principalmente, serán transformados en la cantina por Juan para hacer sus ya famosas tortillas de papas slow.
Heriberto vio que el humo procedía de donde el zorro vivía y adonde a él le gustaba pasear con su Toni para enseñarle lo más preciado que tenían en el pueblo, el bosque.
¡Fuego!
Gritó Julia que a esas horas estaba con sus dos burras a las que cuidaba y utilizaba para preparar un trozo de tierra para el sustento de los animales. Julia además preparaba la tierra de Mari Carmen y cultivaba -con la ayuda de sus burras- la cebada que Rafa necesitaba para hacer la malta.
Julia se dio cuenta de que el humo provenía de donde las burras se refugiaban en los días de más calor, del bosque.
¡Fuego!
Gritó Gabriel que a esas horas andaba careando a las ovejas por la loma alta. Las ovejas del pueblo que Gabriel cuidaba eran fundamentales para proporcionar lana al telar de Libi. Lana que Libi usaba para sus prendas de fieltro que todo el pueblo lucía en invierno.
Gabriel reconoció que el humo salía de la zona silvestre en donde cada mes pasaba con sus animales para que los senderos y el camino principal se mantuvieran transitables. Además, en otoño iban hacia allí cada semana para que las ovejas aprovecharan también las castañas.
Todas corrieron hacia el fuego con sus batefuegos mientras llamaban al responsable de la cuba de agua y conductor del único tractor del pueblo impulsado por diésel, así como a la brigada de bomberos comarcal.
Cuando los bomberos llegaron, el pueblo tenía el fuego controlado, pero vinieron muy bien para quedarse todo el día refrescando la zona y permitiendo que los locales volvieran a sus tareas.
En el pueblo apenas había nervios, pues no era la primera vez que acudían a apagar un incendio y sabían cómo hacerlo. Tampoco sufrían demasiado por la naturaleza; sabían que pronto se regeneraría. Lo que había era tristeza por no saber el motivo que había llevado a alguien a hacer fuego allí y quemar el pulmón del pueblo, su querido bosque.
Pocos días después, Gabriel, que con su larga vista de pastor no perdía detalle de lo que se movía por su territorio, fue a hablar con el hijo de la Concha. El muchacho, enseguida que enfrentó su mirada con la del pastor, arrancó a llorar y confesó que fue él quien provocó aquel fuego. Gabriel mantuvo la calma y Olmo, -el muchacho- le pudo al fin contar que días atrás, había visto cómo el zorro mató a tres gatitos de su querida gata, la Maula y por eso fue hasta donde sabía que dormía el animal, para asustarlo usando un fuego pequeño en la entrada de su casa. Aquello se encendió tan rápido y creció tanto que se asustó y salió corriendo del precioso lugar y luego no se atrevió a decir nada a nadie.
El pueblo en la asamblea decidió perdonar a Olmo, que hoy es el relevo de Gabriel para la lana de Libi y que desde entonces se dedica a plantar y cuidar de 500 encinas dulces nuevas cada año. Las bellotas serán para todos los animales del pueblo y además se hará harina en el antiguo molino recientemente restaurado y que hoy mantiene Toni, la molinera.
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