De McDonald’s a comedor popular, la historia de L’Après M en Marsella

En una antigua franquicia del norte de Marsella, una cooperativa-restaurante ha reescrito las reglas del mercado: transforma los ingresos en bien común y reinvierte los excedentes en servicios sociales. Desde los márgenes, L’Après M demuestra que la ciudad también puede construirse desde sus barrios.
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L' Apres, espacio social recuperado en Marsella. © Cineya Productions.
31 ene 2026 06:21

A medida que el tráfico se espesa y las naves industriales se alinean a ambos lados de la carretera, se hace evidente que nos acercamos a Marsella. La autopista desciende desde las colinas y el mar, brillante e insistente, se insinúa al fondo, apenas visible entre grafitis, hormigón y el vaivén del asfalto.

Marsella es un puerto bendecido por la geografía. El Vieux-Port se abre, protector, al Mediterráneo bajo la mirada atenta de la Bonne Mère. El estuario está sembrado de veleros que entran y salen con una cadencia constante, interrumpida solo por el ir y venir rutinario de los batobus, los ferris urbanos, rumbo a las Calanques o a las Îles du Frioul. Es la postal que todo visitante espera.

Pero el azul intenso queda aquí, de pronto, lejos. Tomar la salida 35, Saint-Barthélemy, es internarse en un tablero de ajedrez roto: un dédalo de autopistas elevadas y bloques de vivienda social donde dominan las texturas del hormigón gris y el ocre deslavado. En los barrios del norte, las torres idénticas se suceden sin fin; viven, por diseño o por abandono, de espaldas al Mediterráneo. Son paisajes de pura ingeniería civil, asfalto, cemento y metal, desconectados, en términos prácticos y emocionales, del corazón histórico de la ciudad.

Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright

En esa monocromía de torres, rotondas y vallas de alambre, el ojo busca un punto de encuentro. Una carnicería, una tienda de alimentación, algún take away, una parada de bus abarrotada. Hay pocos lugares donde sentarse a compartir un rato. Y entonces, tras el tedio de una rotonda desolada, junto a un cartel municipal que insiste, con optimismo administrativo, en que “Marseille se transforme”, aparece un rótulo distinto. Una invitación sencilla: “Comme vous êtes, vous venez!”.

Ven tal y como eres

Pintado a spray, con el signo de exclamación transformado en un puño alzado, el lema “Ven tal y como eres” condensa la filosofía de L’Après M. Nacida en el esqueleto de un antiguo McDonald’s, la cooperativa-restaurante se ha convertido, en apenas cuatro años, en un motor que alimenta a setecientas familias por semana, inserta a vecinos en el mercado laboral y funciona como una auténtica plaza cívica en el norte de Marsella. Su apuesta es tan simple como radical: utilizar herramientas del mercado para financiar lo común y demostrar que la periferia también puede diseñar su propia ciudad.

Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright, y algún eco estructural del antiguo fast food. Todo lo esencial fue reescrito: el equipo, el propósito y, sobre todo, el destinatario. Hoy, el cliente final es el barrio.

Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés

El esquema es sencillo en su formulación: un restaurante de acceso universal, menús a precio subsidiado, empleo con itinerarios de inserción y, por encima de todo, un espacio cívico donde reunirse sin pedir permiso. A ese núcleo se suma un dispositivo de apoyo que, semana tras semana, reparte cerca de setecientos lotes de víveres entre las familias más vulnerables. El engranaje se sostiene gracias a una red de unos cuarenta voluntarios, la confluencia de donaciones privadas, alianzas locales y una dosis considerable de organización.

La distribución: un lunes marsellés

Llegamos un lunes, día de reparto, a media mañana. El servicio lleva horas en marcha; el comedor no abrirá hasta que salga el último lote. La cola, ordenada, rodea el edificio: carritos de la compra, bolsas de tela, algún cochecito de bebé. Durante la espera, las conversaciones fluyen. En un cobertizo que hace de punto de distribución, un voluntario descarga cajas de fruta y revisa etiquetas; a unos pasos, otro controla el orden de entrega con una libreta gastada. Una mujer coloca con cuidado un paquete de pasta en el fondo del carro para que no aplaste las verduras. Nada se acelera; nada se detiene.

Entre el ir y venir aparece Kamel Guemari. Abraza a una vecina, palmea el hombro de un chaval, escucha dos frases y resuelve con una llamada. Sonríe mucho; se detiene poco. Interrumpirlo ahora sería un estorbo.

Cuando se entrega el último lote y la fila se disuelve en el remolino de la rotonda, se abren las puertas del restaurante y asoma la otra mitad del proyecto: mesas altas, tornos de pedido, una pantalla que anuncia los turnos. Todo recuerda a una cadena de comida rápida, solo que aquí la estrella del menú es otra: la hamburguesa OVNI, diseñada por el chef tres estrellas Gérald Passedat. En cocina, el murmullo de la plancha caliente; la charla ligera del equipo. Afuera, la rotonda sigue girando bajo el sol de Marsella; adentro, el servicio está a punto de empezar.

En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta

Salimos al exterior, al sol, para aprovechar el mistral fresco de la mañana. Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés. Rehúye el foco, pero su verbo claro y su carisma tranquilo lo han convertido en una referencia. Con una sonrisa, nos da la bienvenida.

De la lucha sindical al motor social

El McDonald’s de Saint-Barthélemy abrió en 1992, entre bloques de hormigón y tráfico denso. “Llegaron con promesas de empleo”, recuerda Kamel. Prometían modernidad, trabajo, progreso. Lo que encontraron fue un barrio sin plaza y, sin proponérselo, el local acabó convirtiéndose en su punto de encuentro: un refugio accidental donde los vecinos se cruzaban, los jóvenes buscaban wifi y los trabajadores mataban el tiempo antes del turno. A su manera, aquella franquicia de rotonda terminó siendo la plaza del pueblo.

Pero las promesas eran eso, promesas. Pronto chocaron dos mundos: los empleados, con contratos precarios y sueldos mínimos, y una multinacional tan impersonal como su logotipo. “La pelea empezó por céntimos y turnos”, dice Kamel, “y terminó logrando avances que se extendieron a otras ciudades de Francia e incluso fuera del país”. Durante años, el local fue un laboratorio sindical donde se negociaban dignidades a pequeña escala.

Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio

En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta. Irónicamente, en un país habituado a protestar contra McDonald’s, esta vez se protestaba para mantenerlo abierto. En el punto álgido, Kamel, que había empezado allí como encargado de turno, amenazó con prenderse fuego dentro del local. “Si cierran, me quemo aquí”. La escena recorrió los informativos nacionales, pero no evitó lo inevitable. La persiana bajó, setenta y siete sueldos quedaron en el aire y el barrio perdió su única plaza.

Dos meses después llegó el confinamiento. Calles vacías, supermercados saturados, neveras medio vacías. El local reabrió por necesidad. Donde antes había menús, aparecieron palés, listas y voluntarios. Exempleados, vecinos, sindicatos y colectivos transformaron el espacio en un almacén solidario. En cuestión de días, el viejo restaurante se convirtió en una de las mayores plataformas de reparto de alimentos de Marsella.

Cuando el conflicto se convierte en proyecto

Pasada la urgencia, el hambre seguía ahí. En abril de 2021, de aquel impulso nació la asociación La Part du Peuple y tomó forma la SCIC L’Après M, una cooperativa de interés colectivo. El mecanismo era simple y profundamente político: un restaurante económico que financia ayuda social; una ayuda social que refuerza comunidad; itinerarios de inserción que convierten el lugar en un ascensor social.

“El proyecto no distingue orígenes: todos son bienvenidos”, repite Kamel, con la serenidad de quien ha pronunciado esa frase muchas veces. Luego baja la voz y amplía el foco: “No hay lucha de colores; hay lucha de clases. Esto va contra el capitalismo voraz y el individualismo, contra la idea de que cada cual se salva solo”.

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Foto aérea de la acción Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). © Cineya Productions.


Aunque se declaran apartidistas, el ADN político de L’Après M es inconfundible. Brota de la experiencia sindical, se alimenta de la denuncia constante de la evasión fiscal de las grandes corporaciones y enlaza con otras batallas obreras históricas, como la de la relojería LIP, gestionada por sus trabajadores. La referencia ideológica es explícita y se ancla en la acción directa. Kamel cita a los Black Panthers: primero alimentar el estómago, después el alma.


Habla con la autoridad de quien conoce el hambre. En los barrios del norte, dice, la comida no se da por sentada: niños que llegan a clase con el estómago vacío, jóvenes que, en uno de los países más ricos del mundo, ven cómo el alquiler o la idea de formar una familia se vuelven quimeras. “Encontrar un trabajo es el primer escalón de la dignidad”, insiste. Y lo sabe: trabajó en este mismo McDonald’s, repartiendo bandejas y horas extra.

L’Après M no se limita a tapar agujeros del Estado. Diseña itinerarios, forma a los recién llegados y demuestra, con hechos, que otra economía es posible. Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio. En paralelo, el restaurante sigue funcionando, genera ingresos y redistribuye recursos.

El círculo virtuoso ha devuelto al lugar lo que siempre debió ser: una plaza cívica. Aquí se come, se conversa, se tramitan papeles, se anuncian eventos. Cuerpo, corazón y cabeza. Alimento, apoyo mutuo y una agenda que mantiene vivo el pulso del barrio.

Y, sin embargo, persiste la pregunta inevitable, seca y contable, que aparece a final de mes: cuando se apaga el rumor del comedor y llega la factura, ¿quién la paga?

La realidad contable: cuando la utopía paga las facturas

Incluso las utopías más nobles necesitan cuadrar las cuentas. En L’Après M, los ideales no se miden en manifiestos ni en discursos, sino en columnas de Excel: facturas que hay que pagar, recibos que vencen y el temor persistente a que un día el saldo marque cero. Cada gesto solidario descansa, al final, en algo tan prosaico y decisivo como una factura abonada a tiempo.

El proyecto es inquilino directo del Ayuntamiento de Marsella bajo un contrato 3-6-9. Quince mil ciento veintiséis euros cada trimestre, cuatro veces al año, que caen sobre la mesa con la regularidad de un jarro de agua fría. Entonces se abre la carpeta azul: la luz de las cámaras frigoríficas, los sacos de harina, el gas, los seguros. Cada línea del presupuesto implica una decisión tomada con el pulso contenido. ¿Qué se paga primero? ¿Qué puede esperar?

En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva

La visibilidad internacional, del New York Times al Washington Post, trajo también su contrapeso: el escrutinio. Le Figaro cuestionó su viabilidad económica. Desde la cocina, la respuesta fue simple: las cuentas están abiertas. El ejercicio de 2024 se cerró prácticamente en equilibrio, con las inversiones iniciales ya amortizadas. Pero la estabilidad sigue siendo frágil. La tesorería ajustada obliga a compensar con horas voluntarias lo que no alcanza con dinero. Las campañas de comunicación se redactan entre turnos, desde un portátil viejo, con la tecla de la “N” rota, y un Excel que nunca termina de cerrarse.

Kamel lo dice sin rodeos: “Tener beneficios importa”. No para repartir dividendos, sino para sostener aquello que no genera ingresos: el combustible de la furgoneta, las horas de acompañamiento social, la programación cultural. “L’Après M no es una empresa cualquiera. Es un instrumento económico al servicio del interés público. Redistribuimos nuestros beneficios en actividades solidarias. Somos una empresa de inserción y, al mismo tiempo, una herramienta cívica”. En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva. Ganar dinero no es un fin. Es la condición de posibilidad de lo común.

Con el Ayuntamiento, su casero, la relación va más allá de la foto institucional. Es una coproducción permanente, tensa y necesaria. “Mantenemos una escucha mutua para responder mejor a las necesidades del territorio”, explican en el equipo. La convivencia, sin embargo, no siempre resulta sencilla. Un representante llegó a decirles que no hablaban “el lenguaje institucional”. Ellos se rieron. “Nuestro francés es correcto, sabemos usar un ordenador y procuramos no cometer faltas de ortografía. ¿Cuál es entonces ese lenguaje institucional?”. La anécdota encierra una verdad menos amable: hablar desde los márgenes exige traducirse constantemente.


En un barrio acostumbrado a las opérations place nette, con su ruido, chalecos policiales, cámaras y estigmatización, la mera persistencia de L’Après M tiene algo de milagro civil. Su obstinación en permanecer en Saint-Barthélemy es una forma de resistencia silenciosa. Una desobediencia útil.

Dejando atrás la rotonda: la geografía del cambio

La rotonda frente al restaurante es una buena atalaya para pensar la ciudad. Desde aquí se intuyen las costuras deshilachadas de Marsella: trabajadores en patinete, cansados de esperar un autobús que no llega; cuatro árboles raquíticos sin sombra; el asfalto que reverbera; carteles de promesas rotas agitándose al viento. También se percibe la otra cara. Un hombre, impecablemente vestido, se acerca, interrumpe nuestra conversación y pregunta cómo puede donar. Entre el calor, el ruido y el polvo, la solidaridad aparece sin protocolo.

Queda mucho por hacer. Pero, por mucho que defienda el distrito 14, L’Après M no quiere mirarse solo a sí misma. “Responder a la urgencia está bien”, dicen, “pero ¿cómo ir más allá?”.

Ideas no faltan. L’Après M quiere llevar su fastronomía social, producto fresco, de proximidad y a precios justos, más allá del barrio. El objetivo es abrir nuevos puntos de venta en Marsella y, quizá, en otras ciudades. De momento, el proyecto viaja. Del Delta Festival al Mucem, donde la cocina opera como embajada itinerante de otra forma de comunidad. El pasado verano trasladaron su mesa al centro, con un pop-up en La Canebière, la gran arteria de la ciudad. Otro código postal, otras reglas. “Queríamos tender un puente entre la ciudad y los barrios”, explicó Kamel en redes. Una frase sencilla para una ambición enorme: que la periferia deje de ser un lugar al que se va a ayudar y empiece a ser un lugar desde el que pensar la ciudad.

La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves)

Cuando el puente no puede ser físico, se vuelve sonoro. En septiembre nació La Radio du Peuple, una emisora modesta pero obstinada que transforma el ruido del barrio en voz colectiva. Las ondas llegan más lejos que cualquier folleto: entrevistas a vecinos, debates, avisos de última hora. En una ciudad donde tantos sienten que nadie les escucha, la radio suena como una ventana abierta.

En otoño, L’Après M amplió su campo de acción. La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). Más allá de la programación, el gesto apuntaba en una misma dirección: el proyecto empezaba a pensarse también como espacio cultural y político, no solo alimentario.

Más allá del comedor y de la cola de los lunes, L’Après M funciona en un territorio menos visible. Allí donde otros sistemas se detienen, este continúa. Los alimentos que no llegan a las mesas, sobre todo frutas y verduras demasiado maduras o irregulares, no se descartan. Se transforman. De esa lógica han nacido una pequeña conservera y una unidad de micro-metanización que convierte restos orgánicos en energía.

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Montaje de la última cena el L' Après. Documental Laissez-nous les cles: © Yacine Helali


Pero L’Après M no se detiene en la ayuda alimentaria. Con la Clínica del Apoyo Mutuo acompaña trámites y detecta los frenos invisibles que empujan a muchas familias a la precariedad. El primero, y más persistente, es la vivienda. Para quienes participan en los itinerarios de inserción, conseguir un techo estable sigue siendo el gran obstáculo. Por eso la cooperativa trabaja con propietarios públicos y semipúblicos de vivienda social y se plantea, a largo plazo, crear una comunidad residencial que sirva de refugio y punto de partida hacia la autonomía.

Para que todo eso ocurra sin vivir al filo, me dicen, les gustaría poder acceder a un arrendamiento enfitéutico o incluso a un crédit-bail, una fórmula cercana al leasing, que permitiría estabilizar el coste del local y aliviar la tesorería. Con una caja menos tensa, el proyecto dependería menos de la cagnotte, la hucha solidaria que mantienen abierta en su web, y podría concentrar su energía en lo esencial: empleo, comida, comunidad.

Desde los márgenes

El sol cae a plomo sobre la rotonda. Kamel tiene que volver a los quehaceres, que no son pocos. Antes de despedirnos, le pregunto por los vínculos con otras iniciativas. Al fin y al cabo, los problemas se repiten. Sonríe y responde con otra pregunta.

“Si tienes un bien y no lo compartes, ¿es realmente un bien?”

Hace una pausa mínima, lo justo para que la frase se asiente, y se responde a sí mismo.

“Un bien es mejor compartido”.

Encogiéndose de hombros, añade que están dispuestos a entregar la receta a quien la pida. Cuanto más se extienda el modelo, mejor para todos.

Permanecer en un territorio del que tantos se marchan ya es un gesto político. Aquí, en Saint-Barthélemy, resistir significa pagar el alquiler a tiempo, mantener la luz encendida y seguir sirviendo comidas en un local que la lógica del mercado había dado por amortizado. L’Après M no se limita a sobrevivir. Persiste. Y al convertir la rutina, abrir, cocinar, repartir, en hábito cívico, vuelve practicable la palabra comunidad.

Pero quedarse no implica inmovilizarse. Cada vez que el equipo cruza la ciudad, cada vez que su hamburguesa OVNI aparece en el puerto o en un festival, el mapa simbólico de Marsella se desplaza un poco. La periferia se mueve, se hace visible, reescribe su papel. En ese ir y venir, los habitantes de Saint-Barthélemy no solo exportan un modelo solidario. Ensayan otra geografía urbana, más abierta, más porosa, más cosmopolita.

“Nuestro territorio es de partout, está en todas partes”, dice Kamel con una sonrisa serena. “Es cosmopolita, a la altura de Marsella”.

Afuera, el cartel del Ayuntamiento sigue proclamando que Marseille se transforme. Quizá sea cierto. Solo que, esta vez, el cambio empieza en la rotonda.

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