Opinión
Biopolítica del desprecio

Duele la cabeza de pensarlo, una cierta ansiedad te toma en mitad de tus rutinas, mientras intentas levantarte por la mañana y ser operativo como si nada pasara, como si no sintieras sobre tu cuerpo, como si no escucharas en los discursos, como si no destilasen ciertas posturas, ciertas decisiones, ciertas exclusiones, litros y litros de desprecio.
Ya hemos escrito de la incertidumbre, es el leit motiv de nuestros tiempos, la bruma que atravesamos, pero también la niebla que oculta y disipa ciertos manejos. Las maniobras de siempre, ya lo sabes: poner en juego tu pensión del futuro, pagar a los grandes propietarios para que conserves tu techo, dejar el calor, el abrigo y la luz en manos de oligopolios millonarios, compensar a quienes siempre estarán a salvo por lo que esta crisis podría hacerles perder, mientras miles de personas van desfilando hacia la pobreza.
Ya hemos mentado muchas veces el colapso, aunque no sabemos muy bien en qué consiste, no será por falta de ejemplos. Podemos conjugar ya el colapso en lo micro: colapsan quienes llevan meses sin percibir ingresos, quienes no duermen para no tener pesadillas con cartas de desahucio, quienes atraviesan el mar para acabar encerrados en un CIE con una orden de expulsión bajo el brazo.
Ya hemos abordado las muchas y traicioneras formas en las que el cansancio nos aborda, nos vacía de la energía para reaccionar, ya hemos hablado de la anemia que padece nuestra imaginación política
Ya hemos indagado en el cansancio. En esta sensación de carencia de todo lo necesario para la vida: sin aire, sin energía, sin silencio, sin paz, transitando esta época con el piloto automático puesto, cabalgando la inercia por un páramo que no parece tener fin. Ya hemos abordado las muchas y traicioneras formas en las que el cansancio nos aborda, nos vacía de la energía para reaccionar, ya hemos hablado de la anemia que padece nuestra imaginación política.
Pero qué pasa con este superávit de desprecio que configura decisiones políticas y niega recursos. Esa mirada por encima del hombro con la que se calculan presupuestos o diseñan hospitales. Ese odio perezoso con el que se vota por borrar murales, o se deja la nieve congelarse en los patios de los colegios. Esa desconsideración ancestral hacia ciertos otros que avala que en sus casas no haya luz, que les condena al frío y a la enfermedad.
Pongámoslo sobre la mesa: si no puedes mantener tu hogar caliente, si tiemblas pensando que te podrían echar de tu casa, si estás en un hospital en el que se ha invertido pasta a raudales y no hay ni puertas, si un idiota puede afirmar que la gente querrá tener tres o cuatro trabajos y que no pase nada, si has atravesado el mar y todos los dispositivos están puestos al servicio de mandarte de vuelta, es porque te desprecian.
Consideran que no mereces descansar en un hogar cálido. Consideran que para ti, la privacidad y la salud es un lujo. Consideran que es un fastidio verte por las calles intentando ganarte la vida. Consideran que tu bienestar, tu tranquilidad, en definitiva tu vida, es menos digna de interés y recursos, de medidas y de protección que la de otros, que la suya propia, que la de los suyos, que la de aquellos a quienes consideran pares.
Qué arma sucia es el desprecio, pues nos hace aceptar, o por lo menos, convivir con el hecho de que hay quienes valen menos. Y así, individual y colectivamente, avalamos que hay gente que cotiza a la baja en el mercado del valor humano. Podemos ser opresores y oprimidos, la periferia de un centro, y el centro para otras periferias. Podemos ser y somos despreciadores y despreciados. Y hasta el autodesprecio tenemos inoculado, en este sistema en el que somos lo que hacemos, valemos lo que tenemos, ahora que es más difícil que nunca hacer, sobre todo con contrato y nómina.
Hay quienes acallan el desprecio que reciben, despreciando más fuerte, con la ilusión tal vez, de que el desprecio que profesan hacia los otros les hará subir en la jerarquía de quienes realmente valen
Sucede, me parece, que no sabemos qué hacer con tanto desprecio. Hay quienes acallan el desprecio que reciben, despreciando más fuerte, con la ilusión tal vez, de que el desprecio que profesan hacia los otros les hará subir en la jerarquía de quienes realmente valen, quienes realmente merecen. Hay quienes se preguntan cada mañana por su valor, su lugar en este mundo, se enfadan consigo mismos frente al espejo y asumen, bien asimilada la biopolítica del desprecio, que todo esto es su fracaso. Hay quienes monitorean con exactitud agravios y ofensas, y hacen con ellos memes o artículos de opinión destinados a ser papel mojado.
El desprecio es la base de toda desigualdad, es su sustento espiritual, su excusa moral, su coartada ante cualquier duda ética. Dijimos que estamos hartas, nos indignamos, y eso activó ciclos de respuesta, motivó que saliésemos a las plazas. Cuando tanta gente en tantas partes con tanta fuerza puso las cosas sobre la mesa, lo que volvió, el tsunami contraofensivo que arrasó, fue el desprecio en forma de troikas y Bolsonaros, de Al Sisis y Rajoys, de Trumps y de ultraprecarización del precariado. Así que quizás lo que toque esta año, esta década, sea trabar el piloto automático, politizar la incertidumbre, el colapso y el cansancio, y revelarnos contra esta biopolítica del desprecio que justifica la intemperie a la que nos abocan.
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