Opinión
Para leer de muy cerca

En ‘El riguroso paraguas’, Daniel Díez Carpintero reúne siete cuentos sobre personajes minuciosamente observados, atmósferas densas y percepciones intensificadas, donde la belleza emerge de lo frágil, lo dañado y lo ambiguo.
el riguroso paraguas
Oriana Méndez Portada de ‘El riguroso paraguas’, de Daniel Díez Carpintero.

Pensemos en esa literatura que no se acomoda del todo a los modos de lectura acelerados ni a las expectativas de consumo inmediato. Lejos de ser hermética o experimental, se adentra con habilidad admirable en zonas de la experiencia poco transitadas sin pretender resultar ejemplar para quien las lea. Hablamos de la literatura que avanza por la intensidad de las percepciones de los personajes y que construye su sentido a partir de impresiones sutiles, más que en la consabida progresión de la trama.

Pensemos en propuestas literarias de las que una lectora sale distinta, marcada. Flannery O’Connor, Fleur Jaeggy o Denis Johnson. En el caso de Díez Carpintero, los lectores saldrán marcados, entre otras causas, por su personal acercamiento a las relaciones de poder que atraviesan lo íntimo y lo familiar. Se trata de relaciones que no necesariamente se resuelven de manera favorable, ni pretenden dictar un aprendizaje. El autor nos hace mirar de cerca y provoca nuestro asombro. A partir de ese momento, se hará muy difícil dejar de leer.

En esa tradición se inscribe la obra de Daniel Díez Carpintero, que tras dos fascinantes libros de relatos en los que ya nos adentraba con voz propia en su particular mundo (El mosquito de Nueva York y Nunca se sacia el ojo de ver) y de una novela irresistible (Estatura), publica ahora El riguroso paraguas, también en la editorial Sloper.

Los siete relatos se leen con avidez, conducidos por una prosa precisa y envolvente, a ratos galopante, capaz de arrastrar al lector hacia escenas de enorme potencia sensorial. La lectura se mantiene atenta a aquello que se escapa a la mirada corriente y común: cuerpos enfermos o cansados, deseos mal encajados, dependencias silenciosas, relaciones atravesadas por una violencia sorda y cotidiana, siniestra.

El conjunto está narrado por una voz que observa y experimenta sin juzgar. Además, una suerte de unidad tonal entre los relatos, que parecen querer llevarnos a los años 80 y 90 del siglo XX, refuerza la sensación de estar ante un territorio distinto: el mundo de Díez Carpintero. Esa coherencia hace que El riguroso paraguas funcione como un proyecto unitario del que también forman parte sus obras anteriores, igualmente recomendables.

En el relato “Pulmón artificial”, el deterioro del cuerpo se convierte en una experiencia perceptiva compartida, doméstica, cuando el narrador afirma: Es el ruido que emite su persona. El ruido de papá. Es la constatación de una presencia que ocupa el espacio y lo transforma, lejos de la dramatización. Algo similar ocurre en “Bote de renacuajos”, donde la atmósfera de atención expectante resulta profundamente intranquilizadora y, al mismo tiempo, reconocible: Papá decidió que nos quedáramos en una pradera descolorida a cincuenta metros de una charca rodeada de juncos. Chicharras histéricas. Cielo blanco. Papá se tumbó en la hierba. Jamás se relajaba. Incluso bajo el sol y con los ojos cerrados parecía estar vigilándonos.

No obstante, en esos escenarios generalmente oscuros y viscosos, se filtra una forma de ternura inesperada, un brillo poderoso y también frágil que emerge precisamente de lo dañado. En “Iris y yo”, esa belleza desplazada se formula de manera explícita: Como si detrás de la Iris retraída que todos conocíamos hubiese otra, una Iris carente de cualquier límite que estuviese brotando y que se intuyese ya —igual que se intuye en los bebés una deficiencia o una deformidad futura— y que le infundiese una confianza anómala en la atracción que ejercía sobre los seres raros o secundarios como yo. Esa misma capacidad de observación concentrada se reconoce también en los textos breves que el autor comparte en su perfil de Instagram, Pisalibros, una prolongación natural de su escritura donde ensaya fragmentos que condensan su estilo directo y su sensibilidad.

El riguroso paraguas se inscribe en una tradición que privilegia la construcción de los personajes en su elemento —permitiéndolos gozar sus síntomas—, la precisión en el estilo, el dominio lingüístico y la originalidad de la mirada. La tradición literaria que no aspira a tranquilizar o a sanar, sino a ampliar nuestra conciencia para ayudarnos a elaborar una posición propia sobre el mundo. Todo son buenas razones, las mejores razones, para leer a Díez Carpintero.

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