Las calles del progreso

En el mobiliario urbano, dos fotografías sin mensaje aparente. En una, una toma nocturna de la estatua de La Cibeles, en la otra, también de noche, el Templo de Debod. ¿Qué nos quería decir el Ayuntamiento de Madrid?

La diosa y el templo
Mobiliario urbano con imágenes de la Fuente de Cibeles y el Templo de Debot Miguel Fernández Elorriaga

publicado
2018-11-07 09:00:00

Había una vez una ciudad llamada Madrid, de cuyas calles fueron desapareciendo, un buen día, los anuncios publicitarios que durante largo tiempo la habían acosado. En el mobiliario urbano, que hasta entonces les había servido de soporte, se empezaron a ver dos fotografías sin mensaje aparente. Ambas eran tomas nocturnas: en una se veía la estatua de La Cibeles, de frente, con los leones tirando del carro, en la otra, el Templo de Debod. Qué gran gentileza por parte del Ayuntamiento, pensaron algunos madrileños, habernos liberado de la publicidad en las calles. Pero, a medida que pasaban los días, las suspicacias de la gente fueron creciendo, pues intuían que aquello no iba a durar mucho.

Las fotografías, en efecto, parecían cumplir la función de una carta de ajuste, una imagen fija de múltiples colores que se emitía por televisión de madrugada hacía años, cuando el asedio audiovisual no era tan intenso. De repente la gente se preguntó: ¿por qué no han dejado esos mismos carteles en blanco?, ¿acaso las autoridades municipales temen una epidemia de horror vacui en la población? Quizás… o a lo mejor querían decirles algo con esas fotografías. Esos dos bellos iconos de Madrid, iluminados por la noche con luces cálidas, eran una invitación a (re)descubrir sus monumentos, la supuesta esencia –por no decir escusa o, directamente, el señuelo– de las visitas turísticas; o quizás también una invitación a admirar la ciudad o a que los súbditos se sintieran orgullosos de ella. Quién sabe, pensaban, pero algunos habrían preferido que hubieran dejado todo en un blanco puro, no como aquella vez, hace años, en que el banco ING se anunció en esas mismas marquesinas con un cartel en blanco, sí, pero en el que se podía (y se debía, pues ese fue el gran acierto del publicista sarcástico que lo ideó) leer en letras muy pequeñas en los bordes: “Hemos liberado este espacio para ti”.