Análisis
La cruzada contra los cómics: entre el fuego purificador y la autocensura

Faltaban décadas para la llegada de la televisión o los videojuegos y las editoriales de cómics vendían millones de ejemplares cada mes, devorados por la juventud estadounidense. Pronto surgirá una ola de histeria ultraconservadora que va a llevar a que las revistas acaben siendo pasto de las llamas o censuradas por un código reaccionario implantado por la industria.
Comic Code
El sello de Comics Code Authority, una suerte de autorregulación de la industria de los tebeos en Estados Unidos, se mantuvo vigente desde 1954 a 2011. ©

“Los cómics son la marihuana de la guardería, la pesadilla de la cuna, el horror del hogar, la maldición de los niños y una amenaza para el futuro”. Al menos eso era lo que pensaba el crítico teatral estadounidense John Mason Brown, quien, de manera descriptiva y sin asomo de sarcasmo, esputó la afirmación en una emisión radiofónica en 1948. No era el único: escritores como Sterling North ya habían advertido poco antes de la “masacre cultural” que suponían esas revistas en la infancia. El argumento sería repetido por el director del FBI John Edgar Hoover, poca broma. Sí, la animadversión hacia el medio que acaparaba la atención de los más jóvenes no era nueva en una sociedad de bien que se dirigía a velocidad de crucero hacia el huracán del macartismo y su “Terror rojo”.

Los años 30 y 40 del siglo XX supusieron sin duda la edad de oro del cómic, cuando surgen las historietas de superhéroes, terror, ciencia ficción o simples aventuras que van a definir la industria moderna del medio. Faltan décadas para la llegada de la televisión o los videojuegos, y millones de niños estadounidenses pasan su tiempo de ocio con la lectura de las revistas de historietas. A finales de la Segunda Guerra Mundial, los cómics venden millones de copias cada mes y editoriales como National Comics Publications (precursora de DC Comics),Timely (de la Marvel) y Entertaining Comics(EC) son reyes Midas que convierten en oro el papel que imprimen.

Iglesias, escuelas y grupos cívicos verán con ojos desorbitados esta avalancha amenazante y pronto van a organizar quemas públicas de cómics como acto simbólico de purificación moral

Muchos de esos títulos que inundan los kioscos vienen acompañados de representaciones gráficas de violencia y crímenes; también de relaciones afectivas insoportables para la época, que van a desatar las iras de los defensores de la moral. Iglesias, escuelas y grupos cívicos verán con ojos desorbitados esta avalancha amenazante y pronto van a organizar quemas públicas de cómics como acto simbólico de purificación moral. En ellas, los niños y niñas, a menudo animadas por sus progenitores, van a llevar los tebeos para que sean arrojados a la hoguera y purguen así sus pecados. Revistas de terror como The Haunt of Fear o Tales from the Crypt; de suspense y detectives como Shock Suspense Stories, o incluso de superhéroes —personajes como Batman o Superman se equivocan “al tomarse la justicia por su mano”— serán pronto objetivo del fuego purificador.

La histeria viene alimentada, además, por el sensacionalismo de ciertos medios de comunicación, que asocian el consumo de cómics a la delincuencia juvenil. Por si fuera poco, alguna investigación forense de la época argumentaría que la adicción de los niños a ese tipo de revistas era parcialmente responsable de sus crímenes, y cierto juez de Chicago llegaría a ordenar que se mantuviera a los hijos alejados de cómics y películas de gánsteres.

De nada sirvió que el Congreso de Padres y Maestros de California hubiera encargado a estudiantes de posgrado de la Universidad de Stanford un informe sobre hábitos de lectura para determinar si existía alguna relación entre los cómics y la criminalidad con un resultado negativo. El momento era ya propicio para que la quema de ejemplares se extendiera como un reguero de pólvora por todo el país.

Y mientras el papel arde, va y aparece Frederic Wertham, un psiquiatra neoyorquino que publica en 1954 un libro titulado La seducción del inocente: la influencia del cómic en la juventud actual, donde apuntala el argumento de que los cómics “están llevando a los jóvenes a la delincuencia y la desviación mediante el horror morboso, la violencia gráfica y el sexo”. También afirma que Batman y Robin representaban un ideal gay “de dos homosexuales viviendo juntos”, que Wonder Woman era poco menos que una lesbiana sadomasoquista y que el mundo de las viñetas tenía toda la pinta de convertir a esos buenos niños blancos y de clase media en criminales y maníacos sexuales. Ya de paso, aprovechaba para aportar algunos casos concretos de chavales con afición a los tebeos que habían tenido conductas criminales. Si faltaba un empujón, Wertham lo acababa de dar con su libro.

No sirvieron de mucho tampoco en este caso los argumentos de David Wigransky, un joven de 14 años con bastante sentido común que había publicado en la prestigiosa Saturday Review of Literature una carta donde defendía que, si la veintena de delincuentes mencionados por Wertham hubiera cometido sus delitos por el hecho de ser aficionados a los cómics, de igual manera se podía afirmar que el resto de los 70 millones que componían la comunidad lectora de esas publicaciones eran niños y niñas perfectamente sanos y felices por la misma razón.

Con esos mimbres, una investigación del Senado acabaría sentenciando el incremento de la delincuencia juvenil por culpa de las viñetas en unas rocambolescas audiencias públicas que propagaron la percepción de estar ante una verdadera amenaza para la infancia. Entre quienes testificaron ante el organismo estaba William Gaines, responsable de EC Comics, una de las editoriales más señaladas, que ya no levantaría cabeza tras su paso por la comisión. Y autores, guionistas y dibujantes, se verían obligados a partir de ese momento a mentir sobre su profesión, porque trabajar para la industria del cómic empezaba a estar tan mal considerado y marginal como hacerlo para la industria pornográfica.

Viendo la que estaba cayendo, los editores de cómics, al igual que habían hecho antes los ejecutivos de Hollywood, decidieron autocensurarse y crear un organismo que controlara las publicaciones, evitando su prohibición o que acabasen pasto de las llamas

Viendo la que estaba cayendo, los editores de cómics, al igual que habían hecho antes los ejecutivos de Hollywood, decidieron autocensurarse y crear un organismo que controlara las publicaciones, evitando su prohibición o que acabasen pasto de las llamas. Nacía la Comics Code Authority de la Asociación de Revistas de Cómic de Estados Unidos, un código que, prietas las filas, prohibía entre otras muchas cosas el uso de la palabra “terror” en los títulos; que los malos fueran glamurosos; desnudos, vampiros y fantasmas… y, por supuesto, exigía que la autoridad fuera siempre respetable y que el bien triunfara frente al mal. Las revistas que cumplieran ese código podrían contar con el sello de aprobación en la cubierta y ser distribuidas con normalidad.

Tras las audiencias del Senado y la adopción del sello censor, más de 800 dibujantes perdieron su empleo y el mercado se redujo a 250 títulos frente a los 650 que existían solo dos años antes. Por otro lado, las revistas quedaron dirigidas a un público exclusivamente infantil, con historias pobladas de superhéroes planos, personajes y animales insulsos, adaptaciones de series populares de televisión y poco más.

Al igual que sucedía en la España franquista, la obsesión censora estadounidense produciría casos esperpénticos como el que comentaba Stan Lee, creador de superhéroes tan icónicos como Spider-Man, Los 4 Fantásticos o Thor, en Amazing Marvel Universe: la Autoridad les había prohibido publicar un número contra las drogas —una iniciativa que partía, además, del Departamento de Educación para la Salud y Bienestar— ¡por incluir la palabra “droga” en sus textos!

Con el tiempo, el debate sobre la peligrosidad de los cómics se iría relajando, los años 60 trajeron otros aires y nacieron nuevas revistas de temática underground, cuyos proyectos y editoriales, a menudo asociados al movimiento hippie, se extenderían por diferentes ciudades —especialmente San Francisco— y donde publicaciones como Zap Comix irían abriendo senda para nuevas inquietudes y en las que los artistas pudieran exponer libremente temas como la sexualidad, el consumo de drogas, la política o la religión, en no pocas ocasiones con un tratamiento escatológico, sexualmente explícito y hasta vulgar. Además, a principios de la década de 1970 se produjo un cierto renacimiento de revistas en blanco y negro como Creepy, Eerie y otras de la Warren Publishing, también al margen del Código del Cómic y dirigidas a un público adolescente y adulto, que servirían para revitalizar la tradición de los cómics de terror y suspense que habían desaparecido con la purga de las décadas anteriores.

Intentando adecuarse a los cambios que se estaban produciendo en la sociedad, el Código relajó las restricciones sobre crímenes y terror en 1971 —aunque se mantuvo la prohibición del uso de las palabras “horror” y “terror” en los títulos— se rebajaron algo los estándares sobre el sexo gráfico y se decidió abrir un poco la mano a la aparición de “vampiros, demonios y hombres lobo”, aunque, eso sí, solo “cuando se traten según la tradición clásica, como Frankenstein, Drácula y otras obras literarias de gran calibre escritas por Edgar Allen Poe, Conan Doyle y los autores respetados”.

En todo caso, la suerte estaba ya echada: a finales de los 80 solo unas pocas editoriales pertenecían a la Asociación Americana de Revistas de Cómics y la mayoría de distribuidores y minoristas movían las publicaciones sin el anacrónico sello de aprobación. Marvel dejó de someter sus cómics al Código en 2001, adoptando un sistema de clasificación interno propio. Tras el abandono de las dos últimas, DC y Archie Comics, el organismo censor que se había ocupado de salvaguardar la inocencia de la infancia y la juventud estadounidense durante cerca de 60 años desaparecería en 2011 olvidado por todos.

Hoy ya no se queman cómics y el Código quedó relegado al olvido, pero la censura persiste en esa parte de la sociedad estadounidense ultraconservadora en la que tanto le gusta reflejarse al movimiento MAGA: hace un par de años, Maus, la novela gráfica de Art Spiegelman que narra la historia familiar de sus padres, supervivientes de a Auschwitz y que había ganado el Pulitzer, fue prohibida por juntas escolares de Tennessee, Misuri y Texas, alegando palabras malsonantes y cierto contenido sexual —en realidad, la imagen de una mujer desnuda tras suicidarse en la bañera—. “Es un libro más, tírenlo si quieren a la hoguera”, afirmaría Spiegelman. El hecho, por desgracia, se ha repetido con otras obras como This One Summer, de Tamaki; Gender Queer, de Kobabe; o las multipremiadas Persépolis (por incluir torturas), de Satrapi y Blankets, de Thompson.

Pero ya que hablamos de censura, no nos despedimos sin posar la mirada algo más cerca y recordar que aquí la Audiencia Nacional prohibió en 2007 la venta de un número de El Jueves que llevaba en portada a los entonces príncipes en plena faena sexual, alegando “injurias a la corona”. Y que, con ese precedente, RBA, el grupo editorial al que pertenece la revista, quiso evitar repetir experiencia en 2014, y en un ejercicio de autocensura trasnochada, obligó a la redacción a cambiar otra portada que representaba al rey emérito pasándole una corona enmierdada a su hijo. El hecho llevó a 18 de sus dibujantes a abandonar la publicación como modo de protesta.

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