Una idea a la que aferrarse

Los BRICS están construyendo una nueva idea moral a la que la humanidad puede aferrarse, una idea alejada del dominio norteamericano y de su imperialismo, una idea mejor y más justa. Esto es lo que se esconde detrás del caos y de la destrucción provocados por Occidente en los últimos años. Si el mundo se aferra a la nueva idea de los BRICS, la multipolaridad sustituirá al dominio occidental de los últimos 500 años
Kosygin
Obras mencionadas en el artículo
18 ene 2026 17:22

Dos falacias de composición

“El problema dentro del propio Occidente es su incompetencia militar y económica al intentar derrotar a Rusia en la operación militar especial. Rusia no sólo ha desafiado económicamente el asalto de las sanciones occidentales, que fueron de un nivel shock-and-awe [de dominio rápido], sino que está derrotando a Occidente militarmente y está dando a luz a aquello a lo que el Occidente colectivo (de diferentes maneras y con diferentes intensidades durante las décadas de la Guerra Fría 1.0) siempre ha tenido miedo: el desarrollo de una idea a la que la humanidad pueda aferrarse. Una idea moral. Esto es la criptonita de Occidente, algo a lo que no puede hacer frente debido a su completa carencia de élites y mecanismos de gobierno apropiados que podrían evitar la catástrofe en Occidente y la pérdida de su posición de dominio (que ha ocupado durante el último medio milenio).”

Una idea moral a la que aferrarse. Andrei Martyanov la expone un su libro La Guerra Final de los Estados Unidos. Una idea moral que como vemos en la cita posee una vertiente militar y una vertiente económica que está encarnándose en la victoria rusa sobre el campo de batalla de la operación militar especial.

En este artículo me centraré en la vertiente económica de esta idea que está naciendo de la victoria rusa sobre Ucrania. Para conocer en detalle la vertiente militar remito a los lectores al propio libro de Martyanov, donde encontrarán una amplia exposición de sus características militares.

En mi opinión, el asidero que la alternativa económica de Eurasia ofrece al mundo se está construyendo mediante la superación de dos falacias de composición. Una es la falacia de composición que no ha sabido resolver el capitalismo y otra la falacia de composición que no supo resolver la Unión Soviética (aunque, como veremos, ambos bloques estuvieron a punto de encontrar una solución socialista a sus respectivas falacias que habría reconciliado al mundo).

La falacia de composición del capitalismo es la que confunde la microeconomía con la macroeconomía. Para el capitalismo, la macroeconomía no es más que una extensión de la microeconomía. Así, las leyes microeconómicas son las mismas que rigen la macroeconomía, sólo que ampliadas al Estado. Por consiguiente, las limitaciones y las reglas de la microeconomía también se aplican a nivel Estatal. La microeconomía es la ciencia que estudia la maximización del beneficio económico partiendo de las restricciones impuestas por los recursos monetarios y humanos sobre las empresas y familias. Por su parte, la macroeconomía según el capitalismo es la administración del gasto y de la recaudación llevada a cabo por el Estado según restricciones presupuestarias y de recursos humanos que son de un carácter similar a las restricciones que afectan a la microeconomía. Es decir, tanto la macro como la microeconomía están obviamente limitadas en su alcance por los recursos humanos disponibles, pero en opinión del capitalismo también por restricciones monetarias, pese a que el Estado tiene acceso al banco central (el emisor monopolista de la moneda nacional).

La falacia de composición que no supo resolver la Unión Soviética se produjo en sentido contrario, es decir, en el sentido que va desde la macroeconomía hacia la microeconomía. En la Unión Soviética no se permitió la existencia de empresas privadas con ánimo de lucro. Por consiguiente, el sector privado estaba compuesto exclusivamente por las familias. Además, las actividades de las empresas comerciales no estaban dirigidas a la maximización de los beneficios, sino a la consecución de los objetivos macroeconómicos marcados por el Estado. Por consiguiente, el acceso al banco central para la financiación directa de las actividades económicas abarcaba tanto a las empresas no comerciales como a las comerciales, ya que estas últimas estaban gestionadas desde un poder central que les dotaba de los recursos monetarios necesarios para cumplir los objetivos de producción y de contratación establecidos por el poder político, sin atender a los principios microeconómicos de la maximización de los beneficios según una restricción presupuestaria y de recursos humanos.

Ambos sistemas son falaces, el capitalista porque ignora las leyes de la macroeconomía y el soviético porque no reconoce las ventajas que reportan las leyes de la microeconomía. El primero convierte al conjunto de la economía en microeconomía y el segundo convierte al conjunto de la economía en macroeconomía, lo cual crea en ambos casos sistemas disfuncionales que de diferentes maneras dañan el bienestar de los ciudadanos.

El acceso al banco central

La clave está en el acceso al banco central. Sólo el Estado y las empresas con licencia estatal para ello tienen acceso al banco central, que es una de las ramas del sector público, aunque a veces (muy pocas) sea privado, como en el caso de la Reserva Feral de los Estados Unidos. Así, el Estado gasta mediante su cuenta en el banco central (el Tesoro), pero a diferencia de las familias y empresas el Estado puede mantener a perpetuidad descubiertos en su cuenta. Los pagos (transferencias) realizados por el Estado nunca son rechazados, independientemente del saldo reflejado en la cuenta del Tesoro. Como una de las funciones del banco central es el mantenimiento del sistema de pagos de la economía, el Estado puede emitir licencias de acceso al banco central. Esas licencias están en manos de los bancos comerciales. Esto significa que tanto el Estado como los bancos comerciales crean el dinero ex nihilo mediante la concesión de crédito en moneda nacional. La diferencia está en la deuda asociada a la concesión de dichos activos financieros netos. En el caso de los bancos comerciales, ese crédito va asociado a deuda y toma la forma de préstamos al sector privado que han devolverse en los plazos y montantes establecidos por la ley. La concesión de crédito por parte del Estado (gasto público) no tiene por qué ir asociada a la emisión de títulos de deuda. Así, cuando, por ejemplo, el Estado paga una pensión a un ciudadano lo hace tecleando los números correspondientes que permiten realizar la transferencia a la cuenta del ciudadano en su banco y esa creación de activos financieros netos no tiene por qué ir asociada a la emisión de ningún título de deuda, sino que queda reflejada como un pasivo en la cuenta del Tesoro el cual no tiene por qué ser financiado. Simplemente, el balance de situación del Tesoro añade el montante de la pensión como un nuevo pasivo y la transferencia se realiza independientemente de la posición que refleje el balance de situación. Por tanto, los gastos del Estado en moneda nacional no se financian, sencillamente se incurre en ellos.

El acceso al banco central expuesto en el párrafo anterior es lo que deja al descubierto las dos falacias de composición a las que hemos hecho referencia. El capitalismo equipara erróneamente a las familias y empresas con el Estado. No entiende que las restricciones monetarias de las familias y empresas no las sufre el Estado, ya que el banco central crea ex nihilo toda la moneda nacional que considera oportuno crear. Por tanto, el gasto del Estado no está sujeto a ninguna limitación monetaria en moneda nacional. Todo lo que se pueda producir con los recursos materiales y humanos disponibles el Estado lo puede financiar en moneda nacional, ya que el banco central nunca se puede quedar sin su propio dinero.

La disfunción soviética que no sometía a las empresas comerciales a la maximización de la productividad y del beneficio de la microeconomía no está ligada a la propiedad estatal de las empresas comerciales, sino a la falta de controles de calidad y eficiencia. No hay nada que impida que las empresas públicas sean igual de eficientes que las privadas. Todos los controles de calidad y eficiencia que el sector privado conduce en sus empresas pueden y deben ser llevados a cabo en el sector público. No hay ninguna característica inherente a la propiedad pública de una empresa que implique que su funcionamiento tenga que ser menos eficiente y que el servicio que presta tenga que ser peor que el de una empresa privada. Por tanto, el hecho de que la productividad y la eficiencia en las empresas soviéticas fueran inferiores a las del Occidente capitalista fue un fenómeno permitido por el gobierno soviético, el cual tenía la capacidad de implementar adecuados controles de calidad y productividad en sus empresas y no lo hizo. Por el contrario, recurría al banco central para financiar las ineficiencias con nuevas transferencias directas que no optimizaban ni el nivel de producción ni el nivel de contratación ni el nivel de innovación tecnológica.

La formalización de ambas falacias

Formalicemos ahora ambas falacias mediante proposiciones.

─ Formalización de la falacia composición del capitalismo: el Estado está obligado a recaudar impuestos o emitir deuda para poder gastar.

─ Formalización de la falacia de composición del socialismo soviético: si se permite la propiedad privada de los medios de producción el sistema económico tarde o temprano colapsa porque en él las contradicciones entre clases sociales sólo pueden tender a crecer (ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de Marx).

Ambas proposiciones son falsas. Comencemos por rebatir la falacia capitalista diciendo que el Estado no necesita ni recaudar impuestos ni emitir deuda para poder gastar. El Estado primero gasta y luego recauda impuestos, por tanto los impuestos no pueden financiar el gasto público. Antes al contrario, es el gasto público el que permite que el sector privado reciba la moneda nacional que posibilita el pago de impuestos.

En el caso de la deuda pública, el método utilizado son los bonos. Tal y como Randall Wray explica en su libro Dinero para principiantes:

“Por lo general, en el transcurso del año, el Tesoro venderá una cantidad en bonos más o menos igual a la cantidad en que su gasto total supere los ingresos fiscales totales, es decir, igual al déficit del año. Así, por ejemplo, si el gasto superara los ingresos fiscales en 1 billón de dólares en 2022, el Tesoro de EE.UU. crearía y vendería bonos del Tesoro por un valor total de 1 billón de dólares”.

Esto crea la falsa impresión de que mediante los bonos (que por supuesto prometen pagar intereses) los Estados “financian” sus déficits, pero no es así. Los Estados podrían y deberían mantener los descubiertos que puedan causar sus déficits en la cuenta del Tesoro sine die y sin cubrirlos mediante la emisión de bonos. Esa es la diferencia entre la deuda del sector privado y del sector público, la primera debe financiarse y la segunda no. He aquí una diferencia fundamental entre la micro y la macroeconomía.

La falacia de composición del socialismo soviético equiparaba a la maximización de los beneficios de las empresas comerciales conseguida a través de las leyes de la microeconomía con el capitalismo, el cual se creía que estaba condenado a colapsar. Por esa razón no aplicaba los controles de calidad y eficiencia propios de las empresas privadas con ánimo de lucro del capitalismo. En el largo plazo, esta ineficiencia produjo una productividad mucho menor en la Unión Soviética que en los Estados Unidos y que la Unión Soviética nunca alcanzara a los Estados Unidos en cuanto al tamaño de su producto interior bruto.


La solución socialista que pudo ser y no fue

Tanto en los países capitalistas como en la Unión Soviética y Cuba hubo pensadores y economistas muy importantes que se dieron cuenta de ambas falacias de composición y propusieron vías para superarlas que en mi opinión tenían un marcado carácter socialista.

En Occidente, el periodo entre 1945 y 1975 estuvo marcado por la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial y por políticas de pleno empleo keynesianas que desvinculaban la recaudación de impuestos y la capacidad de gasto de los Estados. Es decir, independientemente del nivel de déficit público, los Estados debían gastar siempre lo suficiente para que todo el mundo tuviera un empleo. Esta manera de abordar las políticas de pleno empleo era muy similar a las políticas de pleno empleo del bloque socialista, ya que (correctamente) consideraban al pleno empleo como un fenómeno monetario. Una vez establecido un soberano monetario (el banco central) el Gobierno puede comprar todo aquello que esté a la venta en moneda nacional, incluido el trabajo de los trabajadores desempleados, por consiguiente, la consecución y mantenimiento del pleno empleo se convierte en una decisión política.

Los partidos de izquierda y el movimiento obrero en general fueron lo suficientemente fuertes como para que las políticas de pleno empleo y ampliación del estado del bienestar fueran una realidad hasta la década de 1970. Fue entonces cuando las fuerzas reaccionarias y neoliberales se impusieron a las políticas keynesianas y las sustituyeron por las políticas de la falacia de composición que sostiene que el gasto público debe financiarse mediante impuestos o la emisión de títulos de deuda. Para conseguirlo, explotaron al máximo las dos debilidades del keynesianismo: los tipos de cambio fijos y su falta de herramientas para combatir la inflación de manera efectiva.

Hasta el 15 de agosto de 1971, existió el sistema de tipos de cambio fijos basado en el patrón dólar/oro. Esto obligaba a los estados a mantener una paridad fija de sus monedas con respecto al dólar y al oro. Por consiguiente, los aumentos del gasto público para mantener los niveles de pleno empleo en tiempos de crisis podían hacer que la paridad de los tipos de cambio de sus monedas con respecto al dólar y al oro fuera insostenible. Entonces los Gobiernos se veían obligados a recomprar su propia moneda en los mercados de divisas recurriendo a sus reservas de moneda extranjera. Esto dificultaba el proceso de importación de bienes y servicios. Por tanto, los Estados se podían ver obligados a recurrir a los impuestos y a la emisión de títulos de deuda para financiar sus gastos públicos, lo cual hacía insostenibles las políticas de pleno empleo y obligaba a introducir medidas de austeridad.

Además, en la década de 1970 se produjo una crisis del petróleo. Esto desató fuertes procesos inflacionarios y la derecha encontró en ello la oportunidad que la Escuela de Chicago llevaba décadas esperando. Margareth Thatcher y Ronald Reagan lanzaron una revolución neoconservadora financiada por las grandes trasnacionales y los grandes tanques de pensamiento de la derecha que borró a las políticas de pleno empleo y bienestar de los programas de todos los partidos políticos, de las universidades y de los medios de comunicación de masas.

Esta crisis de la izquierda occidental, de la cual no se ha recuperado, se vio reflejada en 1975 en la frase lapidaria del Secretario de Medioambiente británico, el laborista Anthony Crosland, cuando dijo: “the party is over” [se ha acabado la fiesta]. Un año después, el Primer Ministro laborista Denis Healey aceptó un préstamo del FMI a cambio de medidas de austeridad alegando que los esfuerzos de reconstrucción tras la segunda guerra mundial habían llegado a su fin y que a partir de entonces las políticas de pleno empleo keynesianas se iban a ver sustituidas por políticas de austeridad en el gasto. Esto desató en Gran Bretaña el llamado “invierno del descontento” y allanó el camino para la victoria electoral de Margareth Thatcher en 1979.

En su libro, Ten Years Hard Labour el exdiputado laborista Chris Williamson lo expresa así:

“Denis Healey acudió al Fondo Monetario Internacional (FMI) para solicitar un préstamo de 3900 millones de dólares estadounidenses en 1976. La decisión de Healey se basó en la premisa falsa de que Gran Bretaña era rehén de los especuladores monetarios. Aunque se atribuye a Thatcher la imposición del monetarismo en el país, su origen se remonta a Callaghan y Healey. Podrían haber derrotado a los especuladores inmovilizando sus fondos con controles de capital y bloqueando las importaciones. En cambio, y a pesar de la oposición de los militantes de base del Partido Laborista, los sindicalistas y los diputados de izquierda, optaron por castigar al pueblo británico aumentando deliberadamente el desempleo mediante recortes en el gasto público. Inevitablemente, las comunidades de clase trabajadora, que votaron mayoritariamente al Partido Laborista, fueron las más afectadas por la negativa del Gobierno laborista a utilizar los instrumentos económicos que ya tenía a su disposición. Cuando Thatcher llegó al poder en 1979, acogió con entusiasmo y potenció el enfoque iniciado por la administración laborista saliente. Desde entonces, hemos estado viviendo con las consecuencias del neoliberalismo.”

Chris Williamson tiene razón, el gobierno laborista ya contaba con los mecanismos económicos que le habrían permitido evitar las medidas de austeridad. Es más, esos mecanismos se vieron enormemente reforzados a partir del 15 de agosto de 1971, antes de la crisis del petróleo. Ese día, conocido como el shock de Nixon, puso fin al sistema de tipos de cambio fijos impuesto por el patrón dólar/oro. Desde entonces, el tipo de cambio de las monedas pudo fluctuar libremente en los mercados de divisas. Por tanto, los Estados dejaron de estar obligados a defender la paridad de sus monedas mediante políticas de austeridad. A nivel nacional, esto liberó el sostenimiento de las políticas de pleno empleo de cualquier impedimento.

En cuanto a la inflación, las políticas keynesianas se enfrentaban a un problema nuevo al que no supieron hacer frente. Tras la segunda guerra mundial, el principal problema de la reconstrucción era el desempleo, no la inflación. Había tanto por reconstruir y las materias primas (sobre todo el petróleo) eran tan baratas que la inflación quedaba muy lejos. Esto daba espacio de sobra para implementar políticas de gasto público expansivas que estimularan la demanda hasta llevar a la economía un nivel de pleno empleo no generador de la inflación (un concepto que en mi libro Socialismo Fiduciario llamo el punto Lerner). No obstante, cuando se desata la crisis del petróleo en la década de 1970, las políticas keynesianas demuestran ser inflacionarias y la izquierda no sabe qué hacer. La economía entra en un periodo de estanflación en el que crecen tanto el desempleo como la inflación y la derecha neoliberal aprovecha la oportunidad para tomar el poder.

La solución no estaba ya en los modelos de Keynes, sino en los de su pariente científico, el socialista Michal Kaleci. De allí surgió la idea desarrollada por el economista australiano Bill Mitchell (padre de la teoría monetaria moderna) del trabajo garantizado basado en las reservas de estabilización de empleo. Esta propuesta utiliza la garantía laboral a modo de estabilizador automático de los precios y hace compatibles las políticas de pleno empleo y la estabilidad de precios. No obstante, esta propuesta de Bill Mitchell surgió después de que los neoliberales llegaran al poder y por desgracia la izquierda nunca la adoptó. Por el contrario, la izquierda se sumó a proyectos puramente neoliberales y supremacistas como el euro, que impone de nuevo un sistema similar al de los tipos de cambio fijos a los miembros de la unión monetaria, los cuales han abandonado su soberanía monetaria y se han visto abocados a la austeridad permanente. En su base se encuentra como piedra angular la vinculación del gasto público y la recaudación de impuestos, que en el caso del euro impone un límite de déficit público del 3% y un límite de endeudamiento público del 60% del PIB, niveles incompatibles con las políticas de pleno empleo y de bienestar en la mayoría de los países de la UE, como por ejemplo España.

Analicemos ahora lo ocurrido en la Unión Soviética. Allí destacaron dos hombres fundamentales: Nikolai Voznesensky y Alexei Kosygin.

El primero fue asesinado junto con su brillante colaborador Mikhail Rodionov durante la purga llevaba a cabo por Beria y Malenkov en el llamado Caso de Leningrado precisamente por cruzarse en el camino de Beria e intentar sostener los controles y la contabilidad del gasto en las cuentas soviéticas, que Voznesensky supervisaba en calidad de Primer Vicepresidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética. No obstante, Voznesensky nos legó su obra La Economía Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Allí encontramos la microeconomía más rigurosa que cabe imaginar. El control del gasto, la administración de los recursos, la actualización de la contabilidad y los controles de calidad. Todo está recogido en un libro que explica cómo la Unión Soviética fue capaz de trasladar su base industrial hacia el este para protegerla lo máximo posible del avance nazi. Fue una gesta épica que sin el máximo rigor microeconómico no habría sido posible.

Junto a Voznesensky encontramos a Alexei Kosygin, de quien Stalin dijo que era “una máquina aritmética”. También él jugó un papel importante durante el traslado de la industria hacia el este durante la Gran Guerra Patria, pero su papel más destacado lo jugó entre 1971 y 1975 en calidad Presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética (cargo que ocupó entre 1964 y 1980 y que le convirtió en el número dos del gobierno soviético sólo por detrás de Leonid Brézhnev).

Para el plan quinquenal entre 1971 y 1975, Kosygin fue capaz de introducir importantísimas reformas en la economía soviética. Todas las empresas comerciales debían ser rentables. Es decir, todas las empresas comerciales debían ajustar su producción y su nivel de contratación a su presupuesto asignado. A partir de ahí, la dirección de las empresas tenía libertad de gestión. Las decisiones ya no tenían que pasar por largos procesos burocráticos que aprobasen todas y cada una de las medidas tomadas por las empresas. Esas medidas pasaron a ser tomadas en las propias empresas, las cuales tenían que rendir cuentas periódicamente ante el Ministerio de Finanzas. Las empresas que arrojaran beneficios eran recompensadas mediante la reinversión en ellas de dichos beneficios, lo cual les permitía e incentivaba a mantener la disciplina de su gasto y los controles de calidad de sus productos, así como a introducir innovaciones tecnológicas que mejoraran su eficiencia. Los directivos de las empresas que no lograban sostener la rentabilidad eran sustituidos. Los directivos que conseguían mejores resultados eran ascendidos a puestos de mayor responsabilidad. De esta manera, los antiguos burócratas ineficientes se vieron obligados a competir entre ellos por el crédito procedente del Banco Central y vieron cómo sus puestos pasaban a depender de rigurosos estándares microeconómicos que les obligaban a introducir estrictos controles de calidad y eficiencia si querían mantener sus cargos.

El crecimiento que experimentó la Unión Soviética en aquellos años fue enorme. En todas las ramas de la producción aparecieron nuevos productos en el mercado. Los bienes de consumo incorporaron avances tecnológicos. Los salarios reales y la productividad crecieron. Gracias al mantenimiento del pleno empleo, la economía soviética volvió a funcionar a pleno rendimiento en todos los sectores industriales y por primera vez en mucho tiempo hubo que ocuparse de la inflación, ya que se corrió el riesgo de superar el nivel de pleno empleo de los recursos disponibles. Era el momento de profundizar todavía más en las reformas para que los precios reflejaran los precios de mercado y los costes marginales de los insumos utilizados por las empresas comerciales. Esto habría actualizado el sistema de precios soviético en su conjunto y habría permitido aumentar la eficiencia y la calidad en todos los sectores. Sin embargo, Brézhnev lo paró todo. Kosygin siguió en su cargo, pero sus reformas fueron revocadas. El descontento entre los viejos burócratas ante la introducción de las políticas de Kosygin y la incompetencia económica de Brézhnev devolvieron a la Unión Soviética al empantanamiento, al absentismo laboral y a la ineficiencia de los que nunca salió hasta su desaparición.

Un proceso similar tuvo lugar en Cuba durante el mandato de Humberto Pérez González (el Kosygin cubano) como Presidente de la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN) entre 1976 y 1985. Las reformas de las empresas comerciales cubanas fueron muy similares a las reformas soviéticas, pero además en Cuba se crearon los Mercados Libres Campesinos. En ellos, el Estado se aprovisionaba de productos agrícolas a precios prestablecidos en moneda nacional, pero después el Estado permitía que los campesinos vendieran sus mercancías a precios de mercado.

Estas reformas dieron como resultado el crecimiento económico, el aumento de la productividad y el aumento de los salarios, sobre todo en el sector primario y de transporte de alimentos. La dependencia de la Unión Soviética disminuyó y la cantidad de alimentos disponibles en los mercados cubanos aumento drásticamente. No obstante, igual que Brézhnev detuvo las reformas de Kosygin, Fidel Castro detuvo y revertió las reformas de Humberto Pérez, el cual fue destituido durante el llamado Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas. La dependencia de la Unión Soviética volvió a sus niveles anteriores, pero cuatro años después la Unión Soviética desapareció y la economía cubana se contrajo un 33%. Si las medidas de Humberto Pérez hubieran sido mantenidas y profundizadas, no cabe duda de que esa contracción habría sido mucho menor.

Conclusión: sólo Eurasia ha sabido superar las dos falacias de composición, una idea a la que aferrarse

La labor de Nikolai Voznesensky y Alexei Kosygin nos conduce irremediablemente a sus actividades en el Gosplán, que ambos presidieron. El Gosplán era el Comité Estatal de Planificación de la Unión Soviética y su cometido principal era la elaboración de los planes quinquenales. Allí se diseñaban políticas de pleno empleo permanente y asegurado por la Constitución Soviética, la cual prohibió el desempleo involuntario (la única manera que hay de acabar con el paro). Sus actividades se financiaban directamente en rublos desde el Gosbank, el banco central, que como a nivel doméstico nunca estuvo sujeto a las restricciones del patrón dólar/oro pudo mantener las actividades del Gosplán hasta la disolución de la Unión Soviética. Las directrices las dejó macadas Lenin en su escrito de 1917¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?

“Un banco único del Estado, el más grande entre los más grandes, con sucursales en cada subdistrito y en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato socialista. Supone una contabilidad nacional, un control nacional de la producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, algo parecido al esqueleto de la sociedad socialista. Podemos ‘adueñarnos’ y ‘poner en marcha’ de un solo golpe con un solo decreto, ese ‘aparato estatal’ (que en el capitalismo no es por completo del Estado, pero que en nuestras manos, en el socialismo, será íntegramente del Estado). Podemos hacerlo porque el trabajo efectivo de contabilidad, de control, de registro y de cálculo corre aquí a cargo de empleados, la mayoría de los cuales son, por sus condiciones de vida, proletarios o semiproletarios”.

Lo anterior significa que, en opinión de Lenin, el 90% del programa del PCUS pasaba por el banco central, el cual debía tener por cometido financiar en moneda nacional las políticas de pleno empleo que con el tiempo permitieron convertir a la Unión Soviética en una de las superpotencias mundiales y que si no llega a ser por la segunda guerra mundial, en la que perecieron 28 millones de soviéticos, habría llegado a ser la mayor potencia económica del mundo. Además, “el trabajo efectivo de contabilidad, de control, de registro y de cálculo” formaba parte desde el principio del cometido de proletarios que como Voznesensky y Kosygin implementaron medidas de control de calidad y eficiencia en la economía soviética que eran del mismo nivel o superior que en el occidente capitalista. Tal y como se sostuvo al comienzo de este artículo, no hay ninguna razón para que el funcionamiento microeconómico en el sector público sea menos eficiente que en el sector privado. Si la eficiencia del sector público es menor que la del sector privado es porque se permite desde el Estado que así sea. Por tanto, la ineficiencia y el absentismo que empantanaron la economía soviética bajo el mandato de Brézhnev no se debieron a la propiedad pública de las empresas, sino a la incapacidad económica del propio Brézhnev.

No obstante, hay dos ámbitos en los que la semilla sembrada por Kosygin sí que echó raíces profundas y sólidas que han dado lugar a la idea a la que aferrarse expresada por Martyanov: las reformas emprendidas por Deng Xiapoing y la industria armamentística rusa.

El propio Deng Xiaoping reconoció que en el origen de sus reformas en China a partir de 1978 se encontraba la obra de Alexei Kosygin. Al igual que Humberto Pérez, Deng entendió que el socialismo no era la ausencia de mercado, sino la regulación socialista del mercado como milenario instrumento civilizatorio de gran importancia en la cultura china y en otras culturas. Por tanto, la cuestión no era acabar con el mercado, sino utilizar sus dinámicas en favor de la consecución de los objetivos económicos del Partido Comunista. Estos postulados dejaban sin efecto lo sostenido por la inexorable profecía de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia que se encontraba en el corazón de la falacia de composición soviética. Siempre que el poder político esté por encima del poder económico, un sistema en el que se permita la existencia de la iniciativa privada no tiene por qué estar inexorablemente condenado a colapsar. En calidad de soberano monetario, el banco central tiene la capacidad de generar la demanda agregada suficiente como para sacar a la economía de cualquier crisis financiera. Esto fue lo que salvó a la economía occidental tras el abandono del patrón oro después del crack del año 1929 y tras la implementación de políticas keynesianas después de la segunda guerra mundial. Así fue como se permitió la existencia de empresas privadas con ánimo de lucro en China propiciada por las políticas de crédito del banco central, el cual introdujo un sistema de competencia entre las diversas provincias chinas a la hora de acceder a la financiación procedente del Tesoro chino. Los resultados están a la vista de todos. Con todas sus contradicciones y problemas, 48 años después del comienzo de las reformas de Deng, China ha dejado de ser un país subdesarrollado para convertirse en una superpotencia mundial donde los estándares de vida de la población han mejorado exponencialmente.

En Rusia el despegue económico se produjo a rebufo de la industria armamentística. Pese al empantanamiento de Brézhnev y a la traición de Gorbachev y su camarilla, Rusia logró preservar la mejor industria armamentística del mundo. Desde el final de la Gran Guerra Patria, en ese campo los controles de eficiencia y calidad siempre fueron del máximo nivel y vinieron respaldados por un sistema educativo muy superior al de Estados Unidos y Occidente en general. Por consiguiente, tanto desde el punto de vista material como humano, el ejército ruso siempre estuvo a la vanguardia mundial. Martyanov lo expresa así:

“En Rusia, incluso tras la demoledora crisis económica de la década de 1990 y el caos que siguió a las bárbaras reformas económicas dirigidas por los Estados Unidos y la práctica demolición de las Fuerzas Armadas Soviéticas, la herencia tecnológico-militar de la Unión Soviética fue preservada en un grado muy elevado. Precisamente esta es la cuestión que la inmensa mayoría de los pensadores geopolíticos norteamericanos, incluso aquellos que se hacen pasar por los llamados realistas con los que Brzezinski fue erróneamente identificado, no pueden comprender porque no tienen una formación adecuada, una información fiable o ninguna de las dos cosas. Ya en 1996–97 se había vuelto evidente que el truncado complejo militar-industrial ruso seguía acumulando un i+d soviético altamente avanzado que era mucho más impresionante que el ‘establishment militar tecnológicamente sin igual’ proclamado por Brzezinski, el cual estaba sumido en la euforia tras vencer a un ejército atrasado del tercer mundo. […] Aunque en aquel entonces Rusia iba retrasada con respecto a los Estados Unidos en algunos campos relacionados con los ordenadores y las comunicaciones, en el campo de la defensa aérea, de los misiles de crucero y de la aviación de combate Rusia ya estaba tecnológicamente por delante de los Estados Unidos, mientras que en términos de tecnologías submarinas los dos países estaban a la par o Rusia estaba empezando a adelantarse en la mayoría de aspectos cruciales relacionados con operaciones submarinas”.

Es a partir de esta realidad desde donde se produjo la reconstrucción económica, social y política de Rusia tras el lamentable y terrible colapso de la Unión Soviética, donde (ironía brutal del destino) sí que pareció cumplirse la profecía de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pese a no contar con empresas privadas.

Para explicar esta reconstrucción, Martyanov recurre a esta cita de Heráclito: “la guerra es el padre de todo y el rey de todo; hace a unos dioses y a otros hombres; hace a unos esclavos y a otros libres”. Es decir, la industria armamentística es mucho más que la producción de armas, ya que dicha producción incorpora enormes cantidades de conocimiento procedentes de todas las ramas de la economía y de la ciencia, desde la industria primaria para la extracción de metales y materias primas hasta el desarrollo de tecnología punta en sectores como la medicina, la farmacología, la química, la física, la aeronáutica, la informática y las matemáticas, las cuales se coordinan mediante academias (militares y civiles) dedicadas al estudio de la historia y del resto de ciencias sociales y del espíritu.

El resultado no dista mucho del conseguido en China. Actualmente, el Estado ruso controla mediante grandes empresas públicas todos los sectores estratégicos y de seguridad nacional, lo cual incluye una gran banca pública que controla el 70% de los activos totales del sector bancario ruso. Además, se ha permitido la colaboración público-privada y la creación de empresas mixtas que aseguran un comportamiento microeconómico eficiente y riguroso, el cual se extiende al resto de sectores comerciales minoristas y de bienes de consumo, donde existen empresas privadas que compiten como en cualquier economía occidental a precios de mercado.

En la entrevista que le hice con motivo de la publicación de su libro en español y alemán, Martyanov lo expresó así:

“La parte económica de esta idea es muy simple. Si quieres sobrevivir como Estado, si quieres sobrevivir como nación, más te vale que hagas algo similar a lo que están haciendo China y Rusia, donde el Estado posee y controla los recursos estratégicos, a la vez que hay libertad de empresa en todo tipo de cosas de venta al por menor y de producción bienes de consumo […]. También hay libertad de empresa en la producción de bienes agrícolas. A algunas personas esto les parece horrible, pero este es el socialismo correcto que se suponía que teníamos que desarrollar. Mucha gente no comprende que Rusia controla sus recursos y empresas estratégicos, ya que están nacionalizados y funcionan con una eficiencia mucho mayor que cuando eran privados (la privatización no es más que una manera de exprimir los beneficios)”.

Toda esta evolución se ha producido bajo el mandato de Vladimir Putin, que empezó su carrera política desde posiciones neoliberales, pero que debido a los acontecimientos se ha ido desplazando progresivamente hacia lo que podríamos llamar una especie de socialismo de Estado. La Operación Militar Especial (OME) en Ucrania ha sido lo que ha consolidado definitivamente esta nueva orientación política y ha dado lugar a lo que Martyanov denomina idea moral a la que aferrarse.

Todo se resume en la ecuación de balances financieros sectoriales de Wynne Godley:

(T-G) + (S-I) + (M-X) = 0

Esta ecuación nos dice que el balance del sector público (impuestos menos gasto público) más el balance del sector privado (ahorro menos inversión) más el balance del sector exterior (importaciones menos exportaciones) es igual a cero. Desde el punto de vista de las existencias (stock) esto significa que la única fuente de ahorro del sector privado (S) que no disminuye el stock de existencias disponible es el gasto público (G). Desde el punto de vista de los flujos financieros, además del gasto público hay que sumar a las exportaciones (X) como fuente de ahorro del sector privado, pero esta fuente de ahorro del sector privado conlleva un descenso del stock de existencias disponibles, ya que en términos reales las exportaciones son un gasto y las importaciones un ingreso de bienes y servicios reales.

La comprensión de lo anterior es lo que destruye de un solo plumazo las dos falacias de composición expuestas anteriormente. Por un lado, invalida la máxima expuesta por Marx en el segundo volumen del capital y que está en el corazón de la falacia de composición de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la máxima que sostiene que “de la nada no sale nada. La clase capitalista en su conjunto no puede retirar de la circulación lo que no ha lanzado previamente a ella”. Esto no es cierto. El banco central crea moneda nacional de la nada mediante tecleos informáticos. Esos tecleos informáticos se traducen en el gasto público que es lo mismo que decir que se traducen en el ahorro (los ingresos) del sector privado. Por tanto, aumentos en el gasto público hacen que aumente la demanda agregada de la economía y permiten que los capitalistas aumenten sus ganancias netas. Además, destruye la falacia de composición del capitalismo que sostiene que el gasto público necesita una previa emisión de deuda o recaudación de impuestos para poder llevar a cabo o financiar dicho gasto público. Es al revés. El gasto público es anterior a la recaudación de impuestos, por tanto los impuestos sólo se pueden pagar si ha habido un gasto público anterior que permita ese pago. Por consiguiente, el gasto público se produce ex nihilo y no viene financiado por los impuestos. Lo mismo ocurre con los títulos de deuda pública. El Estado no necesita que el sector privado compre títulos de deuda pública para financiar el gasto público, ya que el sector público utiliza moneda nacional ahorrada procedente del gasto público para comprar dichos títulos de deuda.

El economista Jorge Amar y yo analizamos lo anterior en el contexto de la OME en un artículo que lleva por título DARVO. Como el Occidente capitalista sigue sumido en su falacia de composición, pensó que con sus sanciones arruinaría a Rusia, sin entender que Rusia financia su OME en rublos procedentes de su banco central, igual que la Unión Soviética financió en su momento el Gosplán mediante transferencias en rublos desde el Gosbank, no mediante los poquísimos impuestos que pagaban los soviéticos, ya que en las economías monetarias de producción los impuestos no financian nada, sino que cumplen una triple función: dan valor al dinero (sin impuestos la moneda nacional no valdría nada), modulan las presiones inflacionarias regulando la renta disponible e incentivan o desincentivan las diferentes actividades comerciales.

Esto es lo que, ante la incredulidad y el pavor de Occidente, ha permitido a Rusia financiar su OME pese a las sanciones. El banco central de Rusia no se puede quedar sin rublos, por lo tanto la OME siempre es financiable independientemente de las sanciones. Los esfuerzos bélicos han hecho que Rusia lleve a la economía mediante su gasto público a niveles de prácticamente pleno empleo friccional (en noviembre de 2025 el desempleo fue del 2,1%, un mínimo histórico).

Asimismo, Rusia ha enfocado sus actividades económicas hacia actividades altamente productivas en todos los sectores económicos. Esto es lo que ha permitido que un país con un PIB similar al de Italia esté derrotando a 33 países a la vez sobre el campo de batalla ucraniano, ya que el PIB de los países occidentales está groseramente inflado por actividades especulativas absolutamente improductivas que se concentran en el sector FIRE (siglas en inglés de finanzas, aseguradores y mercado inmobiliario). Por eso el tamaño de la economía rusa es el quinto más grande del mundo medido según su paridad de poder adquisitivo, por encima de Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.

Las vicisitudes geopolíticas han empujado a Rusia a entender esta realidad económica que le ha permitido superar las dos falacias de composición aludidas en este artículo. No obstante, el Occidente capitalista sigue sumido en su falacia de composición que sostiene que los impuestos financian el gasto público. Las voces socialistas que podrían sacar a Occidente del atolladero como las de Chris Williamson y Bill Mitchell son ignoradas y silenciadas.

La tesis que Jorge Amar y yo mantenemos en el artículo llamado DARVO es que tras la gloriosa victoria rusa en Ucrania será cuando la idea moral a la que la humanidad puede aferrarse y a la que hace alusión Martyanov se enfrente a su verdadero reto. Ese reto es la transformación socialista de la economía en su conjunto, no mediante la falacia de composición de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia ya superada por los acontecimientos, sino mediante una idea normativa a la que he bautizado Socialismo Fiduciario: la consecución de los fines del socialismo mediante la teoría monetaria moderna.

La idea es muy sencilla. Los mismos principios económicos que van a permitir que Rusia gane en Ucrania y que hemos expuesto previamente son los que le pueden permitir que en Rusia se hagan realidad los fines del socialismo, que en mi libro digo que son cinco: el pleno empleo, la utilización plena y prudente de los recursos naturales, la garantía a todo ciudadano de comida, alojamiento, vestido, servicios sanitarios y educación, la seguridad social en forma de pensiones y subsidios y la implantación de estándares laborales dignos.

El tamaño y la existencia o no de empresas privadas con ánimo de lucro no es lo fundamental en esta manera de formular el socialismo, ya que el Estado tiene a su disposición los recursos económicos que le permiten determinar el alcance de la iniciativa privada en la economía y ajustar dicho alcance al tamaño que se considere socialmente útil a la hora de conseguir los fines del socialismo.

Esa es la verdadera idea moral a la que debería aferrarse el mundo, también España, que debería empezar por abandonar la zona euro y la Unión Europea (sumidas en la falacia de composición del capitalismo) así como la OTAN. Esas son asociaciones decadentes en manos de psicópatas que están conduciendo al mundo al abismo en Ucrania, Venezuela, Irán, Palestina y Taiwán. España debería por tanto aferrarse a la nueva idea que se está gestando en Eurasia e incorporarse al grupo de los BRICS.

Euro delendus est.

Carlos García Hernández, enero de 2026

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra en tu cuenta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...