Cine
Creadoras y protagonistas: mujeres en el cine árabe contemporáneo

Hace mucho que las mujeres dejaron de ser un mero objeto de fascinación para convertirse en un “sujeto de acción” en el conjunto de la cinematografía árabe. La lista de cineastas es amplia y variada pero, como de costumbre, la visibilidad de sus creaciones queda velada por una sociedad eminentemente patriarcal.

 Fotograma de la película ‘Zaineb n’aime pas la neige’, de la directora franco-tunecina Kaouther Ben Hania
Fotograma de la película ‘Zaineb n’aime pas la neige’, de la directora franco-tunecina Kaouther Ben Hania.

publicado
2019-10-25 05:55

La condición de las mujeres y su estatus social, político y sexual siguen siendo un tema controvertido en la cinematografía árabe. También en el caso de Túnez. La teórica Henda Haouala Hamzoui, del Institut Supérieur des Arts Multimédia de La Manouba (ISAMM), defiende que las mujeres tunecinas han sufrido una “doble censura” a lo largo de la historia del país. Por un lado, la ejercida por el propio gobierno, especialmente en los años previos a la “Revolución de los Jazmines”, que trajo consigo la caída del dictador Zine El Abidine Ben Ali en 2011, fallecido recientemente en su exilio en Arabia Saudí; y por otro, la censura ejercida por la propia sociedad, moralista y heteropatriarcal, en la que las mujeres suelen entenderse como “complemento” y no como “sujeto” de decisión política.

No obstante, en la última década, y más intensamente desde las llamadas primaveras árabes, Túnez ha aprobado una serie de medidas y leyes en el ámbito de la igualdad de género que pasan por equiparar las responsabilidades conyugales, reducir la poligamia y sustituir el repudio por divorcio, aunque esto de manera mucho más modesta. ¿Es este el retrato social que encontramos descrito en la cinematografía tunecina?

Una breve aproximación

El cine árabe femenino nació de la mano de la directora egipcia Aziza Ami, con su largometraje Layla (1927). Tras ella, otros nombres importantes en la filmografía árabe se sumarían a este improvisado canon cinematográfico: Béhjia Hafedh (Túnez), Assia Dagher (Líbano) y Fatma Rouchdi (Egipto), entre otras.

Un breve repaso por la historia reciente del cine árabe nos llevaría, en los años 60, a visualizar filmes que, en buena medida, fueron un mero reflejo del régimen político y social de la época. No fue hasta bien entrada la década de los años 70 cuando se produjo el estallido de una nueva oleada de mujeres cineastas, mucho más comprometidas con el cine social y político, y que trataron temas tan vigentes en la actualidad como el de la inmigración.

Este empoderamiento cinematográfico tuvo su máximo esplendor en los años 80 con películas como Fatma 75 (1978), de Selma Baccar (Túnez), y sobre todo con el estreno de Une porte sur le ciel (1989), de Farida Benlyazid (Marruecos), en la que se cuestionaba la preponderancia del islam, sus tradiciones y la cultura árabe en términos generales.

Durante la década de los 90, las mujeres cineastas de la región del norte de África fueron pioneras en el tratamiento de ciertos temas que eran complejos, cuando no traumáticos, como son la sexualidad, el uso del velo y la exclusión de las mujeres en la esfera política y social. Un ejemplo de este “cine de conciencia” serían las películas Exil a domicile (1993), de Leila Habchi (Francia), y Mémoires d’immigrés (1998), de Yamina Benguigui (Francia).

En la actualidad, las nuevas generaciones de cineastas árabes se han de entender desde un punto de vista “global”, según explica Alejandra Val Cubero, doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Este apelativo de globalidad responde a varias razones. Por un lado, al hecho de que la mayoría de estas cineastas son políglotas: dominan el árabe, el inglés y el francés, y en muchos casos también el alemán y el español.

Además, suelen realizar coproducciones con otros países, algunos con una tradición cinéfila reciente pero muy potentes en distribución, como es el caso de Emiratos Árabes Unidos; otros por semejanzas lingüísticas, como ocurre con Canadá; y otros por los lazos todavía existentes de la época colonial, como sucede con Francia, Bélgica, y España. Y por último, porque muchas de estas mujeres han nacido en familias de clase media-alta y han tenido la oportunidad de estudiar y formarse en el extranjero, para después regresar a sus países de origen.

Cine con perspectiva de género

El cine sobre las mujeres o con perspectiva de género es uno de los temas centrales del cine árabe actual. “Veo en el cine contemporáneo unas mujeres muy fuertes, que han sido de las primeras en salir a la calle durante la revolución”, afirma Val. Una manera de hacer cine que se aleja de posiciones paternalistas y en el que las cineastas muestran el rol de mujeres “luchadoras”, capaces de enfrentarse a todo tipo de adversidades.

No obstante, ¿sigue persistiendo la imagen de la “mujer-víctima” en la cinematografía árabe? La filmografía de la directora franco-tunecina Kaouther Ben Hania (Sidi Bouzid, 1977) serviría de ejemplo para responder negativamente a esta pregunta. Formada en la École des Arts et du Cinéma (EDAC) de Túnez, Ben Hania amplió sus estudios de cine en La Fémis y, más tarde, en La Sorbona, ya en París, donde reside actualmente.

Una directora y guionista amada y odiada casi a partes iguales por público y crítica, que consiguió hacerse un hueco en el Festival de Cannes con su última película, La Belle et la meute (Túnez-Francia, 2017), proyectada en la categoría Un Certain Regard de la selección oficial del festival.

El relato de una violación

La Belle et la meute está basada en la obra Coupable d’avoir été violée (Michel Lafont, 2013) de la escritora tunecina Meriem ben Mohamed. La película transcurre entre hospitales y comisarías, agresiones y gritos: es la odisea particular de las mujeres violadas. El espectador recorre junto a la protagonista, Mariam, los obstáculos burocráticos a los que ha de enfrentarse esta joven tras haber sido violada por tres policías. Un sistema burocrático kafkiano, tremendamente patriarcal, en el que no hay espacio para la presunción de inocencia, y en el que los derechos de las mujeres se ven pisoteados casi en cada escena.

‘La Belle et la meute’, dirigida por Kaouther Ben Hania, se pudo ver en el festival de Cannes en 2017
‘La Belle et la meute’, dirigida por Kaouther Ben Hania, se pudo ver en el festival de Cannes en 2017.

Sin duda, uno de los rasgos que más interpela al espectador es la razón por la cual los policías se acercan a Mariam esa fatídica noche: la joven estaba en la playa con Youssef, un chico al que acaba de conocer en una fiesta, y con el que quizás deseaba mantener relaciones sexuales. Este hecho —banal, cotidiano— sigue considerándose inmoral y reprochable en muchas sociedades; todo un desafío a las normas de comportamiento asumidas y trasmitidas por la opinión pública. Tanto es así, que la inexistencia de escenas explícitas de sexo, o incluso de erotismo, hace que toda la violencia que padece Mariam sea aún más indignante.

Los ocho capítulos que conforman La Belle et la meute, cada uno de ellos grabados en un plano secuencia, otorga a la película un cierto aire episódico, casi como si se tratase de un relato épico y no semi-autobiográfico. La referencias al relato original de La Belle et la Bête (La bella y la bestia), que tanto éxito cosechó con la adaptación al cine de la factoría Disney en los años 90, no solo remiten al título, sino que se diseminan por todo el guión.

El plano final de Mariam con el pañuelo anudado al cuello, en forma de capa, que un buen samaritano de la comisaría le regala horas antes, deja incluso entrever su victoria final pero no como una superheroína sino como alguien que, al fin, ha conseguido cierta justicia social.

La película muestra cómo la revolución social tunecina de 2011 no ha cambiado gran cosa, y los derechos y libertades de los ciudadanos siguen siendo papel mojado, más aún en el caso de las mujeres. “Hay gente que ha muerto por sus derechos. ¡Esos animales deben pagarlo! [...] Tienes que aferrarte a tus derechos con ambas manos. ¡Si cedes te comerán viva! ¿Lo entiendes?”, grita Youssef en la sala de espera de un hospital.

“Yo creo que lo que está contando es una historia trágica, muy dura, pero una historia también de superación”, afirma Val quien considera que Ben Hania no victimiza en absoluto a las mujeres pero sí crea personajes en torno a una realidad compleja y problemática. Para Florence Martin, profesora de Estudios francófonos en el Goucher College, esta película anuncia y posteriormente confirma el movimiento mundial #Metoo! (#Ana aydan! en Túnez) desatado tras el caso Weinstein. “La realizadora no solo apunta con su cámara el acoso, sino también el aparato social que protege al violador”, escribe en “Sexo, disfraces y verdades en las pantallas”, artículo publicado en la revista afkar/ideas en 2018.

La leyenda del Challat

Otra de las películas que destacan en la filmografía de Ben Hania es Le Challat de Tunis, una coproducción entre Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Francia y Túnez estrenada en 2014. En este filme se desdibujan los límites entre la ficción y la práctica documental y se muestra a una sociedad tunecina todavía muy conservadora a pesar de los aires de cambio impulsados por la revolución.

La película comienza con la pantalla en negro y una voz en off de un noticiario en el que se informa de la detención del conocido como el “Challat” de Túnez, un hombre que se dedicaba a “rajar” a las mujeres que caminaban por la calle, a plena luz del día, y que acabó convirtiéndose en una pseudo leyenda en la capital tunecina. La noticia se locuta con un discurso tremendamente oficialista que apela al restablecimiento del “orden público”, sin mencionar en ningún momento a las víctimas, todas ellas mujeres.

Grabado en buena medida con la técnica de cámara al hombro y con Ben Hania en pantalla, el documental es una búsqueda —infructuosa, cabe matizar— del hombre que agredió hasta a 11 víctimas, según fuentes oficiales. Un número que podría ser mucho mayor ya que posteriormente se detectaron casos parecidos en Siria y Egipto. A priori, todo apunta a que el responsable de estos ataques fue Jalel Dridi, un joven de Ezzouhour, barrio situado al este de Túnez, que acabó entre rejas pero que finalmente fue absuelto.

“El Challat es producto de nuestra cultura musulmana”, dice uno de los hombres que conversa con la directora en un bar. Se trata de una escena costumbrista, en la que se muestra una tertulia entre varios hombres cuya argumentación consiste en poner en entredicho la veracidad de las agresiones y la responsabilidad por parte de las mujeres atacadas. Un discurso centrado en culpabilizar a las mujeres por su manera de vestir y de mostrarse en sociedad y que se aleja del verdadero problema de la cuestión: el comportamiento machista y de superioridad de una sociedad que, a pesar de sus avances legislativos en materia de igualdad, sigue siendo eminentemente patriarcal.

Otra de las escenas más chocantes es la entrevista con Marwène Clash, autor de un videojuego basado en la leyenda del “Challat”. En la conversación que mantiene con Ben Hania, Clash relaciona directamente a la mujer con el “demonio” y llega a insinuar que es el cuerpo de las mujeres el que pervierte a los hombres. Una vez más, un discurso de culpabilización de la mujer y absolución del hombre.

“Lástima que no podemos rajar a los polis”, dice uno de los jóvenes que asiste al locutorio para probar el nuevo videojuego. En esta sencilla frase, que a priori nada tiene que ver con el tema que nos ocupa, vemos cómo la mujer es un sujeto sin ningún tipo de derecho ya que es posible manifestar violencia explícita sobre ella sin provocar ningún tipo de indignación social.

En el documental también queda patente cómo la policía desincentivaba a las víctimas para que estas retiraran la denuncia por agresión o las presionaban con ruedas de reconocimiento aleatorias, en las que no interesaba realmente capturar al agresor sino acabar con el “alboroto social” que se estaba provocando. “En ese momento lo entendí. Para el poli, no me habían rajado… y como el Challat hacía justicia con las mujeres yo era una mujer que se merecía lo que me había pasado” […] Si el Challat me había agredido es porque era una mujer fácil, vestida con poca ropa y nada pudorosa. Así que el policía acababa el trabajo del ‘Challat’. Éste es mi análisis”, narra frente a la cámara una de las víctimas.

De la infancia a la adolescencia

Una película radicalmente distinta en cuanto a su temática pero que continúa la estela documentalista es Zaineb n’aime pas la neige (Túnez, Francia, Qatar, Líbano, Emiratos Árabes Unidos, 2016), con la que la directora ganó el Tanit de oro, el premio principal de la 27 edición de Festival de Cine de Cartago. En este filme se relata el proceso de crecimiento de dos niñas, Zaineb y Wijdene, la primera de origen tunecino y la otra canadiense, que se convierten en hermanas cuando sus padres se casan. Seis años de rodaje que muestran el un mundo interior de las niñas y el proceso de aprendizaje que es el paso de la infancia a la adolescencia.

‘Zaineb n’aime pas la neige’ relata el proceso de crecimiento de dos niñas, Zaineb y Wijdene, la primera de origen tunecino y la otra canadiense
‘Zaineb n’aime pas la neige’ relata el proceso de crecimiento de dos niñas, Zaineb y Wijdene, la primera de origen tunecino y la otra canadiense.

La religión y la identidad son dos de los temas presentes en la película y que más escenas de controversia provocan. Entre el padre, canadiense de origen tunecino y musulmán, y su hija que se pregunta si ambos veneran al mismo Dios. Y después Zaineb, su hermano pequeño y su madre, a la deriva tras la muerte del marido de ésta y padre de los dos hijos. Hay en todo momento una presencia absoluta de la figura del padre fallecido con la consiguiente omnipresencia de Dios.

El cine que vendrá

Tras la reciente elección del nuevo presidente de Túnez, el profesor de derecho Kais Said, está por ver si habrá cambios en las políticas relativas al sector cultural. Por lo pronto, Said ya ha anunciado que no pretende reformar el sistema de herencia que, como en la mayoría de países musulmanes, penaliza a las mujeres, y que cuenta con más del 80% del apoyo popular. Aun así la realidad es que Túnez no solo necesita cambios legislativos, sino también planes educativos y programas sociales más ambiciosos para así despertar mentalidades aletargadas. Las mismas que Ben Hania retrata en sus películas.

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