Encerrados sin luz ni calefacción en una cárcel federal de EE UU

Las protestas en una cárcel de Brooklyn exponen la impunidad, la negligencia y la deshumanización del sistema penitenciario estadounidense.

Cárcel de Nueva York
Entrada del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, en Nueva York. Clàudia Prat

publicado
2019-02-23 06:21:00

Los presos del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn (MDC) han estado durante más de una semana en casi total oscuridad, sin calefacción ni ropa de abrigo. Tampoco tuvieron agua caliente para bañarse, ni comida caliente. Se cancelaron las visitas de abogados y familiares, y también las horas de recreo.

Fue durante la semana del 28 de enero al 2 de febrero, cuando la ciudad sufrió una ola de frío polar y la temperatura bajó hasta unos inusuales -16 grados. Mientras las autoridades pedían a la población abrigarse y no estar mucho tiempo en la intemperie, en el MDC la temperatura de las celdas bajaban de los 0 grados.

Vivienne Guevara, directora de trabajo social en el MDC, fue de las primeras en escuchar desde la calle la protesta de los presos: “Nunca había escuchado un ruido así”, explicó describiendo el sonido que hacían los reclusos picando contra los barrotes de las ventanas: “Parecía un grito de auxilio”.

Guevara fue una de las personas llamada a declarar ante Analisa Torres, juez del Tribunal de Distrito Sur de Nueva York, quien, después de las protestas sobre las condiciones en la cárcel, inició una investigación.

El fin de semana del 2 y 3 de febrero, familiares de personas presas y activistas pasaron día y noche en las puertas de la cárcel exigiendo saber qué estaba pasando. Equipados con micrófono y altavoces, alzaban también la moral de los presos: “Os escuchamos”, “no estáis solos!”, gritaban a los presos, que respondían con su repicar en las ventanas.

Las protestas también atrajeron a miembros del Congreso y del Consejo Municipal de la Ciudad de Nueva York, que consiguieron entrar en la cárcel para ver qué estaba pasando: “Lo chocante fue ver la falta de emergencia en arreglar la situación. No parecían tener ningún plan”, explica Jumanee Williams, representante del Distrito 45 de Nueva York.

En la noche, además del ruido en las ventanas, los presos también usaron linternas para comunicarse con los manifestantes. Entre los oscuros bloques de hormigón, las luces de las linternas recordaban que ahí dentro había gente encerrada y sufriendo. En concreto, 1.600 personas, la mayoría de las cuales está en MDC en situación de cárcel preventiva por no haber podido pagar una fianza para evitar el encierro hasta la celebración de su juicio.

“Mi novio esta en el octavo piso”, decía una chica sosteniendo un cartel y gritando su nombre al aire. “No sé si me ve desde aquí¨, continuaba.

En la noche del domingo 3 de febrero, después de casi 48 horas de protesta, la electricidad volvió al complejo penitenciario. También volvió, en parte, la calefacción, pero aunque los manifestantes y presos celebraron esta pequeña victoria, sabían que quedaba mucho trabajo por delante.

La juez Analisa Torres, la misma tarde de la audiencia en la Corte, fue a visitar la cárcel y permitió que se publicara la transcripción de la narración que hizo sobre lo que observó: algunas celdas tenían goteras y moho. Un preso llevaba más de tres semanas con una herida de bala sin que se le cambiaran los vendajes. Otros presos habían pedido ayuda psicológica y nunca la habían recibido. Otro preso con colitis padecía también de un sarpullido con sangre, y en estas condiciones tenía que presentarse a su juicio al día siguiente.

Ahora, pasada la atención mediática y mientras el Departamento de Justicia investiga el caso, los grupos de apoyo a los presos y por la abolición de las cárceles continúan su trabajo. A pie del MDC, miembros del grupo No New Jails (no a nuevas cárceles) hacen turnos para dar apoyo a los presos y a sus familiares: “Estamos trackeando las condiciones dentro de la cárcel”, explica Samantha Johnson, integrante de esta organización: “Estamos aquí para mostrar que la vida de los presos nos importa y que ninguna cárcel será jamás humana”.

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