Opinión
Tras el 8F: el miedo a gobernar y la trampa del consenso
Lo ocurrido en las urnas de Aragón no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de agotamiento sistémico. Es el resultado lógico de una gestión que, en lugar de ejecutar transformaciones profundas, se ha instalado en una moderación paralizante por temor a incomodar a las élites. La ultraderecha no gana terreno por méritos propios, sino porque coloniza el vacío que deja una izquierda incapaz de ofrecer certezas materiales a la mayoría social.
Cuando el empleo —para quien lo tiene— ya no garantiza llegar a fin de mes y la vivienda se convierte en un bien de lujo, los discursos reaccionarios ganan fuerza. No porque aporten soluciones, sino porque suenan contundentes y sencillos frente a un Gobierno central de coalición, formado por PSOE y Sumar, que prioriza la pedagogía y las mesas de negociación al ejercicio real de la autoridad. Lo que viene siendo el ‘reunionismo’ en estado puro. Estamos ante una administración acomplejada, más pendiente de evitar que ciertos sectores les tilden de “bolcheviques” que de intervenir, de una vez por todas, los sectores que asfixian al pueblo trabajador.
Estamos ante una administración acomplejada, más pendiente de evitar que ciertos sectores les tilden de “bolcheviques” que de intervenir, de una vez por todas, los sectores que asfixian al pueblo trabajador
Es hora de hablar claro: confiar en el diálogo con las cúpulas económicas y financieras es una estafa. Si se plantea regular el alquiler o topar el precio de la cesta de la compra, es evidente que las grandes plataformas de distribución, la gran banca y los fondos buitre, entre otros, levantarán el hacha de guerra. Pero eso no debería importarnos: es una respuesta natural dado que sus intereses son irreconciliables con los de la clase obrera, sencillamente porque no pisan nuestro mismo suelo.
Por ello, intentar contentar a todos es una forma encubierta de no legislar para nadie. En situaciones de emergencia social, el consenso sobra. Los derechos se conquistan mediante la determinación; se aprueba lo necesario y punto. En la praxis pública, a menudo es preferible pedir perdón que permiso.
El problema de fondo reside en esta democracia representativa donde la aritmética parlamentaria actúa como un freno de mano constante. Resulta perverso que el sistema permita que el discurso del odio y del mantenimiento de los privilegios de los grandes poderes tengan representación institucional.
Dar voz directamente a los explotadores y a quienes representan sus preocupaciones -y a quienes, aun sufriendo la precariedad, han sido arrastrados por sus consignas- solo sirve para blindar el inmovilismo y asegurar el retroceso. Es absurdo pedir opinión al verdugo para salvar a la víctima.
Solo una herramienta que no deba su existencia al capital podrá situar la dignidad en el centro y garantizarnos, por fin, otra manera de vivir
Esta ausencia de horizonte es la que empuja a muchos jóvenes a idealizar épocas pasadas, llegando a sostener que “con Franco se vivía mejor”. No lo afirman únicamente por desconocimiento de la memoria histórica; lo hacen porque su presente es frágil y su futuro, una incógnita.
Cuando quienes se supone que deben garantizar el bienestar común se muestran incapaces de asegurar el pan, el trabajo y el techo, la reacción emerge como un refugio falso pero seductor. Por eso, cada vez soy más partidario de superar este modelo fallido y apostar por uno que de verdad represente a quienes nada tienen y defienda con garras de oso Grizzlie los derechos sociales y libertades democráticas que ya gozamos.
Solo una herramienta que no deba su existencia al capital podrá situar la dignidad en el centro y garantizarnos, por fin, otra manera de vivir.
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