Análisis
Trump, del totalitarismo invertido al neofascismo: crisis de Occidente y perspectivas globales (I)

Ante la pérdida de la hegemonía global por parte de Occidente y el auge de potencias como China, las élites occidentales parecen estar abandonando las formas liberales y democráticas, en favor de fórmulas abiertamente autoritarias o neofascistas.
Donald Trump operación resolución absoluta - 4

El mundo atraviesa una transformación geopolítica y social profunda. El último botón de muestra de este cambio ha sido la reciente acción unilateral de Estados Unidos en Venezuela: a comienzos de 2026, el presidente Donald Trump ordenó una intervención militar “quirúrgica” para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro, bombardear instalaciones estratégicas y detenerlo ilegalmente. Esta operación, otra más, violó abiertamente el derecho internacional. Sin embargo, conviene señalar que Trump no es una anomalía histórica. Su presidencia más bien refleja y exacerba tendencias de largo plazo en la política occidental. Ante la pérdida de la hegemonía global por parte de Occidente y el auge de potencias emergentes (China), las élites occidentales parecen estar abandonando las formas liberales y democráticas que antes promovían, en favor de fórmulas abiertamente autoritarias o neofascistas. Me gustaría abordar cuatro ideas clave al respecto.

El orden liberal era funcional mientras Occidente lideraba; ahora que ese liderazgo se desvanece frente a China, las élites occidentales fomentan un giro autoritario. Trump es un producto de ese proceso

En primer lugar, la evolución desde el “Totalitarismo Invertido” –concepto acuñado por Sheldon Wolin– hacia un neofascismo abierto en Occidente, como respuesta de las élites al cambio en el equilibrio global de poder. El orden liberal era funcional mientras Occidente lideraba; ahora que ese liderazgo se desvanece frente a China, las élites occidentales fomentan un giro autoritario. Trump es un producto de ese proceso (aunque presidentes previos también vulneraron la legalidad internacional de forma similar).

En segundo lugar, la profunda crisis de Occidente, descrita por autores como Emmanuel Todd en La derrota de Occidente (Akal, 2024). El orden neoliberal surgido tras la caída del Muro de Berlín se está desmoronando: se basó en un culto al mercado y en la financiarización de la economía que han desembocado en concentración de poder corporativo y violación de derechos humanos básicos (vivienda, alimentos, energía, agua, pensiones). Ahora ese modelo colapsa bajo sus propias contradicciones.

En tercer lugar, la sorprendente clarividencia de Franck Biancheri, europeísta e impulsor del programa Erasmus, quien hacia 2010 anticipó con precisión milimétrica muchos de los acontecimientos actuales. En su obra The World Crisis: The Path to the World Afterwards (2010) planteó dos escenarios futuros –cooperación multipolar vs. confrontación hegemonizada por EE.UU.– y abogó por que la Unión Europea se emancipara del yugo anglosajón y se acercara a los BRICS, cambiando el sistema monetario internacional y reformando los organismos multilaterales. La realidad ha seguido el segundo escenario de confrontación desencadenada por Estados Unidos, desde la crisis de Ucrania hasta otras guerras regionales, tal como Biancheri anticipó hace más de una década. Exploraremos sus propuestas y cómo la Unión Europea, tras algunos amagos bajo Chirac, Schröder o Merkel, terminó alineándose servilmente con la agenda de Washington (incluso durante la Administración Obama) en detrimento de sus propios intereses.

Finalmente, a modo de conclusión, argumentaremos la necesidad de que Europa reaccione ante el auge del neofascismo (encarnado hoy en fenómenos como Trump) y evite repetir la pasividad de los gobiernos de Neville Chamberlain o Édouard Daladier ante el fascismo de los años 30. Ello implicaría entablar un diálogo estratégico con el Sur Global –especialmente con China– para reducir la dependencia europea de EE.UU. (ya sea en infraestructura financiera como SWIFT, tecnología digital, internet, o en la gobernanza de instituciones multilaterales). Además, se requeriría una nueva ola política progresista con un programa orientado a desmantelar la financiarización extrema, revertir la captura del Estado por élites económicas y reconstruir la democracia social. Como inspiración histórica, recordaremos las palabras de Franklin D. Roosevelt en 1936, quien advertía que un gobierno controlado por el “dinero organizado” es tan peligroso como un gobierno controlado por la mafia. En última instancia, la alternativa a una rectificación democrática sería enfrentar –otra vez– una confrontación mundial contra el fascismo.

Desarrollamos estas ideas en detalle apoyándonos en bibliografía académica, ensayos recientes y análisis de prensa especializada, para brindar un panorama comprehensivo de la situación mundial actual. En este blog abordaremos los dos primeros puntos

Del “Totalitarismo Invertido” al Neofascismo occidental

La noción de “Totalitarismo Invertido” fue formulada por el filósofo político Sheldon S. Wolin para describir la forma peculiar que adquiere el autoritarismo en las democracias liberales modernas, particularmente en Estados Unidos. A diferencia de los totalitarismos clásicos del siglo XX, el totalitarismo invertido no implica un líder carismático y un partido único, sino un aparato de poder difuso en el que Estado y grandes corporaciones actúan en connivencia bajo la fachada de instituciones democráticas. Wolin observó un Congreso debilitado, un sistema legal complaciente con los poderosos, y dos partidos políticos que en la práctica responden a la misma élite económico-financiera, consolidando un régimen que vacía de contenido la democracia mientras mantiene sus formas externas. En palabras de Chris Hedges (quien popularizó las ideas de Wolin), es un sistema donde las corporaciones corrompen y subvierten la democracia y “la economía triunfa sobre la política” -cada recurso natural y cada ser vivo se convierte en mercancía a explotar, mientras la ciudadanía es manipulada mediante el consumismo y el sensacionalismo.

El sistema de gobernanza neoliberal vigente está agotado y está dando paso a un impulso protofascista: se pasaría del Totalitarismo Invertido actual al Fascismo, como respuesta desesperada ante la pérdida de hegemonía occidental

Durante las últimas décadas –especialmente tras el fin de la Guerra Fría– este modelo de “democracia gestionada” sirvió a las élites occidentales para legitimar el orden liberal internacional bajo su liderazgo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando Occidente deja de ser hegemónico? Esta es la coyuntura actual. La rápida ascensión de China y otros países emergentes ha supuesto el final del Orden Neoliberal surgido tras la caída de la antigua Unión Soviética, evidenciando que Occidente ya no domina el tablero económico ni geopolítico. Consecuentemente, las élites político-corporativas occidentales muestran menor interés en preservar las apariencias democráticas que antes promovían. Existe una transición preocupante del totalitarismo invertido hacia formas más abiertas de neofascismo. El sistema de gobernanza neoliberal vigente está agotado y está dando paso a un impulso protofascista: se pasaría del Totalitarismo Invertido actual al Fascismo, como respuesta desesperada ante la pérdida de hegemonía occidental. En esta dinámica, la creciente potencia de China juega un rol central: su empuje tecnológico, industrial y financiero es imparable, lo cual desespera a ciertos sectores de poder en Estados Unidos. Nadie puede competir con un país que, además de un enorme desarrollo tecnológico, tiene control estatal de la banca y planificación a largo plazo. Ante ello, algunos iluminados pueden verse tentados a buscar un conflicto de orden militar para frenar lo inevitable.

En este contexto, la figura de Donald Trump debe entenderse como síntoma más que causa. Trump canalizó el malestar de amplios sectores sociales y, a la vez, sirvió a facciones de la élite dispuestas a romper con los modales liberales tradicionales. Su retórica nacionalista-autoritaria, su desprecio por normas internacionales y su normalización del lenguaje del odio indican afinidades con prácticas neofascistas. No es casual que pensadores como Henry A. Giroux hayan descrito el trumpismo como una forma de “fascismo neoliberal”, en el sentido de fusionar el ultra-capitalismo desenfrenado con la política del ultranacionalismo, la xenofobia y la represión de la disidencia. Bajo Trump, el gobierno de EE.UU. ha abrazado la noción de “fuerza hace el derecho” en la arena internacional –como ejemplifica el caso de Venezuela– y desmantelado contrapesos internos.

La transición hacia un neofascismo occidental no comenzó con Trump, pero sí se ha acelerado con él

Ahora bien, es crucial señalar que muchos rasgos autoritarios ya existían antes de Trump. Wolin escribió Democracy Incorporated en 2008, durante la era de George W. Bush, al calor de la “guerra contra el terror” que introdujo prácticas cuasi-totalitarias como la vigilancia masiva y la tortura institucionalizada. El sucesor de Bush, Barack Obama, pese a su tono afable y cosmopolita, no revirtió esas tendencias: mantuvo la vigilancia de la NSA, amplió el programa de “drone strikes” (ejecuciones extrajudiciales con drones) e intervino militarmente sin autorización plena de la ONU (Libia 2011, Siria). Obama también apoyó el “cambio de régimen” encubierto en Ucrania en 2014, donde la entonces secretaria de Estado adjunta Victoria Nuland jugó un papel activo en la transición política de Kiev, sentando las bases del actual conflicto en ese país. En suma, Trump heredó una arquitectura de poder inclinada a ignorar el derecho internacional cuando convenía a los intereses de Washington. La diferencia es que Trump la utiliza de manera más cruda y visible, y además rompe ciertos consensos bipartidistas (por ejemplo, despreciando públicamente a aliados europeos y organismos multilaterales).

Así, la transición hacia un neofascismo occidental no comenzó con Trump, pero sí se ha acelerado con él. Su periodo en la Casa Blanca normaliza comportamientos antidemocráticos que antes eran impensables en Estados Unidos (no reconocer resultados electorales, instigar la violencia política –como en el asalto al Capitolio de enero 2021–, o glorificar abiertamente a dictadores extranjeros). Como explica la filósofa Wendy Brown, la crisis de las democracias liberales en Occidente tiene un componente nihilista: al erosionarse los valores ilustrados y la confianza en las instituciones, se abre paso a una política cínica de voluntad de poder donde la verdad y la legalidad importan poco. En esta atmósfera decadente, la tentación autoritaria crece.

La ruptura de la legalidad internacional en Venezuela por parte de Trump es un síntoma: indica que las élites estadounidenses están dispuestas a dinamitar las reglas vigentes con tal de preservar su poder

Occidente, en definitiva, se enfrenta a una deriva sistémica: de un orden liberal-oligárquico disfrazado de democracia (el “Totalitarismo Invertido” corporativo) se está pasando a un orden posliberal abiertamente autoritario (neofascista en lo político, racista y neocolonial en lo ideológico). Este proceso responde tanto a factores internos –desigualdad extrema, malestar social, polarización cultural– como a factores externos –pérdida de hegemonía global, aparición de potencias rivales–. La ruptura de la legalidad internacional en Venezuela por parte de Trump es un síntoma: indica que las élites estadounidenses (o al menos un sector influyente de ellas) están dispuestas a dinamitar las reglas vigentes con tal de preservar su poder. La gran incógnita es si las sociedades occidentales tolerarán esta deriva o si podrán frenarla a tiempo mediante renovados movimientos democráticos.

La crisis de Occidente y el colapso del orden neoliberal

Paralelamente a la transformación autoritaria, Occidente sufre una crisis profunda en el plano socioeconómico e ideológico. El historiador y demógrafo francés Emmanuel Todd, en su ensayo La derrota de Occidente (2024), analiza esta decadencia múltiple de las sociedades occidentales. Todd destaca elementos geoestratégicos –por ejemplo, la confrontación entre la OTAN y Rusia en Ucrania, que él interpreta como resultado tanto del nihilismo occidental como de la descomposición postsoviética–, pero también subraya una crisis antropológico-cultural: Occidente ha perdido su cosmovisión cohesionadora, entrando en una “deriva nihilista”. Tras siglos de pensamiento religioso (en la matriz cristiano-protestante) y décadas de ideologías políticas fuertes, hoy las sociedades occidentales carecen de un relato moral convincente; el resultado es un vacío de valores en el que “el nihilismo hace posible cualquier cosa, absolutamente cualquiera”. Esta ausencia de límites éticos podría explicar, según Todd, la brutalidad con que Occidente actúa tanto puertas adentro (desigualdad rampante, desgarramiento social) como afuera (guerras interminables, doble rasero en derechos humanos).

Desde el punto de vista económico, la crisis de Occidente es en gran medida el colapso del modelo neoliberal instaurado tras la Guerra Fría. Ese modelo, que triunfó en los 90 tras la caída del Muro, se basaba en ciertos dogmas: libre mercado sin límites, globalización financiera, reducción del Estado de bienestar y fe ciega en la autorregulación del capital. Por un tiempo, Occidente presentó este modelo como el camino al progreso y la libertad. Pero las últimas dos décadas han expuesto sus efectos destructivos. El periodo neoliberal, tal como detallamos desde estas líneas, ha terminado siendo un régimen de extracción masiva de rentas por parte de una élite, a costa tanto del trabajo como del propio capital productivo. Bajo la promesa de “libertad de mercado”, en realidad se ha producido un aumento descomunal de la desigualdad y una erosión de las condiciones de vida de las mayorías. La financiarización de la economía, es decir, la supremacía del sector financiero especulativo sobre la economía real, llevó a la monetización de todas las esferas de la vida humana, devorando incluso todo aquello recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. En la práctica, bienes esenciales para la vida se dejaron enteramente al arbitrio del mercado: la vivienda, los alimentos básicos, la energía (luz, calefacción), el agua, las pensiones… todo se privatizó o mercantilizó, tratado como mercancía para lucro de unos pocos. Se fomentó una “escasez artificial” de estos bienes esenciales, al restringir su acceso solo a quienes pudieran pagar precios altos, generando así dependencias sociales perversas.

Los resultados de este experimento neoliberal están a la vista: ineficiencia económica, depredación ambiental y sufrimiento social. Aunque la producción global creció, la riqueza se concentró en un puñado de corporaciones y multimillonarios, mientras millones de personas en Occidente perdieron seguridad económica. Países desarrollados vieron resurgir problemas que se creían superados: campamentos de personas sin hogar en las ciudades más ricas, trabajadores pobres con varios empleos que aun así no llegan a fin de mes, jóvenes que no pueden independizarse por el coste de la vivienda, ancianos con pensiones miserables. Todo ello ha minado la legitimidad del sistema. Hoy todo se deja al libre albedrío del mercado –vivienda, alimentos, energía, luz, agua, pensiones…, vía ese dulce y venenoso elixir de la financiarización. Las consecuencias, por enésima vez: desigualdad, ineficiencia, cambio climático, auge de los fascismos. Existe una conexión directa entre el descontento social generado por el neoliberalismo y el resurgimiento de la extrema derecha. Cuando amplios sectores sienten que el sistema los ha traicionado, pueden volcar su ira hacia chivos expiatorios señalados por demagogos (inmigrantes, minorías, potencias extranjeras) y abrazar salidas autoritarias. El neoliberalismo, en su fase final, está desembocando en una reacción antiliberal.

El orden neoliberal era sostenible para Occidente mientras Occidente ganaba, pero ahora las reglas del libre mercado global juegan en contra de Occidente

Otro aspecto de la crisis occidental es la pérdida de liderazgo tecnológico-industrial frente a otras regiones. Occidente promovió la globalización bajo el supuesto de que siempre llevaría ventaja en innovación y productividad. Pero economías emergentes, especialmente en Asia, aprovecharon esa apertura para catching-up e incluso superar en ciertos campos a Occidente. China, por ejemplo, no solo se volvió la fábrica del mundo, sino que ahora compite en inteligencia artificial, telecomunicaciones 5G, energías renovables, exploración espacial, etc. Este desplazamiento económico tiene profundas consecuencias geopolíticas: el orden neoliberal era sostenible para Occidente mientras Occidente ganaba, pero ahora las reglas del libre mercado global juegan en contra de Occidente. Por eso vemos una contradicción: gobiernos occidentales que antaño evangelizaban el libre comercio, ahora aplican proteccionismo. También la financiarización que propulsó Wall Street terminó socavando a las clases medias occidentales (con crisis como la de 2008) y fortaleciendo a actores no occidentales que acumularon capital. En palabras de Emmanuel Todd, tras la era de globalización “basada en un culto al mercado”, Occidente se enfrenta a su “derrota”: el sistema se volvió insostenible y se desmorona.

Un indicador claro del colapso del orden neoliberal occidental es la cadena de crisis encadenadas desde 2008: primero la crisis financiera global (2008-2012) que golpeó principalmente a EE.UU. y la UE; luego la crisis del euro en Europa; la “década perdida” en términos de salarios reales para muchas economías avanzadas; tras un breve respiro vino la pandemia del COVID-19 (2020) que expuso fragilidades estructurales (sanidad pública erosionada, dependencia industrial de Asia); y finalmente la crisis geopolítica con Rusia (invasión de Ucrania 2022) que derivó en sanciones económicas contraproducentes para Europa (disparando precios energéticos). En conjunto, Europa y Norteamérica enfrentan estanflación, endeudamiento, fractura política interna y pérdida de prestigio internacional. Este clima decadente alimenta la percepción –reflejada en el ensayo de Todd– de que Occidente está derrotado moralmente y ya no ofrece un modelo atractivo al resto del mundo. De hecho, muchos países en desarrollo han dejado de seguir automáticamente las directrices occidentales, como se vio en la tibieza de amplias partes del Sur Global a la hora de sancionar a Rusia. Esto sugiere que el orden liberal global se fracturó; nuevas alianzas sur-sur (BRICS+, OCS, etc.) están surgiendo, mientras Occidente lidia con sus demonios internos.

En síntesis, la crisis de Occidente es económica, social, cultural y geopolítica. Es la crisis de un modelo –el neoliberalismo globalizado– que priorizó las ganancias a corto plazo de unos pocos por encima del bienestar a largo plazo de las sociedades. Es también la crisis de legitimidad de unas élites que prometieron prosperidad general y solo entregaron austeridad y polarización. Y es, según autores como Todd, la crisis espiritual de una civilización que, habiendo perdido sus antiguas brújulas morales, se encuentra desorientada en un vacío nihilista donde puede imponerse la ley del más fuerte. Este colapso del orden anterior abre, no obstante, la puerta a transformaciones: o bien derivamos hacia algo peor (nuevos fascismos, conflictos catastróficos), o bien se sientan las bases para un orden más equilibrado y humano. Para explorar alternativas revisaremos, en nuestro siguiente post, las anticipaciones que hizo Franck Biancheri sobre cómo encauzar el mundo multipolar emergente; y qué debería hacer Europa frente al fascismo contemporáneo: es la hora de la autonomía y la democracia.

Análisis
Neoconservadurismo, multipolaridad y la decadencia de las democracias occidentales
Occidente, en su obsesión por dominar, ha fracasado en su intento de moldear el mundo a su imagen, dejando tras de sí Estados fallidos, migraciones masivas y un Sur Global cada vez más resentido.
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