Repartidor Amazon
Una repartidora de Amazon en un portal de Madrid. Álvaro Minguito

Amazon
Amazon no se mueve si no lo empujas

El gigante logístico ha actuado tarde, mal y nunca por iniciativa propia a la hora de proteger a sus trabajadores del coronavirus.

21 jun 2020 04:52

Cuando entré por primera vez en el almacén de Amazon la sensación que tuve es que el coronavirus acababa de llegar. A juzgar por el incremento gradual de medidas al que asistí en mis primeros días de trabajo, cualquiera diría que la empresa de Jeff Bezos había conseguido, con la misma facilidad con que cambia de sede fiscal, mover sus sedes físicas a una realidad paralela, una línea temporal diferente a la que habitamos el resto de personas y en la que el covid-19 no lleva meses entre nosotros. Pero estamos a 13 de mayo, dos meses después de que el Gobierno decretara el estado de alarma.

La formación previa y virtual que hemos recibido incluye un apartado específico sobre medidas para evitar el contagio. La estrategia antivírica consta de tres pilares: mascarilla, guantes y distancia social. Pero del dicho al hecho hay un trecho. Lo mostrado en el vídeo parece lógico, eficiente y efectivo, pero la realidad tarda menos de cinco minutos en caricaturizar las intenciones.

La primera media hora en el edificio transcurre en una sala de descanso en el que las medidas de prevención vírica dependen del buen entender y los materiales que cada uno haya traído de casa. Entramos al almacén en pequeños grupos guiados por un instructor, ya con mascarillas. Conciliar la distancia social de dos metros con una que permita la audición correcta de las explicaciones en un espacio donde predomina el ruido de volumen industrial se muestra rápidamente contradictorio, aunque se aprecia el esfuerzo de nuestra guía en esa lucha entre la comunicación y la salud.

La situación se toma más por el lado del humor que de la preocupación. Es la tónica general entre una plantilla joven, con una media por debajo de los treinta años. Una mezcla de desconocimiento, seguridad en el sistema inmunológico y ese fatalismo en la mirada de quien no puede permitirse la cuarentena. Todos los trabajadores llevan mascarilla, pero cada uno la lleva como quiere y no hay nadie supervisando el protocolo sanitario. Muchos tampoco llevan guantes.

Pienso en mi amigo David, que no hubiera dudado no ya en pedir guantes, sino en marcharse a su casa inmediatamente

A los veinte minutos, la supuesta formación que yo entendía teórica se vuelve abruptamente práctica. Me ponen en una cinta que transporta paquetes, me dan una breve explicación de mi función clasificadora, ¡y a funcionar! De repente me veo tocando cientos de sobres y paquetes… sin guantes. Podría haber sido un aprehensivo y entrar en pánico, podría haber exigido mi derecho a no realizar esa función si no es con guantes, podría no haber sido alguien que necesita llenar la nevera en su primer día de trabajo. Pienso en mi amigo David, que no hubiera dudado no ya en pedir guantes, sino en marcharse a su casa inmediatamente. David vive con sus padres y con un hermano con problemas de corazón en una casa en alto riesgo de contagio que obliga a medidas de cuarentena extremas.

El segundo día se complicó la cosa vírica. Éramos varias decenas de trabajadores nuevos abarrotando una sala de espera y entrando al almacén por un único punto de acceso. Novatos que no sabemos a dónde ir ni por dónde, que no nos aclaramos para fichar, que no sabemos cuál es el paso uno y cuál el dos. Como borregos desorientados pero mínimamente civilizados formamos una fila de a uno para ir entrando. Al atravesar la puerta del almacén los gritos nerviosos de los encargados transforman nuestros rostros bovinos en caras de judíos en un campo de concentración. Nada más entrar hay que fichar, ponerse la mascarilla, consultar la función que harás durante la jornada y equiparse con los gadgets necesarios para la misma. Todo eso en un área de unos 20m2 en la que nos adocenamos desorientados.

Los encargados se desquician intentando separarnos y explicándonos qué tenemos que hacer mientras tratan de comunicarse con quienes organizan el flujo de entrada al otro lado de la puerta. La sensación es de histeria y descontrol, mala organización. Al finalizar la jornada, los nuevos nos metemos en un aula de formación en la que nos examinan sobre, entre otras cosas, medidas de prevención del coronavirus. Es un aula pequeña en la que unas veinte personas dejamos una silla de separación entre cada uno. Impera el libre albedrio en el uso de mascarillas.

Cuando se decreta el estado de alarma, el 14 de marzo, Amazon no había tomado ninguna medida de prevención

A lo largo del fin de semana pienso en lo sucedido, en la locura que me parece que una empresa declarada como servicio esencial por el Gobierno y de las que mayor rédito económico está sacando de esta pandemia lleve dos meses sin un protocolo de prevención al respecto. Empiezo a investigar y leo que Amazon se vio obligada a cerrar sus almacenes en Francia, que hubo huelgas en Italia y protestas en Alemania, que en España ha habido una denuncia a Inspección de Trabajo, que las protestas de los trabajadores se han reproducido en muchos países. Inesperadamente, me entra el gusanillo del periodismo y empiezo a llamar a los sindicatos españoles.

Me cuentan que cuando se decreta el estado de alarma, el 14 de marzo, Amazon no había tomado ninguna medida de prevención. Ese mismo día la empresa informa a la plantilla del almacén de San Fernando de Henares (el más grande y con el que la multinacional aterrizó en España) de que se han detectado los primeros positivos en coronavirus. El 16 de marzo surge otro caso en la planta del Prat de Llobregat y en los siguientes días sube la cifra de confirmados: siete en Getafe, ocho en San Fernando y otro en Barcelona. Los sindicatos exigen que se haga la trazabilidad de los contactos de los infectados y empieza a enviarse a decenas de trabajadores a pasar la cuarentena preventiva. Esto coincide con un pico en la demanda debido al cierre de los comercios, a lo que Amazon responde con el anuncio de contratación de 1.500 trabajadores en toda España, algunos de los cuales ya están formándose para entrar inminentemente.

A lo largo del fin de semana pienso en lo sucedido, en la locura que me parece que una empresa declarada como servicio esencial por el Gobierno y de las que mayor rédito económico está sacando de esta pandemia lleve dos meses sin un protocolo de prevención al respecto

Son días de nerviosismo e inquietud en la plantilla. Reina el desconocimiento y el miedo. Contacto con un par de trabajadores del Prat de Llobregat (que evidentemente no quieren dar su nombre): “Los primeros días había miedo y desconcierto porque veíamos lo que pasaba fuera y nos preguntábamos por qué una empresa grande como Amazon no tomaba ninguna medida al respecto”, rememora uno. “Había compañeros que vivían con niños o mayores, otros que ya tenían asma o enfermedades chungas; muchos pidieron la baja por precaución”, me cuenta el otro.

Lo que sí hizo la empresa enseguida fue tener flexibilidad a la hora de conceder permisos no retribuidos, flexibilizar turnos, adoptar medidas de conciliación o adelantar las vacaciones de quien lo pidiera. El problema para muchos de los trabajadores que se han acogido a estas medidas es que si bien Amazon paga íntegramente o complementa el salario de quienes están en casa, la nómina real a final de mes se reduce bastante al dejar de cobrar los pluses por nocturnidad, horas extras, fin de semana o un plus específico por el covid-19.

El gigante americano ha subido el sueldo de sus empleados logísticos de todo el mundo en dos euros por hora trabajada y también ha mejorado la retribución de las horas extra. Esta medida se empezó a aplicar el 16 de marzo y ha estado vigente (al menos en España) hasta el 1 de junio. Desde CC OO informan de que van a reclamar que se mantenga al menos hasta finales de año debido al peligro de rebrotes y al sobreesfuerzo de los trabajadores. Uno de los empleados de Barcelona ve por una parte lógica la retirada del bonus “ya que entiendo que nos lo daban cuando todos estábamos en casa y podías infectarte únicamente por motivos laborales y ahora ya puedes pillar el bicho en la playa o en una terraza”, pero también piensa que se debería mantener porque están “trabajando en unas condiciones distintas, con más incomodidad”.

Tras darse la alerta de los primeros casos, los sindicatos pidieron cerrar los almacenes por precaución mientras se decidían las medidas a tomar y se desinfectaban las instalaciones. La respuesta que recibió el delegado sindical por CGT en Getafe es reveladora: la dirección dijo que si no habían cerrado en Italia, estando peor, no iban a cerrar aquí. De hecho en Italia hubo una huelga de 11 días para exigir medidas de seguridad que consiguió que Amazon cediera en algunos puntos pero que no tuvo el seguimiento suficiente como para que los almacenes dejaran de funcionar.

Ante la negativa de la empresa a adoptar medidas de prevención, el 16 de marzo empiezan a llegar denuncias a Inspección de Trabajo, presentadas por los sindicatos e incluso por trabajadores a título personal. Como hay un expediente para cada centro, cada proceso es distinto. El más narrado es el de San Fernando de Henares, en el que tras la visita del inspector de trabajo hubo una guerra de informes y contrainformes entre el comité sindical y la dirección de la empresa sobre las medidas tomadas y las que era necesario tomar. Inspección de Trabajo les instó a la creación de un comité conjunto de investigación y seguimiento de las medidas de prevención del coronavirus que se reúne a diario para discutir las medidas a adoptar. Hubo polémica con la actuación de Inspección, que en ningún momento se planteó cerrar las instalaciones y que remitió la decisión en última instancia al Ministerio de Sanidad. En Getafe o Barcelona el inspector ni siquiera inspeccionó las instalaciones.

En Italia hubo una huelga de 11 días para exigir medidas de seguridad que consiguió que Amazon cediera en algunos puntos pero que no tuvo el seguimiento suficiente como para que los almacenes dejaran de funcionar

Desde CC OO Madrid, Douglas Harper se lamenta de las diferencias entre Francia y España en los juicios de carácter social: “En Francia el reglamento para este tipo de casos es maravilloso. Según su reglamento, 15 días después de la denuncia tiene que haber una sentencia judicial”. Harper me explica que en España el proceso se prolonga porque, si bien puedes presentar la denuncia directamente a un juzgado (en casos referentes a salud laboral), los informes de Inspección de Trabajo ayudan mucho porque los jueces se apoyan en el criterio de estos cuerpos técnicos.

EL CASO FRANCÉS

El 16 de abril Amazon tuvo que cerrar todos sus almacenes en Francia por una sentencia judicial que imponía una multa de un millón de euros por cada día que siguieran tramitando pedidos de bienes no esenciales hasta que no hiciera una evaluación completa de los riesgos para la salud de sus trabajadores. La empresa recurrió la sentencia pero cerró sus almacenes ante la imposibilidad de cumplirla.

Me pongo en contacto con uno de los sindicatos que interpuso la denuncia, Sud-Solidaires, el de mayor representación en los almacenes galos de la empresa americana. Al otro lado de una conexión de Skype precaria aparece Jean François Berot, quien se presenta como Jeff. Con su larga melena y una barba que parece un bosque antiguo, el francés luce como una némesis del totalmente rasurado propietario de Amazon. Jeff Berot y Jeff Bezos, el sindicalista y el CEO, las dos caras de esta lucha.

Jeff me cuenta que en marzo las únicas medidas en los almacenes franceses eran “mantener la distancia, toser en el codo y no saludarse dando la mano” y que estas estaban muy poco aplicadas cuando dieron la voz de alarma el 16 de marzo. “Amazon siempre ha actuado de forma unilateral, lentamente, reaccionando sobre la marcha y sin un verdadero plan de acción”, resume Berot.

Lo cierto es que el 70% de sus ganancias del último trimestre de 2019 provienen de Amazon Web Services, su división de almacenamiento y procesamiento de datos

El 24 de abril los tribunales desecharon la apelación de Amazon, pero redujeron la cuantía de la posible multa y ampliaron la lista de bienes considerados de primera necesidad que la empresa podía seguir vendiendo una vez asegurada la salud de sus trabajadores. Durante un mes la multinacional solo podría tramitar en sus almacenes franceses productos alimenticios, de salud e higiene, de oficina y tecnología. Los portavoces de la empresa aseguraron que se seguiría proveyendo a los clientes franceses desde los almacenes de países vecinos.

El 19 de mayo se llegó a un acuerdo entre empresa y sindicatos para reabrir gradualmente durante las siguientes tres semanas, una reapertura que no ha seguido el ritmo deseado por la empresa según Jeff Berot: “No queríamos tomar ningún riesgo con las reincorporaciones”. Un mes después de la segunda sentencia se esperaba tener a un 80% de los empleados en activo y la cifra real era la mitad.

A veces lo barato sale caro podría ser el corolario de la experiencia francesa de Amazon, que al final ha tenido parados sus almacenes más de un mes. La empresa ha seguido pagando el salario de sus empleados (nómina rasa, sin pluses) y el Gobierno galo le denegó la posibilidad de acogerse al equivalente al ERTE español, aunque Berot afirma que “la multinacional ha recibido ayudas estatales por otras vías, como todas las grandes empresas”.

LAS CUENTAS Y LOS LLANTOS

Amazon presentó las cuentas de su actividad económica hasta el 31 de mayo. Las ventas han subido un 29% en EE UU y un 18% en el resto del mundo. Esto provocó que sus ingresos (75.450 millones de dólares) crecieran un 26% respecto al mismo periodo del año pasado, aunque sus beneficios (2.535 millones) cayeron un 29% si los comparamos con el primer trimestre de 2019. Pese a que los efectos reales del covid-19 se apreciarán mejor en los números del siguiente trimestre, la empresa ha anunciado una horquilla entre 1.500 millones de beneficio y 1.500 millones de pérdidas. Amazon ha vivido un aumento sustancial de costes operativos, en especial los relativos a ventas, almacenamiento, tecnología y marketing.

Las notas de prensa que informaban sobre estas cuentas lloraban una bajada del valor de las acciones de la compañía. Jeff Bezos pedía entonces a los inversores “no pensar en pequeño”. Un mes después, el precio de las acciones bursátiles alcanzaba máximos históricos y Bezos, que ya era el millonario más millonario del planeta, ha aumentado su riqueza en 24.000 millones de dólares en un inicio del 2020 que está siendo ciertamente estupendo para todos, no solo para él.

En 2019, el gasto en marketing y publicidad de forma directa e indirecta fue de 18.900 millones de dólares

El tono plañidero de las citadas notas de prensa venía a contrarrestar esa sensación existente de que Amazon se está forrando con la crisis pandémica. No como pensáis, ya que pese a la constante expansión de los almacenes logísticos de Amazon, lo cierto es que el 70% de sus ganancias del último trimestre de 2019 provienen de Amazon Web Services, su división de almacenamiento y procesamiento de datos, un área de negocio mucho menos propensa al contagio vírico que un almacén.

Puede que viendo estos datos, en el mundo postpandémico Amazon se replantee su estrategia en el sector que le ha hecho grande, la paquetería. De hecho, en España ya ha hecho dos pilotos en Murcia y Zaragoza de externalización de estaciones de reparto y los resultados positivos según los responsables de la empresa abren la posibilidad de repetir el modelo en ciudades pequeñas. Una externalización que también se da con el sistema Amazon Flex, una red de falsos autónomos desatendida a nivel sanitario por la empresa durante la pandemia. Puede ser la estrategia amazónica para no devanarse los sesos con batallas sindicales y costes laborales.

Amazon España Almacen
Instalaciones de Amazon España, en San Fernando de Henares. Foto: Álvaro Ibáñez

La directora general de Amazon.es, Mariangela Marseglia, me informa (en calidad de cliente) vía mail: “En el segundo trimestre del año tenemos previsto dedicar 4.000 millones de dólares en todo el mundo, y quizás un poco más, a inversiones relacionadas con el covid-19 para hacer llegar los productos a nuestros clientes y al mismo tiempo mantener seguros a nuestros empleados”. Esos 4.000 millones se subrayaban con fosforito en las notas de prensa sobre las cuentas trimestrales de la multinacional, esos textos que obviaban decir que Amazon siempre ha sido una empresa con beneficios bajos e incluso con pérdidas debido a su alto nivel de reinversión de los ingresos.

Una de esas inversiones es la publicidad, un gasto que ha aumentado exponencialmente en el Excel del contable de Amazon durante los últimos años hasta llevar a ser a la empresa uno de los principales anunciantes del mundo. No veis anuncios en la tele porque la mayor parte de ese dinero se destina a posicionamiento web y (esto es opinión) a que los medios no hablen mal del gigante americano. En 2019, el gasto en marketing y publicidad de forma directa e indirecta fue de 18.900 millones de dólares. Parte de ese gasto es para pagar el mail que me informa de que van a gastar 4.000 millones “y quizás un poco más” en inversiones relacionadas con el COVID-19 en el próximo trimestre.

DE VUELTA A ESPAÑA

“Nada es más importante que la salud y el bienestar de nuestros empleados”, rezaba el mail que me envió la señora Marseglia. ¿Podemos considerar esta afirmación fundamentada después de ver cómo en Francia fueron los tribunales quienes obligaron a Amazon a considerar la salud de sus trabajadores? “La única forma de hacer actuar a Amazon es a través de la confrontación”, opina Jeff Berot.

Volviendo a España, recordemos que fueron las denuncias ante Inspección de Trabajo lo que obligó a la empresa a moverse de su posición de inmovilidad. Entre dos y tres semanas después (a caballo de marzo y abril) se puede decir que las medidas principales de prevención del contagio ya estaban establecidas en los almacenes de Barcelona, San Fernando y Getafe.

Las medidas principales son la distancia y los elementos profilácticos, a lo que hay que añadir otras relacionadas con la operativa y los accesos: se han espaciado los turnos de entrada, salida y descanso para evitar aglomeraciones; se han modificado y habilitado nuevos accesos a las instalaciones por el mismo motivo y se ha cerrado la zona de taquillas, permitiendo a los trabajadores llevar encima sus enseres personales. En la cantina se impone la separación de los comensales; los instructores usan un micrófono para enseñar a los novatos; se han suspendido las reuniones para comentar aspectos de la producción; la temperatura se tomaba manualmente primero, y mediante cámaras térmicas después; y se han designado algunos trabajadores con el pomposo título de safety angels para velar la correcta aplicación de todo ello.

Los comités sindicales siguen negociando cada día mejoras con la empresa, como por ejemplo la realización de test masivos que prometió el propio Bezos. Pero los trabajadores se sienten más seguros. Mi contacto en el Prat critica la tardanza, ya que “de haber actuado así desde un inicio se hubiera evitado el pánico y que muchos compañeros se acogieran a las medidas de conciliación”, pero me dice que no cree que se pueda hacer mucho más.

“La única forma de hacer actuar a Amazon es a través de la confrontación”, opina Jeff Berot.

Siempre habrá riesgo, claro, porque si bien es cierto que se respeta la distancia social, tan cierto o más es la inevitabilidad de incumplirla ya que en un almacén logístico es imposible no terminar cruzándote con muchas personas al final del día. El trabajo en Amazon es bipolar: según el flujo de paquetes puedes aburrirte mortalmente o verte abocado a un ritmo frenético. “Cuando hay mucha faena, en ciertas zonas o para cierta tipología de trabajo se hace muy difícil aplicar la distancia. Si vas a cien por hora actúas inconscientemente como lo hacías antes del virus y no tienes tiempo de pensar en mantener la separación con tus compañeros”, explica el trabajador de Barcelona.

Desde la sección sindical de CGT en Getafe ven clara la que, en su opinión, hubiese sido la mejor solución: “Trabajar más despacio y reducir el volumen de paquetes, ya que el 90% de los productos que hemos tramitado en nuestro centro no eran de primera necesidad. Tampoco se podía ampliar la plantilla porque el espacio ya estaba justo para albergar a los trabajadores respetando la distancia de seguridad”. CGT también critica la desidia de la empresa a la hora proporcionar mascarillas, que no aparecieron hasta mediados de abril. La dirección aducía problemas de abastecimiento, ante lo que se pidió aplicar el lema de Amazon, la famosa obsesión por el cliente, también a sus trabajadores: “La empresa se desvive en hacer llegar los pedidos los más rápido posible a sus clientes, pero si se trata de material necesario para proteger la salud de sus trabajadores, no existe esa urgencia en la gestión”.

Las mascarillas aparecieron pero no fueron de uso obligatorio hasta que así lo decretó el Gobierno el 19 de mayo. En Barcelona y en Getafe me confirman la obligatoriedad, pero lo que yo he visto en mi almacén es un uso más cercano al freestyle que a ningún protocolo: muchos no la llevan o la llevan por debajo de la barbilla. Respecto a los Equipos de Protección y Seguridad (EPI), también es curioso el tema de los guantes, ya que la mitad de los trabajadores en mi planta trabajan sin ellos. En el almacén hay una máquina que proporciona unos buenos guantes introduciendo tu tarjeta de empleado pero que se estropeó antes de que muchos de los novatos pudiéramos hacer uso de ella. La alternativa eran unos guantes de látex que deben ser los más baratos que Amazon encontró en la web de Amazon usando los filtros de precio y que se te deshacen en las manos tras 30 minutos tocando paquetes.

TARDE Y MAL

Volviendo al caso que he vivido en primera persona, a fecha de 18 de mayo parece que los responsables del almacén ya se han dado cuenta de que hay una pandemia hipercontagiosa y empiezan a tomarse en serio las medidas. Se percibe un progreso en la organización del acceso. La fila de trabajadores se sale de las instalaciones de la empresa y avanza despacio. Aún así, hay puntos de fricción inevitables donde estallan las advertencias de los safety angels, y los novatos seguimos igual de perdidos en cuanto a los primeros pasos cuando se accede al almacén. Para salir, al final de la jornada, se organiza una fila que se hace especialmente tediosa pero que se gestiona con la tranquilidad de quien sabe que ya no está robándole tiempo de producción al propietario sino privando al trabajador de su tiempo libre. Mientras espero en la fila con los pies doloridos la mirada se me pierde en el exterior nocturno que asoma por una gran puerta para camiones prometedora de una pronta libertad y que apunta a una evidente falta de lógica en la gestión de hacer pasar a cientos de personas por una puerta pequeña. La gestión de accesos ha sido una de las grandes reivindicaciones sindicales.

Aparece mágicamente un señor que nos toma la temperatura detrás de una mampara y que igual de mágicamente desparecerá dos días después

Al día siguiente aparecen las mascarillas y el gel hidroalcohólico a la entrada del edificio, tal y como indicaba el protocolo de prevención que se incluía en el curso de formación de lectura imprescindible para empezar a trabajar. Aparece también mágicamente un señor que nos toma la temperatura detrás de una mampara y que igual de mágicamente desparecerá dos días después.

En mi quinta jornada laboral se estabiliza todo un poco, más porque entramos en el turno de tarde (para el que fuimos contratados) y porque somos muchísima menos gente que por otra cosa, pero se mejora. También hay que decir que los protocolos están más claros. Los encargados dan ahora muchísimo la brasa con la distancia de dos metros y, de repente, han aparecido una líneas en el suelo para ayudarnos a calcularla. También es de agradecer un pin que han repartido entre los trabajadores con dos monigotes separados por una flecha que se indica de dos metros.

Este gesto pequeño y de apariencia intrascendente se mostrará reveladoramente determinante en nuestra lucha contra el contagio; no por la potencia visual de un diseño diminuto y en tonos anaranjados que se pierde entre el naranja de nuestros chalecos, ni porque hayamos olvidado que lo llevamos a los cinco minutos de ponérnoslo, sino porque el hecho de llevarlo junto al corazón hace que interioricemos las medidas de una empresa que quiere protegernos y a la que ahora nos sentimos más cercanos al pensar que incluso el CEO más rico del mundo no se diferencia tanto de cualquier concejal español de un pueblo mediano que le da algún encarguito de vez en cuando a ese sobrino que ha estudiado diseño gráfico.

El viernes es el último día de mi primera semana completa en Amazon. Desde el miércoles se ha establecido el turno de tarde con nosotros, los novatos, y hemos aumentado día a día nuestra experiencia y el volumen de paquetes tramitados. Los veteranos del turno de noche agradecen la ayuda porque han estado trabajando a un ritmo muy alto, tanto o más que en Navidades. Pero, no sabemos si por un descenso puntual del número de pedidos o porque la gente ya puede salir de casa y comprar en tiendas físicas el volumen de trabajo ha bajado bastante. O a lo mejor es el mismo volumen, solo que repartido entre más trabajadores. Al volver del fin de semana me entero de que no están renovando a los temporales del turno de noche.

En mi almacén no hay representación sindical. Hubo gente interesada que se reunió con los sindicatos, pero recibieron una llamada de atención desde Recursos Humanos

En cuanto al tema Covid, la novedad es que el mantenimiento de la distancia social pasa a ser responsabilidad del trabajador. Yo me entero porque el encargado se lo explica a gritos a los compañeros de otra sección: las cámaras grabarán y tomarán fotografías de las infracciones; habrá avisos y, finalmente, una sanción no especificada. Primero pienso que es un farol para que nos tomemos en serio la distancia social porque, si no, se nos comunicaría de forma más oficiosa. Un trabajador de Barcelona me cuenta que en su centro sí que han puesto carteles avisando de posibles sanciones en caso de incumplimiento de la distancia de seguridad, pero no cree que prosperen porque el comité sindical se encarga de revisar la pertinencia de dichas amonestaciones.

El problema es que en mi almacén no hay representación sindical. Hubo gente interesada que se reunió con los sindicatos, pero recibieron una llamada de atención desde Recursos Humanos. Así que tampoco hay nadie para tranquilizarnos respecto a las sanciones o para explicarnos que usar la videovigilancia contra el trabajador es ilegal. Al día siguiente una encargada se acerca a una compañera para pedirle el nombre porque las cámaras la han fotografiado incumpliendo el distanciamiento social. De repente, el miedo y un amago de protesta se expanden por la línea, pero la encargada nos atempera de forma autoritaria para luego tranquilizarnos relativizando las consecuencias de la infracción, consecuencias que nadie conoce aún.

Al final de la jornada del viernes asistimos a una escena reveladora. Como desde las 24.00 horas estamos prácticamente parados al coincidir los trabajadores de ambos turnos con un volumen de paquetes escasos, los encargados nos citan para una reunión de esas de feedback de productividad. Es la segunda que hacemos esta semana. En la misma sala pequeña de la otra vez nos amontonamos las casi 40 personas del turno de tarde. Los dos encargados comentan (a la vista de todos) la posibilidad de ocupar una sala más grande, pero la descartan porque “ahí hay cámaras”. Es tan evidente que estamos incumpliendo el protocolo de seguridad como desconocidas las consecuencias de hacerlo, pero también es evidente que todo el mundo con poder en la planta está de acuerdo. De hecho, al poco de empezar la reunión no avisan desde abajo que las cámaras de la escalera nos están captando, así que nos apelotonamos un poco más dentro de la sala. “Qué más da, si ya estamos todos despedidos”, sentencia medio en broma la encargada.

En teoría, estas reuniones están prohibidas. Si bien es cierto que son necesarias porque los nuevos tenemos muchas dudas y cuestiones que corregir, también es cierto que la empresa debería habilitar espacios o métodos más seguros para realizarlas. Tampoco veo nerviosismo en la sala. No pasa nada, todos somos jóvenes y fuertes. O puede que inconscientes. No sé a quién atribuir este despropósito, a qué escala jerárquica de la multinacional habría que pedir explicaciones, pero puede que la juventud de los responsables del almacén tenga algo que ver a la hora de gestionar una crisis sanitaria. Unos manager que, me explican desde los sindicatos, muchas veces son recién licenciados sin formación específica ni experiencia en el sector logístico.

Mi tercera semana, a partir del 25 de mayo, podríamos definirla como la de la estabilización definitiva de la situación. Digamos que ya se han asentado los protocolos básicos y se trata de ir puliendo aspectos. La distancia social parece interiorizada por los trabajadores. Uno de los safety angels nos informa sonriente de que hemos reducido las infracciones al respecto de un 12% a un 8%. Supongo que gracias a las amenazas difusas de las videocámaras, que no han vuelto a nombrarse. Ahora usan métodos más rudimentarios como acercarse sigilosamente por un pasillo oculto a la vista y aparecer en plan “ajá, os pillé no respetando la distancia de seguridad”.

LA PRESIÓN SINDICAL

Yo no entré en Amazon en plan Mata Hari, como agente doble ni siguiendo los pasos del periodismo gonzo. Yo entré para trabajar, por dinero. Pero cuando vi lo mal y tarde que se aplicaban las medidas de prevención de contagio del coronavirus empecé a investigar y acabó saliendo un reportaje. ¿Por qué la empresa de Jeff Bezos ha actuado tan tarde? “Porque Amazon no actúa si no se siente obligada por la justicia o por los sindicatos y en los almacenes en que no hay representantes de los trabajadores no se puede controlar la aplicación de las medidas en el debido momento”, señala José Luis Arias, adjunto a la dirección de Acción Sindical de CC OO en el Baix Llobregat. Su colega en Madrid, Douglas Harper, señala la importancia de la contundente sentencia judicial en Francia para que Amazon acelerase la aplicación de las medidas.

Tal vez por ello, la empresa de Jeff Bezos tiene un largo historial de conflictos con sindicatos y trabajadores (que por cierto, según el lenguaje corporativo de Amazon son denominados asociados, nunca trabajadores). En EE UU ha habido despidos de varios asociados que pidieron mayores medidas de seguridad contra el coronavirus. Un alto directivo dimitió recientemente por desacuerdos con esta política laboral.

En Getafe, con una plantilla de 1.000 trabajadores, solo nueve están sindicalizados

En Europa, la acción sindical está protegida por ley, pero la empresa trata de evitarla a toda costa. Desde CGT me explican que para formar un comité hay que ser discreto, ir hablando con los trabajadores de la planta para recabar apoyos sin que lleguen rumores a la dirección. Cuando hay un mínimo de trabajadores dispuestos a presentarse, se registra la convocatoria de elecciones sindicales en un juzgado. Al legalizarse el proceso la empresa ya no se arriesga a oponerse ni a amedrentar a quienes tengan pretensiones de luchar por sus derechos, ya que se arriesga a incurrir en un delito tipificado de persecución sindical.

La lucha contra la multinacional americana es global porque, según Jean François Berot, "a raíz de las reuniones entre sindicatos de varios países que cada vez colaboramos más estrechamente, nos hemos dado cuenta de que nuestros problemas y reivindicaciones son los mismos en todo el mundo”. Pero la pelea se da caso a caso, almacén a almacén porque, tal y como explica el delegado por CGT en Getafe, “Amazon usa todas las tretas legales para que los trabajadores no podamos luchar de forma conjunta, ya sea la subdivisión en filiales o la negativa a usar convenios propios y específicos”.

Su colega de la CGT en el almacén de San Fernando de Henares, Víctor Cerra, me cuenta las dificultades de plantear acciones contundentes: “Es complicado organizar una huelga conjunta a nivel europeo por las distintas legislaciones de cada país. En Polonia es muy complicado hacer una huelga; en Alemania, con avisar con un día de antelación es suficiente. Sin embargo, en España, como tienes que notificarlo 12 días antes, la empresa traslada la producción a otros almacenes, práctica ilegal pero muy difícil de demostrar en el entramado de datos que maneja Amazon”.

GRACIAS, AMAZON

¿Son los trabajadores del gigante americano conscientes de la importancia de la acción sindical o más bien se mueven en una inconsciencia juvenil que incluso agradece al mismo tiempo que aborrece unas medidas sanitarias que parecen unilateralmente adoptadas por la empresa para protegerles? Según lo que yo he vivido, diría que más bien lo segundo. En una plantilla con una media de edad por debajo de los 30 años con contratos temporales y que, en la mayoría de casos, destina el dinero a caprichos antes que a hipotecas, la cultura sindical es muy baja. En Getafe, por ejemplo, con una plantilla de 1.000 trabajadores, solo nueve están sindicalizados.

Uno de los trabajadores veteranos de Barcelona me cuenta que él sí que agradece la acción del comité, que valora los beneficios salariales y de conciliación conseguidos desde que se instauró. Pero la realidad es que la mayoría de trabajadores solo acuden al comité cuando tienen dudas con nóminas sospechosas. La realidad es que, ante una situación de crisis económica, los trabajadores dan gracias por “al menos poder seguir trabajando y teniendo ingresos”. La realidad es que muchos empleados de Amazon en Francia firmaron un Change.org pidiendo la reapertura de unos almacenes que los sindicatos lucharon por cerrar (en parte porque estando en casa no cobraban los pluses en la nómina).

La realidad es que hoy en día el trabajador se identifica más con el dueño de la empresa que con los trabajadores, empatiza más con el amo, tiene facilidad para ponerse en su lugar porque seguramente aspira a ser como él. “Si no hay suficiente faena y no te puedo despedir, yo te hago venir igual y aunque sea te doy una escoba para barrer el almacén”. Esta fue la frase que le escuché a una compañera el día que cancelaron el turno de tarde para el que habíamos sido contratados y nos enviaron a casa. Parecía ofenderle el hecho de estar en casa cobrando sin ir al trabajo. Como nuestro contrato temporal no ha terminado, nos pagaran las horas estipuladas (intuimos que sin pluses) sin necesidad de ir al almacén. Entre los compañeros cunde una mezcla del desánimo de verse abocado nuevamente a la búsqueda de empleo con la esperanza de que la empresa vuelva a llamarnos cuando suba el volumen de faena.

Yo me voy a casa feliz porque estoy escribiendo un reportaje que finiquita una improbable y no deseada promoción interna en la empresa. Una investigación que, en una paradoja maravillosa, está financiando de forma indirecta y sin saberlo la propia empresa al pagarme por estar en casa rajando de ella. Así que no puedo más que agradecer a Amazon el patrocinio y apoyo económico sin el cual este proyecto no habría salido a delante. Gracias de corazón, Amazon.

sobre la firma de este artículo
Este reportaje está basado en mi propia experiencia trabajando en una de las 'delivery stations' que Amazon tiene repartidas por España. Con el fin último de no tener complicaciones legales, firmo con pseudónimo y no revelo la ubicación de mi almacén.

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#64152 10:59 27/6/2020

Este artículo sufre unas distorsiones de libro. Y mira que odio a Amazon, pero no se puede escribir un artículo desde la más absoluta ignorancia sobre las medidas preventivas para el Virus. Un ejemplo: "Pienso en mi amigo David, que no hubiera dudado no ya en pedir guantes, sino en marcharse a su casa inmediatamente" Dónde ha visto este señor que el uso de guantes se recomiendo. Es que si empezamos a insultar a la inteligencia... Lavado de manos!!! Cuantas veces hay que repetir lo mismo.......... Inventarse medidas desde la más absoluta ignorancia es hacer EL RIDICULO......

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#64149 10:40 27/6/2020

¿Saldrá este reportaje en la edición en papel de julio? Lo digo porque se agradece poder leer en papel los textos más largos. En pantalla, la extensión es disuasoria... Gracias.

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#63861 13:54 23/6/2020

Sí, Amazon es una empresa como tantas otras que pisotea a los trabajadores y practica la elusión fiscal, pero ofrece un servicio que no tiene rival. No nos debería sorprender su éxito.

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#63820 23:31 22/6/2020

Antes de nada, te felicito por el pedazo de reportaje que has hecho, y me ha impactado todos los datos recogidos, explicar desde tu propia experiencia tu día a día en estos meses que hemos vivido por culpa del covid, en fin, todo.
Yo soy mozo de almacén aquí en el Prat, tengo veinte años y llevo en la empresa dos años, hablaré de lo que para mi parecer ha sucedido aquí en BCN1, y de lo que he vivido yo respecto a unos puntos que has sobre llevado en este reportaje, has comentado que ‘’todos los trabajadores llevan mascarilla, pero cada uno la lleva como quiere y no hay nadie supervisando el protocolo sanitario. Muchos tampoco llevan guantes.’’, al principio de todo aquí se implantó el tema de que te tomaban la temperatura con el termómetro digital, y al menos en mi centro, por lo que he vivido, la compañía siempre recomendó el uso de las mismas antes de que el Gobierno las impusiera como obligatorias, incluso facilitándolas a la entrada del FC para todos los empleados. Si no traías mascarilla de casa, te facilitaban afuera una en un caminito que pusieron con totes. A partir de ese momento, salió el puesto de safety angel que mencionas, que se encargan de que todos tengan bien puesta la mascarilla por encima de la nariz, que se cumplan los dos metros de seguridad y que sobre todo vigilen tanto las entradas como las salidas de los turnos.
Yo voy caminando por el FC, y primero tengo marcas como tu bien dices las cuales están marcadas para mantener los dos metros, después de eso desinfecto mi estación SIEMPRE tanto al finalizar, como al empezar mi turno, hago un uso responsable de la mascarilla, utilizó los guantes en las operaciones que hago (eso sí, el uso no es obligatorio dependiendo en que zona estés trabajando).
Por otro lado, me gustaría mencionar el tema de las salidas, ya que se lleva a raja tabla, al menos en mi turno se lleva controlando de una manera bastante beneficiosa para todos, de esta forma evitamos el salir de forma aglomerada, ya que por ejemplo en la noche tenemos tres departamentos, y cada uno entra y sale a diferente hora, para no aglomerarse todo el turno, tanto en entradas como en las salidas, y lo mismo pasa en la cantina, tenemos tres tipos de descanso.
Luego mencionas la parte de la pequeña reunión para dar feedbacks, y precisamente hace poco tuve una reunión con mi manager, y nos reunimos cuatro asociados y estuvimos hablando de propuestas de mejora en los tiempos que estamos, mención de feedbacks de seguridad, o incluso preguntas que él/ella nos responderá.
Y, por último, quiero hacerte saber que yo también pasé por el contrato temporal, estuve tres meses de los cuales también tenía incertidumbre, no sabía lo que iba a pasar, pero bueno, pensaba en trabajar y en dar lo mejor de mí, y a medida que pasó el tiempo obtuve mi recompensa.

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#63739 17:29 21/6/2020

Una maravilla de articulo, sacando a la luz las tretas y estrategias de la empresa para la protección sanitaria de sus trabajadores, así como la presión al movimiento sindical, todo ello desde dentro de la propia empresa.
Muchísimas gracias a Él Salto y a la escritora por seguir contándonos la verdad, en un mundo donde, como dice el artículo, la publicidad de gigante como Amazon nubla las portadas y noticias de los medios de comunicación

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