Y el Senado no estuvo a la altura

Crónica de un día que tenía que haber sido histórico y en realidad lo fue.

Manifestación a favor del aborto en Buenos Aires
Manifestación en Buenos Aires el 8 de agosto de 2018. Foto: CSP-Conlutas
Sarah Babiker

publicado
2018-08-10 09:12:00
12 del mediodía. Barrio de Colegiales, Buenos Aires. Alguien ha engalanado el semáforo con un pañuelo verde. Es el primero que me encuentro, apenas salgo de casa. Las calles, la ciudad está moteada de los pañuelos verdes de la Campaña Nacional por el Aborto Libre, Seguro y Gratuito, como si fueran las miguitas de las fábulas y bastara ir siguiéndolos hasta la plaza. Afuera del subte, frente al cementerio de Chacarita, aún muy lejos del Senado donde desde hace un par de horas senadoras y senadores por fin han comenzado el tratamiento de la ley sobre Interrupción Voluntaria del Embarazo, un hombre vende los pañuelos verdes. También vende los celestes, los de “salvemos las dos vidas” lema de los que se autodefinen provida. Están ahí en el suelo, entre ellos, como un cortafuego, está el pañuelo naranja que reclama la separación entre iglesia y estado. Como si esa fuera la postura de en medio, y no una garantía democrática que de darse, haría innecesario el pañuelo verde, la campaña misma, la sesión que se estirará durante horas. Pero aún es pronto. “Metrovías informa que por motivos de seguridad en la vía pública, estará cerrada la salida de la línea A, en Congreso,” advierte una voz femenina desde los altavoces del metro. El vagón ya está tomado por pañuelos verdes, que apuntan el camino. Quienes los llevan sonríen, se reconocen. Al salir del metro en la parada de Callao, estalla la oferta de pañuelos. “Llevo desde ayer, ni me he acostado” dice una viejita perfectamente ubicada, justo al final de las escaleras que ascienden desde el andén. Y mientras va despachándolos con agilidad confiesa “No puedo más. Quiero vender estos que quedan, e irme.”

Es la 1 de la tarde y Callao huele a choripan. Hay mucha gente, puestos de venta de libros feministas, propuestas de artesanía, y mucha mucha comida. Mesas de todo tipo de agrupaciones se intercalan con la carpa de la Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres, la carpa del Ni Una Menos, los puestos que surten de soluciones veganas entre la carne. En un stand de un colectivo peronista, un bafle amplifica la voz de un senador. Dice que el aborto es un fracaso social, que hay que proteger la maternidad, esas cosas dice. Las chicas que toman mate al lado, vuelven hartas los ojos a un cielo que ya amenaza con lluvia. Pocos metros más allá un grupo de adolescentes se maquilla concienzudamente con purpurina verde. Unos chicos ofrecen a la gente que pasa ricas mandarinas abortistas. Hay cierta aglomeración frente al emblemático hotel Bauen, van a emitir durante todo el día. Es solo una actividad de cientos: charlas repartidas en cuatro carpas con nombres de mujeres referentes de la historia del feminismo en Argentina, como el de Ana María Acevedo quien murió de cáncer en el 2007, porque le negaron el derecho a abortar para poder tratar su enfermedad, y así la mataron a los 20 años, dejando tres hijos huérfanos. O Safina Newbery, antropóloga feminista de Católicas por el Derecho a Decidir, que en 1985 fundó la Comisión por el Derecho al Aborto en Argentina junto a otras feministas históricas como la troskista Dora Coledesky, quien también da nombre a uno de los tres escenarios en los que se prevén discursos y conciertos. La historia es importante y ha de ser reivindicada. La historia hoy la hacen chicas de apenas 20 años, que a esta hora temprana, llevan pañuelos verdes en el pelo, atados en las muñecas, colgados de sus mochilas.

La historia hoy la hacen chicas de apenas 20 años, que a esta hora temprana, llevan pañuelos verdes en el pelo, atados en las muñecas, colgados de sus mochilas

A las 15 de la tarde, como un chori chamuscado sentada en la acera. Costó llegar a Congreso, que es la Plaza donde está el Congreso, pero también el Senado. Me he topado con el dispositivo de seguridad del que hablaba la voz femenina del subte. Han puesto una valla negra para proteger al Senado de la gente. ¿Son las mujeres las que amenazan al Senado? ¿Morirá algún senador por un aborto clandestino como consecuencia de lo que hagan hoy las mujeres? El recinto de seguridad tiene otra misión no menos importante: evitar enfrentamientos entre las gentes del pañuelo verde, y las del pañuelo celeste. Ahí se les oye detrás de la zona cero, una voz y una pancarta claman al unísono “Argentina ama la vida.” La imagen de una virgen se eleva sobre esta gente que dice proteger las dos vidas. A juego con sus pañuelos celestes ondean banderas Argentinas. De fondo se oyen tonadas del folclor argentino, una oradora se escucha por sobre los acordes. Su voz tiene la consistencia de la de los predicadores. Más cosas en común con los predicadores tiene. De este lado de la valla, descansan sentadas grupos de chicas jóvenes que muestran sus carteles, bajo las banderolas de partidos de izquierda, colectivas feministas y de trabajadoras. También hay familias enteras. “Acá están los pibes, los viejos, los trabajadores, los otros, los que vienen de afuera, los que somos de aquí...” sin lenguaje inclusivo pero con emoción hace el recuento un hombre de mediana edad a las dos personas que le acompañan. Los provida empiezan a lanzar cohetes provida, parecen contentos. Ya se sabe que esta batalla, están por ganarla ellos.

El humo de las parrillas lo inunda todo, iglús aislados emergen sobre el asfalto o el cesped encharcado, y drones futuristas nos retratan desde el cielo. En los brazos de su madre, una bebé de unos 10 meses me observa morder mi choripan con la misma mirada analítica con la que la gente interpreta los datos para calcular la hora de la votación. “Parece que no va a salir” me dice una señora que se ha sentado a mi lado, “al menos no hace tanto frío” celebra. “Yo no estuve cuando la media sanción en Diputados pero se murieron de frío. Eso hoy no pasa,” insiste, esperanzada. “Ya pero, probablemente llueva,” digo yo, como para ajustar expectativas. “Bueno, de todas formas no va a salir” cierra ella el extraño intercambio sobre meteorología y política. “En este mundo de gusanos capitalistas, hay que tener coraje para ser mariposa.” Claman a pocos metros, desde el escenario Lohana Berkins. La cita es de esta histórica referente de la lucha LGTBI en el país, como de ella es en gran parte el mérito de que Argentina tenga una de las leyes de Identidad de Género más avanzadas del mundo, afirma la integrante de la Campaña que dinamiza el acto. Pero el aborto, se sigue tratando igual desde 1921.

"En este mundo de gusanos capitalistas, hay que tener coraje para ser mariposa”, claman desde el escenario Lohana Berkins

Son las cinco de la tarde y esto está lleno de mujeres y también bastantes hombres. Cuesta mucho avanzar. He pasado por dos escenarios y en ambos han leído la carta que la Campaña hizo llegar a la Cámara Alta. “La criminalización del aborto voluntario atenta contra toda ampliación de derechos, restringe la ciudadanía de las mujeres y agrava la situación social de vulnerabilidad, que encuentra como consecuencia más violenta la muerte”, decían. También que el aborto legal es una deuda de la democracia. Son hechos que quienes hoy están en la calle, entienden. Pero parece que al Senado no le alcanza. “Que dice Urtubey (senador justicialista por Salta) que la violación en la familia es como poco violenta” se escandaliza una escritora que está por leer unos textos micrófono en mano. Es difícil escucharla en el tumulto. Cerca un grupo de mujeres baila “abajo el patriarcado que va a caer que va a caer, arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer”. “¡Cuídense!” piden desde uno de los escenarios. “No empujen, tengan paciencia, intenten que no se formen embudos como pasó el 13j”. Es difícil. En la esquina de Corrientes y Callao, donde espero a una amiga, una mujer se inquieta, “pero ¿dónde se han metido las chicas?” Finalmente aparecen, cinco adolescentes, con su purpurina verde sobre la cara. La mujer respira aliviada, saca cinco pañuelos de su bolso y los reparte. “Luego le dicen a sus madres que el pañuelo son 50 pesos” les advierte medio en broma medio en serio. Miran alrededor las oleadas de gente que baja hacia Congreso como si no pudiesen creerlo. Me piden que les saque una foto, una de ellas muestra un cartel elaborado con letras también brillantes. “Las ricas abortan, las pobres mueren”. Dos repartidores de Glovo atascados ente la multitud sufren el peor reparto de su vida. Varias personas levantan un carrito de bebé que avanza sobre las cabezas.

A las siete ya lleva rato lloviendo, en los alrededores de la plaza, todo techado, todo portal, todo hueco, está habitado por un grupo de personas con pañuelos verdes, que se tapan con mantas, toman mate y charlan, esperando que las horas pasen. En el Senado siguen las intervenciones, es difícil saber cuándo empezará la votación. La calle Corrientes, medio levantada para una inminente peatonalización, parece estar llena de coches detenidos, como caídos de otra galaxia sin acceso a las redes sociales ni en general a medio de comunicación alguno. Si no, no se entiende cómo osaron a entrar en un centro que se anticipaba tomado por cientos de miles de personas. Y es que esto no es una concentración, es más como una ciudad tomada. Adentro de los cafés, grupos y grupos de mujeres con pañuelos verdes copan las mesas y la señal de wifi. La calle suena a tambores de murga, y a batucada. “Hoy las mujeres/ la voz alzamos/ chau Macri chau, Macri chau, Macri chau, chau, chau/ Contra el Estado Y el patriarcado/ Queremos aborto legal” cantan unas sobre la melodía de la Canción del Partisano. “Vamos a abortar/ en el hospital” entonan otras. En la avenida de Mayo, cuatro chicas con pañuelo celeste atraviesan nerviosas la masa verde ante la indiferencia de la gente. La multitud llega a niveles de condensación, que solo parecen navegar con soltura los vendedores de cerveza fría. Luciana de 15 años se ha perdido, su madrina la busca, hacen saber desde el escenario. Pronto serán dos las madrinas en busca de adolescentes, mientras las activistas piden a las presentes que dejen de agolparse en el lado izquierdo, que por una vez opten por desplazarse a la derecha. “Pues resulta que somos un poquito de gente, no? Como dos millones...” bromea un chico que avanza exhausto. “¿Querés una galletita?” “¿Querés un bizcochito?” “¿Querés venir un poco bajo el paraguas?” Le dice una mujer a su hija, ajena a lo que a mi me parece una avalancha inminente. Mientras, tres muchachas ojean twitter y se indignan con aquello que dijo Macri, “Que no importa si sale o no la ley, que lo importante es que gana la democracia. “¿Cómo que no importa si sale o no sale la ley, pelotudo?”, claman bajo la lluvia.


Son las 10, el restaurante peruano donde me he refugiado un rato está ya lleno de pañuelos verdes. Mucha ola feminista para el pobre camarero, que anda desbordado de mesa en mesa. En el televisor, se retransmite en directo la sesión en el Senado. Casi no se oye, nadie le hace mucho caso. No esperan ya nada de ese espacio tan pequeño, con sus bancos de madera noble ocupados por poco más de medio centenar de senadoras y senadores que no van a estar a la altura de la historia. Ya la semana pasada, una senadora kirchnerista, Larraburu, de la que se esperaba un voto positivo, comunicó que sus “íntimas convicciones” y la sospecha de “intereses económicos foráneos” fundamentarían un voto contrario a la ley. Al mix argumentativo que mezcla convicciones religiosas y un particular antiimperialismo, se sumó el cuestionamiento de la urgencia de tratar ese tema y no otros. Liliana Herrero, una joven de 22 años, madre de dos hijos, moría también la semana pasada, en un hospital de Santiago del Estero, como consecuencia de un aborto clandestino. La esperanza de que no haya más Lilianas muertas, más hijas de Lilianas huérfanas, está de este lado de la pantalla, en la gente que alarga un poco la sobremesa como resistiéndose a volver a las calles donde difícilmente obtendrán la satisfacción de hacer historia, pero seguramente les seguirá acechando la lluvia y el frío. Después de intentar descifrar el lenguaje no verbal de cinco señores mayores seguidos, salgo de nuevo a esa calle Corrientes irreal, en donde hoy solo cenan feministas.

Es medianoche y llueve, mucho llueve. Llovía en una calle Callao donde ya solo resistían las más jóvenes, en carpas inundadas, ayudándose de mucha percusión y botellas de vino. No se podía llegar a Congreso desde allí. Llovía en todas las calles aledañas, donde una chica me dijo que votarían más allá de las 2, otra mujer me comentó que seguro era a las doce, y la más sincera me aclaró que no tenía ni idea. Llueve también en la 9 de julio, la gente se protege bajo carpas donde hasta hay alguna estufa. El viento se ensaña con unas banderas rojas con el rostro del Che, Fidel y Cristina. Algunas miran una pantalla gigante, ya atentas a lo que pasa dentro del Senado. Se viene la jefa, anuncia una mujer con su micrófono. Sube la expectación pero en seguida cae, la senadora que habla no es Cristina. Unas chicas se piensan si se quedan ahí o se refugian en la carpa de su agrupación kirchnerista. Una no quiere perder la posición. La otra dice, “ni en pedo me quedo esperando bajo la lluvia.” Lo mismo pienso yo, y decido marchar. Pero entonces oigo la canción Santa Marta, de las Taradas desde la lejanía, y corro por la 9 de julio hacia su escenario, peleando contra el viento. Grupos de muchachas acurrucadas en mantas, bajo las marquesinas, presencian mi gesta.

Bailan, saltan, contestan entusiastas cuando desde el escenario las músicas gritan, “¡esto no es una derrota!”

Escuchando a las Taradas, un grupo de música femenino y feminista con recorrido en estos ambientes y otras luchas, la gente está contenta. Bailan, saltan, contestan entusiastas cuando desde el escenario las músicas gritan, “¡esto no es una derrota!” Y entonces se acaba la música y vuelven los senadores a la pantalla gigante. A Esteban Bullrich, macrista anti derechos que manifiesta su enfado por el reparto de tiempos le gritan con ganas “¡hijo de yuta!” A Adolfo Rodriguez Saá, que se siente muy ofendido en sus convicciones religiosas le increpan “¡Iglesia, Estado, asuntos separados!” Cuando otra senadora, contraria al aborto, advierte de que hay que tener cuidado con lo de señalar quién es un ser humano y quién no - se empieza cuestionando si el embrión de unas semanas tiene los mismos derechos que cualquier ser humano y quién sabe por dónde se sigue - la señal de internet colapsa. “¿Tienen frío?” preguntan desde el escenario, “Esta lluvia de mierda no quiere parar” corea un grupo de jóvenes que ya no sabe con qué taparse. La señal se reestablece y ahora sí, arranca la ex presidenta. Dice que ella siempre ha votado a favor de la vida. “¿Y qué pasa con el aborto, Cristina?” Le recrimina una mujer. La senadora Fernández empieza a enumerar las leyes – la del matrimonio igualitario, la de Educación Sexual Integral, la de Violencia de género, o de Identidad Sexual - que se aprobaron durante los gobiernos Kirchneristas. Dice que más allá de sus convicciones la ley es necesaria. Dice que lo que le ha convencido son las miles de pibas en las calles. Dice que hay un cambio generacional y que ella no quiere ser una de esas viejas que no entiende lo que pasa. Dice que su proyecto, además de ser nacional, popular y democrático, ahora debe ser feminista. No hay grandes ovaciones, pero sí muchos aplausos. Hace rato que no llueve, y mucha gente sigue con los paraguas abiertos, totalmente concentrada en la pantalla.

Son las dos de la mañana, aún no se ha votado, pero son muchas quienes andan ya en retirada. Los colectivos también están llenos de pañuelos verdes. Unos estudiantes mexicanos van siguiendo la votación en sus teléfonos. La gente se va repartiendo por la ciudad, de vuelta a sus casas. Otras han quedado en la plaza. Ya frente al ordenador compruebo lo que ya se sabe, que el Senado ha postergado una vez más la posibilidad de saldar una deuda histórica con las mujeres. Parece que Pino Solanas, hizo una gran intervención. También que hay disturbios en el Congreso. Los anti derechos del pañuelo celeste festejan que no fue ley. Del otro lado del Atlántico, los medios que tenían su mirada puesta en Argentina, van amaneciendo a la decepción. Después de todo, el aborto no fue ley, pero la jornada, la lucha toda, ha sido histórica. Porque “el feminismo se tiñó de verde,” como reivindicaban muchas horas antes desde el escenario de Lohana Berkins. Un verde que llegó a cientos de plazas. Dentro y fuera de Argentina.

Aborto
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Los feminismos en Argentina convocan hoy una gran vigilia que rodee el Senado para presionar y conseguir la aprobación de la ley del aborto en Argentina, que llega con unos márgenes muy estrechos a la Cámara. Florencia Minici, feminista y referente del colectivo #NiUnaMenos de Argentina explica la movilización en su país.

1 Comentario
#21697 19:36 10/8/2018

Triste realidad. La lucha sigue. Será ley.

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