Soberanía alimentaria, tan antigua, tan moderna, tan necesaria

En un mundo cada vez más desnaturalizado, colapsado y donde los alimentos se encuentran en manos de multinacionales y grandes cadenas, pactos como el de la Red Intervegas “por la soberanía alimentaria, la defensa de los TAH y la sostenibilidad” son cada vez más necesarios, como alternativa, no solo alimentaria, sino generadora de trabajo estable y de lucha contra la despoblación rural y el cambio climático.

Soberanía alimentaria semillas

publicado
2018-01-21 07:20:00

El pasado jueves 11 de Enero, el pleno municipal de Logroño acordó sumarse al pacto estatal “por la soberanía alimentaria, la protección y dinamización de los Territorios Agrícolas Históricos (TAH) y la sostenibilidad”, pacto que está siendo impulsado por la Red Intervegas y a la que ya se han adherido numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas, como Andalucía. 

El pacto no deja de ser una declaración de intenciones, pero con la decisión de generar el compromiso de los agentes sociales, sindicales y políticos para conseguir en un futuro la creación de una Ley Estatal que proteja los territorios agrícolas y que sea la base para su supervivencia, dinamización y recuperación de aquellos entornos degradados. 

Esto que puede parecer algo muy encorsetado a las zonas rurales y eminentemente agrícolas, no lo es tal y necesita de la colaboración y las alianzas campo-ciudad, la modificación de los actuales roles de consumo, así como cambiar el actual modelo agroindustrial por un modelo sostenible que genere empleo de calidad y busque la producción de alimentos, no la de valores especulativos con forma de mazorca. Para ello los ayuntamientos firmantes deberán poner en marcha acciones que potencien este nuevo modelo, como la introducción de productos de cercanía en las instituciones públicas, campañas, mejoras fiscales o de protección. 

Todo esto, y siendo simplista pero pragmático, se resume en un concepto que, aunque antiguo, debe ser uno de los pilares en los que pivote el nuevo modelo productivo al que debemos aspirar: la soberanía alimentaria. 

Por soberanía alimentaria entendemos el derecho de los pueblos a decidir su propio sistema alimentario, desde la producción hasta el consumo, en base a unos principios de sostenibilidad ecológica y justicia social. Esto pone a aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias, por encima de las exigencias de mercados y empresas.

Por soberanía alimentaria entendemos el derecho de los pueblos a decidir su propio sistema alimentario, desde la producción hasta el consumo, en base a unos principios de sostenibilidad ecológica y justicia social

Algo que, a priori, nadie puede estar en contra, choca frontalmente con el actual sistema y acaba siendo avalado por la mayoría de la población de manera activa, aunque muchas veces inconsciente, a través de una forma de vida centrada en grandes urbes que no producen absolutamente nada, pero consumen el 75% de los recursos naturales y que dejan en manos de las grandes cadenas y multinacionales la faceta de la vida más importante, la de la alimentación. 

El actual modelo agropecuario, lejos de mejorar las zonas rurales que históricamente han producido los alimentos que consumíamos, las ha empobrecido, degradado social y ecológicamente y finalmente despoblado, una vez que se pueden importar alimentos lejos de las “desagradables” normas ambientales y laborales de las que nos han dejado dotarnos. 

Así hemos llegado a la situación actual, donde en La Rioja solo el 2% de la población se encuentra en las áreas rurales, al ser estas incapaces de dar alternativas vitales a sus vecinos y vecinas. Esto, que no se está abordando con medidas eficaces, nos obliga a intentar articular este pacto Intervegas, que no se limite a un mero compromiso y así poder modificar las políticas que nos han llevado a esta situación. 

Además, la consecución de la soberanía alimentaria y los mecanismos que nos llevan a ella son una herramienta útil para la lucha contra el cambio climático, la gestión coherente de los recursos hídricos y un generador de economía real y productiva sostenible.

Ya es sabido que nos alimentamos de productos kilométricos, que nuestros alimentos viajan desde los confines del mundo hasta llegar a nuestra mesa con la consiguiente huella de carbono que esto supone. Actualmente, el transporte de mercancías suponen el 5% de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, dándose situaciones tan incomprensibles como que España importe la misma cantidad de pollo que exporta o que siendo el mayor productor de lechuga de Europa importe a su vez 14.740 toneladas al año, es decir, más de un tercio de las que exportamos.

Pero se da, además, la curiosa situación de que la agroindustria que en su mayoría produce estas lechugas se concentra en zonas de escasa capacidad hídrica, provocando el agotamiento de los acuíferos y reservas superficiales, no solo en años de sequía como este, sino de forma ya habitual.

Esta agroindustria y la especulación financiera que de los alimentos se realiza, esa que mece el precio de los alimentos bloqueando cosechas desde sus oficinas en Chicago y que han esculpido un mundo donde 800 millones de personas viven con hambre, ha encontrado un nuevo aliado. Los Tratados de Libre Comercio (TLC) como el CETA, el TTIP o el reciente impulsado con Ecuador y la UE quieren poner coto a esta alternativa agropecuaria que conllevaría la soberanía alimentaria.

Tratados que en el caso del TTIP supondrían un aumento del 4,2% de las emisiones directas por el transporte de mercancías en la UE, sin contar las de terceros países, y que llenarían nuestras mesas de productos producidos bajo menos exigencias medioambientales y laborales, así como alargando el camino que estos alimentos recorren.

Por ello, apoyar este pacto Intervegas y no oponerse a los TLC´s, a la Política Agraria Común, al control de las semillas por las multinacionales o a los intermediarios que inflan los precios de consumo mientras arruinan al pequeño agricultor, es un gesto sin sentido.

Modificar estos usos agrícolas hacia una agricultura sostenible, repartirlos por el territorio y reducir el uso de fitosanitarios, así como el de insumos en la ganadería como los antibióticos y los piensos compuestos, no es ya una opción, sino una necesidad cada vez más imperante.

En definitiva, solo queda creérselo y desde la propia sociedad civil exigir los cambios que nos lleven a un nuevo horizonte de producción, distribución y consumo. Trabajar desde abajo, desde los huertos sociales, los pequeños productores, las cooperativas, generando sinergias campo-ciudad y reclamando algo tan antiguo y a la vez tan moderno y necesario como que las huertas sean nuestras despensas.

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