Feminismos
Hoy también es 25 de noviembre

Cada 25 de noviembre, la sociedad entera levanta su voz contra la violencia de género. El resto del año la hipocresía social cronifica el problema. Está en nuestra mano cambiar si hacemos de cada día del año un día contra la violencia de género.

8 de marzo
Concentración feminista. Álvaro Minguito

publicado
2018-01-17 16:01

El detonante de esta reflexión fue la muerte de Arantxa y sus tres hijos en Azuqueca de Henares. Tres días más tarde El Chicle confesaba el asesinato e intento de violación de Diana Quer. La violencia machista imponía una vez más su dolor.

Leo los periódicos y obtengo datos y más datos. Cifras que demuestran que el problema se mantiene estable, en el entorno de las 50 víctimas al año desde 2012. Cifras que se elevan si recurrimos a fuentes feministas porque aportan una visión más amplia y profunda del problema. Las mismas que sirven para sensibilizar sobre la magnitud de la catástrofe. Pero las cifras no son el problema, sólo sirven como medida de su alcance. Son útiles para analizarlo, para detectar variables, para definir recursos... pero sacarlas de ese contexto forma parte de esa hipocresía social que acompaña al largo periodo que, tras el 25 de noviembre, suele durar un año entero.

La violencia machista no es un problema que se circunscribe al ámbito familiar ni es de unos cuantos, es sistémico. El virus de esta mortífera enfermedad lo inoculamos todos y todas, cada día, por acción u omisión. No podemos lavar nuestras conciencias con un minuto de silencio tras cada asesinato.

Que el Estado no hace lo que puede resulta evidente, que la aplicación del pacto contra la violencia machista favorecería una reducción de las cifras resulta obvio. Tanto como la ineficacia de las acciones emprendidas hasta el momento.

Una anécdota
Hace unos días pasaron una encuesta al alumnado de 1º de E.S.O. En ella había un generoso número de preguntas relativas al comportamiento en pareja. En la ingenuidad manifiesta de los doce años, se levantaron no pocas manos para decir que ellos no tenían novio/a. Es entonces cuando una chica dijo: pero si quieres contestamos lo correcto, sabemos lo que hay que decir. El resto asintió con entusiasmo.

Si analizamos las campañas educativas desarrolladas en La Rioja, nos encontramos con un denominador común: el persistente llamamiento a la racionalidad a pesar de saber de antemano que esas invitaciones a la cordura resultan totalmente inútiles cuando las decisiones las toma la parte emocional del ser humano. Nadie se casa con una persona a la que ama —aunque podamos discutir su concepto de amor— para matarla.

¿Por qué no educar entonces en estrategias personales que nos permitan ser conscientes de nuestras emociones, de cómo las canalizamos o de cómo el descontrol de unas lleva aparejado el estímulo de otras? ¿Por qué no enfocar los celos como detritus del concepto de propiedad privada y efecto secundario de nuestros miedos? ¿Para cuándo la incorporación de la inteligencia emocional al currículum de nuestros hijos y al nuestro personal? No parece que la Consejería de Educación sea sensible a propuestas globales sobre el tema.

Ahora bien, la educación emocional es imprescindible pero no suficiente. La enfermedad es más profunda y sabemos perfectamente cuál es el caldo de cultivo del que se alimenta. Los asesinos tienen padres y madres que los han educado y una sociedad que ha reforzado, y no poco, ese modelo educativo. También las víctimas, a las que ahora pedimos que denuncien el más mínimo atisbo de violencia, han construido su personalidad con esas mismas referencias que, al parecer, les ha impedido detectar o incluso les ha impulsado a valorar las actitudes depredadoras del “elemento” que convive con ellas.

Segunda anécdota
El jefe de departamento de un I.E.S. de La Rioja manifiesta sin pudor que es mejor que 2º de Bachiller, dadas sus dificultades, lo imparta un hombre. No se pueden sacar conclusiones de un ejemplo, obviamente, pero... ¿somos conscientes, hombres y mujeres, de que educamos desde la ingenuidad de ser padres y madres adoctrinados en el patriarcado machista y que pretendemos la igualdad desde esa perspectiva?

Nos asomamos a la televisión cada día, la violencia y el machismo se instalan en nosotros como un lugar natural y común de encuentro en el que parecemos sentirnos cómodos. El cine traduce la igualdad en convertir en protagonistas a esculturales señoras que adoptan miméticamente los clásicos roles masculinos de poder y violencia.

Pero no importa, reconocernos en el papel de machistas, unas y otros, es muy duro. Prescindir de los estereotipos que llevamos tatuados en el alma por siglos y siglos de patriarcado, parece tarea de titanes. Siempre podemos pedir al Estado que dote de medios y normas al respecto, ir a la manifestación del próximo 25 de noviembre o dedicar un minuto de silencio a cada Arantxa que muera por el camino.

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2 Comentarios
Carmen Fernández 21:34 20/1/2018

Brillante, como siempre, Carlos.

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Inmaculada Ortega 25:44 19/1/2018

Lo comparto al cien por cien. Desde que se nace, educar es fundamental, en igualdad real, en compromiso, en solidaridad....gestionar las emociones, superar las frustraciones, saber perder, no creernos el centro del mundo y tantas y tantas cosas...

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