Hace unos años surgió una broma: “Lo cuñao” fue una forma de llamar a toda una serie de posiciones estéticas ante la vida basadas en ir de sobrado, dar consejos no solicitados, comportarse con gravedad cuando no toca y ser ligero cuando toca aún menos. Todo el mundo tenía o parecía tener un cuñado (un familiar, un compañero de curro) de ese tipo. Se trataba de señalar esa cercanía como algo inevitable y, también, de una forma de darle vuelta a la idea de que la intolerancia, la prepotencia y la misoginia solo se dan en otros barrios, otras familias y otros ambientes políticos. La cosa funcionó, de forma que, durante unos meses, la broma estuvo en todas partes y, como suele pasar en estos casos, perdió la gracia. Si todo es cuñado, nada es cuñado. Como también suele pasar, el chiste masticadísimo sobrevive aún en el reino de los chistes malos: la publicidad.
Sin embargo, el cuñadismo sigue siendo un concepto útil, ya no para divertir, sino para situar algunos términos en un debate. Como definió Noel Ceballos en un artículo del extinto periódico Diagonal, el cuñado (la figura arquetípica del cuñado) combina “sabiduría popular, cero humildad, una visión del mundo y la política basada en lugares comunes, trucos y atajos que el cuñao cree que sólo conoce él [.Y] necesidad de compartir sus conocimientos con todo el mundo como si fuera el único que los poseyera”. La crítica al cuñado ya no tiene sentido desde la estética —no es estético repetir un chiste hasta la náusea—, pero sí conviene quedarse cerca del concepto para comprender fenómenos políticos de nuestro tiempo.
Por ejemplo, la existencia (política) de Carlos Hernández Quero.
El pasado martes 28 de abril, Hernández Quero subió a la tribuna del Congreso. Era el portavoz designado por Vox para rechazar el decreto sobre alquileres impulsado por el Gobierno.
Hay quien defenderá que la extrema derecha es un partido de cuñados y que Quero no es distinto a ellos. Pero no es así.
Quero es una rara avis en el potaje de la extrema derecha nacional. Se trata, en apariencia, de un joven normal: un académico con ideas propias en el ámbito profesional; de los de un par de piercings, futbito, tercer tiempo con los amigos, peli con la novia y veraneo en Gandía en lo personal. Cambiando (o quizá no) Gandía por Sanlúcar o el futbito por la salida senderista, alguien que quizá podría haber sido un cuadro del primer Podemos, de Sumar o de cualquier mutación de la izquierda del cambio.
Podría ser cualquiera de los miembros de su/nuestra generación (la de los nacidos entre 1975 y 1995). No digo que sea igual. Quero está enrolado en el supremacismo y el nacionalismo del desastre, pero pertenece al mismo sustrato; el cuñado de Vox tiene parecida educación sentimental y se conoce los mismos trucos dialécticos que conocía el cuñado de Ciudadanos.
El caso es que, en un partido que es más bien la fotografía de bodas del enlace amoroso-empresarial del hijo de un ganadero y la hija de los marqueses de Leguineche; en un catálogo de ostentosos imbéciles con toga, medallas y enganchones con Hacienda, papagayos que repiten las consignas de Acom, y viejóvenes Figaredos, Hernández Quero era el único que podía ganar algo en un debate sobre llegar a fin de mes, pagar la mitad de tu sueldo en alquiler y sobrevivir a los especuladores de lo que en su tesis doctoral llamó “la ciudad liberal”.
Y lo intentó.
Nuestro cuñado, el cuñado de España, pintó durante su intervención un cuadro costumbrista que, como los chistes malos, iba perdiendo lustre a medida que ya los conocemos. Comenzó hablando de su hermana y sus amigos; su pequeña contradicción personal, declaró, es que el Decreto que Vox se disponía a tumbar los habría beneficiado.
La historia que derramó sobre la tribuna, que no hay por qué pensar que sea inventada, es real como la vida misma. Jóvenes (blancos) de futbito, Seat Ibiza y voy a pasármelo bien inopinadamente arrastrados a la incertidumbre por la avaricia de la ciudad liberal (esa que, en el imaginario de Vox, no tiene nombre, código postal, ni cuenta de beneficios, que es un monstruo llamado globalismo o alguna chorrada por el estilo).
El diputado de Vox pintó un cuadro realista con tonos melancólicos y las pinceladas de xenofobia necesarias para que nadie en su partido arquease demasiado las cejas. Su pobre hermana, sus pobres amigos, estaban agobiados por una situación que su partido iba a perpetuar con su voto, pero la culpa era de los otros, de los que querían que el decreto saliera adelante. En ese punto comenzó a embolicarse la cosa, pero en la era del reel es posible que Quero y que Vox ya tuvieran lo que querían.
Fueron unos minutos escuchando un relato íntimo de la generación de Hernández Quero, que es también la nuestra. Lugares comunes, trucos y atajos que funcionan porque toman elementos de la realidad, pero que forman un relato que se desmorona cuando trata de tomar tierra. Al menos, él sabía de lo que hablaba. Para muchos diputados del Congreso, la mayoría de los de Vox, la realidad es tener más arrendatarios que viajes de metro han hecho en su vida.
La retórica es algo maravilloso que permite casi cualquier truco, pero cualquiera que escuchara lo que estaba pasando solo podía llegar a una conclusión: el tipo estaba dejando en la cuneta a su hermana y sus amigos, defendiendo y votando algo que sabe que les perjudicará.
Hernández Quero ha aceptado ser el ‘token’ (el botón de muestra) obrerista de Vox, un partido que no está llamado a la defensa de las clases populares, pero que sigue necesitando conectar con ellas para ampliar su base de votantes, que, según las últimas encuestas, ofrece algunos signos de estancamiento.
Es bastante cuñado afirmar que, gracias a haber asumido ese triste papel, Hernández Quero nunca tendrá los problemas que pintó con trazos melancólicos en la tribuna del Congreso. Pero hay que repetirlo, porque eso siempre explica al menos una parte de las motivaciones políticas. Sus servicios a la patronal inmobiliaria, los fondos buitre y el capital serán premiados de una forma u otra. Siempre ha sido así. Por eso, detrás de la retórica del joven rebelde, Hernández Quero está muy interesado en que nada cambie.