El penúltimo día del mes de junio me manda mi madre una noticia. Una empresa quiere construir un centro de datos de hiperescala (un megacentro de datos) en mi pueblo. De hacerse será uno de los más grandes que hay en la península. No es una excepción, sino una tendencia, el lobby del sector calcula que en los próximos cuatro años se sextuplicará la potencia de los centros y la inversión llegará a más de 66.000 millones de euros.
Las dimensiones del proyecto que se ha presentado para mi pueblo se miden en energía. Está planteado sobre una potencia de 300 megavatios (MW). En caso de que funcione a pleno rendimiento, esa potencia se traduce en un consumo anual de 2.628 GWh; si se prefiere ser más cauto, el consumo puede estar en torno a los 2.300 GWh. Es un poco menos que el consumo anual de toda la provincia de Albacete, del orden de cuatro veces más que el consumo del Grupo Fagor (una industria de esas que sí generan empleo). Para generar esa energía se proyectan ocho turbinas de gas natural y unas placas fotovoltaicas que, en este caso, tienen un papel secundario con respecto al combustible fósil.
Los impactos anunciados, pero minimizados, por la empresa detrás del proyecto son el ruido y la polución provocada por el gas natural. La cuestión de la contaminación acústica generada por los centros de datos ha sido objeto de un artículo reciente en The New York Times. Una parte importante de ese ruido es de baja frecuencia, tan baja que no se oye, pero se siente: “Algunos residentes que viven cerca de fuentes de infrasonido informan con frecuencia de privación crónica del sueño e insomnio, dolores de cabeza, presión en el oído interno y ansiedad”, explica el artículo. Otros daños que se señalan por los activistas en contra de los centros de datos son, además, el consumo de agua –en una zona que ya es seca– y la formación de “islas de calor” en torno a los centros, lo que (sumado al ruido) afecta a la flora y la fauna de ese entorno.
Los beneficios que se esperan se circunscriben a la ilusión de tomar el último tren con destino al progreso.
Como tantos pueblos, el mío tuvo su mejor momento hace muchos años. En términos de población y natalidad, antes de la Guerra Civil y de la transformación que supuso el abandono del campo durante la posguerra y el desarrollismo. En todo lo demás, los mejores momentos tuvieron lugar un poco antes del estallido de la burbuja inmobiliaria. En aquellos años, la plaza se llenó de coches caros y potentes, y se construyeron una docena de casas en lo que entonces eran las afueras. La crisis terminó con esa bonanza. No se trata de un pueblo deprimido, pero, como en tantos otros lugares, desde 2009 hay una sensación de que la oportunidad de auparse sobre el futuro ya pasó.
Casi 20 años después de aquella fiebre del comienzo de siglo, la proyección de un centro de datos hecho para la inteligencia artificial (los hiperescalares tienen esa función) devuelve al pueblo, a cualquier pueblo, esa idea de una nueva prosperidad que siempre se acaricia en las conversaciones que tratan sobre la nostalgia del futuro.
El gran impacto psicológico de la IA ha sido la introducción de la idea de que es posible una aceleración más de los tiempos, de que queda zumo en la idea del progreso. Eso explica el impacto que genera la IA en todos los sectores económicos. También explica la ideología (ideologIA) creada en torno a ese maná de innovación y supuesta prosperidad.
En los últimos años, los molinos de viento y algunas (pocas) plantas fotovoltaicas han ido apareciendo en el paisaje. Pero el empuje de lo renovable no es el de la industria pesada que sustenta la mayor parte de esas visiones sobre el progreso. Es fácil adivinar por qué las macrogranjas de puercos, otra de las apuestas de colonización del campo que han prosperado en los tiempos del capitalismo acelerado, tampoco es un atractivo para quienes saben lo que son toneladas de purín volcadas al entorno físico de un pueblo. Sin embargo, con su mística de la “nube” y su promesa de eficiencia y productividad, la ideologIA se impone como una solución fabulosa, algo sin aparente coste social. La fantasía se extiende también al factor trabajo.
La propaganda se ha ocupado de designar a los centros de datos como las “fábricas de la inteligencia artificial”. Como explica Cecilia Rikap en su Teoría de la dependencia digital (Caja negra, 2026) con el ejemplo de la Argentina de Javier Milei, el imaginario en torno a los centros de datos fomentado por sus impulsores es el de comunidades vivas de programadores al estilo de la sala de juegos de Google que se promocionaba a comienzos de los 2000 como la nueva estética del desempeño laboral. Pero, como dice Rikap, la realidad de los centros de datos es la de un hangar desolado, naves que solo requieren algo de personal de limpieza y vigilancia. Los centros de datos apenas generan puestos de trabajo. Pueden ser suficientes en el escenario actual, en el que en los pueblos hay poca población activa, pero la mala noticia es que nunca serán un factor de atracción para quienes ya se fueron.
La recreación de ese futuro posible tiene algo que ver con la estética de la IA. Imágenes relamidas de un campus digital, familias reunidas en torno a las verdes praderas (la IA no pinta los secarrales que nos gustan a quienes de verdad pasamos tiempo en el pueblo). Abuelos y abuelas viendo crecer a sus nietos de vuelta en el lugar de origen, convertido en un hub futurista de creación y diseño de pamplinas varias. Es una proyección, una fantasía, una promesa de ese “gran reinicio” del que comenzamos a oír hablar con cada vez más frecuencia; esos ingredientes que acompañan a la idea de un mundo que, en lugar de arder, mejora gracias a la tecnología como por arte de magia.
La realidad dice más bien que los beneficios fiscales otorgados a los centros de datos son inconmensurables con relación a los empleos que generan. Es decir, que a las administraciones la jugada le sale a pagar (o que sería mucho más rentable instaurar una renta básica a quienes se quieran instalar en los pueblos). La realidad también dice que las facturas de la luz suben allí donde se instalan. Que la contestación a los centros de datos en los territorios en los que se han expandido es masiva.
La apuesta de la UE es triplicar hasta 2030 los centros de datos ya existentes. La letra pequeña de esa apuesta, como evidenciaba a mediados de este mes la web
Politico citando al lobby europeo de los centros de datos, es que Europa debe elegir entre la IA y los objetivos climáticos. La supuesta “soberanía tecnológica” —que no es tal, dado que no se plantea competir con los grandes monopolios de Silicon Valley ni con la tecnología china— a cambio de asesinar el clima y con ello ahondar en la sequía, la erosión y la pérdida de biodiversidad.
Para pueblos como el mío, la dicotomía está relacionada con los problemas globales, pero es distinta. La IA, sus funcionalidades y sus horteradas, no es lo fundamental, sino que lo es esa idea de que hay una manera de revertir lo que el progreso ha hecho con el pueblo, esto es, vaciarlo. El dilema pasa por, o bien asumir que la crisis climática es un problema para la comunidad mayor que el envejecimiento de la población y la falta de oportunidades (porque lo es y porque está relacionada con ambos problemas) y que cualquier apuesta por redoblar el consumo energético dejará una factura demasiado alta a largo plazo; o por abrazar la idea de que el futuro está llamando a la puerta por última vez. Y que, si esa macrogranja de datos no se queda en el pueblo, otro territorio aprovechará la oportunidad.
Como en El enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, el dilema es abrazar aquello que envenena el ambiente porque da beneficios (aunque, al contrario que en la obra de Ibsen esos beneficios no se quedan en el pueblo) o pelear contra una ideología y un interés económico que se expande a la misma velocidad que las funcionalidades, memes y juguetes que la IA pone a nuestra disposición. Yo, que hablo desde la ciudad, tengo clara mi postura, pero entiendo que para quienes viven en el pueblo no es tan sencillo escoger.
Como bien saben, mi pueblo es cualquier pueblo. Un lugar que merece salir adelante, habitado por gente que no se merece ser arrasada por el viento abrasador del progreso.
(La foto de cabecera es de la serie 'Regreso al pueblo', que Edu León publicó en 2020).