Publico en esta carta el último comentario de texto, el de la revista de invierno de 2026 de El Salto. Un homenaje a Robe Iniesta de alguien que dejó de escuchar hace tiempo a Extremoduro.
De pequeño me impusieron las costumbres/
me educaron para hombre adinerado/
pero ahora prefiero ser un indio/
que un importante abogado.
Contexto → “Ama, ama, ama y ensancha el alma”. Extremoduro (Deltoya, 1992).
Un estallido de recuerdos compartidos siguió a la muerte de Robe Iniesta el 10 de diciembre de 2025. Las redes sociales se llenaron de homenajes a una figura que había salido de lo más profundo de la música, un lugar tan auténtico que olía a establo, para llegar al estrellato incontestable que supone que en cada pueblo, cada verano, suenen sus canciones. Quedó claro que Robe conectó con varias generaciones, posiblemente las últimas que encontraron lo que sea que hay que encontrar en el rock. Lo hizo por una razón fundamental: sus letras sonaban como la adolescencia. Eran adolescencia en vena. Aquellos temas eran una mezcla perfecta de ese sabor a vino de cartón, olor a cuadra, rabia, amor loco y pureza que se sabe circunstancial y efímera, pero que marca para siempre.
“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”. El verso de Jaime Gil de Biedma sigue pegado en la pared de la estación de metro de Ciudad Universitaria en Madrid. Un recordatorio bastante explícito para todas aquellas personas que son expulsadas por el suburbano hacia la dura superficie del mundo adulto. Bienvenido, hijo (hija), a la realidad; a nadie le gusta especialmente dónde estamos metidos, pero es lo que hay; ponte a producir, te irá mejor si lloras en privado. A mediados de los años 90, las letras de Iniesta prometían unos minutos más antes de despegarse las sábanas, permitían dejar en suspenso la entrada en aquel mundo gris. No se trataba solo de escapar del planeta adulto, sino de romper los engranajes que lo hacían posible. O al menos eso prometían aquellas canciones de rock transgresivo.
Varias décadas después, no hay manera de encontrar el camino de vuelta hacia esa manera de sentir. A veces, volver a escuchar las canciones permite un fugaz regreso a la época en la que todo es un afán de castillos en el aire, como cantaba Chabuca Granda. Otras veces solo suenan como el ruido de la parte de atrás de autobuses que ya pasaron. Se trata de escuchar esos ripios con la más tierna de las disposiciones; tratar de enganchar con la idea de ser un delfín tras un velero, un indio descalzo contra las mentes adormecidas, se trata de aprender a hacer la maleta para poder vivir. Es inútil intentar entenderlo con los ojos de un adulto, es inevitable tratar de conectar otra vez.
“¿Qué hay de malo en sentir nostalgia? Es la única distracción que nos queda a los que no tenemos fe en el futuro”, decía un personaje de la tramposa La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2021). A pesar de todo, algo de esa rabia y pureza adolescente permanece; se ha quedado incrustado bajo las capas de realidad, bajo el barniz de cinismo. Nadie se atreve a reírse en voz alta de las frases escolares que gritábamos a voz en cuello en los años de instituto. No es precavido burlarse de aquellos que fuimos, porque sabemos que esos mocosos tenían razón en no querer pasar por el aro.
(Foto de Robe Iniesta en un concierto de Extremoduro en 2014 tomada por Rubén Ortega)